Miopía en las altas esferas del espíritu

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“En 1921 Arnold Schönberg proclama que, gracias a él, la música alemana seguirá siendo dueña del mundo durante los próximos cien años. Quince años después se ve obligado a abandonar Alemania. Después de la guerra, ya en Estados Unidos y cubierto de honores, sigue convencido de que la gloria jamás abandonará su obra. Reprocha a Igor Stravinski pensar demasiado en sus contemporáneos y descuidar el dictamen del porvenir. Considera a la posteridad su aliado más seguro. En una carta mordaz dirigida a Thomas Mann ¡apela a la época en la que «después de doscientos o trescientos años» al fin se sabría cuál de los dos, Mann o él, era el más grande! Murió en 1951. En los decenios siguientes su obra fue celebrada como la más grande del siglo, venerada por los más brillantes compositores jóvenes que se declaraban sus discípulos; pero, más adelante, se aleja tanto de las salas de conciertos como de la memoria. ¿Quién sigue Interpretándolo hacia finales de este siglo? ¿Quién lo cita? No, no quiero burlarme tontamente de su prepotencia y decir que se sobrestimaba. ¡Mil veces no! Schönberg no se sobrestimaba. Sobrestimaba el porvenir.

¿Había cometido acaso un error de reflexión? No. Pensaba bien, pero vivía en esferas demasiado elevadas. Debatía con los más grandes de Alemania, con Bach, con Goethe, con Brahms, con Mahler, pero, por inteligentes que sean, los debates sostenidos en las altas esferas del espíritu son siempre miopes con respecto a lo que, sin razón ni lógica, ocurre abajo: ya pueden luchar a muerte dos grandes ejércitos por causas sagradas, siempre será una minúscula bacteria pestífera la que acabará con los dos”.

Fragmento de “La ignorancia”
Milán Kundera

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La música y Milán Kundera

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“Su padre, Ludvík Kundera, era músico, y Milan aprendió a tocar piano en sus primeros años por efecto de cierto contagio armónico: Ludvík había estudiado música con Leos Janacek, gran compositor checo, y de allí le vinieron conceptos esenciales para su escritura futura. Hasta los 25 años, Milan Kundera tenía fijo el gusto en la música e incluso había creado una composición para cuatro instrumentos bajo un concepto esencial, la polifonía. Analizaba a Beethoven y a Janacek de un modo estructurado; conocía bien qué movimientos tenían qué tempo y qué intención. En sus años de juventud estudió composición musical y musicología, y luego se entregó entero a la literatura”.

18 enero 2019
https://www.elespectador.com/noticias/cultura/armonia-verbal-de-milan-kundera-articulo-509256

La música convertida en ruido

Milan Kundera (born in 1929),

“Si antaño se escuchaba música por amor a la música, hoy aúlla constantemente por todas partes«sin  preguntarse si queremos escucharla», aúlla por altavoces en los coches, en los restaurantes, en los ascensores, en las calles, en las salas de espera, en los gimnasios, en las orejas taponadas por los walkman; música reescrita, reinstrumentada, acortada, desgajada, fragmentos de rock, de jazz, de ópera, flujo en que todo se entremezcla sin que se sepa quién es el compositor (la música convertida en ruido es anónima), sin que se distinga el principio del fin (la música convertida en ruido no sabe de formas): el agua sucia de la música en la que muere la música”.

Fragmento de “La ignorancia”. Milán Kundera.

LA VIDA DE LOS TÉMPANOS

 

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Los témpanos solo asoman una pequeña parte de su historia, mientras el resto de circunstancias permanecen ocultas y sumergidas en el fondo.

El hombre, por su parte, está impregnado de un extraordinario sentido de la curiosidad.

Esta curiosidad exige tiempo para dedicarse a satisfacerla. Demanda la responsabilidad de dedicar nuestras habilidades personales para tales propósitos. Tiempo sin ninguna remuneración posible salvo la humana.

Sin embargo, vivimos en una sociedad contemporánea donde el tiempo ha adquirido un valor competitivo, monetario e indudablemente dedicado a la consecución de la felicidad.

Todo el tiempo que no se destine a las prioridades descritas en el párrafo anterior, es una pérdida de tiempo valga la redundancia. Un tiempo condenado al descrédito o la nula utilidad práctica.

Inclusive el tiempo de los poetas obedece a cierto grado de inercia que fagocita el interés de este colectivo: viven para publicar, ser reconocidos, aplaudidos y coronados como reyes de un territorio que no abarca más perímetro que el de un lapicero.

Si relacionamos todas estas ideas con la metáfora del témpano, pregúntome por el valor resultante de las relaciones humanas, de los valores asociados a la conciencia o al imprescindible despertar de la poesía en nuestros sentidos.

Si ya de por sí tenemos poco interés en lo poco que asoma del témpano,  imagínense en lo que permanece oculto.

Debo ser de aquellos que todavía van a buscar lo que no asoma, así como a gastar el tiempo más allá del precipicio.

ASÍ LIBRARON A TRASMOZ DE BRUJAS Y MALEFICIOS

Siempre vuelvo a Trasmoz. El pueblo de las brujas. El que en cierto momento histórico fuera excomulgado por el mismísimo Fray Luis de Tarazona, uno de los más temibles inquisidores que salieron de los muros de aquel estrecho pueblo, situado en la boca de la provincia soriana. Fray Luis que no creía en los vuelos y transformaciones diabólicas, y al que un gato negro se le apareciera en plena explanada hablándole latinajos y excrecencias en arameo primitivo, cuando el buen santo acudió con todo su séquito del obispado de Zaragoza y la Prefectura de la Fe. Poco le valieron administrar cuantas cruces aquí y allá frente a las ruinas del castillo, donde los vecinos perjuraban ante Dios y la Virgen de la Misericordia que la noche anterior centenares de brujas habían oficiado santa misa y grial impúdico ante sus mismas narices. De todo aquello únicamente valió una excomunión que levantó polvareda entre los más cristianos de la comarca, así como un auto de fe contra los espíritus más recalcitrantes. Debieron ser doscientos cuarenta ocho entes maléficos quemados en efigie, ya que nunca pudieron prenderlos en el aire, así como una legión de sapos, ranas, culebras, gatos negros y urracas que cazaron con saña hasta que no quedo ninguna alimaña… y de quedar herida, se supiera al día siguiente quién caminaba con cojera manifiesta después de que convertidos en viles animales hubieran sido prendidos en grado de tentativa y huido por las quebradas del viejo monte.

 

Trasmoz and Moncayo at dawn

EL BOSQUE DEL TONTO

Bosque Nacional del Tonto

El bosque como espacio literario tiene múltiples afinidades con el mar. A lo largo de la minúscula y breve historia del hombre ha sido visto desde múltiples perspectivas. Desde un lugar apartado e incivilizado hasta un modelo de supervivencia en las condiciones más duras. Naufragar en el mar a bordo de una goleta y sobrevivir en una isla desierta fue como perderse en bosques aún sin explorar. En ambos casos los narradores ficticios o reales debieron verlo como un castigo de dios o la confluencia del predestino. Salir adelante. Encontrar nuevos horizontes.

También debió verse como una aventura digna del héroe corriente. O la búsqueda de un “locus amoenus”, es decir, un lugar inhóspito y lo suficientemente apartado del mundanal ruido como para volver al hombre primigenio y respetuoso con la naturaleza que llevamos dentro.

Los cuentos populares abundan en bosques. Quien quiera curiosear al respecto volverá sin duda a Caperucita Roja, Hansel y Gretel y todos aquellos relatos breves donde el bosque provea de escondite a los más recónditos y oscuros personajes. De la misma forma a las grandes gestas de la épica medieval, desde Beowulf hasta Robin Hood o el Cantar de Roldán. El crespúsculo. Las llagas de viejos monstruos. El perfil de la espada. Las escaramuzas. El silencio de la noche. El quehacer de los lobos. El aullido de los vampiros. La luna llena. Los pasos fantasmas de las legiones romanas por donde ahora trasiegan los restos de una calzada, como aquella llamada la “novena” que desapareció sin dejar rastro en la espesura de Britania.

Pero otro dato no menos curioso es el nombre de algunos bosques, como el Bosque Nacional del Tonto, en Arizona (Estados Unidos). Un bosque de nombre sorprendente a donde bien podríamos ubicar a representantes de pelambre homónimo, para colmo de todos los personajes literarios habidos y por haber que han hecho bueno y no imbécil al bosque.

EL PUENTE DE LA TEMPLANZA

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Por estos lares que hoy llaman las tierras de Trives debieron vivir los tíburos, un pueblo aguerrido que a la llegada de los romanos firmaron un singular acuerdo con Publio Ulpiano -enviado de Roma a tales efectos-, y en presencia del historiador Plinio el Viejo, que bien se encargaría de dejar escrito punto por punto el arreglo entre ambas huestes.

El río Navea o de la “Templanza” por aquellos tiempos, poesía el don de la tranquilidad a quienes lo cruzaban por el único vado posible del extenso territorio poblado de gargantas, laderas y altísimos escarpes.

Vado que no era otro que el actual Ponte Navea o de San Xoán de Río, que por entonces permitía únicamente el paso de las caballerías a pie con sus jinetes, sobre una exigua superficie de madera sobre la cual estaba construido.

Así que la bendita legión de Publio Ulpiano reunida en consejo meditó sobre la conveniencia de entrar en tierras del Bierzo a través del legendario paso al que se habían referido los adelantados en las exploraciones. Qué hacer con los enfervorecidos tíburos no se pelaba fácilmente. Qué mejor que el puente de la templanza para hacerles entrar en razón a aquellos salvajes sazonados en pieles y lanzas.

Es así que Plinio cuenta en sus crónicas que el general de los tíburos y sus lugartenientes salieron de Nemetóbriga -su capital- con cara de pocos amigos y dispuestos a comerse a todos los miembros de la delegación romana que esperaba al otro lado en la penumbra de una carpa instalada.

El puente de la Templanza hizo su particular trabajo, porque a lo que cruzaron los tíburos se esbozó una sonrisa de parte y parte, firmándose el acuerdo de libre paso a las legiones romanas a las riquezas escondidas en las tierras de Trives: más oro que el mayor de los tesoros escondido por los mouros allá por los cañones del viejo Sil. A su vez los tíburos, que de tontos no tenían ni un pelo, invitaron a Publio y su séquito a unas buenas pepitorias de faisán regadas con unas cuantas damajuanas de aguamiel, al otro lado del puente, justo de donde habían venido. Como a ningún tonto amarga un dulce guiso de tales características, los inocentes romanos cruzaron la pasarela y el puente volvió a cambiar las caras de los recién llegados.

Todo fue a las mil maravillas y ambos regresaron a sus respectivos dominios con el alma satisfecha y el ánimo de honrar a los dioses por la dicha de aquel día.

Poco después de aquello los romanos sustituyeron las viejas e inestables empalizadas por un puente de piedra mucho más sólido, convirtiéndolo asimismo en parte de la Vía XVIII entre Brácara y Astúrica. Asimismo una solemne descripción en el miliario a pie del puente que debía decir según transcribió algún pastor en un latín descacharrado: “Ecce pontem quiete. Vetiti ullam rem contravenit spiritu vitae”. O “he aquí el puente de la tranquilidad, quedando prohibido cualquier acto que contravenga el espíritu de la vida”.

En la época medieval el puente también fue reconstruido, y una congregación de obispos hizo desaparecer el miliario por constituir una herejía pagana a ojos de dios. De ahí que surgiera una aldea promovida por ellos mismos, así como una ermita advocada a la Cruz de Malta, que hoy llaman Capilla de la Encarnación.

De la templanza que el puente otorgara a aquellos particulares hombres de fe también sabemos por los chismes que el Beato de Liébana dejara escrito en los muros del Monasterio de San Martín de Turierno en relación al famoso puente de la Templanza, pues dícese que la capilla en referencia constituyó como destino por pena de destierro eclesial para todo monjes, eremita, prestíbero y báculo sagrado que dieran con su noble juicio en los brazos pecaminosos de sus sirvientas, suceso que en tiempos del beato era harto frecuente además de gravísimo. Una vez allí los apetitos carnales del desterrado desaparecían como por milagro o acto de magia.

¡Qué sabios los tíburos que dejaron para la posteridad aquel rudimento de madera y luego de piedra para tranquilizar los ánimos!

Hoy el día el puente luce en soledad, mientras la luz se interna por entre la fronda y la maleza crece abundantemente en las lindes respectivas. De la aldea no queda más que el silencio de cualquier rincón abandonado. Las casas en ruinas. La capilla cerrada a cal y canto. Una templanza o milagro más.

Microcuentos / Galicia mágica
Aitor Arjol