EDUARDO GALEANO: LA MUERTE DE UN PRINCIPIO

Cuando pensamos que todo está dicho, ayer domingo me dormía con la dicha de haber aprendido algo nuevo. Fruto de la palabra. Un par de conversaciones con sendos espíritus femeninos. De esos que os dejarían boquiabiertos. En tiempos donde se va haciendo francamente difícil seducir inteligencias, en el mejor de los sentidos.

Veníamos hablando de Jorge Luis Borges. De Antonio Di Benedetto. De Bergson. De las facultades culinarias. Del arte de la sutileza. De las reacciones en cadena capaces de generar en el sentimiento de la mujer, una cocina hecha con cariño y borbotones. Cuando apelo a la circunstancia de que la belleza puede ser simultanea. Cuando nos referíamos a que el oficio de escritor, por una parte, está en franca devaluación, porque escribir requiere de una técnica y no de una pamplina. O porque aprendimos lo que es el pan injerto, y eso lo apliqué a una metáfora para captar ese minúsculo y difícil rayo de atracción. 

Cuando pensé que, efectivamente y como dicen por ahí, “la belleza es un estado de ánimo”. Y así soñé con los ojos como platos. Soñé que el mundo es un poco más bondadoso de lo que teje mi franco pesimismo, dígase realismo en puridad. 

Cuando pensé todo eso y me despierto hoy lunes, 13 de abril de 2015, va Eduardo Germán Hughes Galeano y se nos muere. Al principio con una franca desconfianza, porque estamos en un mundo periodístico o virtual donde las falacias corren como un torrente. Pero fueron transcurrieron las horas hasta mediodía, sin apenas tiempo para ocuparme de otra cosa que no fuera la burocracia administrativa o los informes jurídicos, y la noticia va cobrando forma. Ya no es un espejismo.

Eduardo Galeano se nos ha muerto. Narrador incansable. Nacido en Montevideo un 3 de septiembre de 1040. Autodidacta. Personaje de un sinfín de historias. El de la trilogía que nos contó la historia mitológica de América Latina. Uno de los grandes militantes de la vida, frecuentemente utilizado por el mundo político como argumento de autoridad en cuanto a la equidad y la justicia sociales. Una de esas personas cruciales para despertar la conciencia y no ser tan necios. 

Pues va Eduardo y se nos muere. Y es verdad. Una verdad como catedral enhiesta. Así que hoy nos tocó tragarnos la noticia como aquel lejano día de 2009 en que se nos fue Mario Benedetti y el mundo no tuvo claro que era mejor: si sobrevivir sin él o tratar de recordar su mensaje en clave de verso.

Así nos sucederá con Galeano. Y aquí no nos cabe eso de a rey muerto, rey puesto. Hay autoridades dotadas de una universalidad de conocimientos y absoluta sencillez cotidiana, que son insustituibles. 

Es como si el mundo se nos quedara huérfano de ciertos modelos que la sociedad se esfuerza en escoger en un entorno en franca decaída. Y es que, cuanto más los necesitamos antes se marchan.

Tengo que reconocer que hoy padezco de tristeza. Que es como si me hubieran quitado una de mis orejas. Tal vez la izquierda. O la derecha. Y me refiero a orejas. Y a una cuestión meramente auditiva, esa que tiene que ver con la escucha del corazón. Porque era el caso de un intelectual de lo cotidiano, que se correspondía con la definición de que este término tiene para mí y no para los diccionarios: alguien que sabía hablar y referirse con propiedad a los problemas del mundo y, además de ello, con una inagotable calidad literaria.

Periodista, ensayista, cuentista, asiduo del café Brasileiro y con un curriculum de origen que para sí quisieran muchos hombres y mujeres de Estado que presumen de lo que carecen y no son más que espantapájaros. Como decía el diario el País esta mañana: “antes de convertirse en un intelectual destacado de la izquierda latinoamericana, Galeano trabajó como obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco, entre otros oficios”. Díganme ahora si es una cuestión para no olvidar. Y el mismo diario, aludía a lo que José Mújica decía de él, “un autodidacta que se fue puliendo así mismo y masificó una cultura difícil de encontrar en un universitario”.

Debo reconocer en Uruguay la gran deuda contemporánea que tenemos con ese país en términos de intelectuales, dirigentes políticos y poetas. Por lo menos que me dejen sincerarme en el día de hoy. Ejercer unas minúsculas memorias del fuego, como las de él. Pensar que, con todo, debe haber una parte que se nos queda coja. Porque estoy harto de ver gente mala en el mundo, no ya soberbia, sino con mala fe, que ni trabajan ni dejan trabajar, que matan en nombre de un dogma religioso, que roban y pretenden luego dar clases de democracia, que se arrogan la responsabilidad de regular qué y cómo debemos decir las cosas. Me salva que soy un periodista que no pertenece a ningún medio y a nadie le debo nada, así que tengo la preciada libertad de decir las cosas con un hartazgo de ironía y sabiendo el lector inteligente a qué y quién me refiero sin sostener un látigo de insultos. 

Cuando la cultura pierde un gran hombre y hombro -e ahí mi ironía al presunto lenguaje inclusivo que exigen algunas mentalidades de enfoque de género- perdemos la cabeza, nunca mejor dicho. Yo la he perdido pero no a fuerza de volverme loco, sino de saber que carezco de un referente más que no va a estar cerca para apuntar con el dedo a esos arrogantes cencerros de la comunidad internacional o a muchos profesionales de los medios que se las dan de progresistas y piensan que la carne de burro es transparente.

Don Galeano, nuestro Eduardo, falleció hoy a los 74 años de edad. Y nos deja apesadumbrados, faltos de palabras, con poca ilusión, pero la vida continua y lo que él quisiera es que no nos falte el pan de la abundancia sentimental. Algunas frases de él:

“Cortázar siguió creciendo hasta la muerte: manos, pies… Él, que no quería notoriedad y la naturaleza le hacía crecer y crecer sin cesar…”. 

“Busco un lenguaje no solemne que permita pensar, sentir y divertirse, no habitual en los discursos de izquierda”.

“Tuve mil oficios: mensajero, taquígrafo… la curiosidad por los misterios de lo propio y lo ajeno me moldeó”.

“Tuve una infancia casi mística que me llevó a separar cuerpo y alma, cuando cielo e infierno no son más que sombras de lo que llevamos dentro”.

Mucho de lo que pienso y hago lo sustento en personas comprometidas como él. Tal vez siendo un loco que espera arrimar la sombra y llegar al grado de compromiso que él sostuvo durante toda la vida. Sobre la base de innumerables empleos que le permitieron abordar la vida desde múltiples puntos de vista. Un hombre así debería descansar no solo en paz, sino con mensaje que nos deja.

Quito, lunes 13 de abril de 2015

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HISTORIAS Y MITOS DE LA TARTA DE SANTIAGO (II)

Un segundo tema relacionado con la historia de la tarta de Santiago es el de su primera receta conocida y la afirmación, recogida en en el Reglamento de la IGP, de que “las primeras recetas dignas de fiabilidad se contienen en el Cuaderno de Confitería que recopiló Luis Bartolomé de Leybar en torno a 1838”. ¿Es eso cierto?

En la colección de manuscritos de la Biblioteca Xeral de la Universidade de Santiago de Compostela se conserva, efectivamente, una carpetilla con el título “Cuaderno de Confitería de Luis Bartolomé de Leybar, Año de 1835”.

En tal cuaderno se recoge entre muchas otras, una receta de “Vizcochos de almendra” y no de tarta como se suele afirmar, cuyo tenor literal es el siguiente:

Tomaranse dos docenas de almendras  amargas y media libra de dulces y se calentarán en agua para quitarles  más fácilmente la cáscara, y refrescadas por un leve instante en agua natural  se meterán en una servilleta para limpiarlas y enjuagarlas. Hecho esto, se molerán en un mortero de piedra…

Primera duda: la fecha. ¿1838, como afirma el reglamento de la IGP o 1835, como afirma la carpetilla original?. Es difícil saberlo. La carpeta contiene en la actualidad una colección de manuscritos encuadernados juntos pero de diversa procedencia. Parece posible que Luis Bartolomé de Leybar, militar destinado en la provincia de Lugo, iniciase la colección en 1835, pero en la misma hay, al menos manuscritos de cuatro manos diferentes. Resulta difícil determinar si alguna de ellas fue la suya, y en caso afirmativo concluir en qué fecha se agregaron a la colección.

¿Lo es? La receta de Leybar incluye almendras dulces y amargas, azúcar, huevos (claras y yemas) y harinas. La actual no incluye ni harina ni almendras amargas, así que hay diferencias pero no fundamentales

.¿Y el nombre? ¿Por qué “vizcochos” y no tarta? En la descripción de la receta, una vez formada la masa, “todo bien mezclado y dispuesto se irá distribuyendo sobre moldes de papel hechos expresamente, como a manera de quadros, imitados a los que suelen hacer para el chocolate…” Más adelante “quando se juzgare que están bien cocidos se sacarán del horno para dividirlos sobre una tabla...”. Sencillamente se están preparando bizcochos y no una tarta.

¿Podemos seguir manteniendo que ésta es la primera receta de tarta de Santiago? El nombre es diferente. Constan ingredientes ausentes en la tarta actual no tiene. Además no se presenta como tarta, sino que se refiere a dividir el resultado en pequeños bizcochos.

Aun con estas conclusiones parece sensato defender la similitud entre unos bizcochos de almendra y una tarta de Santiago actual. Para ello hubiera que rastrear una fórmula original y autóctona en la bibliografía.

En el Tratado del Arte de Repostería y Licorista de José Solá, publicado en 1832 -es decir, 6 años antes que el recetario de Leybar-, hay un “Modo de hacer viscochos” cuya receta comienza así:

Para hacer vizcochos de almendras se tomarán dos docenas de amargas y  media libra de dulces y se calentarán en agua para quitarlas más fácilmente la cáscara, y refrescadas por un leve instante en agua natural…

No hace falta copiar la receta entera para darse cuenta de que es exactamente la misma que la presente en el recetario de Bartolomé de Leybar, con la salvedad de que fue publicada seis años antes, por un autor catalán y en Barcelona. En este punto, la originalidad del compilador gallego desaparece por completo y parece complicado referirse en este caso a una receta “autóctona”.

De todos modos llama la atención que el texto de Leybar, aunque posterior al de Solá, es el mismo aunque con una expresión más arcaica, por lo que no parece que resulten original y copia respectivamente, sino que ambas resulten copia de un original anterior pendiente de búsqueda.

(Adaptación de un texto original de Jorge Guitián en http://www.gourmetymerlin.blogspot.com)

HISTORIAS Y MITOS DE LA TARTA DE SANTIAGO (I)

La tarta de Santiago, otro icono de la cocina gallega, tiene un origen difícil de rastrear. Aunque pueda parecer lo contrario a partir de lo expuesto en el reglamento de la I.G.P. Tarta de Santiago y de lo publicado en diferentes blogs, revistas y soportes diversos, apenas se sabe nada de este plato hasta bien entrado el siglo XX.

Las afirmaciones más comunes al respecto son:

– La primera referencia a una tarta de Santiago en Compostela se encuentra en 1577, aunque bajo el nombre de Torta Real.

– La primera receta de la misma hállase en el Recetario de Confitería de Bartolomé de Leybar (1838).

– Esta especialidad adquiere su forma definitiva en 1924.

Respecto a la primera a la primera de las afirmaciones, solo consta un dato: el 22 de diciembre de 1577, el Licenciado Don Pedro de Portocarrero, en visita a la Universidad de Santiago (toda la documentación original de la visita está en el Archivo de Simancas, Sección Consejo Real, 118, 1-7), entrevista al bedel Bartolomé Vázquez Giráldez. En el cuestionario, como respuesta a la pregunta sobre la honestidad, recogimiento, trajes, gastos y modo de vivir y estudiar de los estudiantes, este último afirma:

Que no sabe de exceso que haya habido acerca de la pregunta, más de que en los exámenes se ha permitido dar y se dan colaciones y cenas según los que se han de graduar las han querido dar; y algunas de ellas han sido excesivas, como lo fueron las que se dieron por los licenciados don Francisco Manuel y Juan Garcia y el doctor Leis y Patiño y otros, los cuales han dado aves y manjar blanco y tortas reales y otras cosas…

Tortas Reales. ¿Qué es la torta real? Depende sobre todo de la época a la que se refiere la cita anteriormente mencionada. A partir del siglo XVIII la torta tiende a ser un dulce o bizcocho de almendras con diferentes variantes, que se conserva hasta la actualidad. Cunqueiro y Araceli Filgueira lo recogen en su recetario gallego y en Motril (Granada) es una de las especialidades reposteras tradicionales.

Antes de 1577 pudo ser un bizcocho o no. Cuanto más se avanza hacia atrás en el tiempo resulta más extraño que se trate de un bizcocho y por el contrario, es más común que se refiere a otra cosa, concretamente a una especialidad a base de gallina o de otras carnes relacionada con el manjar blanco (en su versión con carne, ya que éste también tiene una dulce).

De hecho, en el Llibre del Coch, de Ruperto (o Rupert, Roberto, Roberto…) de Nola, publicado en 1520 y que es uno de los recetarios peninsulares cronológicamente más cercanos a la fecha de la vista de Portocarrero, no encontramos ninguna Torta Real dulce, pero sí un Manjar Real, justo a continuación del Manjar Blanco.

¿Qué pudo ser entonces la torta real en la época de Portocarrero? Otras hipótesis remiten a que el término “torta” incluya elaboraciones de otra naturaleza y no solo bizcochos, aunque de todos modos y según el Tesoro de la Lengua Castellana de Covarrubias (1611) deberían llamarse tartas y no tortas.

Covarrubias no avanza más en el tema, pero los diccionarios del siglo XVIII pueden ser una ayuda. El Diccionario de Autoridades de la RAE de 1739 no ofrece muchos datos, aunque introduce la variante tortada como rellena de carnes. En el Diccionario de Esteban de Terreros (1788) sí que aparece una Torta Real y su entrada remite a la de costrada, que es la Torta o Tortada Real, que se hace de huevos, azúcar y pasta, de toda suerte de aves, viandas, frutas y legumbres. (en este punto citando a Montiño como autoridad).

Volviendo atrás en el tiempo y tmando en cuenta el recetario de Montiño, este último resulta abundante en costradas de aves, carnes y casquería; pero solo hay dos costradas abiertamente dulces, de limoncillos y huevos mexidos y de guindas.

De los platos citados en la visita de Portocarrero a Santiago de Compostela, se evidencia una sucesión Aves – Manjar Blanco – Torta Real que tal vez revele algún indicio más.  Se refiere a aves o manjar blanco seguramente elaborado en aquel entonces con ave y no como exclusivamente dulce; así como un tercer plato con el apellido de Real.

Es aquí donde volvemos al libro de Nola, donde se habla de manjar blanco (tomar una gallina y ocho onzas de harina de arroz…) y justo a continuación, de un manjar real, que se hace de pierna de carnero cozido y deshilado, por la orden del manjar blanco, salvo que le dan color de azafrán por que sea amarillo.

¿Es posible que en esas cenas universitarias -o al menos en la imaginación del bedel- se estuvieran sirviendo tres platos lujosos y relacionados entre si (aves, manjar blanco y manjar real)? Al menos en el recetario de la época tiene sentido. ¿O por el contrario, que la Torta Real fuera exactamente eso, una torta y no un manjar real, como las que propone pocas décadas después Montiño? Ahí quedan esas dos hipótesis.

Claudia Roden, la gran estudiosa de la cocina judía (incluida la sefardí) (…)propone el origen sefardí de los dulces conventuales a base de almendra

Una tercera teoría es la de Claudia Roden, gran estudiosa de la cocina judía, que propone el origen sefardí de los dulces conventuales a base de almendra y describe cómo familias sefardíes convertidas al cristianismo, para evitar el exilio compraban su carta de naturaleza como cristianos fundando conventos al frente de los cuales ponían a sus hijas (esto no es una hipótesis, es un hecho histórico comprobado). Incluso parece referirse al caso concreto del convento de Antealtares de Santiago, y que el recetario dulce sefardí, plagado de dulces de almendra horneados, pasara así al recetario conventual es una teoría cuando menos plausible.

Otro dato mucho más directo, es que en todo el libro de visitas de Pedro de Portocarrero, a pesar de que se habla de almendras no se alude a su empleo en dulces. Y por otro lado, los pocos dulces a los que alude de manera explícita poco tienen que ver con bizcochos o tortas dulces. En concreto alude con frecuencia al diacitrón (dulce de citrón o de corteza de cidra), que era de consumo cotidiano, pero a poco más.

Nada definitivo, pero sí suficientes indicios como para tener dudas de que esa Torta Real que consumían en Santiago a finales del siglo XVI, sea en realidad una tarta de Santiago.

(Adaptación de un texto original de Jorge Guitián, en http://gourmetymerlin.blogspot.com )

GARCÍA MÁRQUEZ, LLEVADO AL CANTE GITANO

“El Lebrijano” llevó los textos de García Márquez a lo más profundo del flamenco.

Una vez dijo Gabriel García Márquez sobre la música de un cantaor gitano: “Cuando Lebrijano canta, se moja el agua”.

El escritor colombiano había escrito estas palabras en una cuartilla, durante el transcurso de una reunión de amigos, en España. Aquella cita cayó como agua de mayo en el corazón del Lebrijano, quien tiempo después la tomó para componer una obra de cante gitano con fragmentos del Nobel de Literatura.

Es así como surgió en 2008, un disco homónimo con letras provenientes de de García Márquez. Un paseo musical y profundo por los espacios de Macondo, la lluvia en los ojos de la Cándida Eréndira o aquel coronel que no tenía nadie que le escribiera.

El disco hizo el número trigésimo quinto en la dilatada carrera de El Lebrijano, y vino a cerrar una trilogía de incursiones literarias y simbolismos históricos. Primero lo fue con las letras de Félix Grande y la historia del pueblo gitano; luego con la celebración del Quinto Centenario del viaje de Cristobal Colón a las Américas y los versos de Caballero Bonald; y, finalmente “Cuando Lebrijano canta, se moja el agua”, disco esencial, arriesgado y muy poco habitual en los derroteros flamencos.

El Lebrijano falleció el 13 de julio de 2016. Con él se marchó una parte de ese espíritu cercano transgresor y amigo de otras expresiones artísticas. Pero dejó joyas como la presente.

Su vida personal y musical transcurrió en líneas similares a la de Enrique Morente. Ambos destacaron por la búsqueda de otros territorios en el cante gitano más ortodoxo, así como llevar al flamenco las letras de grandes narradores y poetas

El Lebrijano había nacido en Lebrija (Sevilla) un 8 de agosto de 1941, en el seno de una familia con hondas raíces en el cante gitano, tanto su madre María La Perrata como otros miembros de ascendencia materna.

Durante su larga trayectoria musical nunca pasó desapercibido entre los más puristas del flamenco, precisamente por recuperar estilos ya desaparecidos o acercarse a otros lenguaje. En 1979 había recibido en Premio Nacional del Cante.

Fue el primero en llevar el flamenco a la música clásica con el disco “Palabra de Dios a un gitano”; al Teatro Real de Madrid y al ámbito universitario andaluz. También relató la historia del pueblo gitano con letras del poeta Félix Grande en la obra “Persecución”, ya citado anteriormente.

Pero sobre todo “Encuentros” publicado a mediados de los ochenta del siglo pasado, supuso la unión entre el flamenco y la música andalusí, al concatenar los diferentes ritmos gitanos con la Orquesta Andalusí de Tánger y la guitarra de Paco Cepero. Este primer “encuentro” también se repetiría en otras producciones como “Casablanca” (1998) y “Entre dos orillas” (2014)

El Lebrijano se fue dejando inconclusos algunos proyectos, entre los que figuraban un disco de cante gitano dedicado al Holocausto. Hombre de fe. Hombre incansable. García Márquez tuvo mucha razón en abribuirle la virtud de mojar el agua, al escuchar su voz.

DOS ENSAYOS INÉDITOS DE JUAN RULFO VEN LA LUZ

Los manuscritos corresponden a los últimos años del autor de ‘Pedro Páramo’, que dejó de publicar, pero nunca de escribir. Será la primera edición de material nuevo en casi 20 años

Más allá del mito sobre las tres décadas de silencio tras la publicación de Pedro Páramo, lo cierto es que Juan Rulfo nunca dejó de escribir. Y sobre todo, nunca dejó de leer. Con su habitual y provocadora humildad, un Rulfo ya reconocido y maduro solía decir que él escribía como un aficionado, pero leía como un profesional. Se consideraba a sí mismo un auténtico “vicioso de la lectura”. De aquella voracidad dan cuenta los más de 15.000 volúmenes de su biblioteca personal: historia, arquitectura, geografía, literatura, antropología. Unas lecturas que alimentaron reflexiones en cuadernos escritos a mano, muchos de los cuales sobrevivieron a su proverbial rigorismo destructivo de cualquier borrador y que hoy son parte de su archivo, resguardado por la familia. EL PAÍS ha tenido a acceso a dos de esos manuscritos inéditos, cuya salida editorial ya negocia la Fundación Juan Rulfo con la agencia Carmen Balcells.

Son una libreta de pastas amarillas con cinco páginas y media (…) Ambas rellenas hasta los márgenes con la letra de trazo fino e inclinado de Rulfo

Son una libreta de pastas amarillas con cinco páginas y media; y 38 hojas con el lateral rojo arrancadas de otra libreta. Ambas rellenas hasta los márgenes con la letra de trazo fino e inclinado de Rulfo. La primera es un repaso a la literatura brasileña del siglo XX. La segunda versa sobre literatura mexicana. Ninguno de los dos textos están fechados, pero las investigaciones de la Fundación, basándose en el impecable estado de conservación del papel y las obras que aparecen mencionadas, los sitúan en torno a 1982, apenas cuatro años antes su muerte.

“Estos textos son probablemente lo último que escribió y nos ayudan a situarnos en qué andaba metido al final de su vida”, señala Víctor Jiménez, director de la Fundación. Según sus investigaciones, ambos materiales vendrían a ser una extensión de otros trabajos anteriores: un prólogo a una edición de 1982 a una novela del autor brasileño Joaquim María Machado de Assis y una conferencia impartida en Harvard en 1981 sobre literatura mexicana. Ambos textos, junto a otros cuatro materiales ensayísticos de Rulfo —escritos en un periodo que va desde los cincuenta hasta su muerte— diseminados por revistas universitarias y editoriales menores serán también recopilados en una nueva edición. Será la primera salida de material inédito de Rulfo desde Cartas a Clara (2000), el rescate de la correspondencia amorosa que mantuvo en los años cuarenta con su futura esposa.

Tras la publicación de su obra maestra en 1955, Rulfo no volvió a publicar ficción —con la excepción de la novela corta El gallo de oro—. Con el paso de los años su silencio editorial se fue envolviendo en leyendas, alimentadas por el autor, que ante el asedio de las preguntas solía responder con sorna: “Es que se murió el tío Celerino, que es el que contaba las mejores historias”.

Pero ni el tío Celerino era el autor oculto de los mundos rurales y poéticos de Rulfo, ni verdaderamente dejó de escribir ficción. Durante los sesenta trabajó varios años en la tentativa de otra novela, que llegó a tener título: La Cordillera. Rulfo habló de ella en alguna entrevista, adelantó que estaría ambientada en tiempo de la colonia y que había un cura neurótico y una familia que vive “un conflicto del alma humana”. De todo aquello no queda nada por su celo y máxima exigencia con el resultado final de su escritura. “En su archivo —añade Jiménez— sí hay aún más material ensayístico, sobre todo sobre historia, pero para esta edición estamos trabajando solo en la recopilación de sus textos sobre literatura”.

Rulfo apenas llegó a inscribirse en la universidad de la muy católica ciudad de Guadalajara. Los conflictos entre la herencia revolucionaria laica y la contrarrevolución cristera entorpecieron su carrera académica, pero sirvieron de aliciente para exacerbar una incontenible pasión autodidacta por el método y el rigor en el conocimiento, mientras compaginaba largas jornadas en trabajos como vendedor de llantas o funcionario público.

La erudición de Rulfo queda patente en su obra ensayística. Minuciosos repasos de la literatura estadounidense, yugoslava, húngara o nórdica, una de sus debilidades junto a las letras brasileñas

La erudición de Rulfo queda patente en su obra ensayística. Minuciosos repasos de la literatura estadounidense, yugoslava, húngara o nórdica, una de sus debilidades junto a las letras brasileñas, entre las que, por ejemplo, Rulfo subraya una copiosa lista de autoras poco conocidas entonces: Clarice Lispector, Dinah Silveira de Queirós, Nélida Piñon, Lygia Fagundes Telles.

Su conocimiento del panorama mexicano era aún más exhaustivo. En uno de los materiales inéditos, aparece destacado un relato de 1980 de un escritor bajacaliforniano llamado Fernando Escopinichi. En una entrevista más reciente, de 2006, el escritor Daniel Sada, también de Baja California, reconocía que “absolutamente nadie conocía” a aquel autor de quien Rulfo le había dicho: “Es uno de los grandes cuentistas mexicanos”. El ensayo donde aparece esta referencia comienza con la figura del cronista de indias fray Bernardino de Sahagún, precisamente, la figura que cierra su conferencia de Harvard.

A partir de ahí, avanza desde los tiempos de la colonia al siglo XIX, pasando por la llamada novela de la Revolución, para terminar con la llamada generación de la onda, una especie de beats –a los que Rulfo había definido en otro texto como unos “tipos irresponsables que lo que pretenden en escandalizar”– a la mexicana opacados, según él, por la emergencia de la figura torrencial de Fernando del Paso.

Rulfo presta especial atención en su ensayo a la literatura sobre el tema indígena, y enumera de nuevo una ristra de “no antropólogos, que han escrito novelas y relatos indígenas con verdadero acierto”. Entre su lista: Francisco Rojas González, Andrés Henestrosa, Rosario Castellanos, Ramón Rubín, Eraclio Zepeda. En el mismo texto, él mismo reconoce que pese a haber trabajado más de 20 años como editor en el Instituto Nacional Indigenista “todavía desconozco cómo y por qué motivos actúa la mente indígena”. De hecho, apenas hay personajes indígenas en sus obras. En una escena de Pedro Páramo aparecen “los indios de Apango” refugiados un domingo lluvioso en los portales de Comala. Rulfo no se atreve a otorgarles voz, aunque el lector entra en sus pensamientos a través del recuso del estilo indirecto libre.

El único personaje indígena con presencia y voz aparecerá años más tarde en un cuento de 1968 -quizá el último que escribió y publicado póstumo- llamado El descubridor. Se trata un ”indio” que aprende a leer y a escribir en la cárcel, se convierte en abogado y busca un “documento legitimado ante Notario que certifique que ya no soy indígena”. Un relato plagado de señales y significados plasmados en la valiosa investigación a cargo del director de la Fundación que servirá de prólogo a la futura edición y que indicaría la complejidad con la que Rulfo se acercó al misterio indígena.

Autor: David Marcial Pérez
Fecha: 07 julio 2019
Fuente: http://www.elpais.com

UNA JOYA DEL ROMÁNICO ARAGONÉS: SANTA MARÍA DE IGUÁCEL

La ermita de Santa María de Iguácel se ubica en la cabecera del solitario valle de Garcipollera, en pleno corazón del Pirineo Aragonés. Para acceder a ella, unos cuántos kilómetros de pista forestal a la que se accede desde la carretera de Jaca a Canfranc.

Su particular situación y entorno agreste recuerdan al de San Bartolomé en el cañón de Río Lobos (Soria). A pie de una explanada en la que finaliza el valle. El discreto bosque de coníferas en torno a una verde pradera. O ese trasfondo telúrico que probablemente sienta el visitante en sus entrañas, porque como bien describe Antonio García Omedés, “no es casual el emplazamiento (…) en lugares tan bellos y en los que sin saber por qué es frecuente que contemplándolos te recorra un escalofrío por más que nuestra inteligencia trate de desterrar ideas esotéricas.

La ermita data de entre los años 1040 y 1050, en atención a un documento testamentario de la época que declara como heredero del eremitorio al conde Sancho Galíndez. Con motivo de una restauración practicada a principios de los ochenta del siglo pasado, vieron la luz una serie de pinturas medievales del siglo XV, que actualmente rematan la extraordinaria belleza del conjunto.

Tradicionalmente han sido los miembros de la Asociación “Sancho Ramírez” quienes de forma altruista y desde hace más de veinte años, han abierto sus puertas al público durante los meses de verano. Dicha concesión obedece a las actuaciones previas y continuadas que la Asociación ha realizado en la ermita, en materia de conservación y rehabilitación.

Sin embargo, en la actualidad hay un conflicto judicial sobre la titularidad de la ermita entre la Diputación General de Aragón y el Obispado, que ha tenido sus efectos colaterales: este año se interrumpe la apertura de Santa María de Iguácel, por obra y gracia de los que nunca se ponen se acuerdo.

Para mayor información sobre la historia y contexto de la ermita de Santa María de Iguácel, ustedes pueden consultar el mejor blog de románico aragonés en la materia, gestionado por Antonio García Omedés. Las imágenes que acompañan al texto fueron tomadas por Rafaél Margalé Herrrero.

SANTO DOMINGO, EL LOCO TOBAR Y LAS TRES HERMANAS

Plaza y convento de Santo Domingo (Quito, Ecuador)

“Aquellas tres señoritas gozaban de la consideración de casi todos los quiteños. Vivían en un barrio del centro de la ciudad, en una casa que recordaba los tiempos de la Colonia (…) Algunos llamaban a las tres hermanas las “tres Gracias”, pero no faltó el día en que un chusco e impertinente las moteara de otro modo. Cuando Lucrecia, la mayor, se enteró de ello, puso en el cielo su grito (…) fueron a la iglesia más cercana y pidieron por ese insensato que las había difamado”.

Eso escribió el Loco Tobar, fragmento de uno de sus cuentos en honor a los quiteños, personajes que habitaban la ciudad a mediados de los años cincuenta en el siglo pasado. El escritor que poco a poco iría configurándose como gran profesor, poeta y dramaturgo, reconocido y vilipendiado por el público al mismo tiempo. Unos lo tachaban de burgués y otros de parapetarse en sus versos. De humor cambiante y a ratos fiero. De ahí el apelativo de “Loco” que Francisco Tobar García arrastraría a lo largo de su vida, además de otro pesado lastre en la persona de su padre, Julio Tobar Donoso, que en calidad de canciller de la República firmó con Perú el Protocolo de Río de Janeiro a últimos de enero de 1942, cercenando “al Ecuador amplios territorios en la costa y el oriente”.

Como diría cualquier quiteño de sus cuentos, “el escritor siguió escribiendo” y convirtió cada año en una expectativa de temporada teatral para el público citadino, y sin permitir a la crítica demasiados aspavientos ante los cuales respondía con vehemencia.

¿Pero qué sucedió con las tres señoritas que fueron a la iglesia más cercana para interceder por el alma del tipo que las había tachado de “bacín, bacinica y trapo” respectivamente? Al abrir los ojos en la panorámica de diferentes calles, imagino el trasiego de ellas u otros personajes que parió el centro de Quito en pleno ecuador del siglo pasado. El loco Tobar también las había descrito viviendo en el barrio de la Loma Grande con anterioridad al fragmento, “cuando aquel paseo era de lo más distinguido, y tenían a su disposición un gran jardín, detrás de las habitaciones, que bajaba hasta el mismo río”.

Tres hermanas con faldas humeantes y vaporosas, echando un ojo a la cercana quebrada, de donde antaño se podía extraer la mirada del sol, ahora mutada en una tropelía de bocinas, espantos, borrachos, malos olores y algún poeta de vanguardia que venga a escribir acerca del surrealismo en tales nocturnidades.

¿A qué iglesia irían las tres hermanas? ¿Al Carmen Bajo o a La Merced? O al viejo convento de Santo Domingo, sito en la plaza homónima. Las imagino allí efectivamente, apeándose de alguna atarazana con ruedas. Una de ellas, tal vez la hermana mayor, llevándose la linealidad de la mano derecha a la frente para esconder la mirada del sol, más pesado que el loro de una cocinera manabita. La del medio, santiguándose. La menor, besando con pulcritud el crucifijo o enseña perteneciente al linaje familiar. Y el cura recibiéndolas a las puertas de aquel ingenio de paredes blancas, dejándolas ejercer de besamanos y reverencia ante la magna presencia de un hombre dedicado a la vida contemplativa y –cuando nadie lo veía- a otras contemplaciones incongruentes con alguno de los mandamientos.

En virtud o detrás de los muros veíanse las tres hermanas y el murmullo de las oraciones, hemistiquios y encabalgamientos en clave de baja frecuencia, mientras la virgen del Rosario las observaba impávida con su mirada de porcelana. Ave María Purísima. Que tu refajo sea bendito entre todas las mujeres y que el espíritu de tu misericordia recaiga sobre el chulla que nos ha imprecado en pleno salón de té.

Ignoro si tales ruegos sembraron el efecto deseado tanto en el sujeto como en las devotas almas de caro perfume y tardes de teatro, o si efectivamente tuvieron lugar allí, amén de que fuera precisamente el vasco Gregorio de Zuazo a quien concedieran el favor de erigir el antiguo convento de San Pedro Mártir y la capilla de Nuestra Señora, un primero de junio de 1541.

Cuántas historias y cuartos menguantes que no sepamos, guarda la plaza de Santo Domingo, y que seguramente el loco Tobar tuviera en mente en sucesivos renglones de sus obras dramáticas. Tanto por las tres hermanas como por la interminable sucesión de personajes que arrastraron sus carísimas caudas a la sombra de la pileta o del magnífico campanario.