EL BOSQUE DEL TONTO

Bosque Nacional del Tonto

El bosque como espacio literario tiene múltiples afinidades con el mar. A lo largo de la minúscula y breve historia del hombre ha sido visto desde múltiples perspectivas. Desde un lugar apartado e incivilizado hasta un modelo de supervivencia en las condiciones más duras. Naufragar en el mar a bordo de una goleta y sobrevivir en una isla desierta fue como perderse en bosques aún sin explorar. En ambos casos los narradores ficticios o reales debieron verlo como un castigo de dios o la confluencia del predestino. Salir adelante. Encontrar nuevos horizontes.

También debió verse como una aventura digna del héroe corriente. O la búsqueda de un “locus amoenus”, es decir, un lugar inhóspito y lo suficientemente apartado del mundanal ruido como para volver al hombre primigenio y respetuoso con la naturaleza que llevamos dentro.

Los cuentos populares abundan en bosques. Quien quiera curiosear al respecto volverá sin duda a Caperucita Roja, Hansel y Gretel y todos aquellos relatos breves donde el bosque provea de escondite a los más recónditos y oscuros personajes. De la misma forma a las grandes gestas de la épica medieval, desde Beowulf hasta Robin Hood o el Cantar de Roldán. El crespúsculo. Las llagas de viejos monstruos. El perfil de la espada. Las escaramuzas. El silencio de la noche. El quehacer de los lobos. El aullido de los vampiros. La luna llena. Los pasos fantasmas de las legiones romanas por donde ahora trasiegan los restos de una calzada, como aquella llamada la “novena” que desapareció sin dejar rastro en la espesura de Britania.

Pero otro dato no menos curioso es el nombre de algunos bosques, como el Bosque Nacional del Tonto, en Arizona (Estados Unidos). Un bosque de nombre sorprendente a donde bien podríamos ubicar a representantes de pelambre homónimo, para colmo de todos los personajes literarios habidos y por haber que han hecho bueno y no imbécil al bosque.

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EL PUENTE DE LA TEMPLANZA

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Por estos lares que hoy llaman las tierras de Trives debieron vivir los tíburos, un pueblo aguerrido que a la llegada de los romanos firmaron un singular acuerdo con Publio Ulpiano -enviado de Roma a tales efectos-, y en presencia del historiador Plinio el Viejo, que bien se encargaría de dejar escrito punto por punto el arreglo entre ambas huestes.

El río Navea o de la “Templanza” por aquellos tiempos, poesía el don de la tranquilidad a quienes lo cruzaban por el único vado posible del extenso territorio poblado de gargantas, laderas y altísimos escarpes.

Vado que no era otro que el actual Ponte Navea o de San Xoán de Río, que por entonces permitía únicamente el paso de las caballerías a pie con sus jinetes, sobre una exigua superficie de madera sobre la cual estaba construido.

Así que la bendita legión de Publio Ulpiano reunida en consejo meditó sobre la conveniencia de entrar en tierras del Bierzo a través del legendario paso al que se habían referido los adelantados en las exploraciones. Qué hacer con los enfervorecidos tíburos no se pelaba fácilmente. Qué mejor que el puente de la templanza para hacerles entrar en razón a aquellos salvajes sazonados en pieles y lanzas.

Es así que Plinio cuenta en sus crónicas que el general de los tíburos y sus lugartenientes salieron de Nemetóbriga -su capital- con cara de pocos amigos y dispuestos a comerse a todos los miembros de la delegación romana que esperaba al otro lado en la penumbra de una carpa instalada.

El puente de la Templanza hizo su particular trabajo, porque a lo que cruzaron los tíburos se esbozó una sonrisa de parte y parte, firmándose el acuerdo de libre paso a las legiones romanas a las riquezas escondidas en las tierras de Trives: más oro que el mayor de los tesoros escondido por los mouros allá por los cañones del viejo Sil. A su vez los tíburos, que de tontos no tenían ni un pelo, invitaron a Publio y su séquito a unas buenas pepitorias de faisán regadas con unas cuantas damajuanas de aguamiel, al otro lado del puente, justo de donde habían venido. Como a ningún tonto amarga un dulce guiso de tales características, los inocentes romanos cruzaron la pasarela y el puente volvió a cambiar las caras de los recién llegados.

Todo fue a las mil maravillas y ambos regresaron a sus respectivos dominios con el alma satisfecha y el ánimo de honrar a los dioses por la dicha de aquel día.

Poco después de aquello los romanos sustituyeron las viejas e inestables empalizadas por un puente de piedra mucho más sólido, convirtiéndolo asimismo en parte de la Vía XVIII entre Brácara y Astúrica. Asimismo una solemne descripción en el miliario a pie del puente que debía decir según transcribió algún pastor en un latín descacharrado: “Ecce pontem quiete. Vetiti ullam rem contravenit spiritu vitae”. O “he aquí el puente de la tranquilidad, quedando prohibido cualquier acto que contravenga el espíritu de la vida”.

En la época medieval el puente también fue reconstruido, y una congregación de obispos hizo desaparecer el miliario por constituir una herejía pagana a ojos de dios. De ahí que surgiera una aldea promovida por ellos mismos, así como una ermita advocada a la Cruz de Malta, que hoy llaman Capilla de la Encarnación.

De la templanza que el puente otorgara a aquellos particulares hombres de fe también sabemos por los chismes que el Beato de Liébana dejara escrito en los muros del Monasterio de San Martín de Turierno en relación al famoso puente de la Templanza, pues dícese que la capilla en referencia constituyó como destino por pena de destierro eclesial para todo monjes, eremita, prestíbero y báculo sagrado que dieran con su noble juicio en los brazos pecaminosos de sus sirvientas, suceso que en tiempos del beato era harto frecuente además de gravísimo. Una vez allí los apetitos carnales del desterrado desaparecían como por milagro o acto de magia.

¡Qué sabios los tíburos que dejaron para la posteridad aquel rudimento de madera y luego de piedra para tranquilizar los ánimos!

Hoy el día el puente luce en soledad, mientras la luz se interna por entre la fronda y la maleza crece abundantemente en las lindes respectivas. De la aldea no queda más que el silencio de cualquier rincón abandonado. Las casas en ruinas. La capilla cerrada a cal y canto. Una templanza o milagro más.

Microcuentos / Galicia mágica
Aitor Arjol

EL ROCE DE UNA BALA

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Una bala me rozó la sien izquierda. O la derecha. No recuerdo bien. Tampoco me atrevo a aseverarlo, salvo que tome mi propia calavera como hizo Hamlet en aquella legítima secuencia dramática. En uno de los nidos frente a la casamata de avituallamiento. Después desperté en un punto improvisado de atención en la retaguardia. Una mujer acompañada de media docena de gabardinas con medallas y botas recién lustradas fue pasando de camilla en camilla. Me tocó su saludo en tercer lugar de la fila. Cómo está usted. La patria le necesita. Tome un pitillo. Yo se lo enciendo. Cómo fue. En el frente supongo. Una bala despistada me rozó la sien. Aún tengo la marca bajo tierra. Mire usted. Tal que aquí en sentido horizontal, como la raspadita de un billete de lotería. Supongo que cuando me saquen de nuevo, la verá alguno de mis nietos.

Microcuentos / Aitor Arjol
07 de agosto de 2018

LAS HOJAS VIVAS

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Les feuilles mortes sonaban a golpe de victrola. Vueltas y revoluciones en una lengua que no entendía. El joven volvió a pedir una grapamiel de pulpería. Y allí, pegado al vaso de ímpetu amargo, refunfuñaba entre dientes alguna melancolía masticada por la pelea mantenida con su novia. Pero no de embates sino de sentimientos. Él se quería marchar en busca de un futuro mejor para ellos, porque en aquella ciudad no quedaba mucho futuro para las almas discordantes. Y ella que no quería tenerlo lejos. La victrola seguía desparramando aquella vieja canción en la voz de Yves Montad. Ninguno de los dos tenía idea de lo que decía la letra, pero él lloraba en el bar y ella en el salón de la casa familiar. A la tercera de grapamiel él volvió a buscarla y ella a él. Las hojas estaban vivas.

Microcuentos / Aitor Arjol

EL CORTEJO DE LAS ALMAS ROTAS

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Antes de vivir en paz con el silencio de estas tierras, conviene saber la historia de don Cosme Ferreiro, de cuyas virtudes no se ha vuelto saber desde hace tres décadas. Él había salido de la escuela municipal, con cara de hastío. Nadie había hecho caso en la reunión de convecinos, llevada a cabo en el aula donde se impartían clases a los niños del concejo. Tan preocupados por las requisas de la Santa Compañía fuera del día de los difuntos.

Él les había dejado no tanto el remedio sino la explicación debida a por qué la procesión de muertos había comenzado su cruel peregrinaje más allá de la noche encomendada , después de haber firmado pacto con puño y letra del mismísimo párroco de Santa María de Combas, a la luz de la sagrada vela de San Isidoro de León y con el oscuro representante del cortejo como testigo.

Que la Santa Compañía ya no guardaría la muerte por cualesquiera males. Que sus sombras también perseguirían a los que ausentes o no de fe, se adentraran por los dominios del eremitorio de Cadeiras más allá de las diez de la noche durante el otoño e invierno de cualesquiera años. Y de estos últimos mencionados, a los que allanaren propiedad eclesiástica y heredades adyacentes en busca de oro y otras dignas orfebrerías dejadas por los mouros en su huida hacia los altares de lo profano. Así había sucedido por los tiempos venideros, y con fiel respeto hacia la naturaleza de la Santa Compañía en la noche misma de los difuntos.

Pero la casualidad quiso que un día de ósculos grises en el cielo, el primo de don Cosme encontrara una corona votiva oculta en los huecos de la cripta que la ermita guarda bajo sus pies. Una pieza completamente de oro, y con remaches de otras preciadas virtudes minerales, que bien despertó la codicia en la comarca e ignoró por completo el antiguo documento firmado por el párroco y el más allá. El hallazgo despertó una horda de gente provista de los más singulares aperos, que a menudo fueron de noche con sus viejas lámparas de queroseno, en busca de otras réplicas y tesoros añadidos.

No debieron pasar dos noches hasta que los primeros circunstantes fueron desapareciendo estrepitosamente, y alguno que otro se despeñó hacia las profundidades del cañón. Rumores ininteligibles se referían en efecto a la aparición súbita de la Santa Compañía, pero nadie había vivido para contarlo. La corona visigoda también desapareció de la caja fuerte donde reposaba, en las dependencias del ayuntamiento, y con la escolta permanente de dos empleados armados hasta los dientes, que se esfumaron de forma simultánea a aquellos hechos.

Los más viejos dijeron que aquello era obra del diablo, por haber roto el pacto. Los más cuerdos, que los guardias en franca conspiración con otras autoridades de mayor rango, se encargaron de todo y disfrazáronse de rapaces con túnica raída para amedrentar al vulgo y quedarse en con todo.

De nada valieron las rondas nocturnas, ni la vigilancia permanente, ni las efectivas advertencias de don Cosme al que los lugareños atribuían facultades adivinatorias. Don Cosme fue el último en desaparecer. No por avaricioso en sí mismo sino porque cuentan que ofreció su alma en pago a los desmanes ajenos. Fue la madrugada del 21 de marzo. En pleno destello de la primavera. Un pavoroso incendio consumió hasta las raíces la sombra de aquellos embrujados montes, llevándose la vida de todos cuantos la Santa Compañía quiso.

Dicen que entre llamas y alaridos vieron a don Cosme suplicar misericordia a unos extraños personajes que iban al vuelo, ataviados con sus harapos y tristes prendas, amén de un caldero de donde emergía una luz pesada como el infierno. Pero no hubo manera. Debieron llevárselo también consigo.

Después de aquello el pueblo debió tomar conciencia de lo sucedido. Las penas y lágrimas se sucedieron en el cementerio adherido a la iglesia, al que hubo que aumentar el espacio debido a todas las almas que el fuego se había llevado como cuervo hambriento.

Es debido a ello que por estas tierras abandonadas por dios en algún momento, a la Santa Compañía se la tiene mayor respeto hasta el punto de llamarla no santa sino cortejo de las almas rotas por la avaricia y posterior tormento.

Microcuentos / Galicia Mágica
Aitor Arjol

EL ESPERPENTO DEL SIGLO XXI

Valle Inclán

Entre unos y otros, el buen rollo goza de buen prestigio. Se miente. Se exagera. Se manipula. Se pone sobre la mesa un pensamiento único. Parece que quieren mejorar antiguas estrategias que antaño combatieron. Como si el pasado no hubiera sido suficiente como síntoma de aprendizaje. Volver a tropezar en la misma piedra. Seguir siendo un Caín en tierra de nadie. Todas las posturas y delirios políticos sirven a un único propósito: el absurdo o el esperpento.

Ya lo decía Max Estrella, en los tiempos de Luces de Bohemia: “este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere”.