MIRADA FEMENINA SOBRE AMÉRICA DEL SUR: MARIA SIBYLLA MERIAN EN SURINAM, 1699–1701

Las mujeres artistas y naturalistas que viajaron a América Latina y el Caribe en los siglos XVII al XIX fueron más de las que uno supondría. Al igual que para sus homólogos masculinos, la promesa de la aventura y el descubrimiento era incentivo suficiente, y sus privilegios económicos y sociales facilitaron el camino. Sin embargo, las mujeres que viajaban eran en cierto modo más intrépidas y decididas pues debieron confrontar normas sociales de lo que se suponía era un comportamiento apropiado para su sexo a fin de ganar credibilidad y la libertad necesarias para seguir este camino. Esta es la segunda entrega de una serie de textos en los que la doctora Katherine Manthorne arroja luz sobre algunas de estas artistas viajeras que triunfaron siguiendo su visión.​

Combinando su amor por el arte y la ciencia, Maria Sibylla Merian (1647-1717) revolucionó la forma en que Europa observaba la naturaleza suramericana. En 1699 viajó de Ámsterdam hacia Surinam, una colonia holandesa en el extremo noreste del sur del continente (también llamada Guayana Holandesa, homologándola así con la Guayana Francesa y la Guayana Británica, hoy Guyana). Allí capturó imágenes a escala de los insectos autóctonos con detalles de su hábitat natural y de sus ciclos reproductivos. En 1705, a los 52 años de edad, publicó su obra maestra: Metamorphosis Insectorum Surinamensium, un libro ilustrado en holandés y latín que fue una sensación en toda Europa. Descritas como extrañas, vibrantes y hasta horríficas, estas increíbles acuarelas fusionan la observación empírica con una imaginación visionaria para presentar una perspectiva de la naturaleza en constante cambio.

Al igual que la mayoría de las mujeres del siglo XVII que desarrollaron una carrera artística, Merian trabajaba en el negocio de su familia. Aunque tenía sólo tres años cuando murió su padre, Matthäus Merian el Viejo (1593-1650), su obra como grabador y editor de libros de historia natural, ilustrados de manera extravagante, formaba parte de sus genes. Su padrastro, el comerciante de arte, grabador y pintor de naturaleza muerta Jacob Marrell, le enseñó a pintar, una habilidad que aplicó a sus propios bodegones de pájaros, insectos y flores. A los dieciocho años de edad contrajo matrimonio con el pintor y grabador Johann Andreas Graff con quien tuvo dos hijas, y su devoción religiosa aumentó. En 1685 abandonó a su esposo y a su congregación luterana y viajó a Holanda para unirse a los labadistas, una secta religiosa contemplativa que predicaba la propiedad comunal y la crianza conjunta de los niños. Continuó recolectando, reproduciendo y pintando insectos, y eventualmente se divorció. En 1699 se embarcó en una nave junto con su hija Dorothea Graff para unirse a una colonia labadista en Surinam, en donde estudió y bosquejó durante los siguientes dos años los ciclos de vida de especímenes locales, desde mariposas hasta pájaros, hasta que una enfermedad (probablemente malaria o fiebre amarilla) la obligó a regresar a Ámsterdam prematuramente. En el viaje de 1701 de vuelta a Holanda, Meriam y su hija cargaron consigo un precioso bagaje: dibujos en acuarela cuidadosamente empacados en cajas de madera selladas y especímenes de insectos, plantas y animales conservados en tarros de brandy que serían la base para su libro La Metamorfosis de los Insectos de Surinampublicado cuatro años más tarde. [1]

Antes de siquiera soñar con ir a Surinam, Merian pasó décadas documentando plantas e insectos europeos en su país. Inicialmente hizo pinturas de flores en combinación con insectos que eran más decorativas que científicas. Más adelante se interesó particularmente en los ciclos de vida de los gusanos de seda, polillas y mariposas a los que criaba en su casa para poder observar su desarrollo. Sin embargo, en vez de representar a la mariposa como una metáfora de la resurrección del alma -una representación típica en su época- se concentró en su transformación biológica. Meriam pasó muchas noches en vela en un intento por observar las cuatro etapas de su metamorfosis: huevo, larva (oruga), pupa y adulto. Los huevos suelen ser depositados en las hojas de las plantas y, una vez gestada, la oruga emerge e inmediatamente comienza a comerse la hoja para facilitar el crecimiento. Cuando son lo suficientemente grandes, se forman en una pupa o crisálida, dentro de la cual la oruga, corta y sin alas, se transforma en algo extraordinario. Finalmente, la polilla o mariposa adulta emerge y sacude sus alas, que la mayoría de las veces son coloridas y modeladas.

/
Fig. 2. Maria Sibylla Merian, Vermin mirabilis, una representación del ciclo de vida del insecto (1670-1679), de un álbum de 160 dibujos titulado “Merian’s Drawings of European Insects” © Trustees of the British

Sigue leyendo

Anuncios

MIRADA FEMENINA SOBRE AMÉRICA DEL SUR: MARIA GRAHAM

Las mujeres artistas y naturalistas que viajaron a América Latina y el Caribe en los siglos XVII al XIX fueron más de las que uno supondría. Al igual que para sus homólogos masculinos, la promesa de la aventura y el descubrimiento era incentivo suficiente, y sus privilegios económicos y sociales facilitaron el camino. Sin embargo, las mujeres que viajaban eran en cierto modo más intrépidas y decididas pues debieron confrontar normas sociales de lo que se suponía era un comportamiento apropiado para su sexo a fin de ganar credibilidad y la libertad necesarias para seguir este camino. En esta serie de textos, la doctora Katherine Manthorne arroja luz sobre algunas de estas artistas viajeras que triunfaron siguiendo su visión.

Taken from Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Maria,_Lady_Callcott_by_Sir_Thomas_Lawrence.jpgSir Thomas Lawrence, Maria, Lady Callcott, 1819. Óleo sobre tela. 59.7 x 49.5 cm (23 1/2 x 19 1/2 in.). Fuente: Wikimedia Commons

En 1819, Maria Graham (Dundas de nacimiento, 1785-1842), recién llegada de sus viajes por Italia y la India, posó para Thomas Lawrence, el aclamado retratista de Londres. Mientras pintaba, debieron haber conversado sobre varios temas dado que ella era una acuarelista consumada, viajera del mundo, autora, naturalista e historiadora del arte. Lawrence capturó a esta mujer educada y aventurera contemplando distraída a la distancia. Dos años más tarde, Graham abordó la fragata Doris de S.M.B., comandada por su marido, el Capitán Thomas Graham, con destino a América del Sur. Tras la muerte de su marido abordo, decidió permanecer ahí por su cuenta, viviendo en Chile y después en Brasil de 1821 a 1825, anotando diarios y haciendo bosquejos de acuarela que proporcionaron material para dos publicaciones: Diario de mi residencia en Chile (1824) y Diario de un viaje al Brasil(1824). Entre los muchos relatos de viajeros angloparlantes –de hombres o mujeres– Graham capturó la imaginación pública con su distintiva y pionera combinación de detalles científicos y observación personal.[i]

Graham se distinguió de la mayoría de los viajeros no sólo por su dominio de idiomas (hablaba español y en Brasil aprendió por su cuenta portugués), sino también por su acceso sin precedentes a los círculos de la política interna. En Chile acompañaba frecuente a Lord Thomas Cochrane, miembro de la Armada Real Británica y quien jugó un papel clave en las guerras de independencia de América del Sur. En la corte imperial de Brasil disfrutó de la amistad de la emperatriz María Leopoldina, recién llegada de Austria y, durante un corto tiempo, fue la institutriz de la princesa Doña María de Gloria (hija del emperador Pedro y la emperatriz María), quien más tarde se convertiría en Doña María II de Portugal. Siendo testigo del nacimiento de estas nuevas naciones, entrelazó su propia historia con las independencias emergentes de ambas. Hija de un oficial de la marina británica, Maria creció en contacto con intelectuales y artistas y dibujó desde temprana edad. Si bien sus extraordinarios textos reciben cada vez más atención, nuestro interés aquí es el arte que creó durante sus viajes, una selección del cual fue grabado por Edward Finden para ilustrar sus libros.[ii]

/
Edward Finden basado en Maria Graham, Dragon Tree & Peak of Teneriffe del libro “Journal of a Voyage to Brazil” (1824). © Trustees of the British Museum

Graham fue minuciosa al documentar sus viajes por América en su diario, lo que la ayudó tanto para darle sentido a sus experiencias como para proporcionarle materia prima para sus libros. Ansiosa por posicionarse dentro del campo de la literatura de viajes, seleccionó al explorador prusiano Alexander von Humboldt como modelo a seguir; su viaje por el noroeste de América del Sur, México y Cuba (1799-1804) y sus numerosas publicaciones subsecuentes —especialmente Vues des Cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique (1810-1813)— ayudaron a despertar el interés de otros artistas por estas regiones.[iii] Graham lo menciona incluso antes de llegar a América del Sur, en la Isla de Tenerife —la segunda parada de su viaje, a mitad del camino entre España y África—, donde dibujó el “Gran Árbol del Drago de la Orotava del cual Humboldt ha dado un interesantísimo recuento”. Graham hace referencia a un pasaje de la Narrativa Personal de Humboldt, cuando éste, en las Islas Canarias, describió un árbol del drago de “enorme magnitud” y lo llamó “uno de los habitantes más antiguos de nuestro planeta”. Consciente de que su esbozo de la ruina arbórea era sólo un eco de la evocación verbal de Humboldt, lo ilustró en su libro y añadió el título “Él lo vio en toda su grandeza; yo lo dibujé después de que perdió la mitad de su parte más alta”. A través de este documento visual, no sólo estableció sus credenciales como exploradora de América del Sur sino también creó el principio de su distintivo personaje—superando a Humboldt al ilustrar así como describir el Árbol del Drago.

/
Fig. 3. Maria Graham, Vista de Bahía de Quintero, desde el lugar donde estaba la casa (Valparaíso), del libro “Journal of a Residence in Chile” (1824). © Trustees of the British Museum

Un gran terremoto sacudió a Chile el 20 de noviembre de 1822. Viviendo cerca de Valparaíso, Graham relató vívidamente los sonidos y las sensaciones que dieron comienzo al evento:

A las diez y cuarto [de la noche], la casa recibió un choque violento, junto con un ruido similar al de la explosión de una mina. Me quedé quieta…hasta que, con la vibración aun incrementándose, las chimeneas se cayeron y vi las paredes de la casa abiertas …Saltamos al suelo y apenas llegábamos ahí cuando el movimiento de la tierra cambió de una vibración rápida a un vaivén como el de un barco en el mar.

La Bahía de Quintero que había dibujado en condiciones de calma (Fig. 3), experimentó grandes cambios:

El Sr. Cruiksank ha recorrido la vieja Quintero; nos dice que hay grandes rasgaduras de terreno a lo largo de la orilla del mar y durante la noche el mar parece haber retrocedido de manera extraordinaria, especialmente en la Bahía de Quintero. Yo veo, desde la colina, rocas sobre el agua que nunca antes habían estado expuestas.[iv]

Estas observaciones de primera mano la llevaron a escribir su artículo titulado “Recuento de algunos efectos de los últimos terremotos en Chile”, el primer informe escrito por una mujer para Transactions of the Geological Society (1824). De considerable importancia, fue referido por hombres de ciencia distinguidos, entre ellos Charles Lyell y Charles Darwin. En 1834, sin embargo, George Greenough, Presidente de la Geological Society, cuestionó la exactitud de las observaciones de Graham. Investigaciones posteriores la reivindicaron, demostrando que poseía un considerable expertise en geología y la destreza para sortear los obstáculos de la comunidad científica contemporánea.[v]

El artista viajero alemán Johann Moritz Rugendas visitaría más tarde Valparaíso, haciendo una representación topográfica detallada del puerto estratégico, el cual estaba lleno de barcos de todas las naciones.[vi] Por comparación, el dibujo de Graham es más pintoresco y personal, reforzando sutilmente su papel de observadora inmediata en su descripción de la casa donde había vivido antes de ser destruida por el terremoto.

/
Johann Moritz Rugendas, Vista de Valparaíso, 1842. Óleo sobre tela. 63.5 x 92 x 2.5 cm
/
Maria Graham, Carta a William Hooker, 11 de abril de 1824

Pasajes de su libro, correspondencia privada y bocetos inéditos documentan la creciente capacidad de Graham en botánica.[vii] Ofreció su ayuda a William Hooker, director de Kew Gardens: “Yo no suelo dibujar flores, pero podría hacerlo —y también cualquier forma peculiar de semilla y similares— sólo déjeme saber cómo puedo ser útil y trataré de serlo”.[viii] Estudiando los helechos que crecían entre su cabaña y la cima del Corcovado, pudo recolectar veintidós variedades diferentes, las cuales secó y envió a Hooker en el barco Aurora. En las situaciones en las que no podía secar una planta, la sustituía con un minucioso dibujo. Entre 1824 y 1825 realizó un centenar de dibujos de la flora brasileña, muchos de los cuales representaban la planta en contraste con su hábitat en el paisaje.[ix] Su gama de estrategias visuales evidencia una mano hábil y el conocimiento de un amplio repertorio de ilustración floral.  ¿Por qué entonces —con la excepción del Árbol del Drago— omitió los dedicados estudios botánicos de sus propios recuentos de viaje? Las mujeres, si es que eran reconocidas en absoluto en el campo del arte, tendían a ser estereotipadas como señoras que pintaban flores. Así que quizás, habiendo trabajado tanto para ganar respeto como una mujer intelectual, se resistió a insertar en su libro imágenes que pudieran inducir ser categorizada de esa forma. En su lugar decidió trabajar tras bambalinas, hacer dibujos y recolectar especímenes para compartir no sólo con Hooker, sino también con David Douglas, John Sims y Carl Von Martius, quienes reconocieron a Graham en sus publicaciones.[x] Por estos medios, hizo las veces de un vínculo importante en la red global en la que Kew y, en última instancia, la ciencia natural británica, dependieron de sus esfuerzos para clasificar la población mundial de plantas. Coleccionando especímenes botánicos, se involucró en una actividad asociada con naturalistas y mujeres aficionadas, y combinó estas posiciones duales para crear una perspectiva individual.

El Corcovado o Cerro Jorobado —con una cima de 710 m (2,300 pies)— se alza sobre Río de Janeiro y es un gran punto de referencia con una larga historia en las artes visuales. Representado por innumerables viajeros, la vista del Corcovado desde el otro lado de la Bahía —donde su forma distintiva es más evidente—se convirtió en la vista canónica. Graham, por el contrario, se sitúa en una terraza del jardín revelando el perfil de la cima entre las siluetas de una casa a la derecha e izquierda, enmarcada debajo por la cerca que divide la zona cultivada en el inmediato primer plano de la más silvestre o más sublime naturaleza del otro lado. El primer plano se refiere al hortus conclusus, un término en latín que significa “jardín cerrado”, el título de la Virgen María en el arte medieval y renacentista, marcando así este espacio íntimo como claramente femenino.[xi] La comparación con Vista de la Bahía de Río de Janeiro de León Jean-Baptiste Sabatier revela que él, como la mayoría de los hombres que trazaron este famoso sitio, estableció su perspectiva desde el otro lado del puerto. Graham en cambio se posicionó en el borde de un jardín cercado mirando los arbustos bajos y los árboles, especialmente las palmas reales, de modo que la famosa cima parece emerger del vientre de la naturaleza tropical. Mientras que la valoración final aguarda una identificación más profunda de imaginería creada por manos femeninas, esta evidencia preliminar demuestra una desviación del enfoque tradicional, apuntando a una perspectiva claramente femenina sobre este cerro icónico.

/
Maria Graham, Corcovado desde Botofago del libro “Journal of a Voyage to Brazil” (1824). © Trustees of the British Museum
/
Léon Jean-Baptiste Sabatier, View of the Bay of Rio de Janeiro, 1850. Óleo sobre tela. 81.3 x 113 cm
/
Edward Finden basado en Augustus Earle, Val Longo or Slave Market at Rio Janeiro del libro “Journal of a Voyage to Brazil” (1824). © Trustees of the British Museum

La esclavitud humana era una realidad en Brasil hasta que fue abolida en 1888, por lo que sus representaciones eran comunes. El Diario de Viaje al Brasil de Graham destacó una imagen del Val Longo o Mercado de Esclavos en Río opuesta a la página del título. La autora se encontró de primera mano con la esclavitud en Recife, en su aterrizaje inicial en Brasil en 1821. Pero la conmoción y la repulsión que describió al ver a los afro-brasileños esclavizados le impidieron sacar su cuaderno de bocetos y retratarlo in situ. Por lo tanto, creó una imagen basada en una obra de Augustus Earle (1793-1838) para proporcionar a sus lectores la documentación visual de la compra y venta de seres humanos importados de África en una calle de la capital.

Las narrativas de viaje deben ser entendidas como una intrincada red de textos en la que un viajero lleva a cabo una conversación interna con su predecesor o sucesor: Humboldt citó a La Condamine; Darwin citó a Humboldt; Agassiz citó a Spix y Martius. El arte de viaje está similarmente en diálogo con imaginería previa y abre la puerta a futuros esfuerzos. En este espíritu, Maria Graham hizo referencia, y en ocasiones insertó el trabajo de otra mano en su volumen, incluyendo el de Augustus Eale, quien en marzo de 1818 dejó Inglaterra para emprender un viaje alrededor del mundo. A partir de enero de 1821, pasó tres años en Río de Janeiro donde produjo una importante cantidad de bosquejos y acuarelas que incluyen paisajes, retratos y escenas de la esclavitud brasileña como ésta.

/
Edward Finden basado en Maria Graham, Larangeiros del libro “Journal of a Voyage to Brazil” (1824). © Trustees of the British Museum

Una constante de la literatura de viaje del siglo XIX es el hecho de que las mujeres viajeras estaban confinadas a las grandes ciudades, incapaces de experimentar la vida rural por sí mismas. Por más fuerte que fuera su voluntad o más libre su pensamiento, una mujer solitaria se veía impedida –tanto por barreras físicas como por normas sociales– de viajar extensamente por territorios escasamente poblados, peligrosos y con mapas muy pobres. Graham, fastidiada ante estas limitaciones, se quejó de su incapacidad de viajar libremente por el campo. Convirtió la ciudad de Río en su objeto de estudio y adoptó prácticas expedicionarias de escritura en sus diarios de viaje; realizó mapas de la ciudad y la dibujó para estudiarla y hacerla comprensible a sus lectores. Mientras exploraba la zona sur de la ciudad, se encontró con Larangeiras, en el valle del Río Carioca. Fundado en el siglo XVII, constituye uno de los barrios residenciales más antiguos:

Caminé…por uno de los pequeños valles al pie del Corcorado [sic?]: se llama Laranjeiros, desde los numerosos árboles de naranjas que crecen en cada lado del  pequeño arroyo que lo embellece y fertiliza. Justo a la entrada de ese valle, una pequeña llanura se extiende a cada lado, a través de la cual el riachuelo corre sobre su lecho de piedra y ofrece un lugar tentador a grupos de mujeres lavanderas de todos los matices, aunque la mayoría son negras; y añaden no poco al pintoresco efecto de la escena…Alrededor de la llanura de las lavanderas, setos de acacia y mimosa cercan los jardines de bananos, naranjas y otras frutas que rodean cada villa…(p. 161)

Estudiando su imagen realzada por árboles y arbustos vibrantes, casi podemos oler su agradable fragancia que impregna la atmósfera. Más allá de estos placeres, la atención de Graham a Laranjeiras señala una característica clave de su empresa: aparte de breves paradas en Recife y Bahía, permaneció en la costa central. Compensó su inhabilidad de ver el Amazonas o de visitar el interior estudiando de cerca Río de Janeiro y sus alrededores, incluyendo no sólo importantes puntos de referencia, sino sitios de descubrimiento personal.

/
Edward Finden basado en Maria Graham, Watering Place Juan Feniandez del libro “Journal of a Residence in Chile” (1824). © Trustees of the British Museum

El relato de Graham de la excursión de su grupo al alguna vez boyante archipiélago Juan Fernández ubicado a 360 millas náuticas de la costa de Valparaíso, Chile, revela su impulso de invocar el tropo del explorador masculino, afirmando su autoridad para ser maestro de todos los estudios, mientras comenta sobre la experiencia y cita líneas del escritor del siglo XVIII William Cowper:

Hoy temprano fui a la costa con el grupo de Lord Cochrane, pues quería hacer algunos bocetos y, de ser posible, subir por algunas de las colinas en busca de plantas; entonces, cuando todos ellos reanudaron su plan de alcanzar el punto más alto para ver el otro lado de la isla, me quedé atrás… Y ahora llegué a un lugar solitario, desde el cual no se veía ningún rastro del hombre, y desde donde parecía no haber comunicación con ningún ser vivo. Había estado algunas horas sola en esta magnífica jungla; y aunque al principio quizás sentí ganas de exclamar—

Soy la monarca de todo lo que estudio

            Mi derecho ahí no está en disputa.

Sin embargo, muy pronto sentí que la absoluta soledad es tan desagradable como antinatural; y las exquisitas líneas de Cowper me sirvieron de nuevo—

Oh, soledad, ¿dónde están tus encantos

            Que los sabios han visto en su cara?

            Mejor morar en medio de las alarmas,

            Que reinar en este horrible lugar.[xii]

El texto de Graham alterna entre momentos de darse fuerza a sí misma y la soledad y miedo palpables. Despliega el tropo maestro sólo para transformarlo, retrayéndose tras una expresión de sentimientos más adecuados a una mujer viajera. Por un momento breve, sin embargo, se revela al igual que cualquier explorador, y esa es la imagen que el lector conserva. Unos diez años después, Charles Chatsworth Wood Taylor, británico de nacimiento, hizo una acuarela del mismo lugar, probablemente desde el barco. Lo observamos a lo largo de las aguas de la Bahía Cumberland con sus escarpados acantilados que se extienden hasta la parte superior de la página velados en niebla, creando una escena poco acogedora y opresiva.[xiii] Graham, por el contrario, seleccionó una perspectiva del litoral con barcos y figuras, invitándonos a entrar en la escena y explorarla con ella.

/
Charles Chatworthy Wood Taylor, Town of Juan Fernández, Cumberland Bay (Juan Fernández Island), 1834. Acuarela sobre papel. 30.4 x 49.9 cm
/
Maria Graham, Vista desde L’Angostura de Paine del libro “Journal of a Residence in Chile” (1824). © Trustees of the British Museum

Durante su residencia en Chile, Graham tuvo la oportunidad de viajar desde la costa interior al área de Angostura de Paine, ubicada en el estrecho paso entre la Cordillera de los Andes en el este y la Cordillera de la Costa en el oeste. “El camino está bordeado en cada lado con magníficos árboles, principalmente maitenes”, escribió en su diario, “y casas de campo y ricas plantaciones se hallan en la amplia y silvestre llanura que habíamos pasado”. Graham parecía especialmente embelesada por este apacible paisaje, el cual seleccionó como una de las catorce láminas para la ilustración.

/
Maria Graham, Peepshow de “View of L’Angostura de Paine in Chile,” c. 1835. Fuente: Victoria and Albert Museum

El Victoria & Albert Museum de Londres adquirió recientemente un peepshow de papel de un paisaje chileno de la era victoriana temprana atribuido a Graham con base en la similitud con su ilustración Vista de La Angostura de Paine en Chile. Se decía que los peepshows traían el escenario del mundo a la palma de tu mano. Este es un dispositivo estilo acordeón que consiste en tres paneles recortados pegados a lo largo de los lados por fuelles de papel a un tablero por adelante y por atrás. Podemos mirar a través de ramas pegadas al panel frontal para contemplar un paisaje con dos figuras recortadas: un hombre y una mujer, posiblemente un autorretrato. A medida que el ojo del espectador avanza más allá de los paneles sucesivos, experimentamos las características de la escena que retrocede hábilmente de nuevo a la profundidad de ésta, desde el pescador en el borde del agua hasta la aldea lejana.[xiv] Podemos imaginar los efectos mágicos del peepshow cautivando adultos y niños por igual. Desde sus informes en revistas científicas y contribuciones a las colecciones de historia natural hasta sus populares recuentos de viajes y peepshows, Graham ayudó a dar vida a la tierra y pueblo de Chile entre un amplio espectro del público británico.

/
Edward Finden basado en Maria Graham, Traveling in Spanish America [Autorretrato], frontispicio del libro “Journal of a Residence in Chile” (1824). © Trustees of the British Museum

Los recuentos ilustrados de viajes por lo general contienen un retrato del explorador y Graham no es la excepción. Viajando por la América Española, el frontispicio de su libro sobre Chile, representa una carroza moviéndose a través del paisaje chileno de derecha a izquierda con los Andes al fondo. Un viejo recibo de venta de una acuarela de un Carruaje Lima, atribuido a un “artista no identificado”, ahora puede atribuirse a Maria Graham.[xv] Aunque la acuarela original actualmente no ha sido localizada, esta reproducción en blanco y negro ofrece varias pistas valiosas. Primero, nos dice que ella trabajaba en acuarela en una escala que era portátil (7 ¼ x 11”) y que, por lo tanto, le permitía hacer el bosquejo preliminar in situ, aun si trabaja en los detalles a su regreso a casa. Segundo, sugiere que debe haber creado muchas más acuarelas que faltan por ser adjudicadas a su mano. Y tercero, nos permite hacer la comparación entre su concepción original con los cambios que Edward Finden realizó al convertir su acuarela en un grabado lineal para fines de reproducción (una práctica común en el siglo XIX). La cruz que aparece a la izquierda, al borde de la carretera, era más prominente y detallada en su representación del cuerpo de Cristo en la acuarela de Graham que en la versión impresa, sugiriendo que la editorial quería bajar el tono de las referencias al catolicismo; los huesos y las tres aves de carroña en el camino no están presentes en la acuarela de Graham, indicando el deseo de Finden de intensificar el sentido de peligro y presagio del libro. Finden también extendió el paisaje a la derecha para incluir una cima en el camino por el que la carroza había pasado, mientras Graham recortó la escena poniendo más énfasis en la carroza y sus ocupantes. En el interior de la carroza se ve un caballero sentado y a su lado una dama con un sombrero de copa: el autorretrato de Graham. Ella reemplazó el turbante habitual que Lawrence vestía en el retrato con un sombrero de copa que transmite autoridad masculina. Se muestra a sí misma enmarcada por la ventana de la carroza, avanzando a lo largo del terreno aún desconocido.[xvi] Graham delineó meticulosamente su medio de transporte: una “Berlina”, un modo de transporte usado en Alemania, adoptado por España y enviado a las Américas. Tirado por dos caballos, pudo haber tenido dos o cuatro ruedas, cerradas por la parte delantera, y abiertas a los lados.[xvii] Maria Graham mira directamente hacia afuera, lista para afrontar los desafíos de lo que le pudiera esperar en este terreno extranjero y llama a sus lectores a seguirla. Así es como quería que la recordáramos, viajando a lo largo del paisaje, la observadora experta del mundo que la rodea, contemplando con su mirada femenina a América del Sur por la ventana.


[i] Maria Graham, Journal of a Voyage to Brazil and Residence there, during part of the years 1821, 1822, 1823 (Londres: Longman, Hurst, Rees, Orme, Brown, and Green, and John Murray, 1824); y Maria Graham, Journal of a Residence in Chile, during the year 1822; and a voyage from Chile to Brazil, in 1823 (Londres: 1824).

 

[ii] Regina Akel, Maria Graham: A Literary Biography (Amherst, NY: Cambria Press, 2009) aporta detalles sobre el trasfondo.

 

[iii] Alicia Lubowki-Jahn, “Picturing the Americas After Humboldt: The Art of Women Travelers,” Review 84: Literature and Arts of the Americas 45 (2012): pp. 97-105 se discute el impacto de Humboldt en la narrativa de viaje de las mujeres.

 

[iv] Graham, Journal of a Residence in Chile, fragmento de noviembre 20, 1822.

 

[v] Carl Thompson, “Earthquakes and Petticoats: Maria Graham, Geology, and Early Nineteenth Century ‘Polite’ Science,” Journal of Victorian Culture 17 (2012): pp. 329-346.

 

[vi] Manthorne, ed., Traveler-Artists, pp. 114-115.

 

[vii] Betty Hagglund, “The Botanical Writings of Maria Graham,” Journal of Literature and Science 4 (2011): pp. 44-58, afirma que Graham era típica en su interés por el popular tema de la botánica e inusual en su habilidad para explorar tal interés en formas que iban más allá de las empleadas por sus contemporáneas.

 

[viii] Carta de Maria Graham a William Hooker, Abril 11, 1824 (Royal Botanic Garden, Kew, Archives); citado por Luciana.

 

[ix] Algunos de esos dibujos se compilaron en un portafolio y se preservaron en los Archivos de Kew Gardens; otros fueron hechos sobre un cuaderno de dibujo y se preservaron el Museo Británico. Ver Drawings by Lady Maria Callcott, vol. 2. British Museum, Prints and drawings. Citado por Luciana Martins. Este incluye imágenes de su primer viaje a Brasil (1821-1823) y del segundo (1824-1825).

 

[x] Haggland, p. 51.

 

[xi] Ana Maria Belluzzo, “The Traveller and the Brazilian Landscape,” Portuguese Studies 23 (2007): p. 46 discute el Hortus conclusus.

 

[xii] Graham, Journal of a Residence in Chile, pp. 183-184.

Autora: Katherine Manthorne

Fuente: http://www.coleccioncisneros.org

La voz no importa

gallur

Aquellos pueblos donde la voz no importa. Aquellos pueblos… ¡donde la voz no importa! Los que fueran. Aquellos pueblos donde las aguas del canal transcurren mansas, como una guitarra recién dormida sobre el cieno de su lenta corriente. ¡Ay de aquellos pueblos! Son flores que se desgajan en la cara de los mártires. De tantos mártires sentados junto a los caños todavía frescos de la fuente. ¡Ayer murió Honorato! Así se duele uno de ellos, llevándose a la gorra el sudor de la campiña. ¡Ayer murió, y con él su voz! Nadie pregunta nada. Ni de qué ni cómo ni por qué. Se lo llevaron a punta de una breve hilera de vehículos, en su mayor parte envejecidos, detrás de aquel yate fúnebre. ¡Un barco de tierra que se perdía en el horizonte, con la voz de Honorato dentro encarcelada! El mártir sollozaba. Su hermano había sido marinero. Sí, marinero. ¡De cuántos naufragios le había salvado en aquellos temporales de la guerra! Y ahora se fue en silencio, como un gato de alcoba. ¡Ay de la voz! La voz no importa.

El don de Margarita

lipzig

 

Margarita posee el don de la ubicuidad. Ella me leyó una cita acerca de Sefarad, cuando aún en mis manos se desplegaba el matiz aceitoso de un océano de patatas, recién cocinadas y dispersas como rocas desordenadas por el sacrílego plato. Margarita había entonado con su voz aquella cita tan capital y capaz de desnudar el intelecto del cocinero, más preocupado por coronar con legumbres su propio sueño. Pero ella me ubicó, de una forma cuya en la distancia presumí como necesaria para orientar mi curiosidad hacia su boca, pues ya no era Margarita sino una nueva sirena para mi ambulancia hambrienta.

 

CUENTOS DE FUEGO: El otro sueño del sacristán.

dsc_00071

A Eva Luna D.

Los sueños son humanos en la medida que los padecemos. Eso les enseño. Que soñar es consustancial a grandes y pequeños. Lo mismo en verano si están de vacaciones, las caléndulas en flor y ellos aprovechan a ayudar en la vendimia o en el arreo de algunos burros, así como en invierno, cuando nos acompaña el traqueteo de la estufa en el centro del aula. Sueños que les encantan y por arte de encantamiento dejan los ojos en cada una de mis palabras.

Ellos sueñan arriba y abajo, de día y noche, despiertos y con los ojos plenamente cerrados. Comen sueños. Los cenan. Se los intercambian entre pan y pan, junto con la cebolla o la gran tajada de queso en el mejor de los casos. Epidemia de sueños que parece endémica de este pueblo, hasta tal punto que hube de preguntarle al alcalde, al poco de comenzar el curso y recibir la visita de autoridades, obispos y un par de monjas con crucifijo. “Qué hubo con los sueños, señor Esteban, que todos los padecen como pendones de guerra”. El alcalde se encogió de hombros y sólo devolvió una sonrisa cómplice a Herminia, el ama de llaves de la vieja casa donde me habían alojado. “Que te cuente ella, para que sepa de buena tinta que los sueños de marras son tanto del pueblo como del pavimento de canto rodado que usted pisa cada mañana”.

En tales circunstancias me enteré yo que la casa donde moraba tenía buena culpa de todo aquello. Herminia me tomó del brazo mientras me acompañaba de vuelta por callejuelas perduradas, de uno a otro barrio. “En los Balbases a los sueños hay que tenerles buen cuidado, pues desde los tiempos del sacristán Teódulo corren los vientos de que lo soñado ha de cumplirse precisamente aquí y no en otra parte”.  

A resultas que el tal Teódulo había vivido unos lustros atrás sobre tales costales de mi casa, misma que el arzobispado de Burgos levantó en su día para ponerla al servicio de párrocos, diáconos y monaguillos. La insuficiencia de vocaciones y la falta de vino en las eucaristías la dejaron sin uso y el ayuntamiento la compró para alojar en ella a los maestros itinerantes que, como yo, nos quedamos de año en año.

Acerca del sacristán de marras, decían que estaba loco y tenía cada pierna de un diferente tenor, la una clara y la otra teñida de bermejo como el adobe. Para colmo, entre misa y misa no tenía otro sermón que afirmar su trigésimo tercera reencarnación y, como prueba de ello, descolgaba las simpares piernas al mismo tiempo de contar la historia desde el púlpito de rigor.

“¿Saben? En otra vida fui igual de sacristán que ahora pero moraba en Roma, la ciudad eterna por donde el Tiber santiguaba mis flacas y entumecidas piernas, una de las cuáles tenía carcomida por no sé qué diablo.

Como Dios se torna aventurado en sus buenos oficios, todos los días iba a rogarle para que intercediera ante San Cosme y San Damián. Allí me vieran postrado en la banca, como un triste jilguero en busca del canto perdido. Pero una noche en la que previamente habíame encarado hasta con el Espíritu Santo soñé que aquel par de santos serraban tan maltrecha pierna y en su lugar me dejaban otra extremidad dotaba de más brío que un galgo descompuesto, y avino a ser el miembro de un herrero negro recién enterrado en el cementerio y del cual había ayudado a oficiar misa de difunto.

Cuál fue mi sorpresa que al despertar por el vuelo de una avispa tempranera, me encaramé de súbito con una alpargata en mano y al levantarme sobre el lecho sentí que mis piernas funcionaban como si hubieran recibido la bendición y trote, aunque una era la mía y la otra de tenor oscuro y perfil etíope.

Qué regocijo fue para el alma sentir que Dios me puso en el sueño al par de santos con otra pierna recién parida. Esta la que ven, por obra y bendición del cielo. 

Porque la vida no es sueño, ni los sueños son tales, así Calderón de la Barca se atreviera a llevarle la contraria a Dios. Nunca lo olviden. A fe mis piernas”.

Algo así aquella historia, la cual parece se pegó a esta casa como cal en las paredes y si bien Teódulo desapareció sin dejar rastro en el interior de las bodegas, tales sueños permanecieron merodeando por allí y no fueron pocos los que dijeron soñar y al día siguiente les valió tal sueño, tanto a higos como a brevas. Y de ello me advirtió Herminia al despedirse. “No se olvide, que si sueña algo bueno seguirá los designios de Dios y le pondrá media docena de cirios a San Esteban en la iglesia”.

Qué le iba a responder yo a la anciana, que de tan buena era capaz de convencerte sobre la certeza de cualquier santo, pues yo venía de familia poco amiga de casuchas y báculos. Que de soñar roncando y ser el sueño pródigo, había que ponerle velas a un simple retablo o al dolor de un figurante de madera, “so pena de devolverte el cumplimiento de una pena contraria al designio soñado, según palabras del sacristán Teódulo”, en palabras del alma cándida de Herminia.

Después de todo aquello, pueden imaginar mis ojos y destellos. Seguí entrando y saliendo con los libros empolvados, viendo correr el agua del arroyo antes de que entraran los chicos a juicio de la campanilla. Una casa con aureola de sacristanes con una pierna de cada guisa, y que los candeleros dedicados a San Esteban guardaban el rastro de cientos de velas en razón de cada sueño que los merodeadores habían sentido su respectivo canto, inclusive las de Casimiro que había soñado que recuperaba la vista y efectivamente, al día siguiente vio tan clara su efigie en el espejo de una gota de lluvia que le dio las gracias al santo cientos de veces hasta que fue a cambiarse de nombre al Registro de Civil de Pampliega, porque ya no casi miraba sino que miraba del todo. Válgame tanta superchería de todas formas.

Hasta que ayer tuve un sueño. Un sueño de verdes relámpagos. Soñé que era Adán, más Adán que ninguno, con una hoja de pudor cubriéndome la solapa del prepucio. Soñé que dormía plácidamente a la sombra de la morera en la ermita de la Virgen de Vallehermoso. La siesta del maestro, pues ya saben que los críos le dejan a uno traspuesto después de tanta geografía, océanos, quebradas y alcores que señalarles ante el mapa de la comarca, para que luego salgan todos en tropel camino de uno u otro barrio, a matar el hambre que no les dejo socorrer.

Yacía a media penumbra con el ventanal del campo abierto. Adán reposando de los rigores de la creación. El sol perplejo. La humareda del rebaño regresando a los rediles del horizonte. La Iglesia de San Esteban casi cubierta entre la maleza de los viejos chopos.

En tales circunstancias, sentí una sombra acercándose. Al principio pensé yo o Adán, que aquello era un proceloso botijo de agua para el primer hombre de Dios, tan sediento que estaba después de haberme comido cuatro arenques compaginados con una hogaza de pan. Pero la sombra fue tomando forma y mi  piel erizándose como manantial de sangre. Aquella sombra se transformó en una mujer desnuda. Blanca y voluptuosa. De pechos firmes y bien florecidos. Con un par de planos enrollados bajo el brazo. Más rubia que pan candeal. Piernas de buen rigor. Flotando levemente sobre el verde manto.

Aquella desnudez tan renacentista me ordenó que “Adán ven acá”. Y yo que le fui a responder. Que sí maestro pero que no Adán. Su boca no me dejó digerir nada que la contrariara. Ella sonrió y me tomó del brazo y no sé de qué forma, sentí que también me decía que era Eva en busca de su Adán dormido.

El resto no les cuento, porque me dejó presto al desmayo en el borde de la cama, y tan sudado y perplejo que desperté. El sueño tan tangible y descarado que bien podía pensarse que verdaderamente alguna mujer del pueblo se había colado por la ventana mientras dormía y en un rapto de carnal engaño me dejara recado tan intenso y apocalíptico. La molienda de los músculos. El artificio de las posturas. El reguero de interminables pormenores. Una Eva desnuda que se me había presentado en sueños y dejado hasta sin apellido. Sus labios ardientes. Los susurros de la creación. Ven maestro. Ven Adán.  Y en medio de todo el timbre de la casa, al que a duras penas acudí restándome toda la humedad de las sienes y el pecho con una toalla azulada, sin que el sofoco se me hubiera pasado hilando las ruecas de tanta excitación. Era la Herminia.

“Mire usted que aquí viene el arquitecto con los planos de ampliación de la escuela que había pedido al señor alcalde”. Cierto que se me había olvidado aquella solicitud, de tantos niños nos hacíamos humo con tan poco espacio, aunque la muy granuja había llamado en el momento menos oportuno. Pero miren ustedes mi tamaña sorpresa que, al alzar la vista y dirigirme al presunto arquitecto, era la misma, ¡carajos!, la misma Eva que me había zanjado los presupuestos de mi pecho en el sueño inmediato. Igual de rubia. La misma sonrisa. Calcado canalillo entre la blusa. Sus ojos mirándome tan profundamente como el golpe de una aldaba. ¡Primero las velas al santo, Herminia! ¡Las velas al santo!

 

 

 

 

DÓNDE QUEDO EL FRÍO DE LOS ANTIGUOS HOGARES

CRÓNICAS DEL HOGAR

Cuando hace tanto frío es difícil comenzar con una crónica. Sobre todo por estos lares donde el calor es como una moneda de curso legal un tanto anticuado. Me refiero a temperaturas muy por debajo del grado cero, de las que nos quejamos ahora, en pleno goce del invierno. Hace tres décadas eran plato de entremés en toda comida, y no digamos cuando nuestros padres nos dicen que en esos pueblos de Dios, donde el frío poseía la envergadura de un oso de las cavernas, podían pasarse un par de semanas incomunicados.

En la actualidad, la cuestión de la incomunicación solo es cuestión de unos días y en las órbitas más apartadas de la península: algunas localidades sueltas y singulares de la cordillera cantábrica, por los Picos de Europa, Somiedo, o las crestas limítrofes y equidistantes entre Castilla y Asturias, así como lo propio de los altos cerros pirenaicos,

Dicho sea de paso, la incomunicación emigró. Dejó aquellos despoblados y ribazos ateridos y se pasó al canal de las relaciones humanas y de las grandes ciudades, donde la  goza de una popularidad digna de jugadores de fútbol. Allí la incomunicación es un parapeto, un burladero, una baranda donde toda la gente se apoya pensando que se relaciona socialmente.

Aunque no se crea, las relaciones interpersonales están cubiertas de una pátina de aparente majestuosidad y convivencia, ahí fuera, en las calles, en el metro, en el kiosko, en el supermercado, en los bares y, sobre todo, en los protocolos de oficina, cuando en el fondo nos importa un pito cómo esté la contraparte.

Todo está sujeto a un convencionalismo, a una ausencia de hogar y, se han perdido gran parte de las circunstancias de antaño, cuando el frío era precisamente el que engendraba el espacio para estar cerca del otro, sentado a la brava, muy cerca de los rescoldos, de la ventana, de la impotencia del frío por hacerse paso por entre los muros acaudalados del caserío, bajo la campana, al lado de un humilde y pobre caldo insuficiente para toda la familia, pero testigo de los que estamos ahora mismo vivitos y coleando.

Cuántos caldos han sido nuestra fuente y observación. Sin ellos no sería posible la energía que propicia los actos carnales necesarios para que los nietos sigan en pie. Tales actos tampoco serían concebibles sin el humo del hogar, aunque me digan que en los pueblos lo carnal era más austero y huraño, por eso de la necesidad y de que era la única antítesis de la pobreza.

El hogar, para lo bueno y para lo malo, aunque abandonado ahí está, haciendo gala de una sinceridad propia y amenazada por las crisis de ejemplaridad que se vive en mi país. De esa crisis de la que se quiere separar a muchas instituciones públicas, y reducirla a la persona particular que comete perjurio, robo, malversación o hurto de cabezas de ajo. No es posible reducir a tamaña cosa acciones de tanta envergadura, que son inconcebibles sin la complicidad de muchos, mientras el resto de paisanos, los que nos jodimos de frío entonces y ahora, no tenemos otra que arrimar las manos a las ascuas que queden. Y si no que nos registren, pues solo podemos esconder lo mismo que mostramos: un hogar que se pierde poco a poco en la ruina de otros tiempos.

LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ (Antonio Machado)

dsc_13751

 

VI

Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.
—¡Padre! —gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron, y el eco, ¡padre!
repitió de peña en peña.