EL PUENTE DE LA TEMPLANZA

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Por estos lares que hoy llaman las tierras de Trives debieron vivir los tíburos, un pueblo aguerrido que a la llegada de los romanos firmaron un singular acuerdo con Publio Ulpiano -enviado de Roma a tales efectos-, y en presencia del historiador Plinio el Viejo, que bien se encargaría de dejar escrito punto por punto el arreglo entre ambas huestes.

El río Navea o de la “Templanza” por aquellos tiempos, poesía el don de la tranquilidad a quienes lo cruzaban por el único vado posible del extenso territorio poblado de gargantas, laderas y altísimos escarpes.

Vado que no era otro que el actual Ponte Navea o de San Xoán de Río, que por entonces permitía únicamente el paso de las caballerías a pie con sus jinetes, sobre una exigua superficie de madera sobre la cual estaba construido.

Así que la bendita legión de Publio Ulpiano reunida en consejo meditó sobre la conveniencia de entrar en tierras del Bierzo a través del legendario paso al que se habían referido los adelantados en las exploraciones. Qué hacer con los enfervorecidos tíburos no se pelaba fácilmente. Qué mejor que el puente de la templanza para hacerles entrar en razón a aquellos salvajes sazonados en pieles y lanzas.

Es así que Plinio cuenta en sus crónicas que el general de los tíburos y sus lugartenientes salieron de Nemetóbriga -su capital- con cara de pocos amigos y dispuestos a comerse a todos los miembros de la delegación romana que esperaba al otro lado en la penumbra de una carpa instalada.

El puente de la Templanza hizo su particular trabajo, porque a lo que cruzaron los tíburos se esbozó una sonrisa de parte y parte, firmándose el acuerdo de libre paso a las legiones romanas a las riquezas escondidas en las tierras de Trives: más oro que el mayor de los tesoros escondido por los mouros allá por los cañones del viejo Sil. A su vez los tíburos, que de tontos no tenían ni un pelo, invitaron a Publio y su séquito a unas buenas pepitorias de faisán regadas con unas cuantas damajuanas de aguamiel, al otro lado del puente, justo de donde habían venido. Como a ningún tonto amarga un dulce guiso de tales características, los inocentes romanos cruzaron la pasarela y el puente volvió a cambiar las caras de los recién llegados.

Todo fue a las mil maravillas y ambos regresaron a sus respectivos dominios con el alma satisfecha y el ánimo de honrar a los dioses por la dicha de aquel día.

Poco después de aquello los romanos sustituyeron las viejas e inestables empalizadas por un puente de piedra mucho más sólido, convirtiéndolo asimismo en parte de la Vía XVIII entre Brácara y Astúrica. Asimismo una solemne descripción en el miliario a pie del puente que debía decir según transcribió algún pastor en un latín descacharrado: “Ecce pontem quiete. Vetiti ullam rem contravenit spiritu vitae”. O “he aquí el puente de la tranquilidad, quedando prohibido cualquier acto que contravenga el espíritu de la vida”.

En la época medieval el puente también fue reconstruido, y una congregación de obispos hizo desaparecer el miliario por constituir una herejía pagana a ojos de dios. De ahí que surgiera una aldea promovida por ellos mismos, así como una ermita advocada a la Cruz de Malta, que hoy llaman Capilla de la Encarnación.

De la templanza que el puente otorgara a aquellos particulares hombres de fe también sabemos por los chismes que el Beato de Liébana dejara escrito en los muros del Monasterio de San Martín de Turierno en relación al famoso puente de la Templanza, pues dícese que la capilla en referencia constituyó como destino por pena de destierro eclesial para todo monjes, eremita, prestíbero y báculo sagrado que dieran con su noble juicio en los brazos pecaminosos de sus sirvientas, suceso que en tiempos del beato era harto frecuente además de gravísimo. Una vez allí los apetitos carnales del desterrado desaparecían como por milagro o acto de magia.

¡Qué sabios los tíburos que dejaron para la posteridad aquel rudimento de madera y luego de piedra para tranquilizar los ánimos!

Hoy el día el puente luce en soledad, mientras la luz se interna por entre la fronda y la maleza crece abundantemente en las lindes respectivas. De la aldea no queda más que el silencio de cualquier rincón abandonado. Las casas en ruinas. La capilla cerrada a cal y canto. Una templanza o milagro más.

Microcuentos / Galicia mágica
Aitor Arjol

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EL ROCE DE UNA BALA

Orwell

Una bala me rozó la sien izquierda. O la derecha. No recuerdo bien. Tampoco me atrevo a aseverarlo, salvo que tome mi propia calavera como hizo Hamlet en aquella legítima secuencia dramática. En uno de los nidos frente a la casamata de avituallamiento. Después desperté en un punto improvisado de atención en la retaguardia. Una mujer acompañada de media docena de gabardinas con medallas y botas recién lustradas fue pasando de camilla en camilla. Me tocó su saludo en tercer lugar de la fila. Cómo está usted. La patria le necesita. Tome un pitillo. Yo se lo enciendo. Cómo fue. En el frente supongo. Una bala despistada me rozó la sien. Aún tengo la marca bajo tierra. Mire usted. Tal que aquí en sentido horizontal, como la raspadita de un billete de lotería. Supongo que cuando me saquen de nuevo, la verá alguno de mis nietos.

Microcuentos / Aitor Arjol
07 de agosto de 2018

LAS HOJAS VIVAS

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Les feuilles mortes sonaban a golpe de victrola. Vueltas y revoluciones en una lengua que no entendía. El joven volvió a pedir una grapamiel de pulpería. Y allí, pegado al vaso de ímpetu amargo, refunfuñaba entre dientes alguna melancolía masticada por la pelea mantenida con su novia. Pero no de embates sino de sentimientos. Él se quería marchar en busca de un futuro mejor para ellos, porque en aquella ciudad no quedaba mucho futuro para las almas discordantes. Y ella que no quería tenerlo lejos. La victrola seguía desparramando aquella vieja canción en la voz de Yves Montad. Ninguno de los dos tenía idea de lo que decía la letra, pero él lloraba en el bar y ella en el salón de la casa familiar. A la tercera de grapamiel él volvió a buscarla y ella a él. Las hojas estaban vivas.

Microcuentos / Aitor Arjol

EL CORTEJO DE LAS ALMAS ROTAS

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Antes de vivir en paz con el silencio de estas tierras, conviene saber la historia de don Cosme Ferreiro, de cuyas virtudes no se ha vuelto saber desde hace tres décadas. Él había salido de la escuela municipal, con cara de hastío. Nadie había hecho caso en la reunión de convecinos, llevada a cabo en el aula donde se impartían clases a los niños del concejo. Tan preocupados por las requisas de la Santa Compañía fuera del día de los difuntos.

Él les había dejado no tanto el remedio sino la explicación debida a por qué la procesión de muertos había comenzado su cruel peregrinaje más allá de la noche encomendada , después de haber firmado pacto con puño y letra del mismísimo párroco de Santa María de Combas, a la luz de la sagrada vela de San Isidoro de León y con el oscuro representante del cortejo como testigo.

Que la Santa Compañía ya no guardaría la muerte por cualesquiera males. Que sus sombras también perseguirían a los que ausentes o no de fe, se adentraran por los dominios del eremitorio de Cadeiras más allá de las diez de la noche durante el otoño e invierno de cualesquiera años. Y de estos últimos mencionados, a los que allanaren propiedad eclesiástica y heredades adyacentes en busca de oro y otras dignas orfebrerías dejadas por los mouros en su huida hacia los altares de lo profano. Así había sucedido por los tiempos venideros, y con fiel respeto hacia la naturaleza de la Santa Compañía en la noche misma de los difuntos.

Pero la casualidad quiso que un día de ósculos grises en el cielo, el primo de don Cosme encontrara una corona votiva oculta en los huecos de la cripta que la ermita guarda bajo sus pies. Una pieza completamente de oro, y con remaches de otras preciadas virtudes minerales, que bien despertó la codicia en la comarca e ignoró por completo el antiguo documento firmado por el párroco y el más allá. El hallazgo despertó una horda de gente provista de los más singulares aperos, que a menudo fueron de noche con sus viejas lámparas de queroseno, en busca de otras réplicas y tesoros añadidos.

No debieron pasar dos noches hasta que los primeros circunstantes fueron desapareciendo estrepitosamente, y alguno que otro se despeñó hacia las profundidades del cañón. Rumores ininteligibles se referían en efecto a la aparición súbita de la Santa Compañía, pero nadie había vivido para contarlo. La corona visigoda también desapareció de la caja fuerte donde reposaba, en las dependencias del ayuntamiento, y con la escolta permanente de dos empleados armados hasta los dientes, que se esfumaron de forma simultánea a aquellos hechos.

Los más viejos dijeron que aquello era obra del diablo, por haber roto el pacto. Los más cuerdos, que los guardias en franca conspiración con otras autoridades de mayor rango, se encargaron de todo y disfrazáronse de rapaces con túnica raída para amedrentar al vulgo y quedarse en con todo.

De nada valieron las rondas nocturnas, ni la vigilancia permanente, ni las efectivas advertencias de don Cosme al que los lugareños atribuían facultades adivinatorias. Don Cosme fue el último en desaparecer. No por avaricioso en sí mismo sino porque cuentan que ofreció su alma en pago a los desmanes ajenos. Fue la madrugada del 21 de marzo. En pleno destello de la primavera. Un pavoroso incendio consumió hasta las raíces la sombra de aquellos embrujados montes, llevándose la vida de todos cuantos la Santa Compañía quiso.

Dicen que entre llamas y alaridos vieron a don Cosme suplicar misericordia a unos extraños personajes que iban al vuelo, ataviados con sus harapos y tristes prendas, amén de un caldero de donde emergía una luz pesada como el infierno. Pero no hubo manera. Debieron llevárselo también consigo.

Después de aquello el pueblo debió tomar conciencia de lo sucedido. Las penas y lágrimas se sucedieron en el cementerio adherido a la iglesia, al que hubo que aumentar el espacio debido a todas las almas que el fuego se había llevado como cuervo hambriento.

Es debido a ello que por estas tierras abandonadas por dios en algún momento, a la Santa Compañía se la tiene mayor respeto hasta el punto de llamarla no santa sino cortejo de las almas rotas por la avaricia y posterior tormento.

Microcuentos / Galicia Mágica
Aitor Arjol

EL ESPERPENTO DEL SIGLO XXI

Valle Inclán

Entre unos y otros, el buen rollo goza de buen prestigio. Se miente. Se exagera. Se manipula. Se pone sobre la mesa un pensamiento único. Parece que quieren mejorar antiguas estrategias que antaño combatieron. Como si el pasado no hubiera sido suficiente como síntoma de aprendizaje. Volver a tropezar en la misma piedra. Seguir siendo un Caín en tierra de nadie. Todas las posturas y delirios políticos sirven a un único propósito: el absurdo o el esperpento.

Ya lo decía Max Estrella, en los tiempos de Luces de Bohemia: “este pueblo miserable transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato cuando se les muere”.

LOS CAMINOS LITERARIOS DEL BURRO

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El burro es uno de los prodigios de la naturaleza que más ha ayudado al hombre en las audacias del campo. Animal de tiro. A veces terco. Otras tantas bondadoso. Siempre curioso. Con las orejas prestas como antena parabólica frente a cualquier infortunio que sucediera, de tal forma que ejercía como compañero inseparable junto a los mastines, en los rebaños de ovejas que iban de uno a otro lado de la península durante tantos siglos de trashumancia. Pero también pintaba más que blanco y negro en las viejas casas de mampostería y adobe de los pueblos, hoy abandonados por la memoria de la España vacía.

En aquellos pueblos abandonados que hoy pueblan la geografía española, o como dicen en la “Celtiberia” donde la densidad llega a ser menos de un habitante por kilómetro cuadrado, cuentan que no tuvo infancia allí donde no hubiera un burro, por muy poco agraciado que fuera el pollino en cuestión. Un animal para casi todo. Para darle de comer en los entresijos de la cuadra. Al que había que uncir con otro compadre más experimentado para que aprendiera las labores cotidianas del labrador. El que no era demasiado amigo del uso de la brida pero a cambio solía ser más manso que la sonrisa de una suegra bendecida por el párroco. El que madrugaba al mismo tiempo que los primeros albores del día. El que sembraba, araba y ayudaba en la trilla. El que emitía largos rebuznos como sinónimo de alegría, sorpresa o sabia indiferencia. El jumento a lo largo del filo de los caminos de caballerizas, para intercambiar productos de primera necesidad en la población que era cabecera de la jurisdicción correspondiente. El burro inventado para el hombre o la deuda del hombre con el burro inventado por el primero.

De ahí que resulten profundamente cercanos estos versos que Gloria Fuertes –la poeta de los niños por excelencia-  dedicara al “pobre burro” que se hartaba de trabajar tirando de un carro o atado a una noria, pero con tanta dignidad que convenía elevar su animalidad a la condición de ayudante o persona:

El burro nunca dejará de ser burro.
Porque el burro nunca va a la escuela.
El burro nunca llegará a ser caballo.
El burro nunca ganará carreras.

¿Qué culpa tiene el burro de ser burro?
En el pueblo del burro no hay escuela.
El burro se pasa la vida trabajando,
tirando de un carro,
sin pena ni gloria,
y los fines de semana
atado a la noria.

El burro no sabe leer,
pero tiene memoria.
El burro llega el último a la meta,
¡pero le cantan los poetas!

El burro duerme en cabaña de lona.
No llamar burro al burro,
llamarle “ayudante del hombre”
o llamarle persona.

En otra ocasión Gloria, con la mirada siempre puesta en la infinita imaginación de los niños, también llevó al burro a la escuela, a la misma sobre la que Antonio Machado tenía recuerdos infantiles, como las moscas ibéricas que a contrapié rodaban por los cristales del aula:

Una y una, dos.
Dos y una, seis.
El pobre burrito
contaba al revés.

¡No lo sabe!
—Sí lo sé.
—¡Usted nunca estudia!
Dígame ¿por qué?

Cuando voy a casa
no puedo estudiar;
mi amo es muy pobre
hay que trabajar.

Trabajo en la noria
todo el santo día.
¿No me llame burro,
profesora mía!

El burro tierno y gentil compañero del resto de los niños que por allí andaban, sentados en sus duros pupitres y con la sombra del tintero en sus pupilas. El que no podía contar porque en casa carecía de tiempo para estudiar, ya que allá eran pobres, solo comían chocolate en onzas en alguna festividad y el resto de días había que trabajar sin liarse con el terciopelo de los sueños.

La misma imagen de ternura e infancia respirada en el vacío nos dejó el inolvidable “Platero y yo” escrito por Juan Ramón Jiménez. Las peripecias cotidianas del burro homónimo que se mezclaban con los recuerdos infantiles de aquel poeta en Moguer. Durante más de un centenar de capítulos de estructura circular. Con el principio y la conclusión marcados por la presencia simbólica de una mariposa, así dejaba descrito a Platero el bueno de Juan Ramón en el primer capítulo:

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas…

Lo llamo dulcemente: « ¿Platero?», y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel…

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

—Tien’ asero…

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo”.

9788467860894Con aquella obra de tan notable factura y con la poesía de Gloria Fuertes, el burro se trasladó del campo a los ojos abiertos y cerrados de buena parte de la generación nacida en los años posteriores a la posguerra. Es decir, se hizo un poco hermano en las escuelas, asido a la natural predisposición a soñar de los escolares envueltos en sus vapores de las estufas de invierno.

Pero todo aquello debió esfumarse peor que de buena gana. Tanto el burro como sus pertenencias y relación sempiterna con el hombre. La propia inherencia del progreso económico y social, y a su vez este último mal avenido con el campo o ámbito rural, vinieron a dar al traste con la otrora presencia del burro.

El campo se vació de burros. Los pueblos quedaron más abandonados que la ofrenda de rodillas a un santo. Las eras nostálgicas. Sus otrora calientes aposentos ahora lucen vacíos y en la más triste ruina. Cuestión de asomarse por las ventanas de las viejas casas y observar la oscuridad de las cuadras, a menudo temiblemente sostenidas por endebles vigas. Sin burros, borricos, rucios o garañones. Sin la sombra de lo que fueron en otros tiempos eran.

Lo más paradójico y trágico del asunto es el que tiempo terminó de sustituir los animales por burros de otra determinada especie: nosotros mismos como zoquetes, estúpidos, torpes, percebes, rudos, brutos, imbéciles, tercos, lentos de entendimientos o faltos de lucidez.

Así les terminó de ir a los nobles burros, que además de su atareada vida en el campo, quisieron asimilarles a otras tantas innobles características que abundan en el hombre. Pobres pollinos. ¡Qué tan torpe asociación para unos animales tan serios y presentes en el noble arte de la palabra!

La historia de la relación entre los burros y la literatura es más larga y dilatada que un ciprés centenario. Dará para siglos de anécdotas y enfoques, desde que fueran domesticados y se extendieran por Oriente Medio varios milenios antes de Cristo.

En los anales de la mitología figuraba como el protagonista con cuyos rebuznos salvó a Vesta de las ganas carnales de Príapo, pero no gozaban de buena fama entre los egipcios, para quienes el burro estaba asociado a Tifón –divinidad relacionada con los vientos huracanados- y además simbolizaba la antiquísima virtud de la ignorancia. Inclusive los romanos sintieron alguna suerte de aversión hacia ellos, y lo consideraron como sinónimo de mal agüero.

El burro fue el protagonista de la primera y única novela latina de la que se tiene constancia, la “Metamorfosis” de Apuleyo, también llamada “El asno de oro” cuando en los tiempos del Renacimiento adquirió una popularidad inusitada en el mundo occidental.

Apuleyo, uno de los escritores romanos más importantes, narró en esta obra las peripecias de Lucio, un portentoso y aventajado joven que sentía una inusitada inclinación por las virtudes de la magia. En virtud de las mismas, viaja a Tesalia y en uno de tan esotéricos instantes se transforma accidentalmente en un burro. El resto de la narración comprende un rosario de anécdotas a ratos trágica pero siempre rodeada de una aureola de comicidad y picaresca, hasta que Lucio vuelve a cobrar su forma humana con la ayuda de la correspondiente divinidad.

Sin abundar demasiado en la historia de la literatura, y considerando las ilimitadas posibilidades de los burros en ella, tampoco podía faltar el inevitable contraste entre el flaco rocín de don Quijote de la Mancha–llamado Rocinante- y el jumento de su escudero Sancho Panza, a quien en la obra Miguel de Cervantes no le atribuyó nombre alguno en concreto y se refirió a él con el genérico de “rucio”.

En las aventuras del caballero andante y su inquebrantable servidor, se sigue persiguiendo la tradicional asignación de ignorancia y terquedad al burro, al mismo tiempo que se atribuían todas las virtudes al caballo de don Quijote. Sancho Panza, sin embargo, siempre estuvo presto a defender la integridad de su rucio en todo momento, señalando que «verdad es que no tengo rocín; pero tengo un asno que vale dos veces más que el caballo de mi amo… A burla tendrá vuesa merced el valor de mi rucio; que rucio es el color de mi jumento.»

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Sea como fuere, estas y otras anécdotas son visibles en “Hermano asno”, un libro ideado por el periodista Eliseo García Merlo y el fotógrafo Desiderio Mondelo, en el que recuperan la verdadera dignidad de los burros, pese a la mala fama de estos últimos que aún permanece en el imaginario colectivo.

“Hermano asno” precisamente lo que hace es recoger la historia del burro desde los orígenes hasta su importancia en diferentes ámbitos de la literatura, el arte, la religión, las fiestas populares o la cultura rural. Un insólito viaje que incluye, como ambos autores indican en el respectivo dossier de la obra, entre otros:

“Un recorrido a través de la Historia, de Mesopotamia a hoy, revisando la relación entre asnos, humanos, civilización, jerarquía, castración, maltrato y sumisión. Como protagonistas estelares, figuras como Alejandro Magno, Cleopatra, Adolf Eichmann, Pedro Cabrón y Francisco Franco.

Un repaso a la Literatura desde la primera obra escrita, el Poema de Gilgamesh, a los desgarrados versos del colombiano Raúl Gómez Jattin, el Putas, pasando por el primer éxito editorial de la Humanidad: un libro de chistes. Como ejes centrales, Shakespeare, Platero, Unamuno, Larra, Quevedo, Apuleyo y el Quijote, una obra imposible de entender, si no es como metáfora asnal. Una panorámica del Arte, desde las pinturas murales de las tumbas egipcias, con la primera representación del maltrato al asno, hasta la sublimación del burro en la obra de Goya, sin olvidar a Velázquez, Giotto, Forges, Gila y El Roto.”

Un burro que además se introduce en los sorprendentes caminos de la religión, la ciencia o las matemáticas, hasta recobrar el paisaje que tanto Gloria Fuertes como Juan Ramón Jiménez quisieron transmitir sin ir más lejos, a los adultos de hoy y que ayer fueron niños con los ojos tan despiertos como un festival de cine. Por suerte, en la literatura hay burro para rato.

Publicado para: Revista La Otra, Julio 2018, México