VALPARAISO EXT. 1802

 
 
VALPARAISO Ext. 1802
 
 

 
 
 
 
No cortéis todas las olas.
He volado hasta aquí para
asistir a su encuentro.
Los muelles de Valparaiso
son como tus ojos negros.
Dentro llevas aljibes salados
y la humedad del puerto
hidraúlica y desparramada
por los cerros, me alivia,
porque recogen de memoria
la senda precisa de tus pechos.
 
 
 
Aitor Arjol
Julio de 2007
….. …..
 
Valparaiso es la ciudad ficción. El disfraz y punto metáforico de una mujer que va impresa. De esa forma advierto que conozco aquel puerto, sembrado de ascensores hidraúlicos, muelles y humedad recíproca. Pero también a la mujer de la ext. 1802.
 

SIMPLE

 
 
 
 
 
 
 
Adiós
a la ausencia
 
soy elemental
 
no quiero aerosoles
 
huyo de las máquinas
feméninas
que sólo buscan pan, sonrisa
y abrazo fácil
 
soy simple
 
amo la vida
 
tu flor sólo es una elegía
con pétalos
 
cuando canto
dices
que rasgo el bandoneón
como una docena
de Gardeles
 
me tiras balas
y besos
 
me quieres fusilar
con carne
 
mas
esta voz
no es una simple cosa
 
 
 
….. …..
 
 
25 de julio de 2007
 

CUENTOS DE FUEGO, Mercedes

 
 

CUENTOS DE FUEGO

IV
MERCEDES

 
Ya no se impacienta mi mano derecha. Tanto si cuando me enfado arremeto contra el rellano de la mesa, como si declino el horizonte con la misma cuando oteo el otro lado el mar. Y eso que soy zurdo de nacimiento. Mano derecha que últimamente sufrió unos desperfectos con la caída. La semana pasada sin ir más lejos, trastabilló, contra el polvo de una pista de polvo y piedra, cercana a la costa. ¿Cercana digo? ¡Qué delirio! ¡Si estaba pegando a los acantilados! ¡Qué embates dejaban las olas contra las rocas pulidas y mansas! Pues sí. Fue aparatoso. Prácticamente me disfracé de lija con la mano derecha y me llevé todo el camino en el antebrazo, de recuerdo, para que en otras oportunidades lidie mejor con la piel.
 
Lo que no sé es qué sucedería, con mi mano derecha, si algún día me reencarnara en la estatua barcelonense de Colón, encaramado en el pedestal de las Ramblas. ¿Con el dedo de qué cual de las manos apuntaría a los escenarios del cielo? No me preocupa en absoluto. Con la sola idea de pensarlo sonrío más que un abecedario. Además, seguro que tal locura es mejor que llevarse el dedo al espacio reducido que resta entre la nariz y el labio superior, porque cualquier mudo interpretaría que soy el viejo presidente que decía que el país iba bien y quería mandarnos a freir espárragos y balas.
 
La última vez que estuve en Barcelona, pues, mi mano derecha se acordó de ella. Sí. Qué cojones. Mercedes Jaramillo. ¿Y qué si me sé el nombre y apellido a pies juntillas? La tipa viaja lo suyo. Volvió el mes pasado a su país, creo que a poner en marcha un negocio de artesanía y antigüedades varias. Y de haber imaginado la reencarnación, nomás hubiera talado la columna del navegante ese, porque ambos sabemos que Colón, además de venirse a descubrir las Américas, también vino a joderlas en nombre de la codicia.
 
Además, con el relámpago de ingenio que posee esto es lo primero que me dijo aquella tarde:
 
-Lo único que Colón y tú tenéis en común es la conquista, pero tranquilo, que a ese navegante la naturaleza subjetiva de lo que conquistaba le importaba un carajo y, en cambio, tú arremetes con todo, y vienes para quedarte.
-¿De verdad piensas eso de mí?
-Pues claro, joder, si no mírale -asentía señalando al Colón de las Ramblas-.
-Bueno, él es de piedra y yo me muevo.
-Si, pero su mano derecha no tiene atractivo alguno.
 
Después, pagamos los cafés, como un par de suspiros que dejan la mesa a otros más impacientes. Abandonamos la terraza, dejando una generosa propina,  y tomamos el metro para perdernos el resto de la tarde, en los arrabales de la calle Canuda, justo en la esquina donde se ponía un compatriota suyo a cantar viejas canciones de Silvio.
 
Desde aquella tarde no la he vuelto a ver. Pero no me impaciento. Fue necesario que nos encontráramos. Estaba a punto de regresar. Haciendo las maletas y dejando los últimos recados a un vecino suyo. Yo tampoco me salvé de sus buenos propósitos. Más feliz que una chacarera, porque me dejó, en depósito, un precioso Quijote metálico, leyendo su libro, lanza en ristre, y sentado en una bobina. Vamos, un precioso artilugio soldado a mano y hecho con deshechos de hierro y toda suerte de maquinaria.
 
¡Mercedes, eres un hueso duro de roer! Quién imaginaría que, de tan chica que te conocí, somos uña y carne, aunque cada cual en su ristra de preocupaciones. Pero ahí andamos, de buenas entenderas, preguntándonos cómo nos va la vaina, y encima, cuantas cuestiones tiene con algunos buitres masculinos me comenta. Sí, porque la cuestión de Colón rodó durante las dos horas que nos trajinamos la paciencia del camarero en la terraza:
 
-El último era brasileño. Muy mono él. !Terrible con la percusión!
-Oye, ¿pero qué percusión?, porque sabes que el hombre percute con varios instrumentos.
-¡Qué cabrón eres! Me refiero a que Mario se dedica a la música -y ponía los ojos como platos, como reafirmando la veracidad de sus palabras-. Del otro instrumento no te preocupes que dimos buena cuenta de él. Bueno ¿y tú, qué?
-Yo, Mercedes, poca cosa, la verdad. Vivo tranquilo y parece que con eso me basta. Pero no te miento si te digo que echo de menos la ternura de tu país, allí donde nos conocimos.
-¡Tus ojos dicen más, puñetero! -exclamaba, pura pitonisa ella.
-Para qué negarlo, estoy con alguien, desde hace unos siete meses, pero no ha reventado mis cañerías y atravieso una profunda insatisfacción, pero no es culpa de ella, de verdad. Toda es mía. Toda es mía.
-¿Toda la qué? ¿Ella o la culpa?
-La culpa -inquirí rotundamente-, porque sabes que todavía soy de los pocos conquistadores que, como tú dices, tiene el corazón responsable.
-¡Sí, y encima no tienes abuela! -buen sentido del humor tiene Mercedes cuando me echa esos comentarios jocosamente- Eres un malparido con el ego de aquí a Cuba, pero son los goznes de tus sentimientos, ¿verdad?
-Los mismos con que atravesé tu puerta, Mercedes.
-Por eso te quiero tanto.
-Sí, algo más que al dedo de Colón -y nos reímos los dos, ante las miradas inquisitorias del vecindario de otras mesas.
 
Al despedirnos me tomó de la mano y, sin enterarme, un profundo y alargado abrazo, de esos que te dejan exhausto y como un colador de cocina. Y desapareció dos cuadras mas allá de donde la perdí de vista. Rauda. Con el pelo ligero. Una camiseta negra. Sus pechos bien aposentados. Piel de valle. Mejillas de volcán. Chau.
 
Allá que se fue. Al país de los guayacanes. A donde mi mano derecha nunca fuera suya ni ella asimismo mía, pues no nos poseímos ni desde el principio de los tiempos, porque hay otras conquistas que superan con creces lo que dura el polvo del siglo. Hay otras pues. -Y eso es lo que Mercedes, al parecer, valoró más de mí.
 
-Hombre de mundo. A pesar de que te lo puse en bandeja, me respetaste aquel miércoles del carajo.
-No me lo recuerdes, que de tan bella que estás ahora me crearás el remordimiento más abusivo de la historia.
-¿Te acuerdas qué número de miércoles hacía en la cuenta de nuestros almuerzos en tu departamento?
-Uno de tantos, supongo.
-Sí, siempre apurando la hora y media, y diciendo que venías de una reunión con el Director de la entidad aquella, cuando te entretuviste explicándome quién era el jovencísimo LLach.
-¡No te quejarás!
-¡Oh, pues no!, porque gracias a Llach después vinieron Vega, y este año, ¿Ismael Serrano?
-Bingo, acertaste.
-Viva Colón, jodido emprendedor.
 
Cómo somos. Cómo éramos. Así tomó ella el vuelo de las seis y media. Según me dijo desde el aeropuerto Mariscal Sucre. Que había arribado bien. Con el cansancio justo. Y que después sus padres, arremolinados, salieron a su encuentro, como una tropa de abejas a punto de ver a su reina. No sólo sus padres. También el bueno de Ulises, su mentor y referente.  Allá se abrazaron todos, para envidia de todos los ausentes y correligionarios de la nostalgia.
 
No se olvidó de mi mano derecha y después de las ocho, hora de allá, tomó el teléfono, y permanecimos pegados al auricular hasta diós sabe cuándo. Ni lo supo pues. Y sí, que cuidara del Quijote. Que esto y lo otro. Que iría a ver mis cosas. Que hablaría con el director de la Casa de la Cultura. Que en agosto iba a venir el cónsul de no sé dónde. Que Ulises estaba más cabreado conmigo que de costumbre, porque esgrimía que no había razón para que un hombre como yo no hubiera tenido más arrojo y ocasión de verla que,  en Barcelona, cuando estaba a punto de regresarse, porque Bélgica quedaba a tiro de piedra.
 
-Ulises está un poco enojado, pero ya se le pasará.
-Es verdad lo que él dice, Mercedes.
-Sí, pero ya se le pasará ¿no ves que es un poco gruñón?
-Soy un descastado.
-Bueno, déjalo, mira que si no pongo la teta en el auricular para que pases hambre.
-Buena eres tú para ofrecérmela, desde allá.
-Mi hermano de pecho.
-¡Bruta!
 
Mercedes tiene historia. Cuánta historia. Es una enciclopedia de anécdotas. Lo del teléfono o nuestras conversaciones de mesa no son nada comparado con los siete años que nos llevamos encima, en las entretelas. Nos sobra la confianza. Y cada vez que nos hemos alejado debido a las circunstancias de sus viajes, parimos un libro para cada quién, a elección nuestra. Mi mano derecha le dió uno de los más bellos de Anais Nin. Uno de sus diarios. Y como Mercedes sabe francés como por un tubo, no hubo problema ni discusión ni términos medios. ¡Vaya si le gustó! Alguna miércoles supe que, en francés, cualquier línea escrita que cayera en sus manos corría el riesgo de pasar por su aspiradora emocional, pasto del interés inusitado. Además: Anais Nin no es una pelota de futbol. ¡Es la yegua más hermosa que dejaron suelta por París! Eso es lo que me contó, una vez leído el libro, lógicamente, mucho después de que mi mano derecha la echara de menos.
 
No han transcurrido ni tres semanas desde que se regresó y tengo esa mano tensa. Es normal. Porque con esa mano le propiné el primer abrazo de todos. El primigenio. El más simple y genérico. El más esforzado. Que para un hombre del norte es bastante. Y lo cojonudo es que me acaba de llamar. Sí. Párenme los pies. Ha comprado en una vieja pulpería, como dice, con Ulises: una mano tallada de madera de balsa. Una mano derecha.
 
….. ….. …..
 
Aitor Arjol
25 de julio de 2007

CUENTOS DE FUEGO, Iratxe

 
 
 
CUENTOS DE FUEGO

III
IRATXE
 

 
 
 
Ella me ha regalado un libro de poesía. Tiene las tapas cenicientas. No es producto del otoño. Ni su color macilento es un homenaje a las mansas aguas del Ebro a su paso por Zaragoza. Es un libro nacido en el Odeón. O al menos, allí es donde terminó es mis manos. Mis manos categóricas, frontales y menudas.
 
El libro tiene versos y sus techos son de papel. No hay mayor democracia que la poesía. Ojalá la usura jugase con un préstamo literario ¿verdad? Pues no imagino que alguien me prestara un nuevo ejemplar, de cualquier autor extraño pero imprescindible en estos tiempos que corren, a cambio de pagarle con una cantidad de poemas elevados a un interés leonino. Es decir, que por cada página prosaica me comprometiera a devolver la misma cantidad de emociones versificadas.
 
Sería un contrato hermoso ¿no te parece, mi querida emigrante? Que vos y yo pudiéramos prestarnos numerosas páginas, calzadas por capítulos e incisos, contra reembolso de cierta cantidad de palabrás más, sin complejos, sin divisas y sin demasiados protocolos.
 
¿Pero no sabés quién es su autor? No importa. Podría ser cualquiera. Pero es poeta. No sé si de los grandes. Y viene del otro continente. De alguna gran ciudad. De donde conservan la ternura mejor que aquí, no tan enlatada ni profusa en billeteras.
 
Seguro que se trata de un hombre sencillo. De esos que dedica las mañanas a ejercer docencia en alguna universidad popular y luego, después de comer, se sienta, holgado, en su sillón, con su bocota ágil, a fumar y otear los medios, hasta el punto de lanzar injurias a la devacle política de todos países de cuya mención ya se ignora sobremanera en España.
 
Imagina que el hombre después se levante y tome, entonces, el teléfono, o se ponga directamente delante de la computadora, y le dé órdenes a un tipo inalámbrico, que crece dentro de las armaduras, y que llame a través de internet.
 
¿Qué carajos sucedería si el poeta te llamara? ¿Sorprendida quizás? ¿Sonreirías porque el autor del libro que me has regalado está invocando tu sonrisa y dándote las gracias por ser objeto de difusión y obsequio?
 
-Oye, llamo para darte las gracias. De veras. Mira que viajar se ha convertido en un asunto controvertido.
-Pues no esperaba, así, de repente, porque trabajo de noche.
-Che, ¿en serio? -y seguía, con el entreceño fundido en un asombro- ¿pero acaso vos eres taxista de la gran urbe? ¿o algo más sencillo como esas que van con la paila dorada en el tacón?
-No seas burro ¿quién te ha autorizado para soltar esas bromas tan pendejas?
-Tranquila, que no es asunto serio, que vos y yo nos conocemos, y sabes de mi terrible ironía.
-Bueno -y vos le contestabas, con ese delicado tenor de ribera-, ya sabes que el otro día le regalé tu libro, porque un poeta como tú, debería saber que lapalabra no debe quedarse como una taza de café.
-¿Y de quién se trata? ¿Quién es mi lector?
-Es otro como tú.
-Oye, chamaca, ¡cuántas veces repites el tú! ¡Olé mis huevos, porque ya sé que te gusta tanto el Salinas ese! Dime al menos cómo se llama.
-¡Roque!
-¿Roque?
-No, que roque te vas a quedar como sigamos hablando. Ya sabes que me gusta pelllizcar tu curiosidad.
-Eres de lo que no hay, de verdad.
 
Se nota que tú y él nos lleváis tan bien ¿Todos vuestros telefonazos son así de agudos, a coletazos? Es divina la comunicación de este siglo. Si estuviera dentro de aquel auricular, hubiera muerto de la envidia, bendita mujer ¿sabes por qué? Porque tengo hambre de franqueza y de energía. De gentes como vosotros, carajo. Así que nos llenen el deposito de esa golosina.
 
¿Y os llamáis todos los días? ¿en qué ciudad vive? ¿en alguna metrópoli con damero? ¿rodeado de montañas? ¿tiene río de nombre musical? Joder si son demasiadas preguntas. Es que soy más curioso que vos. Pero desde que abrí las primeras páginas, y desperté con los rayos de su poesía, me ha entrado un apetito voraz.
 
A tu libro me lo llevé temprano, antes de que la temperatura subiera y el asunto de la excursión a Trasmoz pasara de largo y necesitara una heladería con piernas para solventar el calor de julio. Sí. Me fui con él. A las mesas de una cafetería en Tarazona. Porque parece que allí el viento refresca y agiliza los rayos. O por lo menos me sentía más cómodo rodeado de ladrillos mudéjares. Bueno, y me senté, sí, como imaginaba que el tipo lo hiciera en su estancia, frente a la emisoria de radio o la mierda que dan los canales de televisión.
 
Pedí un café con leche. Y me vino una camarera morena, de pelo largo y ondulado. Dios que casi se me caen las lentes. Con una falda negra, con la abertura hasta la parte menos visible de los muslos. Casi le dejo mi número de teléfono o dos retahílas verbales en el posavasos abandonado de la mesa. Aunque a buen seguro tal comportamiento me hubiera barrido de inmediato, lejos de la cafetería. Y esto no lo incluyo entre paréntesis: es que todavía me pueden los dos años largos que viví en Quito, rodeado de libros y seductores ojos negros.
 
El asunto es que mientras lo tomaba, aún con la cuchara olvidada en el plato, más se transfiguraban en mí las ganas de conocer al héroe del libro. Muy locuaz. Sensible. Animado. Permanecí a la escucha. Por si el libro hablaba. Pero no.
 
¿Y te llamó ayer también? Es que estuve pensando. Cierra los ojos pues. Tiembla y sueña de nuevo. Al principio ignoraba que lo conocieses ¿te acuerdas? Vamos, que así, a voz de pronto, me había hecho un remedode idea.
 
Ahora es un libro de carne y hueso, que ha estado en Tarazona y en otros cuantos lugares más. Creo que sé el porqué de su tono apagado. Como de toner gastado. Es para despistar: lo mejor suele ser aquello que pasa desapercibido o no merece nuestra atención.
 
He comprendido el objeto de tu presente. Justo antes de que me contaras acerca de tu vida, enfermera. Sí. La vida para los justos es más dura, pero el resultado es un bálsamo para el espíritu. Pero prosigamos.
 
Te lo voy a explicar con más detalle. Cuando leo al viejo Bendetti, o al recio César Vallejo, o al aparejado Neruda, entiendo que en ellos, por no decir de otros cuántos, la sencillez pasa por dejar a la sociedad un mensaje muy claro: nos gustaría que ustedes mirarán más allá, y rompieran con la costumbra malsana de juzgar por la mera presencia y el infinito poder la imagen; más allá, sí, que ustedes abriesen la boca como un galeón, y su corazón con mayor lentitud, olvidándose del tiempo, para poder entrar en el fondo de las cosas, ahora que los valores no tienen valor y que, para ustedes, solo cuenta el color brillante de la piel de la manzana, y no la carnosidad del fruto.
 
Eso quisiste decir con ese libro. Porque a simple vista, uno diría que es la guarrada de la ciudad. Alguna obra de aventuras. O una biografía dolorosa. O una rosquilla, con miles de ventas y sucesivas ediciones. De algún mequetrefe idealista y olvidado en las bibliotecas ¡Para que abrirlo y preguntar por él entonces!
 
Pero sabes que no soy de esa materia. Sabes, sin lugar a dudas, que lo raro me pervierte. Entonces, lo abrí y saqué el hueso y me comí el fruto amargo de todas las páginas. Y ni siquiera el epílogo se me atragantó. Y nos vengamos de todos los seres inútiles. Y eructé a los cielos, convidando a alcaldes, promotores inmobiliarios y políticos de tranca mediática.
 
Es un hombre cojonudo. Déjame decir. Vale su peso en oro. No de ese que metálico y por el que se han peleado históricamente. Me refiero al oro de la sabiduría ¿vale?
 
No sabes cómo te lo agradezco. Aunque ahora, me urgirá que la próxima vez que le llames, sea una multiconferencia, o un parto, porque me habéis dado más luz que una claraboya.
 
Menudo par estáis hechos, tú y él. Que sí. Vos la que aparece y desaparece. Él tan sesudo y desconocido a golpe de vista. Pero le he descubierto. Y a partir de hoy no te quedará más remedio que compartir sus letras conmigo.
 
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Aitor Arjol
23 de julio de 2007.
 

CUENTOS DE FUEGO, Mara


CUENTOS DE FUEGO

Tengo que advertir que el nombre de cada cuento juega con los nombres de mujer que empiezan precipitadamente por la eme, sin que signifique necesariamente que se corresponda con quien, casualmente se llame así. Otrosí, también el lector deberá poner en duda cualquiera de mis aseveraciones

II
MARA

 
Tú: todavía no me han quitado las llaves y la oportunidad de cantarte
 
Ella siempre aprovechaba los ratos de silencio para acomodarse frente a la ventana. Con ese mismo silencio dejaba pasar los aullidos de la ciudad. La gran ciudad. Colgada del volcán como una media luna. Qué aparatosa. Creciendo a golpe de martillo y nuevos barrios que se agotaban contra las quebradas y los pocos espacios que restaban abiertos.

Sus ojos no temblaban. Los de ella se parecían a esos mismos que, alguna vez, me contaron, cuando el avión estaba a punto de aterrizar, o simplemente sus alas de iban al otro lado del charco, a la vieja Europa, que más allá de la pista quedaba un inmenso praderío.

¿Vos sabías aquello mientras mirabas? Porque estás más acostumbrada a los canchales y ladrillos de Lima. A los suburbios complejos y a los amaneceres tórridos de sus playas. Te acomodabas frente a la ventana y contabas con la misma simpleza cuántos autos, carros, vehículos, camionetas u otras palabras similares, iban y venían.

¿Te das cuenta de cómo han cambiado nuestros tiempos? Pues yo te imagino oteando desde una vasta superficie acristalada, sin rejas, en una dirección cambiante, al ritmo de otros latidos, pero no sé en qué piensas.

Y mientras computo todas estas bravuconadas de la memoria, un amigo me planteaba nuevos interrogantes, en plena medianoche, cuando las dudas huelen a cuerno quemado:
-¿Volverás a por ella?
-No lo sé.
E insistía:
-Sé muy bien las razones por las que quieres volver, pero no me interesan.

Y mi corazón seguía acosándole con la misma pregunta, devolviéndome él la misma respuesta que le había dado unos minutos antes::
-¿Ella sigue aprovechando los ratos de silencio?
-No lo sé.

Pero estaba seguro de que algo sabía, a pesar de que afirmaba tajantemente que habían cortado las comunicaciones. Acaso le había entrado complejo de telegrama ¿Entendiste?

Pero deja que siga recordando.

Sus ojos eran un dulce vigía. Abarcaban todo el espacio visible de los míos. Solo me fijaba en ellos a ratos, y cuando no me veía. Carajo que yo era más terco que la selva, pues me fijaba a escondidas en el producto de su mirada. Antenas corridas en la azotea. Grandes lebreles publicitarios. La mancha granítica del sur, expandiéndose hasta donde no alcanzaba ni el dedo tendido hacia el horizonte.

Sin embargo, ahora, ambos, ella y yo, somos dos vasijas de barro separadas por el océano Atlántico.

Ella estará a punto de adoptar medidas contra la distancia. Habrá aprovechado para rehacer los hilos de su madura vida. Habrá viajado de nuevo, conforme a las atribuciones y exigencias de su trabajo, pues tenía y sigue teniendo responsabilidades ligadas a la comunicación de los continentes.

Ella siempre miraba más allá de los callados. Más allá del materialismo impreso por los ojos de los europeos. Pero no me di cuenta de mi parálisis ideológica hasta que regresé, y me encadené a la rutina ibérica.

Volví a trabajar. A ligarme a una profesión cualquiera, a cambio de unos cuantos billetes mensuales. Como hacen todos. Inventando una burbuja artificial donde poder desarrollarme como un autómata más.  Levantándome a la misma hora. Reiterando idéntica y fría sonrisa. Formando parte de la jauría. Exclamando que viva la astronomía. Aplaudiendo a los pajarillos políticos.

Casi recobro parte de la síntesis continental. Mas amaso la harina con parsimonia y enfrento a quienes piensan como ellos quieren que pensemos los demás, a contracorriente de los estándares impuestos. Compro el periódico y lo abro por la sección de política estudiantina. Qué aburridas son las indulgencias del Congreso. Todos los días ofreciendo titulares a los medios de comunicación, para que luego, claro está, solo ellos fueran los que se acogotan en las columnas, apremiándose con sintomatología sexual, lo bien que han salido y muestran sus declaraciones.

Eso le contaba a mi amigo, que hace dos años se marchó a Madrid, a reeditar su vida, emocional y profesionalmente. El muy huevón ya no permanecía incrédulo, porque le había mostrado más de una docena de sacos de empirismo. Es decir: argumentos, palabras soeces, franqueza y desprecio absoluto por la hipocresía que nos invade.

-Sabes, José Manuel, que parece que volví a ser como ellos, pero no. No me ha todavía alcanzado el rayo de la normalidad.
-Ya lo sabía, antes de que añadieras nada más.

Él me conoce muy bien. Sabe lo difícil que resulta acceder a lo más íntimo de la piel. Pero son más de diez años de convivencia, con mayor o menor frecuencia. Desde los asientos contiguos del primer año de carrera universitaria. Y después de habernos desplazarnos cada uno, por las incontinencias de los caminos, sabemos que hay mucho hartazgo.

-¿Volverás a por ella?
-Eres un galgo demasiado veloz ¿sabes?

Es evidente que las conversaciones no se tejen al azar. Donde hay vasos no falta el orujo. Tenía interés inaudito en averiguarme más allá de lo indulgente. Por qué quiero volver ¿Quién es ella?

Es que ella ahora estará caminando por las esteras peladas del parque. O armándose de nuevo con otros proyectos. Y encima le puse nombre de hierba olorosa, como hacen los de la sierra cuando regresan al hogar y en su nariz se les representan las especias que su mujer congregaron en la olla.

Si supiera que aquí lo normal es que el deseo cause estragos por su tendencia a la pereza. Las hipotecas y el ladrillo son el opio que más reclamamos. Casi se han olvidado que ascender al Aconcagua pudiera ser más gentil y dificultoso que pagar a plazos un carro de gran cilindrada. ¡Nunca te refieras a metas para las que únicamente se requiera voluntad y esfuerzo! Es más útil montarse en un burro, ponerle matrícula y una generosa media docena de inyectores y bujías.

No es que haya perdido atractivo, o lo hubiera arrastrado como la rueda de un molino. Siempre me consideraron ágil, despierto y con un carácter de almadía. Pero también terco y rotundo como una mula.

Solo que allí, en Lima, Buenos Aires o en las alturas de Cartagena de Indias, la ternura es como una lanza aguda que te penetra profundamente. Y por ende, de zorzal en busca de alpiste, pasas a ser cóndor amante del oxígeno femenino.

Nada que ver con la parsimonia de mi norte. Maldito invernadero. Mientras, yo aquí, con la estrella todavía meridiana, reiterándome como si fuera un cigarrillo animado por superar su adicción al humo.

Si él supiera que volver a por ella es mucho más que volver a por una mujer. Ella es el continente entero. Aunque, si tuviera que entrar en detalles, y desgajar nombres de cada pétalo de la margarita, es algo que solo sabrán quienes me acompañen el viaje de vuelta.

-Son muchos nombres, compadre. Muchos. Pero no te preocupes, que el tango ya empezó a arder en cuantiosas llamas.

 

 

Aitor Arjol
julio de 2007

CUENTOS DE FUEGO, Mary Ann

 

CUENTOS DE FUEGO

 

PROLOGO

Que la vida es un cuento, lo sabemos todos. Más para mí, que nací un 18 de julio de 1975, no muy lejos de aquí, de donde escribo. Aunque después el cuento de la vida me ha llevado por muchos lugares, profesiones, personas y contradicciones. El único presupuesto común que hallo en la vida es la palabra. Alrededor de ella han girado todos mis cuentos. Así como el fuego, desde que recién adquirida la adolescencia, empezará a quemarme, en los años del Bachillerato y en los predominantes de la universidad en San Sebastián. Siempre callados. En un gozoso silencio. Se formaron en materia jurídica pero creo que nunca terminaron de ejercer como Dios debía. Hasta que el cuento me llevó a Ecuador y allí empecé a vivir y darme cuenta de que es donde el fuego allí empezó a extinguirse como idea y a nacer como guía. Porque desde entonces cuento lo que vivo.

Cuentos de Fuego, porque es lo que llevan. Lo que he vivido. Aunque con el grado de discrección suficiente como para que nada escape del más absoluto misterio que persigue a quienes escribimos. Pero somos tan pendejos que dejamos pistas. Y por primera vez, me libero del lastre de la poesía, y abundo en el cuento, donde me siento más libre, sin las pesadas cadenas rítmicas y gramaticales de los versos.

Que el fuego me perdone por los cuentos que escribiré a partir de ahora.

I
MARY ANN

Elle ne laissait conclure jamais la chanson
 
 
Ella nunca dejaba que concluyese la canción. Se la comía despacio, a cucharadas, antes de que yo llegara. Mientras tocaba el piano y sus manos se recostaban contra las teclas. Entonces la besaba. Y le decía lo mucho que la quería, pero en silencio. Con ese mismo silencio con que ahora agoto las estrellas.

Dicen que ahora vive más allá del Parque Metropolitano. Me cuenta que ve la luna desde el infinito. Sobre todo cuando se abre a través de la vereda del volcán. Y tanto la recuerdo que, no puedo soportar la idea de mantenerme al margen; de contar con los dedos de la mano los meses que han transcurrido sin su desnudez.

Con la canción a medias. Con la melodía enhiesta. Le arrebataba con mis propias manos casi toda la piel de sus caderas. La tomaba de la cintura. Por la espalda. Por sus hombros al descubierto.

Mis labios la rozaban con sencillez. Con la misma pausa con que le quitaba la ropa y la tendía en los precipicios del salón. El piano continuaba con su misteriosa chacarera y yo la desnudaba, mojando su piel como una esponja. Nunca fue un juego. Nunca fue una ilusión. Nunca nos sorprendieron las luces que apenas daban crédito a nuestra salvaje ceremonia.

La tomaba de la cintura y en ese estadio perdíamos la voz. Todo era un ruido menesteroso y sin miedo. La falda en el quinto pino. Las medias en el cuarto cedro. Los aretes en la séptima avenida.

Ella se desprendía de todo. Yo rompía algunas otras cosas. Con los dientes o con el hambre del sexo. Sabiendo que cada vez podía ser la última. Sin ansiedad. Con frases cortas e inteligentes. Sin muchos diálogos. Apretándome contra sus carnes. Una y otra vez.

Mi corazón temblando como una ráfaga de lava. Notaba ese impulso como cuando nos duele el alma, pero dotado de otra fiereza extrema. A cada arcada le correspondía un verbo descosido y violento.

Con mis manos volvía a sujetar sus muslos. La llevaba contra la pared. Su cintura de centeno. Tan morena. El pelo negro. Su cuerpo de cordillera suave y despierta. Sus caderas se apretaban contra las mías.

Tenía la sensación de que aquellos arrebatos duraban toda una vida. Que de un momento a otro se iban a caer todos los cuadros sin que ninguno de los dos muriésemos por atentado artístico. El lienzo también repetía nuestros movimientos, más pausado, esperando una presunta lluvia dorada.

Menudo eco. Es que estábamos ciegos de habernos encontrado. Y después volábamos a otro rincón. Con nuestras alas de espanto. Con el miembro erecto. Buscábamos cobijo en una silla azul. Una de esas donde el par de amantes se pierden buscando los hilos de la vida. Desvergonzados y como nuestras madres nos parieron.

Creo que repetía su nombre. O lo guardaba en mis entrañas, sabiendo que no nos poseíamos. Que no nos aprehendíamos, sino que éramos como un violín agitando gravemente sus cuerdas. Hasta caer rendidos en la colcha.
Nuestra humedad era un escándalo. Y poseíamos esa extraña sincronía de caernos despacio, al unísono, simultáneamente, con el pecho ardiendo, hasta el final. Hasta el amanecer, dejándonos en un estado de agotamiento característico.

Qué idea más peregrina. Cada vez que ella dejaba de tocar el piano. Sucedía toda esa cadena de sucesos. Nada de costumbres. Nada de formalidades.

Nos habíamos llamado durante el curso de la misma. Igual habían sido demasiadas horas sin saber el uno del otro. Contando el sentido y la peculiaridad de las agujas.

Esperaba la hora con la precisión de un relojero suizo y luego huía como un caño de agua. Allá iba el hombre. Manoseándose el alma con el tiempo que restaba.

Subía al taxi sucio y amarillo. Se desviaba por la primera rotonda y buscaba esa recóndita calle con nombre de país europeo, como todas las que había por aquel barrio de aceras desconchadas, sabiendo que no faltaba hilo para ovillarse en su destino.

¿Dónde andará mi amor? Viraba los ojos con intensidad moderada. Hacía una mueca de modorra y profundo enamoramiento. Veía la verja, tan metálica, guardando la curva de la vigilia.

Su vagón en camisón blanco andaba por allí esperando. Tocando el piano. Era inconfundible su rastro. Rodaban piedras por el tejado. Casi nunca llovía. La noche era desordenada y nunca fallida.

Llamaba al timbre. Pero todo estaba abierto. La selva indicaba el itinerario previsto. Sorteaba el vehículo aparcado, tan añejo y espartano. Y cuidaba de no despertar a los consabidos inquilinos, hartos de tanto piano.

No sé cuántos meses llevábamos en esa actitud tan premeditada. Aunque al día siguiente aterrizara con unas ojeras gigantescas y toda la diplomática oficina observara el bofetón erótico de la noche anterior.

Pasa ya reloco. Anda y ve que te espera. No dejes que concluya la canción. Gira la puerta con el ramo de girasoles colgando de los dedos. Ya sabes que a ella le encantan los girasoles a medianoche. Que casi es capaz de comerse los pétalos.

Anda y ve. Atraviesa el quicio. No saludes al mantel. Ni a las tazas de café. Acuérdate de cómo es ella. De cómo le estirabas la goma de sus ropas porque te encanta llevar a cabo esa maldita picia.

Eres un jodido seductor. Pero la quieres tanto. Y debes reconocerlo. Te tiembla el pulso nada más nombrarla, como si su nombre fuera un relicario de contrabando. Al fin caíste. Mira qué embobado y alegre acaricias sus ojos abiertos.

Allá que iba. Sin cuerdas de cabotaje. Menuda barca la que atravesaba aquellos muelles. Iba remando con versos. Creía estar a punto de encontrar olas en el cuerpo de su bella amante. O quizás caracolas. Lo mismo que en las arenas grises de Esmeraldas o que en las rubias rocas de su pecho.

No tenías mucho camino que recorrer. Si muchos olores de mar o de tierra. Es que llevabas ya uno impreso en la solapa del paladar. Ese artilugio de hierbabuena era tu brújula.

Anda que la hueles. Pareces una abeja en busca de su más sincero panal. Se nota en lo fugaz de tus movimientos. Discreto pero zumbón. Callado pero más terco que un arado. Ágil. Con ganas de seguir tejiendo pensamientos.

¿Te das cuenta? Queríamos dejar la misma huella. Que nunca nos olvidáramos de interrumpir la canción.

 
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Aitor Arjol Bermejo
Febrero de 2007