CUENTOS DE FUEGO, Mary Ann

 

CUENTOS DE FUEGO

 

PROLOGO

Que la vida es un cuento, lo sabemos todos. Más para mí, que nací un 18 de julio de 1975, no muy lejos de aquí, de donde escribo. Aunque después el cuento de la vida me ha llevado por muchos lugares, profesiones, personas y contradicciones. El único presupuesto común que hallo en la vida es la palabra. Alrededor de ella han girado todos mis cuentos. Así como el fuego, desde que recién adquirida la adolescencia, empezará a quemarme, en los años del Bachillerato y en los predominantes de la universidad en San Sebastián. Siempre callados. En un gozoso silencio. Se formaron en materia jurídica pero creo que nunca terminaron de ejercer como Dios debía. Hasta que el cuento me llevó a Ecuador y allí empecé a vivir y darme cuenta de que es donde el fuego allí empezó a extinguirse como idea y a nacer como guía. Porque desde entonces cuento lo que vivo.

Cuentos de Fuego, porque es lo que llevan. Lo que he vivido. Aunque con el grado de discrección suficiente como para que nada escape del más absoluto misterio que persigue a quienes escribimos. Pero somos tan pendejos que dejamos pistas. Y por primera vez, me libero del lastre de la poesía, y abundo en el cuento, donde me siento más libre, sin las pesadas cadenas rítmicas y gramaticales de los versos.

Que el fuego me perdone por los cuentos que escribiré a partir de ahora.

I
MARY ANN

Elle ne laissait conclure jamais la chanson
 
 
Ella nunca dejaba que concluyese la canción. Se la comía despacio, a cucharadas, antes de que yo llegara. Mientras tocaba el piano y sus manos se recostaban contra las teclas. Entonces la besaba. Y le decía lo mucho que la quería, pero en silencio. Con ese mismo silencio con que ahora agoto las estrellas.

Dicen que ahora vive más allá del Parque Metropolitano. Me cuenta que ve la luna desde el infinito. Sobre todo cuando se abre a través de la vereda del volcán. Y tanto la recuerdo que, no puedo soportar la idea de mantenerme al margen; de contar con los dedos de la mano los meses que han transcurrido sin su desnudez.

Con la canción a medias. Con la melodía enhiesta. Le arrebataba con mis propias manos casi toda la piel de sus caderas. La tomaba de la cintura. Por la espalda. Por sus hombros al descubierto.

Mis labios la rozaban con sencillez. Con la misma pausa con que le quitaba la ropa y la tendía en los precipicios del salón. El piano continuaba con su misteriosa chacarera y yo la desnudaba, mojando su piel como una esponja. Nunca fue un juego. Nunca fue una ilusión. Nunca nos sorprendieron las luces que apenas daban crédito a nuestra salvaje ceremonia.

La tomaba de la cintura y en ese estadio perdíamos la voz. Todo era un ruido menesteroso y sin miedo. La falda en el quinto pino. Las medias en el cuarto cedro. Los aretes en la séptima avenida.

Ella se desprendía de todo. Yo rompía algunas otras cosas. Con los dientes o con el hambre del sexo. Sabiendo que cada vez podía ser la última. Sin ansiedad. Con frases cortas e inteligentes. Sin muchos diálogos. Apretándome contra sus carnes. Una y otra vez.

Mi corazón temblando como una ráfaga de lava. Notaba ese impulso como cuando nos duele el alma, pero dotado de otra fiereza extrema. A cada arcada le correspondía un verbo descosido y violento.

Con mis manos volvía a sujetar sus muslos. La llevaba contra la pared. Su cintura de centeno. Tan morena. El pelo negro. Su cuerpo de cordillera suave y despierta. Sus caderas se apretaban contra las mías.

Tenía la sensación de que aquellos arrebatos duraban toda una vida. Que de un momento a otro se iban a caer todos los cuadros sin que ninguno de los dos muriésemos por atentado artístico. El lienzo también repetía nuestros movimientos, más pausado, esperando una presunta lluvia dorada.

Menudo eco. Es que estábamos ciegos de habernos encontrado. Y después volábamos a otro rincón. Con nuestras alas de espanto. Con el miembro erecto. Buscábamos cobijo en una silla azul. Una de esas donde el par de amantes se pierden buscando los hilos de la vida. Desvergonzados y como nuestras madres nos parieron.

Creo que repetía su nombre. O lo guardaba en mis entrañas, sabiendo que no nos poseíamos. Que no nos aprehendíamos, sino que éramos como un violín agitando gravemente sus cuerdas. Hasta caer rendidos en la colcha.
Nuestra humedad era un escándalo. Y poseíamos esa extraña sincronía de caernos despacio, al unísono, simultáneamente, con el pecho ardiendo, hasta el final. Hasta el amanecer, dejándonos en un estado de agotamiento característico.

Qué idea más peregrina. Cada vez que ella dejaba de tocar el piano. Sucedía toda esa cadena de sucesos. Nada de costumbres. Nada de formalidades.

Nos habíamos llamado durante el curso de la misma. Igual habían sido demasiadas horas sin saber el uno del otro. Contando el sentido y la peculiaridad de las agujas.

Esperaba la hora con la precisión de un relojero suizo y luego huía como un caño de agua. Allá iba el hombre. Manoseándose el alma con el tiempo que restaba.

Subía al taxi sucio y amarillo. Se desviaba por la primera rotonda y buscaba esa recóndita calle con nombre de país europeo, como todas las que había por aquel barrio de aceras desconchadas, sabiendo que no faltaba hilo para ovillarse en su destino.

¿Dónde andará mi amor? Viraba los ojos con intensidad moderada. Hacía una mueca de modorra y profundo enamoramiento. Veía la verja, tan metálica, guardando la curva de la vigilia.

Su vagón en camisón blanco andaba por allí esperando. Tocando el piano. Era inconfundible su rastro. Rodaban piedras por el tejado. Casi nunca llovía. La noche era desordenada y nunca fallida.

Llamaba al timbre. Pero todo estaba abierto. La selva indicaba el itinerario previsto. Sorteaba el vehículo aparcado, tan añejo y espartano. Y cuidaba de no despertar a los consabidos inquilinos, hartos de tanto piano.

No sé cuántos meses llevábamos en esa actitud tan premeditada. Aunque al día siguiente aterrizara con unas ojeras gigantescas y toda la diplomática oficina observara el bofetón erótico de la noche anterior.

Pasa ya reloco. Anda y ve que te espera. No dejes que concluya la canción. Gira la puerta con el ramo de girasoles colgando de los dedos. Ya sabes que a ella le encantan los girasoles a medianoche. Que casi es capaz de comerse los pétalos.

Anda y ve. Atraviesa el quicio. No saludes al mantel. Ni a las tazas de café. Acuérdate de cómo es ella. De cómo le estirabas la goma de sus ropas porque te encanta llevar a cabo esa maldita picia.

Eres un jodido seductor. Pero la quieres tanto. Y debes reconocerlo. Te tiembla el pulso nada más nombrarla, como si su nombre fuera un relicario de contrabando. Al fin caíste. Mira qué embobado y alegre acaricias sus ojos abiertos.

Allá que iba. Sin cuerdas de cabotaje. Menuda barca la que atravesaba aquellos muelles. Iba remando con versos. Creía estar a punto de encontrar olas en el cuerpo de su bella amante. O quizás caracolas. Lo mismo que en las arenas grises de Esmeraldas o que en las rubias rocas de su pecho.

No tenías mucho camino que recorrer. Si muchos olores de mar o de tierra. Es que llevabas ya uno impreso en la solapa del paladar. Ese artilugio de hierbabuena era tu brújula.

Anda que la hueles. Pareces una abeja en busca de su más sincero panal. Se nota en lo fugaz de tus movimientos. Discreto pero zumbón. Callado pero más terco que un arado. Ágil. Con ganas de seguir tejiendo pensamientos.

¿Te das cuenta? Queríamos dejar la misma huella. Que nunca nos olvidáramos de interrumpir la canción.

 
….. …..
 
Aitor Arjol Bermejo
Febrero de 2007
 
 
 
 
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Esta entrada fue publicada en MSN.

9 comentarios el “CUENTOS DE FUEGO, Mary Ann

  1. NO NAME dice:
    …Precisamente coincide que te leo entre violines… Un poco de música desde Venezuela… y leerte desde mi capital… ¿Qué decir?… Tuve la maravillosa suerte de leer el cuento antes de que fuera publicado en este lugar…

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  2. NO NAME dice:
    Sin embargo, Belén, la hierbabuena de aquí.. qué carajos, coincido con mis compañeros de destino, puesto que al que le tocó Argentina, y al que le tocó Panamá, en su momento; estamos los tres de acuerdo. Y con lo mismo que dice Carlos, el poeta carretero, que acá se está demasiado pendiente de alcanzar metas materiales, y parece que el ser humano no está nada más hecho que para colgarse de un crédito e ir pareciéndose al resto. 

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  3. NO NAME dice:
     Siempre he pensado, desde mi llana ignorancia, que son tremendamente injustos y pedantes aquellos ,a los que, inmersos en solo dos colores,opuestos los dos, califican algo en bueno o malo según les ha gustado a ellos o no.

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  4. NO NAME dice:
     No dejes de sentirte libre, vuela tan alto y tan lento como tu imaginación te lo permita.

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  5. NO NAME dice:
    Sigo descubriendote. Sigo sorprendiendome. El relato me parece de una naturalidad que desgarra, quizás también sea la música que hace que se crea ese ambiente de ver la escena, un paso mas allá de la imaginación.  Sinceramente estoy por entrecortar todas las canciones que me dicen algo, acabo de descubrir que en ocasiones, lo inconcluso te lleva a la perfección….

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  6. NO NAME dice:
    Airtor…., pues este estilo me va gustando más, como a ti no te sorprenderá…. me has dado ganas de retomar mi incocnclusa novela…., que los de la editorial prometiron publicar si terminaba para diciembre pasado, jajajaja…. tendré que volver a convencerlos, pero hea!…. estaría bueno. Gracias, me has devuelto las ganas….

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  7. NO NAME dice:
    Si… de hecho es un estracto del libro…da miedo verdad?

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  8. NO NAME dice:
     El fuego no tendrá que perdonarte nada de nada… ya sabes que soy una enamorada de los cuentos… me he sentido hasta un poco voyeur, jajaja. Que la música y el fuego no paren nunca. Besitos de fin de semana. 🙂

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  9. NO NAME dice:
    Es genial. Me ha encantado. Tienes arte para esto. Te añado a mi tablón particular o_-

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