CUENTOS DE FUEGO, Mercedes

 
 

CUENTOS DE FUEGO

IV
MERCEDES

 
Ya no se impacienta mi mano derecha. Tanto si cuando me enfado arremeto contra el rellano de la mesa, como si declino el horizonte con la misma cuando oteo el otro lado el mar. Y eso que soy zurdo de nacimiento. Mano derecha que últimamente sufrió unos desperfectos con la caída. La semana pasada sin ir más lejos, trastabilló, contra el polvo de una pista de polvo y piedra, cercana a la costa. ¿Cercana digo? ¡Qué delirio! ¡Si estaba pegando a los acantilados! ¡Qué embates dejaban las olas contra las rocas pulidas y mansas! Pues sí. Fue aparatoso. Prácticamente me disfracé de lija con la mano derecha y me llevé todo el camino en el antebrazo, de recuerdo, para que en otras oportunidades lidie mejor con la piel.
 
Lo que no sé es qué sucedería, con mi mano derecha, si algún día me reencarnara en la estatua barcelonense de Colón, encaramado en el pedestal de las Ramblas. ¿Con el dedo de qué cual de las manos apuntaría a los escenarios del cielo? No me preocupa en absoluto. Con la sola idea de pensarlo sonrío más que un abecedario. Además, seguro que tal locura es mejor que llevarse el dedo al espacio reducido que resta entre la nariz y el labio superior, porque cualquier mudo interpretaría que soy el viejo presidente que decía que el país iba bien y quería mandarnos a freir espárragos y balas.
 
La última vez que estuve en Barcelona, pues, mi mano derecha se acordó de ella. Sí. Qué cojones. Mercedes Jaramillo. ¿Y qué si me sé el nombre y apellido a pies juntillas? La tipa viaja lo suyo. Volvió el mes pasado a su país, creo que a poner en marcha un negocio de artesanía y antigüedades varias. Y de haber imaginado la reencarnación, nomás hubiera talado la columna del navegante ese, porque ambos sabemos que Colón, además de venirse a descubrir las Américas, también vino a joderlas en nombre de la codicia.
 
Además, con el relámpago de ingenio que posee esto es lo primero que me dijo aquella tarde:
 
-Lo único que Colón y tú tenéis en común es la conquista, pero tranquilo, que a ese navegante la naturaleza subjetiva de lo que conquistaba le importaba un carajo y, en cambio, tú arremetes con todo, y vienes para quedarte.
-¿De verdad piensas eso de mí?
-Pues claro, joder, si no mírale -asentía señalando al Colón de las Ramblas-.
-Bueno, él es de piedra y yo me muevo.
-Si, pero su mano derecha no tiene atractivo alguno.
 
Después, pagamos los cafés, como un par de suspiros que dejan la mesa a otros más impacientes. Abandonamos la terraza, dejando una generosa propina,  y tomamos el metro para perdernos el resto de la tarde, en los arrabales de la calle Canuda, justo en la esquina donde se ponía un compatriota suyo a cantar viejas canciones de Silvio.
 
Desde aquella tarde no la he vuelto a ver. Pero no me impaciento. Fue necesario que nos encontráramos. Estaba a punto de regresar. Haciendo las maletas y dejando los últimos recados a un vecino suyo. Yo tampoco me salvé de sus buenos propósitos. Más feliz que una chacarera, porque me dejó, en depósito, un precioso Quijote metálico, leyendo su libro, lanza en ristre, y sentado en una bobina. Vamos, un precioso artilugio soldado a mano y hecho con deshechos de hierro y toda suerte de maquinaria.
 
¡Mercedes, eres un hueso duro de roer! Quién imaginaría que, de tan chica que te conocí, somos uña y carne, aunque cada cual en su ristra de preocupaciones. Pero ahí andamos, de buenas entenderas, preguntándonos cómo nos va la vaina, y encima, cuantas cuestiones tiene con algunos buitres masculinos me comenta. Sí, porque la cuestión de Colón rodó durante las dos horas que nos trajinamos la paciencia del camarero en la terraza:
 
-El último era brasileño. Muy mono él. !Terrible con la percusión!
-Oye, ¿pero qué percusión?, porque sabes que el hombre percute con varios instrumentos.
-¡Qué cabrón eres! Me refiero a que Mario se dedica a la música -y ponía los ojos como platos, como reafirmando la veracidad de sus palabras-. Del otro instrumento no te preocupes que dimos buena cuenta de él. Bueno ¿y tú, qué?
-Yo, Mercedes, poca cosa, la verdad. Vivo tranquilo y parece que con eso me basta. Pero no te miento si te digo que echo de menos la ternura de tu país, allí donde nos conocimos.
-¡Tus ojos dicen más, puñetero! -exclamaba, pura pitonisa ella.
-Para qué negarlo, estoy con alguien, desde hace unos siete meses, pero no ha reventado mis cañerías y atravieso una profunda insatisfacción, pero no es culpa de ella, de verdad. Toda es mía. Toda es mía.
-¿Toda la qué? ¿Ella o la culpa?
-La culpa -inquirí rotundamente-, porque sabes que todavía soy de los pocos conquistadores que, como tú dices, tiene el corazón responsable.
-¡Sí, y encima no tienes abuela! -buen sentido del humor tiene Mercedes cuando me echa esos comentarios jocosamente- Eres un malparido con el ego de aquí a Cuba, pero son los goznes de tus sentimientos, ¿verdad?
-Los mismos con que atravesé tu puerta, Mercedes.
-Por eso te quiero tanto.
-Sí, algo más que al dedo de Colón -y nos reímos los dos, ante las miradas inquisitorias del vecindario de otras mesas.
 
Al despedirnos me tomó de la mano y, sin enterarme, un profundo y alargado abrazo, de esos que te dejan exhausto y como un colador de cocina. Y desapareció dos cuadras mas allá de donde la perdí de vista. Rauda. Con el pelo ligero. Una camiseta negra. Sus pechos bien aposentados. Piel de valle. Mejillas de volcán. Chau.
 
Allá que se fue. Al país de los guayacanes. A donde mi mano derecha nunca fuera suya ni ella asimismo mía, pues no nos poseímos ni desde el principio de los tiempos, porque hay otras conquistas que superan con creces lo que dura el polvo del siglo. Hay otras pues. -Y eso es lo que Mercedes, al parecer, valoró más de mí.
 
-Hombre de mundo. A pesar de que te lo puse en bandeja, me respetaste aquel miércoles del carajo.
-No me lo recuerdes, que de tan bella que estás ahora me crearás el remordimiento más abusivo de la historia.
-¿Te acuerdas qué número de miércoles hacía en la cuenta de nuestros almuerzos en tu departamento?
-Uno de tantos, supongo.
-Sí, siempre apurando la hora y media, y diciendo que venías de una reunión con el Director de la entidad aquella, cuando te entretuviste explicándome quién era el jovencísimo LLach.
-¡No te quejarás!
-¡Oh, pues no!, porque gracias a Llach después vinieron Vega, y este año, ¿Ismael Serrano?
-Bingo, acertaste.
-Viva Colón, jodido emprendedor.
 
Cómo somos. Cómo éramos. Así tomó ella el vuelo de las seis y media. Según me dijo desde el aeropuerto Mariscal Sucre. Que había arribado bien. Con el cansancio justo. Y que después sus padres, arremolinados, salieron a su encuentro, como una tropa de abejas a punto de ver a su reina. No sólo sus padres. También el bueno de Ulises, su mentor y referente.  Allá se abrazaron todos, para envidia de todos los ausentes y correligionarios de la nostalgia.
 
No se olvidó de mi mano derecha y después de las ocho, hora de allá, tomó el teléfono, y permanecimos pegados al auricular hasta diós sabe cuándo. Ni lo supo pues. Y sí, que cuidara del Quijote. Que esto y lo otro. Que iría a ver mis cosas. Que hablaría con el director de la Casa de la Cultura. Que en agosto iba a venir el cónsul de no sé dónde. Que Ulises estaba más cabreado conmigo que de costumbre, porque esgrimía que no había razón para que un hombre como yo no hubiera tenido más arrojo y ocasión de verla que,  en Barcelona, cuando estaba a punto de regresarse, porque Bélgica quedaba a tiro de piedra.
 
-Ulises está un poco enojado, pero ya se le pasará.
-Es verdad lo que él dice, Mercedes.
-Sí, pero ya se le pasará ¿no ves que es un poco gruñón?
-Soy un descastado.
-Bueno, déjalo, mira que si no pongo la teta en el auricular para que pases hambre.
-Buena eres tú para ofrecérmela, desde allá.
-Mi hermano de pecho.
-¡Bruta!
 
Mercedes tiene historia. Cuánta historia. Es una enciclopedia de anécdotas. Lo del teléfono o nuestras conversaciones de mesa no son nada comparado con los siete años que nos llevamos encima, en las entretelas. Nos sobra la confianza. Y cada vez que nos hemos alejado debido a las circunstancias de sus viajes, parimos un libro para cada quién, a elección nuestra. Mi mano derecha le dió uno de los más bellos de Anais Nin. Uno de sus diarios. Y como Mercedes sabe francés como por un tubo, no hubo problema ni discusión ni términos medios. ¡Vaya si le gustó! Alguna miércoles supe que, en francés, cualquier línea escrita que cayera en sus manos corría el riesgo de pasar por su aspiradora emocional, pasto del interés inusitado. Además: Anais Nin no es una pelota de futbol. ¡Es la yegua más hermosa que dejaron suelta por París! Eso es lo que me contó, una vez leído el libro, lógicamente, mucho después de que mi mano derecha la echara de menos.
 
No han transcurrido ni tres semanas desde que se regresó y tengo esa mano tensa. Es normal. Porque con esa mano le propiné el primer abrazo de todos. El primigenio. El más simple y genérico. El más esforzado. Que para un hombre del norte es bastante. Y lo cojonudo es que me acaba de llamar. Sí. Párenme los pies. Ha comprado en una vieja pulpería, como dice, con Ulises: una mano tallada de madera de balsa. Una mano derecha.
 
….. ….. …..
 
Aitor Arjol
25 de julio de 2007
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6 comentarios el “CUENTOS DE FUEGO, Mercedes

  1. NO NAME dice:
    Pues yo he perdido el visado que me llevaba a la risa perpetua de su boca…

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  2. NO NAME dice:
    Jaramillo te creo pero Mercedes?

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  3. NO NAME dice:
    Y leerte… cuántos días, cuántas muertes… Qué manera de leerte. Te descubrí este cuento con mi hermana… que no conoces pero se me adelanta a ratos…

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  4. NO NAME dice:
     Buena destreza la tuya para contar cosas. Sin duda revela un universo personal muy interesante. Ánimo, me alegra haberte conocido.

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  5. NO NAME dice:
    Me has emocionado, te creia de carton piedra y escribes de puta madre, me da envidia tu vida viajera y de escritor, tan diferente a la mia, la tuya es la que quiero, la mia es la que tengo, pero entre eso y otro hay algo qeu tambien vale mucho, son mis hijas, eso calma y recompensa no vivir la vida que quiero, sino la que puedo, un abrazo Aitor, amelia 

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