I

 
 

 

BASAURI

Vivo aquí.

Afirmo el viento.

La sábana fría.

Bilbao se tuerce

gris y solemne.

Aullidos de hierro.

La lluvia derrama

vuelos húmedos

en los portales.

El gorrión ocioso

viene a comer

el pan de mi balcón.

¿habrá migas

al otro lado al sol?

…. …..

I

 

Es cierto que vivo aquí. En el norte de mi país. Formo parte de lo que llaman "mundo occidental". Como parte del mismo, le dedican unos cuántos tópicos y características que son comunes a todo él. Estamos en tiempos de la integración europea. Donde vivo se han encarecido notablemente los precios de los alimentos básicos y carburantes, amén de otras escaladas: tipos de interés, hipotecas, precariedad laboral. Es cierto. Un panorama algo desalentador. El final del boom inmobiliario. La clase trabajadora siempre soporta sobre sus hombros las consecuencias de todo lo que nos viene encima. Aunque lo bueno siempre se lo quedan los de arriba. No sé dónde queda la responsabilidad de nuestros dirigentes políticos. Supongo que les importamos un pepino. Como siempre. No es nada nuevo. Entre el pueblo, los caminantes, los que compramos el pan en el establecimiento de la esquina o nos cambiamos el turno de trabajo, porque uno se regresa a casa y el otro empieza la jornada, reina un silencio. Pareciera que nos lavamos las manos. Pero no. Sé de buena tinta que cada familia guarda en silencio sus propios problemas. Problemas propios que son los similares de sus vecinos. Todos perseguimos algo parecido: mantener a nuestras familias; terminar de pagar la vivienda que nos cobija y tratar de ser felices con lo que nos queda a mano.

 

Muchos padres ven cómo sus hijos están creciendo y asisten a la escuela. Una madre está preocupada porque su hijo no le pintan bien las cosas en las clases, y algunas veces sus compañeros le hacen de menos, por sufrir lo que es común en todas la generaciones: ¿ansiedad? La ansiedad es el malestar genérico de un mundo que va demasiado deprisa. Lo malo es que observo que, en muchos de mi generación, y posteriores, empieza a abundar algo llamado "soledad", como si fuera una furgoneta que va y viene por las calles. Estamos en el doble juego de querer divertirnos, cuánto más mejor, y hacer lo que nos venga en gana, sin sopesar en las consecuencias que tenga para los demás, salvo que a nosotros mismos nos proporcione la dicha necesaria. Doble juego, porque luego, en soledad, mi vecino añora conceptos tan ligeros como la familia, o el polvo que se le levanta cuando un niño de dos años sopla sobre el mueble, en busca de su libro de cuentos preferido.

 

Y para la soledad, se ha inventado internet como uno de los canales de Venecia. Aquí hay góndolas, con remeros que te cantan bellas canciones en italiano, portugués, francés, mapuche, nahualth o ruso, por citar unos cuantos. Sí, góndolas malabaristas. Las redes sociales son un juguete más. El mundo evoluciona. Los barriletes, las peonzas, los trompos, el parchis y el caballo de madera son historia. Los viejos vinilos quedaron en un dudoso equilibrio. Míramos al pasado con ojos de vidrio. También consumimos personas. Las podemos pedir como en un menú de comida rápida, con patatas fritas, salsa de tomate, mostaza y ración doble de ensalada mixta. Así navegan. Se conocen. Se comen. Se masturban. Pagan la cuenta y hasta la semana que viene.

 

Pero eso no es todo. Anoche el loro del segundo vino a verme. No a propósito de las góndolas. Ni de la crisis económica. Ni de la crisis interna del principal partido de la oposición. No. El loro es tímido, pero no tonto. Vino con su plumaje y, como siempre, se sentó a mi lado. Dijo que ha tomado una severa decisión: se va a presentar al próximo festival de Eurivisión.

 

Menos mal que la soledad también es un sentimiento. También constituye la materia prima de la creación. Es como quedarse quieto, con los sentidos abiertos de par en par. Y contemplar, escuchar, oir y palpar todo tu entorno. El más próximo y el más lejano. Algo que busco a menudo. Soledad de la buena, como diría un degustador de licores fuertes, sorbiendo un Brandy del mismo nombre. Soledad para pensar. También confieso que, soledad, a veces, para ser exagerado y más cínico que el caballo de la dehesa de enfrente. No tanto como el loro del segundo, que se sabe de memoria el himno de nuestro equipo de futbol.

 

Después de todo, aquí, donde vivo, al otro lado, también hay sentimientos de todo tipo, y realidades múltiples. No son tan malas ni tan buenas. Son las que hay. Las que fabricamos. Las que deshacemos. Nos queda poca libertad. Cierto que pocas ganas de cambiar las malas por las buenas. Porque nos hemos acostumbrado al opio de la vida. Tal vez es la embriaguez de la resignación. Pero en cuanto abres la puerta, y preguntas, y te contestan, y se sientan contigo a tomar un café, con una sonrisa sencilla y proletaria, ninguno negará que también sostenemos una lucha en silencio. En el silencio hay mucho hartazgo. Una inmensa mayoría se atrevería a derribar a cañonazos todas esas góndolas.

 

Con la globalización, se ha magnificado el derecho a plasmar sentimientos por escrito, en la más completa libertad. Eso es maravilloso. Necesario. Pero tampodo debemos creernos en el derecho absoluto de la razón, por la simple cuestión de que nuestra expresión nace del corazón, y del corazón, parece que no nazca ningún error de apreciación, pues cada día que cae una hoja del calendario, lo noto en todas partes.

 

Tal vez es cierto que, con la llama adecuada, nuestra lucha particular ardería como la luz del antiguo faro de Alejandría. Y cambiarían muchas cosas. De momento, me salva el hambre. Estoy hambriento de conocer y percibir; de alimentarme con las proporciones gigantescas de la vida; de precipitarme en los contrastes de nuestra sociedad; de adquirir plena conciencia de las desigualdades existentes y, por ende, dar pleno valor a cada una de las pequeños acontecimientos que suceden a nuestro alrededor.

 

Mientras tanto, hoy llueve. La luz y las gotas de gruesa lluvia se cuelan por los portales de mi municipio. Un amasijo de pisos construidos al ritmo de los setenta, en plena vorágine de inmigración del campo a las ciudades industriales. Limando a la orografía del terreno todo su jugo. Y aquí estamos. Los gorriones juegan con las migas de pan de mi balcón. Una hiedra crece. La ropa se se está secando. Los abuelos descansan en paz. El mundo es éste. Aunque confieso que mi tierna soledad está enamorada del otro lado y eso me mantiene en vilo, en continua zozobra, vivo y sereno.

 

El otro lado no es más que todo aquello que no soy yo.

GUGGENHEIM

 
 

 

GUGGENHEIM

En esta cordillera de titanio
arrugada por los sueños
respiro una soledad abierta.
El matiz sereno de la ría
revela la turbia garganta
que sacude su lengua de hierro.
Hiciste que el amor temblara.
Como la espiga joven de los campos
siempre crecerás a buen ritmo
con el regular puñado de lluvia
cayendo sobre tu tez morena.
Soy un rayo inconcluso.
Nací entre grúas y proas grises.
Forjaron en mi memoria
gruesas llaves de trigo y vino.
Albergo desvanes amarrados
a los puertos cantábricos.
A menudo cruzan el fuego oceánico
y alcanzan el manantial
de todas mis llamas.
Obra el oficio del hombre
abocado al incendio que ama.

Quise buscar una metáfora que se le pareciera. Pensé en mis Andes. En una cordillera. Pero de titanio. En consecuencia, ya que el museo bilbaino presenta mútiples grietas y direcciones en sus placas de titanio, pensé que era una cordillera, pero arrugada por los sueños. Una vez allí, en la tarde de hace dos domingos, me limité a pensar en alguien que ya no está en mi corazón. Y le dije eso: que no se preocupe, que seguirá creciendo, al ritmo de toda persona que vive y trabaja, sujeta a una rutina normal, la de todos los días. Pero yo soy un rayo inconcluso. Y aunque nací aquí, apretado, entre grúas y una tradición industrial donde pesan la minería, el hierro y los astilleros, tengo sangre de trigo -burgos y palencia- y vino -campos de Borja en Aragón-. Para bien o para mal, mis barcos y pensamientos amarrados al mar, cerca del museo, todos los días mis sueños cruzan el océano y se plantan en América. Pienso en el incendio que allí me ha creado el amor. Llamas de color canela. Profundas y atravesadas en mis redes. Por eso volví a escribir:

Un dia dejé que las estrellas
cayeran como espadas blancas
sobre tu cuerpo de maíz
y me enamoré de ti

   

REVERSO

 
 

REVERSO

Me han quitado la voz.
Mudo de nombres y ramas.
Desnudo de pájaros
y vacío de garganta.
Me han quitado la boca.
No tengo labios ni palabra
que llevarme entre las olas.
El silencio es una blanca
intermitencia que corre
por los páramos
como una gota de lluvia.
Me han quitado la lengua.
Grito en tierra de nadie.
Encerraron las nubes
a cal y canto, pero
en medio del cerrojo
rojas amapolas de campo
crecen hacia el infinito.
El reverso de la flor te busca.

….. …..

En ese monasterio de ahí arriba, sito en la provincia de Cuenca, no lejos de las antiguas ruinas romanas de Segóbriga, duermen muchas paradojas. Muchas y bien relacionadas con algo que nos ahoga: el transcurso del tiempo; el agobio de la mortalidad. Muchas teorías al respecto también duermen. Si somos optimistas, nos comemos el tiempo de un bocado. Si somos pesimistas, nos hundimos en un severo naufragio. Es una verdad, que no admite refutación, que estamos rodeados de felicidad y dolor parejos. La medida en que ambos lo hacemos nuestro y participamos de aquellos gozos y sufrimiento que padecen los demás, conforman gran parte de nuestra personalidad. En Uclés, el viejo castillo y monasterio, guarda los restos, en alguna parte incierta, bajo sus bóvedas, de Jorge Manrique, aquel que escribiera "Coplas a la muerte de su padre" y al que hemos estudiado, en nuestra adolescencia, en cualquier asignatura de lengua y literatura castellanas. Todos alguna vez hemos escuchado esto:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos,
allegados, sin iguales,
los que viven por sus manos
e los ricos.

El transcurso del tiempo. La desaparición de nuestros seres queridos. Cada quien se enfrenta a la idea, y después a la certeza, y después lo vivirá en sus propias carnes. No sé qué papel juega la moral en todo esto. Sí sé de lo importante que es la ética, y su instrumento: los valores. Este lugar está relacionado íntimamente con el reflejo impreso en el poema. Uclés, durante y después de la guerra civil, hasta su desmantelamiento, fue hospital y prisión militar. Allí murieron cientos de presos republicanos, presas del fusilamiento y la represión franquista. Al fondo de la imagen, en la parte central superior izquierda, hay un solor, con tapiales, donde la tierra está removada porque no hace más de un año que los restos fueron exhumados y devueltos a su paz.

Todo esto y otras consideraciones, me empujan a pensar en la temporalidad de la vida; en la libre elección del ser humano; en el dolor; el el propio estado anímico del presente, donde buscas un rayo de sol entre tanta obviedad. Estado que podría ser extensible a la búsqueda de otros sentidos: el amor, lejano pero visible; la familia, el nucleo indivisible.

Los versos se extienden no solo a quien los escribe, sino a quienes hallan en ellos un sentido particular y solidario, paralelo y simultaneo. Todo dolor tiene su reverso: una flor, una amapola roja y brillante como la seda.

VOLVERÉ

 
 


Volveré a amar la tierra
con profusión de llaves
con las cuáles abrirte
desentrañar la esperanza

volveré a caminar
a cultivar mi hacienda
a darte el pan
como una ofrenda

volveré a soñarte
entera, fértil y sabia
una vez el viento baldío
haya taponado las grietas

volveré con la certeza
de comunicarte felicidades
y a la vez perfumaré
tu aliendo con malva nueva

volveré de todas partes

de las raíces para aliviar
tu sed de tiempo

del cielo para hurtar
diluvios humanos

del camino para apresurar
mi vuelta

….. ……

Escrito durante la noche del 26 al 27 de marzo del año 2000. Por muchas razones. Huele a campo. Tiene pulmón de amapola. Forma parte de un poemario inédito llamado "Tierra" que lo guardo ahí, en el cajón del trigo y de la cebada, esperando la harina de las hojas de papel. Todavía queda otro, dedicado a la misma flor de la canela, allá en los aledaños de Lima, pero será más tarde. Éste me trajo recuerdos del campo. Del campo que yace en estado de juicio y ruina. A los agricultores por un saco de avellanas les pagan cinco veces menos que hace diez años. Luego quieren ofrecer un valor añadido del campo, convertido ahora en la rutina dominical de la mayoría y en el duro quehacer diario de unos pocos. De todas maneras, el regreso al campo también constituye la metáfora de una vuelta más íntima. Tengo algo de prisa. Por eso deseo volver del camino para apresurar la vuelta. Escrito en una noche, creo que bella, de hace tantos años, donde andaba pendiente de…

 

DESNUDA

 
 
 
 

Déjame que te cuenta limeña (…)
a ver sí así despiertas del sueño
del sueño que te entretiene, morena,
tu sentimiento, aspira de la lisura
que da la flor de la canela

Isabel "Chabuca" Granda



DESNUDA

He vivido abril
con las llaves plateadas
de los andes,
huertos en flor entre nubes,
con la simiente abierta
de tus pechos,
vago de verso
y los sentidos dedicados
a convencerme de que
américa no es
un aroma prisionero.
Te vi, en silencio,
estrella fundida
en la fiera láctea
del universo.
Bocas verdes y primaverales
estallan al unísono
en mis recuerdos de azúcar.
Desde los cerros
mis labios soplaron
hacia el debilitado e infinito
polvo de los suburbios limeños
pero sobre la dura selva
emergieron labios, ojos y
dulces cucharas,
tu tez morena,
tu cuerpo de ancla majestuosa
descansando sobre mi lírica,
tus pies desnudos sobre mis hombros
y tus glúteos afilados
como la silueta cortante
del cóndor.
Te asedié con las armas
de las olas
hasta consumar
la batalla.
Fuíste mía o fui tuyo
o ambos fuimos poseídos
por la lluvia.
Sólo sé que
los versos se encogieron
súbitamente
y firmaron
en su promisoria espuma
la rúbrica del amor
que hoy agita
mi pensamiento.

….. ……

Ya he regresado. Me tomará unos días revisar los comentarios, añadir nuevos contenidos y volver a este sitio tan añorado. Este fin de semana estaré por tierras de Málaga y Murcia. En mis recuerdos del mes de abril, pesa éste pulmón. Desde la ventanilla del pasaje del avión los andes, entre nubes, parecen huertos en flor. Pero en los huertos de Lima crecen la hierbabuena y la canela. Verdes y dulces, frondosas y delgadas. El poema entraña la visión firme de lo vivido. Quizás el poder de los sentimientos despierte de nuevo y ocupe el lugar que le corresponde: el puente de Chabuca Granda, en el Barranco de Lima, por donde hemos cruzado. Por eso hoy agitas mi pensamiento.