EL ANUNCIO

 
 

II

EL ANUNCIO

Éste es el anuncio en manos de un soñador: cambio emisora de radio por gotas de lluvia. Escrito en letras mayúsculas. Con el temblor propio del surrealismo. La persona lo escribió con una tiza de carbón, sobre un cartón usado.

Estaba en medio de un paso de cebra, pensando que las cebras son conciudadanas de la circulación y dignas sucesoras del tráfico rodado ¿Por qué semejante trueque? Pues una emisora de radio nos divierte y propina con canciones sucesivas, para gloria y dicha de la buena soledad. En cambio, las gotas de lluvia son un engorro para las prendas de vestir y dejan un significativo porcentaje de humedad en nuestros pensamientos.

Aquel tipo tenía bien claro lo que quería hacer con el anuncio. Convertir a las gotas de lluvia en una nueva frecuencia modulada. Algo así como la Emisora de los Cielos. Y qué mejor que trocar unas cuantas gotas de lluvia por una emisora de radio, para dejarla allá arriba, donde las nubes, como testigo de lo que las gotas trocadas harían en la cabeza de un soñador.

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El primer cuento escrito en Quito. Un 2 de abril de 2004. Cuando estaba fascinado por el tráfico rodado y la heterogeneidad de la geografía urbana latinoamericana. La gran urbe. Populosa y discreta como Maracaibo. Amplia y alargada como los cerros de Lima. Agreste como Buenos Aires. Literaria como Mérida.

UNA SAGA SIMULTANEA

 
 


Campos cercanos a Quilotoa, en la provincia de Chimborazo. Ecuador. 2004

 

I

ARJOLES Y COPANES

 

Mi padre iba en burra, de vereda en vereda, por las huertas sedientas y medanos del Huecha. Antes que mi padre, mi abuelo fue caminero. Un hombre que arreglaba las cunetas a golpe de pico y horas de sol. Durante mi abuelo, hubo una guerra, a la que se llevaron fusiles, hambre y zapatos rotos. Antes que mi abuelo, no me acuerdo, salvo lo que me cuentan.

 

Mi padre echaba a rodar las sandías por los caminos viejos. Antes que mi padre, mi abuelo colgaba la fruta en un rincón oscuro de su casilla, para pasar el invierno. Todos comían de la escasez de viandas, como los melones de piel de sapo que se conservan hasta que sonríes. Durante mi abuelo la guerra se llevó todo, hasta que no dejaron nada. Antes de mi abuelo, sin embargo, la escasez era una cuestión de dignidad para el labrador, acostumbrado a lamer olivares a la tierra.

 

Mi padre después se marchó a la ciudad. A ganarse el pan. A poblar la industria como una porción de harina más de la masa proletaria. Antes que mi padre, mi abuelo no se fue a ninguna parte. Al campo lo que es del campo. Por sus sienes transcurrieron las estaciones, hasta envejecer, con las ramas de una larga diáspora de nietos correteando alrededor. Durante mi abuelo, la guerra quitó muchos nietos, porque hubo hijos que no nacieron, o que simplemente, los mataron. Antes que mi abuelo, nadie soltó la pierna, que yo recuerde.

 

Mi padre nos crió con jornadas de largas horas. Sobrevivió a dos naufragios colectivos. Acreedor del justo título de lobo de mar. Antes que mi padre, mi abuelo envejeció sentado en una silla, o echando la siesta vespertina, hasta que una piedra tintineaba por las baldosas y se despertaba. Durante mi abuelo, crecieron unos cuantos y otros tantos emigraron, un poco más allá de la siesta. Antes que mi abuelo, me imagino que América era un disparate.

 

Mi padre me vio como un hombre. Soy un poco de astilla de tal palo. Llevo tierra en las sienes. Antes que mi padre, también eche las manos en los bolsillos de mi abuelo. Visto el mismo apellido. Camino con rumbo fijo. Durante mi abuelo no había posibilidad de proezas. Sólo podías elegir entre la azada o la flor de un almendro. Antes que mi abuelo, estoy seguro de que las caléndulas no existían.

 

Mi padre, hace cuatro años, levantó los ojos cuando me marché. Tiene un hijo emigrante. Alzó el corazón. También la mano. Se llevó el azar a la lengua. Y me fui lejos. Crucé el mar. Mas allá del cabo Finisterre, Me detuve en los Andes y las palabras crecieron como árboles.  Durante mi abuelo se reprodujeron los exilios como moscas. Cruzaban la frontera muertos o en harapos. Antes que mi abuelo, a buena cuenta que lo único que no emigró fue la necesidad, pues ahí se quedó, tan campante, alimentando nuestras bocas.

 

Mi padre sabe que Copán, Piura, Oruro u Otavalo existen. Que son semblantes de otra realidad como la nuestra. Rostros que sonríen, trabajan, desfallecen y se besan. Que quedan en alguna parte de la cordillera o en el restaño de una ola. Ojalá mi abuelo hubiera sabido lo mismo que mi padre. Estaría rascándose la cabeza después de desplazar la boina hacia una esquina, preguntándose si Copán es un licor o los ojos de una bella muchacha. Antes que mi abuelo, el Moncayo era la cordillera más lejana.

 

Mi padre está en la palabra. En todo lo que tejo. Va allí donde yo camino. Ha estado en las caras blancas de Quito. Observado conmigo las olas de Isla Negra. Bailado el sanjuanito. Escuchado las dulces cuecas. Abrazado una dulce limeña. Leído con mi boca versos de Pablo Neruda y dientes de Marcela Serrano. Y también mi abuelo, en alguna parte del universo emigrante, va de frente, con su recua. Como todos aquellos abuelos de mis abuelos que nunca conocí. Todos emigran conmigo. Calculan el peso del equipaje. Sobrepasan la puerta de embarque. Emigramos juntos. Para reconocer en tantos otros una saga simultánea.

 

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Diario

  El 18 de julio es mi cumpleaños. Por estas fechas se acumulan nostalgias. América siempre abre la caja de los truenos. Pero son truenos amables. Reflexiono sobre lo perdido, como ese tiempo perdido del que va en busca uno de los personajes de Marcel Proust. El ser humano es como un camaleón que se mimetiza con el entorno. Solo así dicen que es posible que se adapte a todos los terrenos. ¿Pero cómo se adopta alguien que ha estado tanto tiempo en otros lugares? ¿Es más fácil? Parece que en teoría sí, pero sucumbimos a una etapa de necesaria desubicación y desarraigo. Parece tonta la idea. Pero no es tan sencilla.

Durante el tiempo que llevo en mi país, es como si me hubiera olvidado en parte, de todo lo vivido y acontecido en Ecuador. Fui cooperante. Y como muchos de los de nuestra especie, es inherente a nosotros la fugacidad y profundidad de los vínculos que establecemos en el lugar de destino. Las vivencias son como trenes de gran tonelaje, que pasan por encima de nosotros, y tenemos que vivirlos con la mayor de las intensidades, porque dada la inestabilidad geográfica no nos queda otra.

Al regreso, lo vivido yace en una nebulosa. Lo mismo que nuestros pantalones y corazón cuando regresamos a las mismas calles de la ciudad. Sea Bilbao. Sea Zaragoza. Te sientes como si hubieras estado doce mil años fuera de aquí. Pero no nos fuimos en tiempos de los Cromañones. Y aunque ahora no ejerzo exclusivamente en el sector, vivo de él en cuanto la materia escrita es la consecuencia determinante de lo vivido.

Estos días, tan propicios para la soledad y el regocijo de la escritura, he tenido detonantes en los que habrá más de casualidad que de otra cosa ¿quién cree en el destino? ¿por qué nos juntamos los seres humanos? Era como un camaleón dormido hasta que una u otra rama se me acerca y me atiza. Despierto y vuelve a cantar el sinsonte. Me acuerdo de Ecuador porque leo y veo imágenes de Guatemala. Amo palabras aprendidas esta semana, como estar embarbasado u oler una caléndula.  Surge el deseo de irse a Murcia a comer sandía y vigilar el sol desde los caminoso perderse por los rincones literarios de Madrid, hasta que huela un encebollado o una paila de arepas., aunque más que la ciudad, amo su interiorismo. El carácter integrador y castizo. Las luces y las sombras. Estoy aprendiendo a conocerla

Éste es el primer cuento de muchos que vendrán. Bienvenida a la prosa. Haré las cosas despacio. Gracias a Monterroso, Vargas Llosa Galeano y Miguel Ángel Asturias. Gasto en libros lo que un rey en pintarse las botas. He anotado un nombre: Marcela Serrano. También una película: Miel para Oshun. .

Hoy me puebla un tiempo diáfano, libre y amplio. Con muchas ganas de meter en vereda a las letras. Y una gasolinera hasta los topes de combustible sentimental. Escribo de lo que vivo. Y este cuento es una prueba. El padre. El abuelo paterno. La guerra civil. La emigración. La estructura cíclica que aparece como recurso narrativo en muchas teorías, pero ignoro su nombre. Y varias palabras, como síntesis de lo aprendido durante estos días. Oruro proviene del carnaval de Bolivia. Piura del norte de Perú. Copán de la acariciada Guatemala a la que he fijado como próximo destino.

 Basauri, a 11 de julio de 2008

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VUELO DESNUDO

 
 

 

 

 

Nuestro amor silencioso
y oscuro nos eleva
a las eternas noches
que separan altísimas
los astros más distantes

Manuel Altolaguirre

 

VUELO DESNUDO

Quiero volar desnudo
a la carne de tu arpa.
Hecho de viento húmedo
y escaleras de ansia
 en tu pezón despierto.
Ser ola de Máncora.
Traerte a mis escaleras
de amor y verdes anclas.
A tientas sobre una flor.
Tus piernas a la deriva.
Atados pecho a pecho
y tus labios adheridos
a mi garganta de sinsonte.

 

 

He estado algunos días en silencio. No por nada en especial. Después de vivir tan hermosos cambios profesionales en las últimas dos semanas, siempre se abre un periodo de lógica y fuerte incertidumbre cuando te enfrentas a algo nuevo. No sé si es casualidad que los periodos de mayor abundancia de sensibilidad se correspondan con el aniversario de nacimiento. Hoy, por ejemplo, tengo hambre. Es un estado manifiesto y patente. Suerte que el apetito carnal no solo se alimenta de tu amante, porque lleva aparejado múltiples factores, entre los cuales encuentras de todo: convivencia, cariño, afinidades, misterio químico, grado de proximidad geográfica. Lo que más amo de la pasión es esa capacidad para dilatar el pensamiento y abrirlo como una sandía madura. Y es también el factor determinante a través del cual me enamoro de una alma femenina semejante: de su pensamiento. Cuando se logran conciliar esas dos atracciones de similar naturaleza, entonces, es como si la tierra, los campos, las espigas, la selva, las pirámides, los mares, las olas y los pájaros barruntaran tormenta.

Y ahí está entonces, mi pájaro predilecto: el sinsonte. El pájaro que mencioné en una de las entradas de meses anteriores. Mi bello pájaro cantado por Silvio Rodriguez, y del que todos vosotros, me habéis hablado. Algunos me contaban cómo cantaba en sus parcelas de las casas de campo, en las colinas de Colombia, o en los canchales de México. Pero también, sobre todo, cómo los sinsontes se comen la fruta de los aguacateros presentes en un jardín de Guatemala.

Me imagino un sinsonte volando bajo la lluvia tropical. Dice la madre de mis sobrinos que el calor y el amor van unidos. Qué tanta verdad hay en ello. Y de esa forma quise unir los sinsontes y los ecos de amor que resuenan en esos versos de Manuel Altolaguirre, poeta al que recuerdo porque aparece en unas viejas imágenes en blanco y negro, en plena Guerra Civil Española, caminando con Pablo Neruda, en el Madrid bombardeado, o creo que también, presente en la vida de Federico García Lorca.

Esta vez no he explicado nada del poema, para no desnaturalizarlo, porque algunos me decís consecuentemente que, le rompo la libre imaginación. Estoy de acuerdo. Pero a medias. También debo añadir cómo me siento, aunque sea en prosa.

Y ayer, por ejemplo, volvió a mi corazón la eterna pregunta del regreso. En este mismo medio coincidí con alguien que ha estado mucho tiempo , como cooperante, en Guatemala; aún no me ha dicho cuánto, pero que lleva tres meses aquí, y a juzgar por su inquietud, me pregunta si se siente apego, o si es normal la desubicación. Cómo no iba a responderla. Si yo estuve igual. Parecía un naufrago. Pero no desesperado. Sino un naufrago consciente de que le habían rescatado de una isla donde parecía sentirse a gusto. Como un Robinson Crusoe que le llevan de vuelta a su patria. Ahora le hallo la metáfora.

Después de todo, el hecho de nacer en un lugar me hace parte indiscutible de él: soy de Bilbao, de Aragón paterno, de Castilla materna, de Galicia adherida.  Ahora bien, hay hechos que, por su trascendencia o el significado contundente en nuestras vidas, les otorgamos la misma  fuerza indiscutible del nacimiento. Es así como también podemos ser de otros lugares.

También este poema, dedicado a Pablo, un amigo de Valladolid que escribe poesía y que se tomará una semana de vacaciones, pero antes nos dejó una propuesta de escribir un "si yo fuera" que empezó como algo condicional, pero que, por suerte, sentí que es verdad:

 

CONDICION EXACTA

Si yo fuera
ESLORA del aire

estaría
agitando la campanas
de la poesía

por suerte
la condición es exacta

 

Me gustó el matiz de esta poesía. Tiene filosofía y brevedad. Como los poemas de José Hierro o los que leo de mi estimado Julio Cejas, otro poeta compañero argentino. Y cómo no, me recuerda a aquellos versos desnudos de Margarita Rojas, la poeta chilena que se anda con el agua en las ramas, que lo último que sé, se regresó de Chiloé. Muchas anécdotas si abro la caja de los recuerdos.