RECUERDO

 
 


Patio de la Biblioteca Nacional. Centro Colonial de Quito

 

RECUERDO

Recuerdo
la dureza cruda
de tus pechos
acariciando
mis lagares
en la azotea
de un patio blanco
a la sombra
del volcán meridiano
y tu, pequeña jara,
en silencio
me besabas
con tus labios
de araucaria
donde se escurría
mi lengua emigrante
y así sentí
los rayos audaces
del sol
como un racimo
en llamas

Poema escrito el 26 de septiembre de 2008
Página 44 del diario


….. ….. ….. …..

Para que el camino sea llevadero y la vida sea féliz. Así reza una de las dedicatorias del único libro de Paulo Coelho que tengo: la Quinta Montaña. Pablo Milanés también dice que la libertad nació para morir. Estoy rodeado de múltiples teorías acerca del sentido de la vida, o de la pasión que aterriza de vez en cuando. Lo que extrañamos no sólo es un fenómeno de la nostalgia. Acaso son los recuerdos quienes nos preparan para otro acontecimiento singular en nuestras vidas. Así como el dolor es visto muy negativamente en nuestra sociedad, como algo impropio y anormal, en otras etapas históricas o culturas, también es una manifestación del ser interior, que se prepara para el cambio, o para reordenar nuestra fe. Los recuerdos poseen ese doble reverso.

Los recuerdos, en plural, son más colectivos y desorganizados. En singular, sin embargo, cobran todo el valor de una sola esencia. Un recuerdo es una vida. Un único recuerdo tiene la velocidad de la bala. Un único recuerdo tiene la potencia de un grito. Y así sea bello, uno de esos recuerdos no sólo es capaz de retrotraernos al momento de su materialización y convivencia, sino que también nos catapulta. A quien lo expresa, así, de este modo, es como una corriente asombrosa de agua, que viola nuestro pudor y silencio. Una poesía es el pretexto que necesita la alevosía para expresarse, cuando nuestra boca desea callar, o bien, queremos ser sutiles con la manifestación de nuestro deseo.

Las palabras convierten el recuerdo en una evocación escrita. Si éstas son precisas, calculadas y certeras, es como si con las sílabas hicieras unos labios de carne y hueso, o una araucaria con sabia, o un patio que verdaderamente existe. Es como si realmente estuvieras besando a quien lees o a quien se refleja. Y la imagen, por si acaso se pensara que la poesía es la manifestación de una vida soñada, ahí está para dotar a las palabras de la prueba irrefutable: el recuerdo existe en la vida real. Si recuerdo esto, no es una ingenuidad, sino un asunto muy serio y potente. Es como si cerrara los ojos y, efectivamente, estuviera hablando de amor. El racimo en llamas es como si yo, desnudo, tuviera un fruto maduro y verde en el pecho, y una mujer dijera: dame la manzana.

 

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INSOLITAMENTE

 
 

Şuier luna şi o răsar şi o prefac
într-o dragoste mare.

Nichita Stanescu


INSOLITAMENTE

 

Me he despertado
insólitamente

con tu desnudez

con los libros
tomando té

con los brazos
en cruz

como un mártir
desvelado por tu sexo

con tus llamas obscenas
inundando la estancia

las agujas
no marcan ninguna ola

mis manos
se han vuelto locas
lamiéndote
las alas

sin timón
sin prisa

olvidé
la estupidez del pudor

amé
tus incógnitas
tus números
tus tentativas

todavía
miro este instante
con la timidez
de un rayo

vos duermes
insólitamente

 

Si me preguntan de dónde nace la poesía ¿qué hubiera de responder? El quehacer poético dispone de las mismos manantiales por donde luego corre el agua de la poesía, cada cual de con su particular trecho. Mientras unos discurren por los terrenos sobrios de la sencillez, otros navegan entre la humedad y la abundancia de la vegetación. Es así como concibo el erotismo, y la pasión ligada a la experiencia. Despertarse junto al rocío de la ventana y descubrir que el l’amour no siente pudor de haberse desnudado precipitadamente la noche anterior. La contemplación de una mujer desnuda es capaz de generar la misma energía cinética que un torrente de agua, espumoso y desbocado, descendiendo por las trochas de un bosque. Como este poema, originario de noviembre de 2005, pero traído aquí, por constituir un latido esencial en el presente.

 

L’AMOUR AVEC TOI

 
Página 175 de un diario, relativa a un 27 de abril

VI

L’AMOUR AVEC TOI

 

 

Ella nunca dejaba que concluyese la canción. Se la comía despacio, a cucharadas, antes de que yo llegara. Mientras tocaba el piano y sus manos se recostaban contra las teclas. Entonces la besaba. Y le decía lo mucho que la quería, pero en silencio. Con ese mismo silencio con que ahora agoto las estrellas.

 

Dicen que ahora vive más allá del Parque Metropolitano. Me cuenta que ve la luna desde el infinito. Sobre todo cuando se abre a través de la vereda del volcán. Y tanto la recuerdo que no puedo soportar la idea de mantenerme al margen; de contar con los dedos de la mano los meses que han transcurrido sin su desnudez.

 

Con la canción a medias. Con la melodía enhiesta. Le arrebataba con mis propias manos casi toda la piel de sus caderas. La tomaba de la cintura. Por la espalda. Por sus hombros al descubierto.

 

Mis labios la rozaban con sencillez. Con la misma pausa con que le quitaba la ropa y la tendía en los precipicios del salón. El piano continuaba con su misteriosa chacarera y yo la desnudaba, mojando su piel como una esponja. Nunca fue un juego. Nunca fue una ilusión. Nunca nos sorprendieron las luces que apenas daban crédito a nuestra salvaje ceremonia.

 

La tomaba de la cintura y en ese estadio perdíamos la voz. Todo era un ruido menesteroso y sin miedo. La falda en el quinto pino. Las medias en el cuarto cedro. Los aretes en la séptima avenida.

 

Ella se desprendía de todo. Yo rompía algunas otras cosas. Con los dientes o con el hambre del sexo. Sabiendo que cada vez podía ser la última. Sin ansiedad. Con frases cortas e inteligentes. Sin muchos diálogos. Apretándome contra sus carnes. Una y otra vez.

 

Mi corazón temblando como una ráfaga de lava. Notaba ese impulso como cuando nos duele el alma, pero dotado de otra fiereza extrema. A cada arcada le correspondía un verbo descosido y violento.

 

Con mis manos volvía a sujetar sus muslos. La llevaba contra la pared. Su cintura de centeno. Tan morena. El pelo negro. Su cuerpo de cordillera suave y despierta. Sus caderas se apretaban contra las mías.

 

Tenía la sensación de que aquellos arrebatos duraban toda una vida. Que de un momento a otro se iban a caer todos los cuadros sin que ninguno de los dos muriésemos por atentado artístico. El lienzo también repetía nuestros movimientos, más pausado, esperando una presunta lluvia dorada.

 

Menudo eco. Es que estábamos ciegos de habernos encontrado. Y después volábamos a otro rincón. Con nuestras alas de espanto. Con el miembro erecto. Buscábamos cobijo en una silla azul. Una de esas donde el par de amantes se pierden buscando los hilos de la vida. Desvergonzados y como nuestras madres nos parieron.

 

Creo que repetía su nombre. O lo guardaba en mis entrañas, sabiendo que no nos poseíamos. Que no nos aprehendíamos, sino que éramos como un violín agitando gravemente sus cuerdas. Hasta caer rendidos en la colcha.

Nuestra humedad era un escándalo. Y poseíamos esa extraña sincronía de caernos despacio, al unísono, simultáneamente, con el pecho ardiendo, hasta el final. Hasta el amanecer, dejándonos en un estado de agotamiento característico.

 

Qué idea más peregrina. Cada vez que ella dejaba de tocar el piano. Sucedía toda esa cadena de sucesos. Nada de costumbres. Nada de formalidades.

 

Nos habíamos llamado durante el curso de la misma tarde. Igual habían sido demasiadas horas sin saber el uno del otro. Contando el sentido y la peculiaridad de las agujas. Esperaba la hora con la precisión de un relojero suizo y luego huía como un caño de agua. Allá iba el hombre. Manoseándose el alma con el tiempo que restaba.

 

Subía al taxi sucio y amarillo. Se desviaba por la primera rotonda y buscaba esa recóndita calle con nombre de país europeo, como todas las que había por aquel barrio de aceras desconchadas, sabiendo que no faltaba hilo para ovillarse en su destino.

 

¿Dónde andará mi amor? Viraba los ojos con intensidad moderada. Hacía una mueca de modorra y profundo enamoramiento. Veía la verja, tan metálica, guardando la curva de la vigilia.

 

Su vagón en camisón blanco andaba por allí esperando. Tocando el piano. Era inconfundible su rastro. Rodaban piedras por el tejado. Casi nunca llovía. La noche era desordenada y nunca fallida.

 

Llamaba al timbre. Pero todo estaba abierto. La selva indicaba el itinerario previsto. Sorteaba el vehículo aparcado, tan añejo y espartano. Y cuidaba de no despertar a los consabidos inquilinos, hartos de tanto piano.

 

No sé cuántos meses llevábamos en esa actitud tan premeditada. Aunque al día siguiente aterrizara con unas ojeras gigantescas y toda la diplomática oficina observara el bofetón erótico de la noche anterior.

 

Pasa ya reloco. Anda y ve que te espera. No dejes que concluya la canción. Gira la puerta con el ramo de girasoles colgando de los dedos. Ya sabes que a ella le encantan los girasoles a medianoche. Que casi es capaz de comerse los pétalos.

 

Anda y ve. Atraviesa el quicio. No saludes al mantel. Ni a las tazas de café. Acuérdate de cómo es ella. De cómo le estirabas la goma de sus ropas porque te encanta llevar a cabo esa maldita picia.

 

Eres un jodido seductor. Pero la quieres tanto. Y debes reconocerlo. Te tiembla el pulso nada más nombrarla, como si su nombre fuera un relicario de contrabando. Al fin caíste. Mira qué embobado y alegre acaricias sus ojos abiertos.

 

Allá que iba. Sin cuerdas de cabotaje. Menuda barca la que atravesaba aquellos muelles. Iba remando con versos. Creía estar a punto de encontrar olas en el cuerpo de su bella amante. O quizás caracolas. Lo mismo que en las arenas grises de Esmeraldas o que en las rubias rocas de su pecho.

 

…… …..

 

 

Dice la canción: "J’aime j’aime, j’aime; faire l’amour avec toi". No sé exactamente lo que significa. Pero supongo que su fuerte acento francés es como abrir la caja de Pandora de los sentimientos. Algo muy interior. La pasión. Ese volcán que circula dentro. Las historias leídas, sin dejar de ser una mezcla de ficción y realidad, están impregnadas de un espíritu real y vivido más o menos tangible, dependiendo de las ganas de quien escribe. En algunos casos, las palabras o las señales visuales delatan a quien las deja discretamente, en silencio.

 

Al escribir, al amar, o al interponerse el cuerpo de tu amante en una silla, es como si construyeras el nido del alma, como una golondrina. De la misma forma que dicen estos versos en rumano:

 

Coada ca o furculita,
Pieptul alb ca de mireasa,
Spate negru de matasa.

Bellos versos, sin duda, que se refieren a la randunica o golondrina rumana. La caléndula de la Europa del Este. La granadilla que vuela. La hierbabuena que construye sus nidos con adobe. La flor de la canela que emigra. Y tanto el cuerpo de una mujer, como el martillo del amor, o la argamasa de la vida, pueden ser como esos versos, que en español, dicen algo así como:

 

Tiene la cola como un tenedor,

el pecho blanco como una novia

y la espalda de seda negra.

 

Traducción y suma que no es obra mía, sino de alguien que aquí me lee. No hay cosa más hermosa que despertar la curiosidad y el conocimiento de aquello que no sabemos. Y quiso el azar que además pusiera aquí, un escrito que tenía guardado de hace tiempo, a salvo de los espacios públicos, porque forma parte del fondo del caudal, de la parte más escondida de la corriente.

 

EL AIRE DE LOS APUS

 
 
 
 
 

 


Vencejo en la página 41 de mi diario

 

 

V

 

EL AIRE DE LOS APUS

 

Hay aires para todos los gustos y paladares. Como el aire incrédulo que acompaña la argamasa del polvo de la acería, o aquellos otros diáfanos y profundos que el mar me acerca. Aunque por la ventana, acechada por la selva del fresal de mi maceta, no corre aire sino una corriente que atrae el molestoso ruido del tren de mercancías.

 

A pesar de su diversidad, me he hecho amigo del aire, al que reconozco sin mayores motivos, azuzándome allá por donde campo a mis anchas. Por muchas razones. El aire me trae historias. También utopías. Clases de poesía. Y ejerce de abrigo cuando la soledad me deja en pelota picada.

 

Señala un anuncio que, por cada minuto que transcurre, asimismo perdemos la oportunidad equivalente de encontrar nuestra pareja ideal. Mensaje claro para conciencias blancas como el satén.  No deja lugar a dudas. Verdad inequívoca y contundente, como la pedrada de un hondero, para muchos de los que están solos, atentos al trabajo y al consumo, porque se han sumado a la alocada carrera de triunfar en todos los ámbitos posibles: muslos abiertos, politonos, apadrinamientos de niños pobres o torsos convertidos en armarios de cuatro puertas.

 

Hasta que el aire me sacó de encima la idea. Sí. El aire. Ayer por la tarde. Oteaba la forma en que barrios de mi ciudad han trepado monte arriba, tratando de asimilar las masas de familias de obreros que emigraron a en la década de los sesenta y, entre cuyos vástagos nací yo.

 

Me vino un aire. No un pedo por el esfínter, más propio de lo que sobresale de la boca de un político cuando realiza su declaración a los medios. Mi aire era más trepidante y elocuente, empujado por las nubes de media altura y, como supe después, buen amigo de los vencejos.

 

Aire de la meseta. De los campos castellanos. Del Pisuerga. O como señalaba su bocanada: de las fachadas de adobe salpicadas por el reflejo de cuatrocientas amapolas. Aire racheado y benévolo. De parte de mis antepasados. ¿De parte de quién? ¿del bisabuelo Valeriano? ¿del tío Venancio? ¿de las eras? ¿de la vieja tienda de abastos?

 

Tal prodigio, sintiéndome más solitario que de costumbre, había atravesado manantiales y rastrojos, y lo suyo no era realizar largos periplos en balde, aunque a punto de desesperarse al transitar por el desfiladero de Pancorbo, siempre atorado de vehículos de transporte en uno y otro sentido.

 

-Soy el aire de los apus.

-¿De los apus?

-Sí, de los apus. De los vencejos. Las avecillas cuya cola ahorquillada parece el tirachinas que llevabas de pequeño, con una ristra de gomas.

 

Pájaros que a menudo, por no decir siempre, he confundido con las golondrinas. Ambos paisanos de los cielos. De vuelo raudo y donde el ojo del hombre debe ser más avieso que una motocicleta de gran cilindrada para perseguirles. Apiñados en los aleros de las casas, o en la loma vertical de cobertizos y patios ruinosos, los vencejos son harto diferentes porque, durante muchos lustros compartieron parentela con los colibríes, hasta que algún iluminado de la biología relegó a estos últimos a un orden propio y los vencejos se quedaron en la soledad de los apodiformes. 

 

El ave que venció al anuncio de los minutos que se pierden, goza de innumerables historias en su haber, una de las cuáles revela nuestra práctica ignorancia sobre los vencejos. El hombre, en algunas geografías, les redujo a representar el mal agüero por antonomasia, debido al filo de guadaña de sus alas extendidas, cuando, en verdad, simbolizan el espíritu de la lenta sabiduría, en las plumas de un vencejo antecesor, solitario y enamorado de la luna.

 

-¿Sabes que mis apus viven en lugares tan dispares como los Andes o las chimeneas? ¿Y que en todos ellos son capaces de vivir sobrevolando, sin pisar tierra o amerizar, durante más de un año?

-¿De verdad? Parece increíble.

-Sí. Como si fueran semillas de diente de león. Y no es producto de un azar cualquiera.

 

Alcé la vista y la extendí sobre el horizonte nuboso. Aves que viven en los aposentos del cielo. Sin percatarse de que la fuerza de la gravedad nos impulsa a estar pegados a la tierra, dándonos puntapiés y empellones. Lejos de la interminable sombra de los televisores y del vacío que nos asalta ¿Qué impulsó a los vencejos a vivir, alimentarse y procrear en el aire? ¿el inagotable manantial de los mitos? ¿un relámpago de imaginación?

 

La contracorriente. Les empujó la contracorriente. El mundo al revés. A pesar de la aparente fragilidad de los vencejos, con sus patas cortas y delgadas, como si fueran a derrumbarse en tierra, siempre hubo un vínculo impenetrable entre los vencejos del infinito, el aire que los eleva y la tierra que los protege. La tierra les brindó el conocimiento de las paredes, escondrijos y rugosidad de los árboles; el aire, el impulso necesario para alejarse de la vaguedad de la superficie y hacerse astrónomos.

 

Todo comenzó con un joven vencejo, vinculado a la soledad y lentitud, como yo. Un vencejo soñador que veía trazas de belleza mucho más allá de los terrenos donde las brisas adolescentes jugaban con sus compañeros y él, recién salidos del nido. Juegos propios de su tierna apetencia por la vida y espejo de las futuras responsabilidades que les esperaban: alimentarse, discernir la nueva estación y emigrar al trópico cuando otros vientos más hoscos y longevos penetraban por poniente.

 

Por las tardes era común que vencejillos y brisas se enseñaran a volar o levantar nubes de polvo para practicar el escondite entre ellos. Al término de la jornada, cuando el sol caía, todos volvían a sus atarazanas de adobe. Todos menos uno, menudo y singular que, ajeno a toda circunstancia, gastaba el crepúsculo en contemplar los entresijos del firmamento. Luces que tiritan. Horizontes alumbrados por la oscuridad. Una esfera blanca y cargada de harina. En esta extraña y lejana forma se detenía todas las noches, tratando de discernir sus dimensiones con su pico o la curvatura matemática de las tejas. 

 

Todas las noches y los días que las sucedían, preguntándose él mismo, a sus compañeros, al aire y a la tierra. Nadie supo o, mejor dicho, quiso ofrecerle una respuesta, salvo un generalizado “andate y no seas loco”, porque los vencejos, si también estaban hechos para soñar, el destino les tenía reservada una responsabilidad mayor: huir del frío y emigrar hacia geografías más cálidas. Incluso el aire más veterano, haciéndose eco de las inquietudes del pajarillo, trató de abrirle los ojos:

 

-Lo que contemplas con esos escuetos ojos es la luna. Un simple astro. Es mejor no mirarla porque te convierte en un soñador.

-Pero quiero ser astrónomo.

-Lo sé. Tienes hambre de luna, ¿verdad?

-Sí

-Es bella, pero soñar demasiado con la luna es una utilidad inútil. Los pájaros apenas la tienen en cuenta porque es una obra caprichosa del cielo.

 

Por mucho que el decano de los vientos le advirtiera, no consiguió que el joven vencejo cejase en su empeño por descubrir la naturaleza de la esfera oronda, que a ratos menguaba o crecía. No concebía que la luna fuera un astro impracticable y carente de sentido, así que pensó en cómo poner en práctica tamaña locura. Ideó un plan: deslizarse de la mano del aire y volar hasta la luna, la primera noche que apareciera tan esbelta como la flor de una granadilla, convenciendo al mismo que había sido condescendiente con él. Así que, llegada la noche en que el cielo estaba raso y la luna en todo su esplendor, tal y como acordaron, el vencejo se acomodó en el hito más apropiado que encontró: un chopo añejo, en el borde del talud del canal. Se precipitó al vacío y, entonces, el aire sopló con todas sus fuerzas. El vencejo batió las alas enérgicamente y empezó a ascender, veloz y seguro de sí mismo. Subió sus ojillos y la cola ahorquillada apuntó a su soñado astro, al que se iba acercando, hasta que el aire le perdió de vista y el ave se convirtió en una sombra de vencejo delante de la luna.

 

El aire se arrepintió del soplo en cuanto transcurrieron las horas sin que avistara al vencejo. No fue más que un espejismo, porque con los primeros rayos del alba, el vencejo regresó, despertando a toda la comunidad, con sus chillidos y gorjeos. Había conocido la luna. Era un satélite que gravitaba alrededor de donde ellos vivían. Hacia adelgazar al mar a su antojo. Fabricaba olas. Y antes de que nadie osara levantar el pico, se quedaron perplejos cuando vieron cómo las alas del vencejo, al extenderse, dibujaban el semblante de una media luna.

 

Desde aquel día, nadie volvió a dudar del espíritu soñador del vencejo y, en señal de respeto, tomaron la costumbre de reunirse diariamente durante los crepúsculos, para dejar que el aire les elevara y acompañarle en las alturas. La luna también puso de su parte, ya que un grupo de estrellas se instalaron, en forma de vencejo, en alguna parte del cielo, limítrofe con el hemisferio sur: la constelación de Apus.

 

Martes, 8 de septiembre de 2008

 

….. …… ….. …..

 

He tardado dos semanas en componer esta historia, sin mayor atribución que un puñado de recuerdos y la sombra de otro pájaro al que tengo sumo cariño: el vencejo. Un ave migratoria y rodeada de numerosos mitos y curiosidades. Cuando era pequeño las confundía con las golondrinas, porque sus hábitos son prácticamente similares. Pero las golondrinas son aves pasesiformes y los vencejos, como las salanganas, apodiformes.

 

Apus apus. Del griego “sin pies”, ya que los vencejos disponen de unas extremidades inferiores pequeñas y delgadas, que les impide posarse con soltura en el suelo. Los escogí como protagonistas de mi historia, porque según cuentan todas las fuentes de información, se alimentan, copulan y viven en el aire, hasta tres años. Vaya usted a saber. Pero sí es constatable que al atardecer, ascienden, movidos por las corrientes térmicas, hasta los dos mil metros de altitud, y allí se quedan, ensimismados en las alturas, hasta la salida del sol, ni no tienen que incubar o dar de comer a las crías. Pero los apus, como aprendí en algunas obras de la narrativa peruana, también son los dioses de las montañas andinas, o el nombre de una constelación de estrellas limítrofe con el polo sur: constelación de Apus o ave del paraíso. De este modo es como surgen las historias, salpicadas de unos elementos tomados de la realidad empírica, y en otros que son producto de la imaginación o inventiva, hasta convertir la diferencia entre realidad e imaginación en una frontera apenas perceptible.

 

Quizás, con esta conversación que mantuve con el aire, éste nos deja presentes cómo, incluso los seres vivos más insignificantes, cobran sentido en la palabra y sortean toda clase de convencionalismos que nos impone la vida. Así, un simple vencejo es capaz de nadar a contracorriente y conocer la luna, o alguien provoca una sonrisa cuando escribe y señala que las golondrinas son “randunicas” en rumano. Soy como los vencejos,  capaz de quedarme durante meses volando, allá en lo alto, con la boca abierta, comiendo insectos de poesía, porque mis patas son menudas y frágiles, y tengo dificultad para posarme en los terrenos de la vida moderna, a la que no renuncio, pero prefiero estar aquí, a ras de tierra, habiendo convertido el vuelo de gran altura en una cuestión de lentitud, lejos de la codicia y de todos esos anuncios en los que te instan a ganarle el pulso al tiempo. Basta una sola flor de granadilla para el campo advierta que se sienten decenas poblando los jardines.