LOS SENTIDOS

 
 

 

LOS SENTIDOS DEL TIEMPO

"De todo cuanto ha sido, nada queda ya, nada sobrevive. Todo nace y se pierde en el mismo momento: nuestras acciones, nuestras palabras y nuestros sentimientos; todo se lo lleva el tiempo, como un rápido río (…). La memoria es para nosotros el oído de cosas ahora sordas, la vista de cosas ahora ciegas".

 Eso dice Plutarco, un antiguo ensayista griego, en Sobre la falta de oráculos. Que todo muere en el mismo momento en que nace. Idea comprendida por todos desde que tenemos uso de razón, o poco después. Idea presente en todos los momentos individuales y colectivos de nuestra historia. Tanto en la más generalista de batallas, progresos y globalización última, como en la más íntima en la que cada uno de nosotros no somos más que un ínfimo fragmento, pese a que en la vida nos creamos vencedores y autores de un éxito mayúsculo. Idea presente también en mi vida, con diferentes formas, matices y dimensiones. Capaz de presentase, de golpe y porrazo, en el instante en que debamos volver a la realidad, después de la huida. Porque la huida es la poesía. La poesía como batalla contra la sensación de levedad de la vida. La poesía como un pequeño caballo de madera, en la Troya del siglo XXI.

No sabía nada de Plutarco. Sólo que hace un par de semanas, comencé a leer un libro, la mar de entusiasmado, sobre Ulises y la Odisea, mi tema preferido. El que cuenta la gesta de un héroe griego que se fue a la guerra de Troya, dejando sola a su Penélope, y los dioses se encargaron que tardara veinte años en regresar. Lo que empezó con Ulises, siguió con la crónica de los dioses griegos, y la visión que poetas y filósofos de la época tuvieron sobre todos los aspectos de la vida, inclusive el paso del tiempo. Así por ejemplo, aprendí una palabra nueva, polytropos, referida a aquello que puede ser visto de múltiples formas: una moneda con dos caras; la corriente del río con sucesivos ecos; las palabras de un diccionario; o la cima nevada del Moncayo, que a ratos parecen un par de dulces senos femeninos o la cabeza cana de un sabio.

Así, el paso de tiempo, con su tibiedad y aparente ausencia, tiene un rostro polytropo. Con mil caras. Sin que nos demos cuenta. Nos adormece. Parece que no transcurre nada y todo permanece, hasta nuestras ansías. Quizás por eso,  Apolo, otro dios griego de gran caracter pero menos huraño que Zeus, dotó al ser humano de una larga serie de conocimientos y artes, para que su angustia por el paso del tiempo fuera menor

El que todo muera el mismo día en que nace, sin embargo, no es propio del capricho de los dioses o de la expresión literaria de Plutarco, porque uno de estos mediodías, escuchando en el corazón de otra compañera que piensa en tantas locuras como yo, citaba una frase descomunal de Aristóteles.  "Del recuerdo nace para los hombres la experiencia, pues muchos recuerdos de la misma cosa llegan a constituir una experiencia". Qué cierto es, porque al referirme al paso del tiempo, recordé otro tesoro de mi ajuar, que descansa en las estanterías: "Sentimenduen mestizajea", o traducido al castellano, sin más, mestizaje de sentimientos. Libro editado por un tipo de mi tierra que, montado en bicicleta, recorrió la isla caribeña de Cuba, cámara en ristre y corazón en contacto con la realidad social. Hasta que a su regreso, tomó las imágenes, el euskera y la poesía contemporánea de la isla, e hizo de ello un valioso imaginario de Cuba.  Mestizaje de sentimientos. Un intento de inmortalizar la mirada frente al paso del tiempo, no sólo aplicable al espacio temporal, sino también a la rápida transformación de la vida en muchas partes del planeta donde parece que, como dice Pablo Milanés, "la libertad nació para morir".

En una de las páginas de "Sentimenduen mestizajea", acompañado de una bellísima fotografía en blanco y negro, José Martí, un Plutarco cubano y más moderno, escribe:

"Se ama de pie. en las calles
entre el polvo de los salones
y las plazas: muere la flor
el día en que nace"

Después de leerlo, desde luego, dudo mucho que Cristobal Colón hubiera sido el primero en arribar en las costas de sus presuntas "Indias". Quién sabe si el griego se metió en una galera, llegó a Cuba, y dejó para la posteridad de los poetas, algún pergamino en el que se refiriera a la misma idea, y que Martí la imaginara, rodeada de cañas de azucar y manos de guajiro.

Estoy de acuerdo con Martí y Plutarco. He asumido que una parte del ser humano debe someterse a la ley del tiempo, que es inexorable y no admite refutación. Pero también he aprendido que otra de nuestras misiones en la vida es salvar ese trecho fugaz, ese viaje, con el mejor cincel y piedra que poseamos. Así, el instante en que una flor nace y muere dura toda nuestra vida física. Y no una, sino todas aquellas que nacen en nosotros y perduran en una órbita independiente de la división entre pasado, presente y futuro. Y si fuera una flor verde, como la que mis manos están trabajando con humilde paciencia, entonces, el tiempo tiene sentidos, tantos sentidos como el mar de la canción.

La flor verde es el símbolo de mis musas. El afán por recobrar del tiempo su arcaica ley de nacimiento, madurez y muerte. Y supongo que sus pétalos llevan más amor que el número de remos que guarda una de las traineras de mi mar. Tanto así que este mediodía, de regreso del somontano de mi Moncayo, contemplo el perfil de un viejo molinillo de café, que situé en el perfil de la mesa del comedor, sobre un mantel hilado por artesanos otavaleños en Ecuador. Con ese rojo despavorido y añejo. Molinillo abandonado y retirado en las lindes de un camino ribereño con el río Ebro. Porque la gente ha aprendido a someterse a las leyes del tiempo y les da por tirar lo que nada le sirve. Así que mi madre, en su paseo acostumbrado, debió darse cuenta de que se trataba de un objeto singular, y con historia. Recogió el molinillo, y se lo trajo, para salvarlo del olvido. Es decir, que esa labor de buscar rebeliones contra el tiempo es algo que "de casta le viene al galgo". Lo llevo en la sangre. En multitudes de leucocitos. Viejo molinillo que debe tener más de ciento veinte años y creo que, o ella o yo, lo vamos a restaurar con cariño y devolverle su digno porte.

Ahora ya poseo dos molinillos. Uno de café. Y otro de flores. Mi corazón muele despacio una flor verde. "La ruta del alma de (la)que estoy amando",como canta Mercedes Sosa.

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HEMBRA

 
 
 

HEMBRA

Árbol,
se han despeinado
los cerros
con una luz
blanca
aunque
la sangre
adivina
incendios
en la nieve
dulce
de mi hembra

….. …..

Los restos de un antiguo castro celtibérico se yerguen sobre una aislada colina. A medio camino entre Veruela y Trasmoz. Allá al fondo, a la derecha, un castillo asoma sus narices en el horizonte. El castillo de Trasmoz. Por ahí abajo, apenas entre olivos, almendros y matorrales de romero, solía ir a caballo Gustavo Adolfo Becquer. Supongo que no habrá cambiado para nada, en su esencia, el paisaje y fondo lenticular que llega a nuestros días. Iba a caballo, pues, hasta Trasmoz, y es tal la devoción que los poetas de ese tardío romanticismo sentían por las ruinas y el pasado medieval, que el poeta situó allá, en las ruinas tapiadas del castillo, una de sus leyendas, la de la vieja Casca, la bruja a la que tirarían por las hondonadas. Una leyenda de hechizos, como la de los ojos verdes que también me tiene congregado a mí.

Y en el centro, el glorioso Moncayo, con sus trazos de niño dormido, o de senos despeinados. Blanco y potente como la humedad de un orgasmo. Una montaña a la que profeso un amor inusitado, en la que cada hombre, en su seno, no es más que un humilde pasajero. Sí, un humilde pasajero. Así que se me ocurre pensar en qué instantes tomamos prestado, de la montaña, su robusta y tamaña personalidad, su carácter de permanencia sobre todas las cosas que están de paso.

Supongo que ese instante es el amor. El cual no tiene ni destellos ni abecedario. Ni nacionalidad ni capricho. Solo tiene vigor e intimidad. Fijaros en el árbol al que me dirijo entonces. Discreto pero notable. En un primer plano que casi pasa desapercibido. Un almendro dormido. Entre los cerros. De repente, el amor resucita y la montaña se convierte en un amante al que le cubre la nieve dulce de una hembra.

 

MONCAYO

MONCAYO

Un hálito de luna pálida
se mece en el charco.
Alguna exhausta gota
vino a posarse
sobre tus labios
grises
empapados de plenilunio

tu luna y el cierzo
bailan su particular reflujo,
frío boyante del Moncayo,
envuelto en el calor humano
de la soledad más nuestra,
la tierrra y yo

 

Mi padre nació detrás de las tierras roturadas. En el pueblo del fondo, apiñado en una loma. Magallón. En el somontano de la sierra del Moncayo. Las altas cumbres que se adivinan allá al fondo. La sierra blanca tan cantada por Antonio Machado y Gustavo Adolfo Becquer. En un pueblo por donde el cierzo vaga en los duros y secos días que anteceden al invierno. Días herrumbrosos como algunos. Otros claros y diáfanos como el presente, que dejan ver la serranía en toda su extensión y profundidad interior. Allá dentro, entre casas de luengas chimeneas y gruesos muros, nació mi padre. En una de las calles que bajaba. Un antiguo edificio con arco de medio punto y tan apuntalado como la cojera de un anciano. Pero señorial y añejo. Tierras regadas por el río Huecha, que desciende de la montaña.

Hacía muchos años en que no coincidíamos una cámara, la soledad, el amor y yo. Muchos. Es como un honorable despertar. Como el estallido de la pólvora en una bala de cañón. Algo indescriptible y posiblemente inconfesable, pero que está ahí, dispuesto a acelerar el pulso y los latidos. Muchos años de convivencia con la montaña cana. La que divide Soria de Aragón.

Y es posible que tanto mi padre como sus respectivos padres, ignoraran todo aquello, más atentos al campo que les daba de comer, además de frío, huertas o muretes de caña. Porque no tenían otra cosa que echarse a las manos ni al espíritu, de tanto que el tiempo se reducía a sobrevivir y dar cuerda al reloj vital, que ahora me ha conducido hasta aquí. hasta internarme en un campo de barbecho otoñal, una vez dejado el carro en la cuneta, con el hálito verde esperándome en su interior.

Mi querido y añoso Moncayo, visto desde este lado, parece una lejana caracola, donde su ser vivo hubiera construido un nácar abultado y granítico. Pero más allá de la metáfora, la montaña tiene un pasado inmemorial y mágico. Referencia sagrada de la antigua cultura celtibérica. Y ahora, aquí, dialogante  con los acontecimientos de estos últimos días.

A mi blanca cumbre quisiera hablarle de Maria Tanase, por ejemplo, o de Papini, o de Cabrera Infante, o de los sentimientos extraordinarios que corren por la carne cuando la pasión carnal hace acto de presencia. ¿Quiénes son? Así me preguntaría. Por todos ellos. Por cualesquiera nombres que he dejado en la primera línea. Grandes nombres de la cultura. Unos cercanos y otros lejanos. Unos hambrientos y otros ligeramente dormidos.

El Moncayo me sorprendió este sábado con la cima poblada de un manto blanco infinito. La nieve. Y así se le ama desde el pueblo donde nació mi padre. Relación hombre-raíces-montaña que se remonta a muchos años atrás, en que, por ejemplo, escribí lo que a continuación concluye mi comentario. Poema al que le corroe una dulce sensación de soledad, amor y convivencia. Aparente. Porque bajo él corre la lava de las emociones. Intensa, caliente y sin freno. Las erupciones no sólo existen en los volcanes, sino también en el pensamiento.

 

DE AMOR

 
 
 

 

DE AMOR

Una flor herida
busca venas
en la sangre
de la hierba.
Gotas de amor
oprimen el pecho.
La piel destella
en hojas y senos.
Hoz virgen
de mi lengua
que siega toda
materia verde
de tus ojos.

 

No tengo más palabras que este estallido sólido y violento de amor. Mircea y Maitreyi. Penélope y Ulises. La historia esta llená de amor. Y por más que trato, es imposible descifrar la naturaleza interna de ese estado que nos catapulta con una fuerza extraordinaria. Solo sé que "si el hombre compone su vida de acuerdo con las leyes de la belleza aún en los momentos de más profunda desesperación", el amor es una de ellas.