DORULÉ (Canción de amor gitano)

 


Parque del Retiro. Madrid

(Leer junto con las últimas entradas)

El 13 de noviembre de 2008, en el Institut Francais de Madrid, entre los destellos dorados de su vestido y el metal poblado del acordeón, Nathalie Joly ofreció su "París-Bucarest", un recorrido musical por el paisaje y los sentimientos rumanos, intepretando piezas en su mayoria procedentes de la voz de María Tanase, una de las voces más representativas del folklore rumano. Ciuleandra, ghiurghiliu, lume, bade din dragostea mea o Dorulé.

Dorulé significa "echar de menos" en la lengua rumana. Parece el grito de una gacela cuando muere. O la piel del olivo cuando le rasga el hacha. Es el título de una canción de amor gitano, muy propia del folklore moldavo; o en sentido más amplio,  de todas esas manifestaciones de la tradición popular que las jóvenes generaciones vamos olvidando, embargados en la ética del desarraigo y del consumo masivo del presente

Aunque nadie tiene la verdad sobre las cosas, y existan formas de mirar que nos aportan tranquilidad de espíritu y enfrentarnos a los problemas con estoicismo, detrás de las razones, y después de los sentimientos, queda una convicción muy profunda.

 

DORULÉ

 

Tu mirada interior lleva una barca
y me la envía
Max Blecher


En ningún sitio
del invierno
hallé tantas
cimas verdes
como en tu
horizonte
tierno
golpeando
la pared
con los pies
sedientos
diezmados
de amor
en tan
reducido
espacio.
Noventa
centímetros
de aire
impresos
en las hojas
del Retiro
en las gestas
en las dudas
en la voz
despeinada
de Tanase.
Por qué
dejamos
de nacer
desnudos
sobre una
caracola
caliente
en cada
señal
del alba.
La selva
que alumbra
tu cabello
largo
como la
lengua
de los
Cárpatos
no muere
de repente.
La orquidea
salvaje
del alma
sobrevive
a cualquier
fragmento
tibio de azar.
El grito
de la herida
que penetra
por vez
primera
en el agua
como
una lenta
y voraz
rompiente
nos preserva
de ser una
anécdota.
Lo que
somos
no lo sé
a ciencia
cierta.
Mi instinto
es amar
hasta
confundir
las olas
con destello
de arándanos
en tus labios
Mi fe
silenciosa
es habitar
en ti
y estar
presente
en tu libre
albedrío
sin que
lo sepas.
Soy
la sombra
que una
vez nació
a tu izquierda
y siguió
temblando
como
la flor
de un sólo
pétalo.

 
 

MIORITSA

 
 

 

MIORITSA

 

“En la tradición popular rumana existen dos corrientes, dos expresiones espirituales complementarias. Una, la corriente pastoralista; es la expresión lírica, y también filosófica, de los pastores. La otra corresponde a los sedentarios, a la población agrícola. En Rumanía, hasta el año 1920, el ochenta por ciento de la población estaba formado por labradores, pero había una minoría muy importante de pastores. Estos pastores, que conducían sus rebaños desde Checoslovaquia hasta el mar de Azov, abrieron al pueblo rumano un mundo más amplio que el de la aldea”.

 

Un escritor exiliado debe imitar a Dante, no a Ovidio, porque Ovidio era un proscrito –su obra está llena de lamentos y añoranzas, dominada por la nostalgia de las cosas perdidas- y Dante, en cambio, aceptaba esa ruptura, y no sólo la aceptaba, sino que gracias a aquella experiencia ejemplar pudo acabar la Divina Comedia. Para Dante, el exilio no fue sólo un estímulo, sino aún más la fuente misma de su inspiración. Yo decía entonces que no hay que escribir con nostalgia, sino, por el contrario, aprovechar esa crisis profunda, esa ruptura, como hizo Dante en Rávena

 

La  prueba del laberinto

Mircea Eliade

 

Eliade Mircea fue un tipo sorprendente. Huía de la noche. Nunca llegué a tratarle porque, para ello, antes tendría que haber nacido en otra generación y mucho más allá de los Pirineos. Me hubiera tocado trocar la presente actividad de hoy por la contemplación de los Cárpatos. De transferir archivos de un disco duro a otro, a navegar por las húmedas e invernales cumbres de Moldavia. De contemplar la lluvia de mi ciudad o esperar la siembra del trigo, a imaginar cómo son las estaciones en los campos de Rumania: dicen que un invierno largo y atroz, así como otros sosegados meses de ligero calor y ancha humedad. Debe ser bello sin duda. Como la sonrisa extraña que uno desconoce. Como el queso que parece la orilla de una corteza.

 

De saber ahora todo esto, no me hubiera importado hacer un pacto surrealista con la vida, y nacer en otro lado y en otro tiempo, pero por nada del mundo cambiado de útero y de abrazo. Así que tal pacto es como un egoísmo caprichoso. Como querer el todo maximizado. Cambiar de tiempo y lugar pero no de madre. O quizás no tiene tanto de revolución sino de cuidada madrugada. Querer llevarse el maravilloso tesón de mi padre o a la intensa amapola de mi madre a otras geografías y centinelas no debe ser tan impensable como parece. Quizás más propio de una familia cirquense, porque hubiéramos montado un tinglado del copón. Levantar la carpa. Ajustar las trenzas. Dar de comer a los leones. Contar chistes a los payasos. Y llevarse todos los recuerdos en un carromato de gitanos. Y todos por el camino del tiempo. Con las maletas llenas de canales y campos. Menudas maletas.

 

A Mircea le hubiéramos llevado anchos ríos y una luminosa meseta. Seguramente con un arroyo palentino, de cuidados destellos y olor a oteros. Esa misma aceña que transcurre por las ruinas de la casa del cura. A lo que añadiría las ruinas del castillo de Castrojeriz y el pichón que volcó en la angosta carretera hacia la estación. Y mi sangre paterna, más habituada al somontano del Moncayo y a las peculiaridades del cierzo, un canasto de mimbre poblado de huertas y la chanza de tirar las tijeras de la abuela al tejado. Y yo cargaría con un canal, como esos que existen desde que el hombre decidió conducir el agua por fundos y sertones. Uno de esos que surcan la llanura, la bordean con timbre silencioso y, frecuentemente, sus nombres aluden a pronombres de sangre azul, como el Imperial, el de Isabel II o el de Alfonso no sé cuántos, restando protagonismo a su verdadero rey: los vetustos y añosos álamos que pueblan sus veredas, en un curioso sueño longitudinal.

 

Todo eso y más para un hombre de mundo, nacido un 9 de marzo de 1907, de padre moldavo y madre olteniana, producto de la simbiosis entre los dos paradigmas de la cultura rumana: “Moldavia representa el lado sentimental, la melancolía, el interés por la filosofía, por la poesía y una cierta pasividad ante la vida”, mientras que los oltenianos son “gente ambiciosa, enérgica”, “la más activa, la más entusiasta, la más brutal a veces, todo lo contrario de los moldavos”.

 

Eliade del griego hêlios; el sol. Mircea, de la raíz eslava mir; paz que ansío pero no deseo más que el amor. Soy hombre de mundo, como lo fue él en su tiempo y lugar, y en buena parte de mi ser, me siento: moldavo, con el corazón metido en un invierno largo; andino, porque por mi sangre corren las torrenteras de la puna o los bosques húmedos y caudalosos del sur de Chile; gallego porque quien fue como mi segunda madre y falleció silenciosamente me enseñó a amar las cortantes riberas del río Sil; vasco porque la voz de Benito Lertxundi es como una lámpara grave que llena de luz todas las estancias del alma; aragonés hasta las estribaciones del Moncayo y castellano entre pinos albares y páramos sin pasaporte.

 

Los dos nos sentimos identificados con Ulises, el ser mítico acerca del que todos llevamos algo en los zapatos, aunque supongo que en tiempos actuales el navegante griego no interesa más que el hedonismo o las relaciones humanas por pura diversión. Héroe del que dice que “el suyo es un viaje hacia el centro, hacía Itaca, es decir, hacía sí mismo. Era buen navegante, pero el destino –o dicho de otro modo, las pruebas iniciáticas que era preciso superar- lo fuerza a retrasar indefinidamente su retorno al hogar. Creo que el mito de Ulises es muy importante para nosotros. Todos nosotros seremos un poco como Ulises, en busca de nosotros mismos, siempre esperando llegar, hasta encontrar finalmente la patria, el hogar, en que también nos encontraremos a nosotros mismo. Pero, al igual que en el laberinto, en toda peregrinación se corre el riesgo de perderse. Si se logra salir del laberinto, volver al hogar, se es ya un ser distinto”

 

Hace unos meses tuve la convicción de haber regresado al hogar, de tener mi sitio, convicción y familia. Un ser distinto. Sí. Un hombre de mundo que por fin se sienta después de un largo camino pero que continúa trasladándose. Una simple traslación de espacios. Lleno y abundante, el mundo del mundo, por el mundo interior de aquella persona a la que amas.

 

Se me antojan muchas reflexiones al respecto, porque el amor no es susceptible de ser analizado conforme a los mecanismos de la razón. Sólo sé que al temido hombre de mundo le convierte en un ser aclimatado y pleno, que ha encontrado su centro y ya es un ser renovado, y aunque trato de no escribir con nostalgia ni de aprovechar una crisis profunda para afilar la inspiración, supone abrirse como el pellejo de un animal puesto a curtir al aire libre, en las azoteas de Tánger.

 

Aún hace un par de semanas, anotaba en el diario que durante este invierno, mis labios se habían detenido súbitamente y guardado silencio, mientras me dedicaba a aprender otros lenguajes corporales y verbales. Simple transformación de un estado a otro el mismo elemento del alma. Parecía tan dormido como un carámbano de hielo, pero sólo es el espejismo propio de la belleza, de esa que consiste en participar de un mundo lleno de carreteras, -del cual no te puedes sustraer- sin dejar de pertenecer al mundo de los caminos.

 

Cuando un caminante guarda silencio es porque se ha detenido a vivir. A observar. A presentir. A sentir la belleza verde en carne propia y a ofrecer la blanca que posee a otra ajena. En un mundo de carreteras no abunda la belleza sabia de la lentitud, y la poca que hay podría escurrírsete entre los dedos a poco que soplaran varias ráfagas de visceralidad o racionalismo.

 

Mi concepto sobre el amor es un camino: donde tienes que detenerte a cada rato para converger en el conocimiento del otro, pero quizás, como paradigma me quedan estas palabras ajenas que prometí incluir un día, para bienes de quien tuvo la gratitud de compartirlas: 

 

“El amor no lleva heridas ni búsquedas. Es como encontrarse cuando encuentras, haya o no haya pérdida, siempre con algún sacrificio, porque significa dar y siempre que damos elegimos generosamente.

 

Nuestros héroes gustan de un amor que tejer y desmadejar, de un amor dicotómico de vencedores y vencidos que siempre tiende a los extremos, de un amor que exige sufrimiento como muestra de pasión.

 

El amor es un juego en el que ambos ganan; ambos crecen; ambos aprenden. No tiene fin ni reglas establecidas más que las del respeto y la libertad. Qué necesarios los sentimientos de pasión y admiración, pero también la sensación reconfortante de sentirse en casa al participar de una misma piel, una misma sangre, una misma materia, dejándose llevar por las leyes de la belleza

 

Es un condicionamiento social y universal el del sufrimiento ante el desamor, causante de los mayores desastres personales y las mayores obras maestras. Pero eso, como todo en la vida, se basa en un simple error de perspectiva. El amor va más allá de principios y finales, de historias y situaciones, de logros y batallas. Reside en la persona y es hacia la persona. Lo demás es accesorio”.

 

Hay que echarle coraje, para escribir sobre el amor, recaudando textos,  conviviendo con los momentos más dulces, cuando el presente irrumpe con la vara de medir opuesta. Recordar cuando sueñas con el frío a la derecha y la añoranza del ser querido a la izquierda, en un reducido espacio. O dejas que una mano escriba los versos de un profundo Eminescu, poeta rumano que si viera los talones blancos de la sierra de Guadarrama, pensaría que se trata del fuego de una flor verde. Y de repente, todo se esfuma.

 

Así lo hice, con esmerado respeto y cuidado, haciendo de la palabra el único recurso que nos queda a quienes hemos elegido las letras como olas y los valores como mar.

 

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En consonancia con el texto anterior

 
 

CARTA: Con Cierto Sentido

 
 
CARTA
 Con Cierto Sentido
 
 
 
A veces pido perdón
y escribo en el piso alguna que otra palabra
 
 
 
Bilbao, 20 de enero de 2009
 
Querida voz:
 
Dice la historia que hoy ha sido un día grande. De esos que no se olvidan. De esos que de un año para otro, recordaremos, cada uno en el pecho de una flor distinta o similar. El año que viene tal vez esté en un campo de batalla, escuchando los rumores de la nostalgia. O tú estés sentada, a la par de un micrófono aéreo, dejando caer en el parpadeo del viento un poco de amor. O tal vez, andemos prendidos el uno del otro, como si las alarmas no hubieran impactado después de tantos vaivenes. Quién sabe lo que el tiempo es capaz de recoger sin que nos enteremos.
 
Este invierno guardé silencio. Silencio porque, a veces, además de pedir perdón, o ser herida, o un desgarrado castillo en el aire, dejamos de escribir para vivir de la ilusión que otras veces escribes. Es decir: guardé silenció porque, simplemente, dejé de escribir. Dejé de escribir porque mi vida, hasta ese instante, había sido una silenciosa rutina. Y de repente, la vida estalló de forma ruidosa y quise estar un poco menos en las letras y un poco más en la ella, porque es inevitable , en mi cariz occidental, la búsqueda de mesura entre diferentes formas de sentir.
 
Todo el piso interior se movió. Todo él. Todo el piso. Sucumbieron las bodegas de la prudencia. Se descongelaron los carámbanos de la timidez. Temblaron los cimientos de mi nostalgia. El amor entró en tropel, como los obreros en una fábrica. Todo se desplazó. Hasta la razón se sentó mucho más allá del lugar que ocupa y se convenció de la algarabía que se presentaba. Y como todo poeta al que la armonía del ruido le invade, puse toda la atención de la que un amante es capaz: no es que lo deje todo, sino que ama concienzudamente y el resultado de la energía se propaga en todas direcciones.
 
El alma de los poetas es muy controvertida e infinita. Tanto que cuanto más te sumerges en ella más profundidades descubres. Se puede decir que insondable. Me incluyo en esa naturaleza y presumo que cuando un alma que escribe y piensa en verso, sumerge parte de su ser en el silencio, se presta a múltiples interpretaciones y conjeturas. Así te dije, desde cierta distancia que procura la latitud a la que cada uno pertenecemos, ahora que te escucho con cierto sentido y sin mencionar tu nombre.
 
¿Que hay en mi silencio? Ahora ya los sabemos todos. Unas veces se trata de una sombra gris. Otras es un amplio despacho de indiferencia. En las palabras se refiere a un síntoma de que fuera estoy viviendo algo tan desgarrado y bello que no encuentro palabras para describirlo con empeño.  Qué terrible paradoja en un poeta no encontrar palabras para describir sentimientos que vive y le catapultan.
 
Sin embargo, también sabemos que la vida es como la rueca donde una hilandera teje con paciencia mientras le dice al viajero: nunca será la última vez que pienses que has regresado. Da vueltas y vueltas. Y más vueltas. Tantas vueltas que el corazón se marea al recordar. Tantas vueltas que no hay olvido, porque los puntos de partida se vuelven a encontrar en algún momento del giro.
 
Vueltas y vueltas. Con silencios y variados ruidos. Vueltas que serían sinónimos de viajes, andanzas, pensamientos y años en los que vamos creciendo y madurando. Vueltas que son ojos verdes. Vueltas que son bosque. Vueltas que abren las manos para recibir arena en su seno. Vueltas que son la metáfora de la vida. Vida que es un sinfín de islas, dioses, mitos y recovecos.
 
Quién dice que la vida nos dirige o nosotros le dirigimos a ella. Por qué suceden unas cosas y otras no. Por qué uno es ingeniero y otro es farero. Por qué nos unimos de esta forma y no de otra. Por qué unos se olvidan y otros se recuerdan. Por qué hoy sonó la radio.
 
Hoy me digo a mí mismo: bienvenido de nuevo a las palabras. Y no sé en qué estado me encuentro. O a lo mejor, sí, lo sé perfectamente, aunque para darse cuenta de lo esencial haya que padecer la otra cara de la diversidad vital, como es el dolor.

Rompo el silencio por la causa radicalmente contraria a aquellos bellos paisajes que lo originaron. Otra paradoja. Porque ir de extremo a extremo, de un día para otro, es como una puesta de sol. No soy un astro, sino un ser humano, y aún prodigio de la biología , ciertas circunstancias escapan de nuestro más sincero entendimiento.

 
En lo que nos sucede aprendemos. En lo que aprendemos nos reconocemos. Sobre todo en una día como hoy, veinte de enero de nuestras calendas, en que los ojos del mundo están puestos en la esperanza de una nueva era. En que a me los han vaciado de repente y me resisto a emerger. En que tú, con el espíritu de siempre, con unos minutos en la radio, has despertado mis palabras.
 
Sé que siempre se tiene el lógico miedo hacia los hombres de mundo, de los que dicen tenemos un apetito insaciable por la aventura, lo desconocido y arcano de la tierra, las gentes y cerros de toda geografía. Pero no es así, porque en algún instante, todo eso se canaliza hacia el ser semejante al que amas y en quien se conjunta todo lo necesario para hacerle y ser feliz
 
El hombre de mundo es el que más ama cuando el mundo se conjura en la órbita de un alma singular.
 
Siempre tuyo,
 
Ulises Jaramillo Lynch
 
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Esta carta está escrita un día como el que suscribe Ulises Jaramillo Lynch, en que han sucedido cosas que cambian la vida de uno, o de muchos o de todos. En lo universal, me sentí emocionado al tejer la esperanza de que la situación social global mejore. En lo personal, mejor no referirse demasiado, pero tanto Pessoa como Antonio Machado eran muy amigos de inventarse un alter ego en que expresarse, tal vez, con mayor libertad y profundidad. El alter ego es como una avanzada de nuestro ser. Es el alma interior del poeta que ni siquiera se quiere referir a lo más íntimo en su ser en una poesía, que ya es decir. En esta carta, hay claves y mucho misterio, pero también un reconocimiento expreso de que el ser existe, es, ama, padece y se da cuenta del peso de los sentimientos.

Ulises Jaramillo había estado viendo, en directo, en compañía de su perro chato, la ceremonia de la que todos estábamos ayer pendientes: Barack Obama como nuevo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Aretha Franklin interpretando un tema de siempre. Muchos principios. La misma esperanza de quien conoce cómo se desarrollan los mecanismos de la política internacional. Pero más allá de todo, me contó que también ese día le habían sucecido hechos dramáticos y fortuitos. Y entre una y otra cuestión, viajó sin necesidad de moverse de su asiento: escuchó una entrevista en la radio. En un programa que lleva como título "Con cierto sentido". Decidió escribir a la voz que había escuchado.