LAS MIRADAS, LOS SUEÑOS, Y ULISES

 
 
I

 Todos necesitamos que alguien nos mire. Sería posible didivirnos en cuatro categorías, según el tipo de mirada bajo la cual queremos vivir.

La primera categoría anhela la mirada de una cantidad infinita de ojos anónimos,o dicho de otro modo, la mirada del público. La segunda categoría la forman los que necesitan para vivir la mirada de muchos ojos conocidos. Estos son los incansables organizadores de cócteles y cenas- Son más felices que las personas de la primera categoría, quienes, cuando pierden a su público, tienen la sensación de que en el salón de su vida se ha apagado la luz. A casi todos ellos les sucede esto alguna vez. En cambio, las personas de la segunda categoría siempre consiguen alguna de esas miradas.

Luego está la tercera categoría, los que necesitan de la mirada de la persona amada. Si situación es igual de peligrosa que la de los de la primera categoría. Alguna vez se cerrarán los ojos de la persona amada y en el salón se hará la oscuridad.

Y hay también una cuarta categoría, la más preciada, la de quienes viven bajo la mirada imaginaria de personas ausentes. Son los soñadores.

La insoportable levedad del ser
Milan Kundera

II

 "Un hadith islámico cuenta que la tierra dijo a Adán, el primer hombre, cuando fue creado:

-¡Oh, Adán, tú me vienes ahora que yo he perdido mi novedad y juventud!
Pero toda novedad y primavera penden del corazón del hombre, y es éste quien elige las estaciones, las ardientes amistades, las canciones, los caminos, la esposa y la sepultura, y también las soledades, los naufragios y las derrotas. Buscar el secreto profundo de la vida es el grande, nobilísimo ocio. Permitámosle al héroe Ulises que comience a vagar no más nacer, y a regresar no más partir. Démosle fecundos días, poblados de naves, palabras, fuego y sed. Y que él nos devuelva Ítaca, y con ella el rostro de la eterna nostalgia. Todo regreso de un hombre a Ítaca es otra creación del mundo".

 

Las mocedades de Ulises
Alvaro Cunqueiro

III

De todo ello se infiere que la mirada de Ulises debió ser la de un humilde soñador, que poseía en su imaginación, no una vaga convicción, sino la severa traducción de su sueño en realidad, aunque tuvieran que pasar unos cuantos años. Ser soñador, equivale a no pensar demasiado, sobre todo, en las dos primeras categorías de miradas, aunque tampoco se puede ser soñador en extremo, sino un soñador tan fino como un átomo. Un soñador que sea como la gota de aguardiente que se desprende de la destilación. Un sueño tan poderoso, y de naturaleza tan visible, no tendría por qué ser entonces una utopía, sino algo al alcance de las manos, con solo ejercitar el arte del vivir, de una forma conveniente y fecunda, como hizo el buen Ulises, para ganarse el pan del regreso. De esta forma, la literatura pone en relación a un mito griego, a un escritor checo, a un poeta gallego y a un aprendiz de todo.

Aitor Arjol

 

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BOLERO


BOLERO

Baílame
un beso hambriento
con boca de terciopelo
y labios gruesos.
Que el último paso
sea hacia mi cauce

 

Éste es el crepúsculo de San Juan de Gaztelugatxe, tomado desde las entrañas más septentrionales del cabo Matxitxako. Uno de los paisajes imperecederos de mi tierra, con la silueta de quien escribe. Sentarse en las lomas y escribir mientras dejas que caiga el sol lentamente, como los últimos resabios de un bote de miel, es una forma íntima de cruzar la esquina y estar a salvo del mundo arrollador, por un instante, como si el tiempo se hubiera detenido y no hubiera más que un bolero. El bolero de la soledad inmensa.

 

EL DEDO PRINCIPITO

Cuánto hay de cierto
en nuestros cinco dedos

 
somos proclives
a contarnos por azar
 
uno, dos, tres, cuatro
y un quinto que vaga por el mar
 
el dedo de Saint Exupery
 
el dedo principito
que nunca dejó de soñar
 
 
 
Si nuestras manos tienen arcilla, es lógico que los dedos cuenten con la responsabilidad de la alfarería. A ellos les pertenece la carestía de convertir el barro en algo perdurable o, por contra, una cerámica endeble que se diluye en cuanto llueve. El amor es como la buena arcilla que, una vez dada forma, puesta al sol y cocida con esmero, goza de una solidez imperturbable.
 
Aitor Arjol

CREACION

 

CREACION

Corazón de hebra
el hilo de Eva
penetra en tu
soneto de Adán

 

 

 Hoy he empezado a leer dos libros: "La insoportable levedad del ser" de Milan Kundera  y "el dios de la lluvia llora sobre México" de Laszlo Passuth. En medio del carnaval. De las elecciones municipales. Mi aportación a la política es la siguiente: sentarme a la altura del bloque interior que aloja la rueda delantera del autobús, porque está lleno de gente; o apoyado en uno de los laterales del vagón del metro. Mi aportación es darles la espalda, a cualesquiera promesas de que nos llenarán el vaso vacío. Darles la espalda y dedicar lectura a unos cuantos literatos olvidados. Prosigo mi aventura rumana: poco a poco van apareciendo autores notables, desconocidos en la medida en que solo se han podido expresar en su lengua natal y no han trascendido más allá de sus fronteras. Lo hermoso de todo es que ya encuentro hilos que entrelazan Rumanía y Latinoamérica. ¿Por qué no? Mario Vargas Llosa es amigo de Carmen Balcells, la editora que destiló vida, codo a codo, con Carlos Barral. Carmen, además de ser la mamá de muchos escritores, hace unas cuántas décadas fundó una agencia literaria con un tal Vintila Horia.

¿Cómo cojones se puede ser tan erudito? Nada más lejos. Solo es una simple cuestión de curiosidad y apunte. El vate peruano escribió su "Diccionario del amante de América Latina", donde alfabéticamente segrega cuidadosamente los conceptos más hermosos y subjetivos relacionados con su continente -y un poco el mío también-. Miguel Angel Asturias, la Amazonía, los apus, la Habana, el Dorado, Alejo Carpentier, Lezama Lima, Cabrera Infante, Canudos, Luis Buñuel, José Donoso, Medellín o Quito, donde "los Andes acusan la misma grandiosidad insolente", aparecen derramados en páginas y más páginas. Y de ahí que cuando llega al espacio biográfico de Carmen Balcells, nacida en los años treinta, aparece el nombre de un escritor exiliado rumano. Vintila Horia.

¿Y quién fue Vintila? Pues un escritor nacido en Segarcea, Rumanía, en 1915, y que terminó haciéndose poseedor de una mente literaria y ensayística inauditas, y gran hispanista o amante de nuestra cultura, algo así como uno de mis últimos sueños con respecto a las letras que crecen en los Carpatos o en los montes Urales. Y recordé que ahora sé de qué color es la curiosidad. ¿La curiosidad tiene color? Es verde. Verde selva. Verde trebol. Verde siembra. Verde oportunidad. La curiosidad es una de las fortalezas que tiene el espíritu humano para ser más grande por dentro.

Gracias a Vintila Horia, por ejemplo, pude saber que "hay dos literaturas trágicas en el mundo, las últimas quizá: la soviética y la hispanoamericana, dando cuenta de la historia actual de sus respectivos pueblos. Mientras el bienestar, el conformismo, la transformación del escritor occidental en cliente de lujo de la sociedad satisfecha, impide una relación auténtica entre la literatura y el hombre y comercializa o endemoniza al esclavo de la usura, allí donde el ser humano está encadenado, oprimido, internado en el gulag soviético o bien obligado a asistir impotente a la difusión de la plaga bíblica de la subversión económica, el escritor ha sustituido al héroe político y cuenta la tragedia cotidiana de los suyos Es la voz de una miseria jamás alcanzada hasta ahora por el hombre, ni siquiera en sus peores tiempos históricos. El exilio o el gulag, por un lado, la contemplación desde una falsa libertad cívica, por el otro, otorgan a los escritores soviéticos y a los hispanoamericanos unas posibilidades de desvelar la estatua de la verdad en tonos de tragedia, en una especie de tiempo privilegiado, parecido hasta cierto punto a la época en que los griegos sacaban los mismos matices de los terrores humanos ante lo desconocido y ante la inclemencia del destino."

No me cabe la menor duda, cuando escucho leer al poeta ruso Osip Mandelstam las siguientes palabras:

Y a las parades de la frágil concha
como a la casa del corazón vacío
las llenarás con murmullos de espuma
con viento, bruma y lluvia

El pobre Ossip, nacido en Varsovia en 1891, e hijo de una profesora de piano, desapareció sin dejar rastro, en 1938, en un gulag siberiano a donde había sido deportado, por escribir un poema en contra de Stalin, y la mujer que lo esperaba en Moscú dejó de tener noticias de él.  Como otros tantos intelectuales, sin reducción a una nacionalidad, credo o raza determinados, que pagaron, en el peor de sus casos, con la torpe muerte en el exilio.

Porque hoy es 22 de marzo, y hace setenta años que se me fue mi querido Antonio Machado, de una grave afección pulmonar, pero embargado por la tristeza del exilio. Cuatro veces le he visitado, allá en Collioure, en la última década. A servirle un silencioso y humano homenaje, sin importarme qué tan raro sea que uno vague por la naturaleza de los poetas fallecidos. Y cuántas veces he paseado por su íntima Soria, la barbacana del Duero, por el paseo entre San Polo y San Saturio, quizás soñando los mismos caminos imprecisos a los qué el se refería.

No es que me rasgue las vestiduras cuando todo este mundo interior se tiene que enfrentar a la perentoria y cruda realidad. Solo que me da coraje. Un coraje que enerva mi espíritu y hace que busque un complemento vital, para darle a la vida algo más que trabajo, puñado de libros, mujer a la que amas, hijos, biblioteca de filosofía y una espiga de trigo verde. El resultado es una mirada más limpia y penetrante, capaz de estar horas observándote como un diario abierto por la página de la casualidad, y enfrentarnos en esta batalla dialéctica y cómplice. Cómplice de tan hermoso proceso de conocimiento mutuo.

No es el yo fundamental
eso que busca el poeta
sino el tú esencial

Así decía el bueno de Antonio, seguramente perdido en una de sus habituales ensoñaciones por el paisaje de encinas, olivos o álamos, practicando la humildad de la palabra y, de haberlo conocido, buen amigo de su compatriota rumano Octavian Goga, muy querido por el pueblo de su país, y celebrado como poeta de los campos y tradiciones populares. ¿Se hubiera ido Machado a pasear por las orillas vespertinas del río Olt? ¿Qué le hubiera parecido Bucarest? ¿Una honda de cuero gigantesca, a orillas de un Duero moldavo?

Es más ¿y si Antonio se hubiera sentado a tomar un café en Praga, con el veterano Milán Kundera? La galerna checa del erotismo literario contra la sobriedad sevillana. Es posible que los campos de Castilla se convirtieran, entonces, en los escenarios de amor más escandalosos de toda la península, o que el mito de Adán y Eva, recobrase toda su fuerza e impetu, lejos del Paraíso de la Moral, y más cercano al diálogo poético. Así reza mi último poema.

PIENSO MESA Y DIGO SILLA

 
 


Viendo a Epi y Blas, con la hija de unos amigos. Gracias de todo corazón, Marlon.

 

PIENSO MESA Y DIGO SILLA

Pienso mesa y digo silla,
Compro pan y me lo dejo,
Lo que aprendo se me olvida,
Lo que pasa es que te quiero.

La trilla lo dice todo;
Y el mendigo en el alero,
El pez vuela por la sala
El toro sopla en el ruedo.

Entre Santander y Asturias
Pasa un río, pasa un ciervo,
Pasa un rebaño de santas,
Pasa un peso.

Entre mi sangre y el llanto
Hay un puente muy pequeño,
Y por él no pasa nada,
Lo que pasa es que te quiero.

LA POETA

La poeta se casó con el poeto
Y en vez de tener un niño
Tuvieron un soneto.

Gloria Fuertes

Dejé otro poema de Gloria Fuertes hace unas pocas entradas. Quizás porque recordaba que tan dulce poetisa, ya superada la sesentena ampliamente, se dedicaba a deleitar al público televisivo, con poemas y composiciones muy sencillos y musicales, que a muchos de los que ahora tenemos un poco más de treinta años, nos permitió aprender poesía o, simplemente, tomarle cariño a la madrileña que escribía raro. He tomado dos de sus poemas, presentes en la página web de la Fundación que lleva su nombre. Desconozco en qué estado se encuentra el homenaje a la memoria de Gloria Fuertes, pero a buen seguro que allá donde se encuentre andará granjeándose el cariño de la infancia.

Otrosí, esta imagen no es mía, sino de alguien muy especial. Estos días, que tanto abundan en polémica por la puñetera incidencia de los medios de comunicación en la fenomenología de las redes sociales, el peligro que corre nuestra intimidad en los mismos y toda suerte de procedimientos faltos de ética, no deja de ser un riesgo exponer parte de la vida de uno. Pero esto no es un espectáculo, y como se señale, todavía me fundo en una aparatosa presunción de buena fe de quienes aquí estáis. No puedo dejar de reconocer el hecho de que gracias a la generosidad de una familia, uno puede irse a otro lado a ganarse el pan y, de verdad, hay personas a las cuales debería hacer un solemne monumento a su buen corazón. Como algunas que, durante el curso de este mes, se han prodigado en incondicionalidad y cariño.

Me marcho a Madrid.

 

EL DESEO DE DOMINIO. Miguel Delibes. HAIDUC

El deseo del dominio 

Con el dinero -y, tal vez, incubada en él- hay, a mi entender, otra nota diferenciadora del progreso moderno: el deseo de sobresalir o, lo que viene a ser lo mismo, la ambición de poder. En este punto, la analogía del hombre con las aves es la llamada por los biólogos "jerarquía del picoteo", es patente. La aspiración de todo hombre es elevar su rango, anteponerse, no tanto acrecentando su cultura y sus facultades como amedrentando a su adversario o debilitándolo.

La técnica se convierte así, no ya en una posibilidad de dinero, sino -lo que es más grave- en una posibilidad de dominación. De este modo, mientras entre los hombres se acentúa el espíritu de competencia, en la esfera internacional se plantea una cuestión de hegemonía que no se resuelve, como antaño, fabricando más espadas o más fusiles, sino buscando un arma que, llegado el caso, sea suficiente para arrasar al adversario -y, con él, a la Humanidad entera- en unas décimas de segundo. La cuestión de la supremacia no se establece ya en términos de prevalencia sino de aniquilamiento.

Tal anhelo de dominación se manifiesta en las relaciones de individuo a individuo, de Estado a individuo y de Estado a Estado. ¿Cómo? Me limitaré a señalar tres extremos que son, para mí, por graves, los más representativos:

Primero: Enervando al hombres desde arriba, despojándole del deseo de participar en la organización de la comunidad, dando así paso a unas autocracias que la manifiesta inhibición del hombre favorece.

Segundo: a nivel internacional, procurando la hegemonía a costa de convertir el noble deseo de paz basado en la justicia y la libertad, en un equilibrio del terror.

Y tercero, encauzando la técnica hacia la fabricación de instrumentos que facilitan el allanamiento de la intimidad del hombre, o la esfera privada de las instituciones, con objeto de controlar a unos y otros.

La pegadogía universal consideró resuelto el problema de la infancia, compaginando la instrucción y el deleite, aunándolos en una sola actividad. El juego instructivo o la instrucción amena, hacían posible, armonizándolas, la formación y el entretenimiento de los niños, de manera que éstos "no diesen guerra", no alborotasen. Fue, quizá, nuestro Carlos III quien descubrió, con el célebre motín de Esquilache, que los adultos eran "como niños pequeños que lloran y protestan cuando se les limpia y asea". Desde entonces, mayor preocupación que hacer justicia ha sido para los gobernantes buscar la manera de entretener al pueblo para que no la pida, esto es, para que no alborote, para que "no dé guerra". El "pan y toros" ha tenido a lo largo de las edades de la Historia múltiples versiones.

Pero he aquí que la era supertécnica ha venido a descubrir que también existen juguetes para entretener a los adultos y borrar de sus mentes cualquier idea de participación y responsabilidad. Es más, el ingenio de la técnica moderna descubre "el juguete" por autonomasia, merced al cual el pueblo no sólo no piensa, sino que incluso nos facilita la posibilidad de conducir su pensamiento, de hacerle pensar lo que nosotros queremos que piense. Así el interés por su juguete acaba por enervar en el hombre otros intereses superiores.

  La alienación se produce entonces como fenómeno general y masivo. Mas si esto, hasta cierto punto, es comprensible, no lo es, en cambio, que admitamos que esta inhibición se fomente desde arriba, mediante el control de este juguete, único alimento espiritual de un elevadísimo porcentaje de seres humanos. La difusión de consignas, la eliminación de la crítica, la exposición triunfalista de logros parciales o insignificantes y la misma publicidad subliminal, van moldeando el cerebro de millones de televidentes que, persuadidos de la bondad de un sistema, o simplemente fatigados, pero, en todo caso, incapacitados para pensar por su cuenta, terminan por hacer dejación de sus deberes cívicos, encomendando al Estado-Padre hasta las más pequeñas responsabilidades comunitarias.

En este mismo sentido actua la organización del trabajo a que antes aludía. La rutina laboral genera el gregarismo en los ocios, de forma que todos los hombres se procuran análogas distracciones y unos mismos estímulos, por lo general, no fecundadores, ni liberadores, ni enaltecededores de los valores del espíritu. El hombre, de esta manera, se despersonaliza y las comunidades degeneran en unas masas amorfas, sumisas, fácilmente controlables desde el poder concentrado en unas pocas manos.

Es obvio que no en todo el mundo las circunstancias mencionadas operan con la misma intensidad pero, a mi juicio, sirven como exponentes de los riesgos lamentables que comporta la malintencionada aplicación de la técnica a la política y la sociología.

El mundo que agoniza
Miguel Delibes
1979

….. ….. ….. ……


HAIDUC

En la llanura verde ancha
y cubierta de piñas,
Está Toma Alimos

Pe cimpia verde, -ntinsa
Si de cetine coprinsa
Sade Toma Alimos

Vasile Alecsandri

 

Miguel Delibes escribió esto hace casi treinta años, cuando el mundo estaba configurado de una forma diametralmente distinta. O no tan distinta, pues lo que quise enfatizar es que, desde entonces, el mundo ha cambiado a una velocidad en proporción geométrica, tanto que, si nuestros abuelos levantaran la cabeza, se creerían que al punto que ha avanzado la técnica y el progreso, asimismo existen los extraterrestres, es posible viajar en el tiempo, ha venido un nuevo Mesías, las estrellas son habitables, en la luna se pueden cultivar nabos y se puede ir al sol en motocicleta sin pagar peaje.

Sin embargo, hay algunas verdades, o criterios universalmente aceptados, no en cuanto a la razón que tengan, sino a la evidencia empírica: existen porque nuestros sentidos o la evidencia natural así lo certifican. De siempre es sabido que la aspiración de casi todo ser humano es la consecución de la felicidad basada en el rango, la posición social y la exquisited física. Y parece que no hubiera nada de malo salvo cuando se lleva a cabo a costa de ciertos valores que nos hacen civilizados, primando el egoísmo, la rapiña, la competencia sin escrúpulos y el frotamiento de las gónadas.

El colmo es que precisamente, aquellos poderes fácticos que serían capaces de darle una vuelta de tuerca a todo ese basurero, se alían y hacen cómplices de la misma idea, creando un mecanismo irrisorio, circular, viciado y pusilámine, dando suficientes argumentos para los más pesimistas, que creen que el mundo es una porquería, agoniza y nos merecemos el azote divino. Es, por ejemplo, el caso del manejo de las relaciones internacionales, los procesos de resolución de conflictos,  la clase política, los medios de comunicación o la irrupción de las redes sociales en tan preciado mundo virtual.

Es evidente que darle la espalda al mundo es una cuestión de sufrimiento. que produce turbación y termina aislándote de un entorno donde es más necesario que nunca el fomento de la participación y de la asunción de responsabilidades. El peligro de una sociedad cómoda y acostumbrada a reclamar el cumplimiento de los derechos sociales a un Estado presuntamente paternalista, se acentúa más que nunca en este periodo de crisis que estamos viviendo. Dado que se nos ha educado para ser individualistas, divertidos, consumidores y banales, parece poco probable que, en semejantes condiciones, salga a relucir nuestra capacidad creativa y emprendedora, cuando más que nunca, la búsqueda de mejores oportunidades emocionales, profesionales o personales, pasa por nuestra voluntad.

A la sazón, Epicteto decía que "hay unas cosas que dependen de nosotros y otras que no. De nosotros dependen la opinión, la tendencia, el deseo, la aversión, y, en una palabra, cuantas son obra nuestra. No dependen de nosotros, en cambio, el cuerpo, los bienes adquiridos, la reputación, los cargos, en una palabra, cuantas no son obra nuestra." En consecuencia, "las que dependen de nosotros son por naturaleza libres, sin impedimientos, sin trabas; las que no dependen de nosotros son débiles, serviles, sujetas a impedimentos y nos son ajenas".

Por lo tanto, si deseamos cosas que no dependen de nosotros, es posible que nos perdamos en el camino y seamos esclavos en la consecución de las mismas, sabiendo que, con nuestra muerte, todo honor, cargo o patrimonio se convierten en papel higiénico, con el que el ciclo de la naturaleza se limpia el culo y prosigue su devenir. Tal vez la clave no resida tanto en ejercer de agente de cambio, héroe disimulado, mártir, idealista, poeta del tres al cuarto, suicida o cantautor. Porque eso nos priva de una mirada natural y responsable sobre el medio. Más bien se trataría de recuperar el espíritu y la capacidad de generar acciones a partir de esta premisa estoica: "no pidas que los sucesos ocurran como tú quieres: tómalos gustoso como vienen y encauzarás bien tu vida".

De esa forma, el mundo, tal y como hoy lo entendemos, se vuelve más habitable y, siguiendo a Epícteto, uno puede volverse a sí mismo e indagar qué poderes tiene para servirse de ellos. Poderes del interior. La belleza. "Comienza por las cosas pequeñas". Por la militancia. Por decirle a la vida que "en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos". Ser una suerte de "haiduc" a pequeña escala.

 

EL MITO DEL SILENCIO

 

EL MITO DEL SILENCIO

Tiempo es de que se sepa
tiempo es de que la piedra pueda florecer
de que en la inquietud palpite un corazón.
Tiempo es de que sea tiempo

Paul Celan


En el silencio caben todos los sonidos del alma. Al ser un elemento "vacío" en principio, es normal que su paradoja, es decir, la "plenitud", tome conciencia en ese estado. Tanto el silencio de tomar el té, como el del mar: silencio cantábrico, silencio mediterraneo, silencio atlántico. Recuerdo, en torno al mar, comparar el silencio de los tres mares europeos que he visto, y del cuarto latinoamericano que he vivido. En conciencia, son silencios llenos de dramatismo, amplitud y inconfesada sensación de que el tiempo es un silencio más, pero elevado a la categoría de mito.

El tiempo es el mito del silencio. No un silencio cualquiera. Sino un silente y embadurnado tipo, con capa y ancho sombrero, que se traslada de una generación a otra, con la partitura del azar o de lo que el destino nos tiene reservados. Y como mito, el tiempo ha estado sujeto a la interpretación de filósofos, poetas, músicos, internautas, capitalistas, campesinos, herreros, caballeros andantes, obreros y amantes.

Pensemos que para un filósofo el tiempo sería como una razón pendiente de ser encajada en un sistema filosófico particular, en ese de Tales de Mileto, Anaximandro, Kant, Foucault o el admirado Bergson que tanto influenció en Antonio Machado. Para un poeta el tiempo es algo divino, inmaterial y caprichoso, o en todo caso, dotado de una belleza fuera de lugar, creador de la angustia o de un valor inexorable. Para el músico, una dulce partitura. Para el internauta, una maleta de banda ancha. Para el capitalista, un factor de producción o de coste.

Pero para el campesino el tiempo es más lento y homogéneo, porque de lo que cae de arriba depende el ritmo de la siembra y la oportuna cosecha. Y Dios le libre de que llueva cuando no es menester o que la pedrisca arruine la esplendorosa fruta del matorral. O que el viento, ese inefable que va y viene a su ritmo, descarne las uvas. El tiempo del labrador, pues, es como una fruta que no depende tanto del capricho como del natural devenir de las estaciones, como un proceso natural, en equilibrio con los solsticios y la aparente soledad del campo.

Si para el noble trabajador de la tierra el tiempo es una azada, para el herrero es un golpe de talle largo. Una sonora bofetada contra el yunque. Un hierro incandescente. La apretura del fuelle. El traqueteo uniforme de la noria. El ritmo del agua. El calor de la herramienta. El fruncir del ceño. La luna impresa en la vena cariótida de su maza. Un tiempo calculado sabiamente por los alquimistas de los minerales que se funden y alean con otros componentes y dejan piezas para la comunidad. Aunque los herreros del ayer, notablemente, son los obreros siderúrgicos del hoy, embutidos en sus buzos llamativos e ignífugos, insertos en un sistema de producción jerarquizado y dependiente del concepto de productividad, algo que bien saben los ingenieros que se pasean con su chaquetilla y cortavientos, aparentando que controlan, pero con más ganas de volver a la silla y el aire acondicionado, que codearse con gente más popular y campechana.

El tiempo del obrero es un contrato social. Una parte de vida que declaran sometida a intereses ajenos, porque con ello dan de comer a sus familias, disponen de una vivienda digna, consumen, gozan de ciertos derechos y tratan de colmarles con una felicidad barata. Eso es lo que tratan de hacerles creer, cuando, en verdad, el tiempo se lo roban descaradamente, con un palmo de narices y dos copas de anís.

Para los caballeros andantes, el tiempo es una aventura sin parangón. Un lustroso agujero de andanzas, peripecias y búsqueda de ínsulas. Un andante igual que ellos, que echa a caminar sin rumbo fijo, hasta que el sol cae y se tienen que echar a dormir con una manta cubriéndoles el talle. Tiempo tentador, sin lugar a dudas. Tiempo para que el caballero andante sea libre, tome la adarga y crea fielmente en la bondad de los molinos. Es un tiempo sobresaliente, para quien desea hacer camino durante unos meses, o años, porque la aventura, de no tener fin, no lo tiene cuando uno va en busca de ellas.

Para los amantes, finalmente, el tiempo es mítico. Desaparece de la órbita toda consideración en torno a la duración del mismo. Es donde conceptos como la inmortalidad o esencialidad rozan la más absoluta perfección y denominación de origen. Donde el silencio se convierte en un mito precioso. Un silencio detenido en el preciso instante en que dos manos se tocan y están así, mirándose, como dos peonzas locas. Sea porque los amantes no tengan mucho que decirse o se entienden a la perfección en la manifestación de sus miradas. Mito porque, de repente, Eros, Psique, Perséfone, Minerva, Afrodita, Hermes, Pan, Apolo o el mísmísimo Zeus, se nos comunican como en aquellas lejanas eras en la que se relacionaban directamente con los hombres. Y quién sabe si, entonces, el silencio no es más que el elogio más bello y divino con el que dos amantes se dicen todo lo que se tienen que decir y después hacen todo lo que tienen que hacer.

 

EL AMOR y otros. Camil Petrescu

Esta mañana, entre teclas y bambolinas, me hice con una serie de libros con los que venía soñando hace tiempo, sobre todo uno, que es dificil encontrar a un precio más que razonable a estas alturas: "memorias de un nómada" de Paul Bowles. La mayoría de ediciones de dicho autor vienen a través de Alfaguara, en cuidadas y bellas páginas, en ejemplares de mediados de los noventa. Pero también el azar tiene parte de ser en las búsquedas. Hace seis años me detuve en un bellísimo libro que recorre China de un extremo a otro, en el momento inmediatamente anterior a la irrupción del desarrollismo económico de la última década. "El gallo de hierro" , por Ian  Theroux. Menciones aparte, os comparto los fragmentos subrayados de un libro que estoy leyendo por segunda vez, pues de la vez primera extraje la fascinación y de la presente, una cuidadosa selección de pensamientos, con los cuales podría estar más o menos de acuerdo, pero que en sí mismos tienen mucha miga. Contento de que su lectura complete la curiosidad de quien aquí entra, a este humilde hogar de letras y conciencia.

 
Camile Petrescu es uno de los literatos más considerados en su país natal. Rumania. Ahora empiezan a venir obras de grandes autores de la Europa del Este, pero para quienes escribir en su lengua originaria les ha sumido en una trascendencia puramente nacional y, en muchos casos, caer en ático del injusto olvido. Eso explica que algunos excepcionales autores, como Mircea o Emile Ciorán, escribieran en francés y tuvieran mayor difusión, pero que es algo que desmereece injustamente la existencia de otros grandes escritores como el presente. En cualquier caso, de la novela os extraigo los siguientes pasajes, para vuestra consideración y guiño y, considerando que mi identificación con los mismos es un espejismo. Se trata de una cuestión de curiosidad y anotación. Y además, quienes habéis solo comentado el último párrafo sobre el "amor", pues nada, os queda la lectura de los restantes.
 
Última noche de amor, primera noche de guerra
Camil Petrescu
I
 
 "El amor es más bien un proceso de autosugestión… Necesita tiempo y complicidad para que se forme. La mayor parte de las veces, al principio, no suele gustarnos la mujer sin la cual, más tarde, ya no podemos vivir. Primero, amamos por lástima, por obligación, por ternura, amamos porque sabemos que eso la hace feliz, nos repetimos que no es leal herirla, engañar tanta confianza. Luego, nos hacemos a su sonrisa y a su voz igual que uno se hace a un paisaje. Y, poco a poco, vamos necesitando su presencia diaria"
II
 
En origen (Bergson tiene indudablemente razón), la inteligencia solo fue una manera práctica, un instrumento de adaptación al medio, un medio para defender los intereses. En la inmensa mayoría de los hombres, así sigue siendo hoy. Ellos solo entienden lo que tienen interés en entender. Lo que se opone a sus intereses contradice de modo fundamental su inteligencia. Salvo un número ínfimo de perversos (si existen de verdad), nadie puede hacer el mal si su inteligencia no lo acepta.
 
III
 
Últimamente, los escritores, de manera especial, han teorizado sobre la cuestión de la bondad del hombre: no hay hombres "solo buenos" ni hombres "solo malos", que únicamente en los melodramas se encuentran esos polos opuestos. (…) Una explicación, de índole estrictamente psicológica, de esa bondad sería que los demás solo existen en la medida en que conocemos sus deseos, sus preferencias, sus esperanzas, sus actos y actitudes a lo largo de la vida. (…) La verdadera bondad exige indefectiblemente inteligencia e imaginación.