CRÓNICAS DEL PUENTE

 
 
 
 
Porque te tengo y no porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas sus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza porque eres mía
 
Mario Benedetti
 
 
 
CRÓNICAS DEL PUENTE
 
Pocas veces he estado allí. Me refiero a esa orilla. En ese puente. A la sombra de la iglesia de San Antón. Pues dicen que goza de un encanto particular. Que por ella no ha pasado el tiempo más que el agua por debajo del puente, que ahí resiste, como un paño grueso, el paso de peces, meses y siglos. Que no soy gaviota para verlo desde arriba, en línea recta, y me tengo que conformar con embestirlo de frente, de lado, o sobre él, con su línea oblicua y poco prolongada.
 
Alguna vez he pasado, con sabor a monte y a viejos recuerdos. Porque cuentan que, a principios del pasado siglo, por allí corrían los muchachos de gorra, las mujeres de blusa remangada y los hombres de labor, empapados todos de sudor y gabarras atracadas. Tiempos a unos cuántos kilómetros en dirección al mar, que se hacían más o menos largos si los medías con el tranvía, el pie o el acelerador de una barca.
 
Quién le ha visto y quién le ve al viejo puente y su olor a jazmín envejecido. Cuántas historias se habrán despedido por debajo de sus ojivas. Pero todos los tiempos han corrido por dejado de él, sin dejar cabos sueltos. El pasado en dirección a alguna parte. El presente en el momento en que mi imaginación acaricia su piedra. El futuro en dirección al centro del país, como un potente girasol. Cuántas historias le contaría yo. Cuántas crónicas avezadas. Cuántas medias verdades. Cuántos puentes he cruzado yo. Unos pocos más. Otros pocos más. Medievales o más modernos. En zapatos de vestir o chancletas. De ida o vuelta. Mirando hacia arriba o contando los vehículos que invaden su asfalto. No los incluyo en nómina porque cada puente de destapa con sus propias historias.
 
Y como puente, de una orilla a otra, también ha dejado de vigilar vidas, porque mientras él se ha quedado, unos se han ido y otros han iniciado el manso recorrido. ¿Acaso el puente es una forma de dibujar el azar, que no distingue entre suerte y destino? Así será, pero no hay forma de dilucidarlo. Ni en silencio ni con la comisura del cigarrillo en los labios. Pero por no hacer mal uso del misterio, se me ocurre pensar que el puente sí es una forma de dibujar las líneas vitales, porque el puente siempre es un signo de unión entre dos orillas contrapuestas, o la salva de un obstáculo geográfico, o el zarpazo que el tigre humano da a la mar que nos separa.
 
Los puentes siempre han sido un camino hacia algo. Hacia otra parte. No sé si hacia algo peor o mejor. Porque unas veces van hacia el olvido. Otras a la aventura. Otras a la intuición. Otras a nombres y puertas. Anchas y encendidas. Siempre hacia una antorcha de viento. Siempre hacia otras cosas que van en el lugar de las que se quedan.
 
Cruzarlos es una tarea no tan precisa como parece, porque los puentes, de lejos, su silueta es un patrón incofundible: algo que cruza, en calma, de lado a lado. Con arcos. Suspendido en el vacío. Transbordado por cables de acero. Pericia de la ingeniería de caminos, canales y puertos. Y de cerca empiezan a transformar nuestra primera interpretación en algo más específico: el patrón se convierte en espejismo y nos duelen los huesos. Ya no es un enjambre de piedras, sino un puente con características más propias. De tantos metros. Elevado sobre pilares. De hierro. De madera. Con herraduras donde pescar. Con adoquines. De tierra pisada. De asfalto. Con caminantes o viajeros en bicicleta. Con autobuses pintados con bandas de varios colores. Con tímidos estudiantes. Con un senegalés que cruza poblado de vivos colores. Con un ecuatoriano que va a comprar el pan. Con dos tipos de corbata que se encaminan a discutir la subrogación de la hipoteca de unos clientes a la notaría de la calle de al lado. Con la señora de pelo ralo que entrará a la peluquería. Con el otro, sembrado de luces, que se para y dialoga con la nada. Con una mujer, que alza su vista verde y observa despacio, la sillueta inmóvil de un árbol que respira. Con un árbitro que va de paisano al próximo partido. Con una autorradio que a través de la ventanilla del conductor nos cuenta que "la lluvia nunca vuelve hacia arriba". Con un argentino que quiere encontrar a Evita Perón. Con otra pareja de rumanos, acompañada del carrito y su primer retoño, buscando guarida en la sombra. Con la bella algarabía que transforma el aburrido trajín de la monotonía en la obra más personal de los puentes.
 
Es entonces, cada puente, un camino concreto hacia algo. Una pasión individual. Aparentemente aburrida, pero llena de encanto, pues solo es cuestión de definir uno, para ir desprendiéndole de pétalos, hasta hallar su cáliz. Como acariciar la mano de una mujer, comenzando por la lejanía de los dedos para partir en dirección a la luna de los hombros o a la estrella de los labios. El puente hacia el deseo, iluminado por el instinto o la querencia. De una orilla de piel a otra orilla húmeda. Así el puente termina siendo pasto de su propio significado. Puente que empieza siendo la obra de un espirítu analítico para terminar en el tallo de una metáfora. Puente hacia el corazón. Hacia el sentir. Hacia la luz del existir. Y que corran las aguas bajo él. Para recordanos que la forma de sentir es lo que mueve el caudal entre dos orillas.
 
En mi puente siempre hay un camino hacia algo. Todos los días ando caminando sobre puentes, en dirección a la otra parte. Puentes hacia la oficina. Puentes hacia la nueva ciudad. Puentes hacia el paisaje urbano. Puentes hacia la lluvia ligera de mayo. Puentes hacia el silencio. Puentes hacia leyes y reglamentos. Puentes hacia documentos registrales y políticas de cooperación al desarrollo. Puentes hacia el supermercado. Puentes hacia la Junta Municipal. Puentes hacia el taller mecánico. Puentes hacia la almohada. Puentes hacia los pechos. Puentes hacia la débil llama de una vela. Puentes hacia la saciedad de vivir.
 
Pero los puentes que más amo ocurren de noche. No sólo cuando se produce la oscuridad, sino por analogía, en cualquier momento en que emergen los pasos de la esencia y la luz sobrevive. Entonces es cuando cruzo hacia el descanso y la sonrisa. Me convierto en palabra. En ola. En beso. En hoguera. En conversación. En dulce de galleta. En esencia de lavanda. En aceite. En oleosidad. Entonces soy tu metáfora.
 
Aitor Arjol
28 de mayo de 2009
 

CRÓNICAS DEL TIEMPO

 

 

Ven a mi corazón,
ven a mi pólvora,
ven a la limpia carne a la que fuimos
completos como el agua,
 Roque Dalton
 
 
CRÓNICAS DEL TIEMPO
 
El tiempo es como la pólvora. Sólo espera el chispazo de la mecha para salir disparado, en busca de nuevas horas en las que sobrevivir. Todo podría suceder despacio. Desde el momento en que nacemos. Desarrollarse de forma austera, mientras sobrevivimos. Y por fín, explotar de forma incandescente, aceptando la propia sucesión de generaciones.
 
Esa es la teoría que presupone la vida. Un tiempo que se repite instantaneamente, en una continua sucesión de verdades e hitos. De gentes que nacen con un llanto frente a la comadrona y se vencen a la vida preguntándose qué hay después de todo aquello, en el mejor de los casos. La ley inexorable del tiempo, que se cumple, sin que haya lugar a enmiendas o reformas legislativas.
 
El tiempo no tiene parlamento. No se le elige democráticamente ni se basa en la soberanía del pueblo. Al tiempo las leyes humanas le importan poco en la medida en que no se restablece el equilibrio entre él y los paradigmas de la naturaleza. Tiene sus propias prerrogativas. Sencillas. Nada abismales. Con su propio concepto de justicia, pese a que no lo parezca.
 
El tiempo es tiempo. Vive a pesar de que nosotros le preguntemos en qué punto exacto del mediodía ha dejado el último rayo. Pese a que nos empeñemos en recortarlo y hacer de él una pelota de beisbol. El tiempo no se puede macerar en una botella de licor para que sea menos. Por él ningún tranvía va a llegar antes para que los viajeros lleguen cuando antes al trabajo. Por él los bailes no duraran lo suficiente como para que caigan los besos de la medianoche. Por él las nubes no nos van a ofrecer abrigo cuando deseamos sombra ni lluvia cuando queremos hambre de gotas. Por él las mercancias no van a llegar antes y se reducirán los costes de producción de un televisor de plasma. Por él no va a progresar más lentamente el cambio climático. Por él los gases no se mezclarán menos ni habrá menos vertidos ni los troncos se tumbarán más despacio desgarrados por el hacha.
 
Si por nosotros fuera, el tiempo no existiría. Ni siquiera le dedicaríamos un minuto de compensación o unos segundos de sombra en el aire. Le dejaríamos acurrucado en las rodillas del desván. Le despojaríamos de todo lo que él ostenta de valor. Las joyas. Fundiríamos el oro para sumarlas a las reservas de capital de algún estado ficticio. Le robaríamos el musgo para que pase frío en invierno. Tomaríamos prestado su aseo, para lavarnos la conciencia. Hasta el jabón, sin propósito claro de devolvérselo. E incluso el deseo, para hacerle polvo y disfrazarle de cañería oxidada. Bajaríamos por la escalera, felices de haberlo reducido a una cosa sin nombre y, cerrando de un portazo la grave estancia, convendríamos en seguir caminando, por un espacio sin tiempo, por los siglos de los siglos, como alimañas sin peso.
 
Así hemos convertido el tiempo en un pedazo de carne sin valor alguno. Reducido a un triste augurio. A una llamada de teléfono. A una pieza de museo. A un animal dañiño. Viajamos aceleradamente. No existe la lentitud, sino el vómito. Abreva el grito mientras la paciencia apenas bebe. Y a una gruesa distancia, unas pocas agujas se mantienen leves, inertes, dormidas y en largo deterioro. Se le ha declarado ciudadano no grato. Confinado en el olvido.
 
Pero el hombre, sin tiempo, es mucho menos de lo que sería con él. Lejos quedan aquellos tiempos en que los hombres eran los músicos del tiempo y se entretejían con él. Le cantaban salmos y dialogaban en viva voz con sus redes. Sentados al calor de la lumbra y sembrados todos los hombres de arrugas en sus torsos desnudos. Desvelándoles el tiempo todos los secretos de la vida, así como las claves en la resolución de toda diferencia y conflicto. Sin prospectos ni decálogos escritos. Deontología del espíritu. Eso era el tiempo, agarrado a los hombres como ellos a él, en un bello trapecio.
 
Gracias a ese equilibrio, a esa ternura simpar, los hombres envejecían como dios manda, aceptando de grado lo que era hermoso y lo que era feo, lo que era lógico o constituía una contradicción. Tiempo como compañero y minutos como religiones que dan vueltas en torno a un reloj. Tiempo para dar de comer a la familia. Tiempo para sembrar papas. Tiempo para dibujar una sonrisa en el volcán. Tiempo para decir ojalá. Tiempo para cocinar en una olla de gruesa cerámica. Tiempo para inventar dioses. Tiempo para atribuir origen divino a los misterios. Tiempo para pedir disculpas al búfalo por comer su carne y desollar su piel. Tiempo para tomar los frutos del árbol como una golosina. Tiempo para ir detrás de los cardos como si fueran una carreta de minutos. Tiempo para parir a nuestros hijos. Tiempo para fabricar seda. Tiempo para derramar miel en los labios. Tiempo para repetir que el tiempo es así y no de otra manera.
 
Tiempo aceptado al fín y al cabo. El que nos hace mortales y hace que se nos despida o reintegre en el círculo de la tierra. Tiempo que nos enferma o nos sienta en un banco, esperando que vuele una cometa o dancen los duendes de la imaginación. Tiempo que se salvaguarda y nos hace más emparentados con él. Tiempo de conciencia y libre aceptación. De que sus leyes nos vienen dadas antes de que existiéramos o echáramos a andar como Lázaro por los confines del universo. De que morir es una consecuencia de nacer y viceversa. De que nada se hace complejo ni se pudre, sino que somos una humilde energía llevada por los días y las décadas al son de una melodía natural.
 
Tiempo que nos da lo que también nos quita. Nos quita la vida pero nos la da. No nos asegura la eternidad pero nos sostiene en el limbo de los ojos abiertos. Y lo que es mejor: se clava en nuestras espaldas pero me hace hervir en el fuego de una mujer, en la página de un libro y en el pan de cada día. Así es como restablecí el particular equilibrio que la sociedad impone en sentido contrario, como una ruptura. Nada de fiascos. Nada de esquilas. Ni bocinas. Ni insultos. Ni palabras graves. Ni viento recortado. Ni insignificancias elevadas al rango de verdaderos problemas existenciales. Ni hipocresía. Ni demasiadas monedas.
 
Por eso amo el tiempo en que voy y vengo. En que presto al orden social el tiempo que es convenido. En buscar otro tiempo para la improvisación. En buscar tiempo donde no lo haya porque siempre lo hay. En saltar las vallas y ver crecer la hierba. En sentir el sol como una lámpara diurna. En mirar a los ojos que me miran y sobrevivir en ellos. En dialogar con mis semejantes y hurgar en las posibles diferencias, porque en ese encuentro es donde radica la presunción de que el tiempo es útil y necesario. En amar, sobre todo, y practicar su arte. En reconocer la unidad en los números que son más de uno. En volver al centro cuando nos desprendemos demasiado hacia los extremos. En besar cuando lo siento. En amasar la harina de los muslos cuando me viene el afán de ser el panadero de mi compañera. En apagar la luz cuando deseamos la oscuridad para nuestros cuerpos. En encenderla cuando queremos seguir prendidos del tiempo como si fuéramos sus luciérnagas preferidas.  En ser todo lo que el tiempo nos permita mientras estamos vivos.
 
Porque el tiempo, a nuestro lado, es mucho mejor. A nuestro lado, el tiempo es como un mito al alcance de las bocas. Como una cucharada de filosofía. Como una flor. Como una raíz que crece hacia nosotros. Tiempo somos tú y yo.
 
Aitor Arjol
25 de mayo de 2009
 
 

“ME EXILIÉ CON PAPELES FALSOS”. Juan Miguel Bombín

 


"Me exilié con papeles falsos"

Juan Miguel Bombín, exiliado vasco de la Guerra Civil

AITOR ARJOL / Bilbao / Diciembre 2007

La trayectoria vital del nonagenario escritor vasco está marcada por haber vivido, en sus propias carnes, la Guerra Civil, el exilio forzoso a Sudamérica y la inevitable cuestión del regreso.

La historia de Juan Miguel Bombín, no es la de un hombre cualquiera, su testimonio constituye un aporte valiosísimo para comprender un periodo reciente de nuestra historia, mediatizado actualmente por los debates interesados sobre la memoria histórica. Bombín, nacido en Portugalete, el 12 de junio de 1916, no solo estuvo en el frente, como miliciano, durante los combates de la Guerra Civil, perdiendo muchísimos amigos en el camino, sino que después se vio abocado al exilio en distintos países de Sudamérica, antes de poder regresar, de nuevo, a su tierra en 1987

La guerra le costó más de 40 años de emigración forzosa, primero en Argentina, luego en Uruguay y finalmente en Brasil, donde sobrevivió gracias a una capacidad de adaptación a prueba de balas. Pudo conjugar la necesidad de buscarse la vida, con la dedicación a la literatura, vocación que ha mantenido hasta el día de hoy, ya que desde su regreso, pasa muchas tardes sentado tranquilamente en el salón de su vivienda de Erandio, oliendo el húmedo aliento de la ria, mientras pasa revista pormenorizada a la encrispada actualidad política y social.

Guerra Civil

Bombín tiene una memoria viva y recuerda con exactitud los terribles momentos que vivió tras el estallido de la Guerra Civil. Después de incorporarse a filas en la sección de enlaces y transmisiones del Batallón Meabe Nº 2, en octubre de 1936 le mandaron al frente. Su memoria es un hervidero de localidades y montes de la geografía vizcaína en los que luchó, en un esfuerzo por contener el avance del ejército franquista. Recuerda duros momentos en la localidad vizcaína de Ochandiano, en el monte Albertia o la cima del Saibigaín, cercana al actual Parque Natural de Urkiola, donde señala, con tristeza, que “perdí muchos amigos, y caí herido: un balazo en el hombro y otro en la pierna”.

Con la progresiva ofensiva sobre Bilbao, fueron retirándose hasta Gijón, donde consiguió embarcar, a finales de 1937, en un buque con bandera inglesa para el puerto francés de La Rochelle. Aunque no todos sus compañeros corrieron la misma suerte, su comandante Felix Gallarreta, fue fusilado en la ciudad asturiana, poco después de su partida, el 1 de enero de 1938.

Una vez en Francia Juan Miguel entró de nuevo a España por Cataluña incorporándose de nuevo al frente de Aragón. Pero perdida la guerra, volvería a cruzar la frontera francesa, por Portbou, camino del exilio y fue “un milagro, o no se qué” –señala Bombín- el hecho de que consiguiera un salvoconducto en el Consulado de Argentina, usando una identidad falsa -la de Jorge Rubio-, pudiendo finalmente embarcar para Buenos Aires a finales de 1939.

Sudamérica: exilio y literatura

De la misma forma que su llegada a Argentina obró cierto milagro, la casualidad, o si se quiere la relación con otros compatriotas suyos, exiliados por la misma causa, propiciaron que se dedicara a la literatura, haciendo recados para la editorial Losada, mientras buscaba con qué ganarse el pan de cada día.

Poco después, en 1942, decidió marcharse a Uruguay, porque “estaba con papeles falsos y no quería decirle a nadie el asunto, y un secreto entre dos ya no lo es”. En Montevideo se casó con la hija de la dueña de la pensión donde se alojaba, y gracias al buen hacer de un amigo, entró como corrector en el diario El País, periódico donde Mario Benedetti llegaría, años más tarde, a ser colaborador. Esa actividad le permitió entrar en contacto con la pléyade literaria de la época, llegando a hacer amistad con figuras como Onetti, Neruda o Martínez Moreno, así como colaborar en el Teatro del Pueblo y publicar dos novelas y varios cuentos. Pero, de nuevo, el advenimiento de un golpe militar en Uruguay le obligó a abandonar el país. Juan Miguel se marchó con su esposa a Brasil, instalándose definitivamente y, en Portoalegre, donde tuvieron dos hijos y echaron raíces hasta su regreso definitivo a Vizcaya en 1987.

La mira eterna de la ría

Actualmente, Juan Miguel vive en Erandio, a orillas de la ría, en compañía de su hija y de los amigos que le visitan. Sin rendirse a la evidencia de sus 92 años: lee, escribe y habiendo publicado varios libros en los últimos años, entre los que destacan su poemario “Vertiente” (2003), y su obra más testimonial: “Un año en el frente”. “El bombardeo de Gernika”, y “Memorias de un miliciano” (2005), éste último, crónica, en primera persona, de un soldado republicano y del resto de sus compañeros de batallón, en el frente de la Guerra Civil.

Bombín, cuando hace balance de su larga vida, se refiere a todo con humildad, a la que cree una cualidad esencial, aunque “tenga sus pros y sus contras”. Lo que tiene seguro, después de haber vivido una guerra, un exilio, y de haber sido inmigrante en tres países diferentes, es que a la clase política “les importamos un carajo”. A pesar de esto, paradójicamente, el último reconocimiento que ha recibido Bombín, ha sido la réplica de una hebilla del cinturón de un gudari, hallada en Antzuategui (Elgeta) como símbolo de gratitud por su labor en la defensa de la República.

En cualquier caso, Bombín, a las nuevas generaciones, les deja su historia porque, “aunque no les importe, tiene sus reflejos”.

….. ……
 
Éste es quien se me ha ido hace unos días. Es como si del árbol te soplaran de un solo golpe todas las flores a que alcanzas a mostrar a la primavera. De tajo certero y directo, el soporte vital desaparece y se lo llevan a algún presunto Parnaso. Este artículo lo hice con profesionalidad y mucho cariño, hace casi dos años, para un medio de comunicación en el que ejercía desinteresadamente y, sobre todo, con un enfoque radicalmente opuesto con el que se suelen cubrir los ríos de la información de muchos medios. Nada de guerras, bondades, gripes porcinas, veleidades ni ensañamiento. Sino mostrar al lector la verdadera intrahistoria de muchos seres anónimos, pero con una vida insólita y digna de ser mencionada. E aquí una de ellas, que además pasa por ser una de las que han poblado mi vida durante la última década: unirme a seres humanos del talante de Juan Miguel, por cuanto de él me atraía ese absoluto humanismo y vivir tranquilo. Desde la publicación en el medio donde colaboré, éste reportaje se ha ido haciendo éco y ha aparecido en sucesivos portales de información. Y por lo demás, esta es la mejor línea a dejar en un medio que ha perdido cierta sensibilidad para en aras de querer parecerse más a una red social. Seguir trabajando y dejar contenidos útiles.  Un abrazo donde quiera que éste, a él y a los que compartís conmigo este viaje.
 

VUELOS

 

 

 

VUELOS

Hoy te alcancé al vuelo
y tumbé sobre mis manos
tus alas ligeramente tristes.
El viento ha abreviado
el timón verde de esos ojos.
Además de triste pareces
un poco cansada del aire.
Es normal que el aliento
nos afloje la cintura
y caiga exhausto el abrazo
como el pasajero
del último tranvía.
La ciudad es nuestro
buitre voraz y cada vez
que agita sus garras grises
tiemblan nuestras alas
y en el cielo se abre
un toque de queda.
Menos mal que
nos tenemos aquí
nos soñamos al lado
nos sabemos al alcance
para caer en manos del otro
cuando no podemos volar.

 

CRÓNICAS DEL DESPERTAR

 
 


Mario Benedetti, caminando en el exilio de Buenos Aires (1973)

 

Si me sirve la vida
que es vida hasta morirse
el corazón alerta
si me sirve
Me sirve cuando avanza
la confianza
Me sirve tu mirada
que es generosa y firme
y tu silencio franco
si me sirve
Me sirve la medida
de tu vida
Me sirve tu futuro
que es un presente libre
y tu lucha de siempre
si me sirve
Me sirve tu batalla
sin medalla
Me sirve la modestia
de tu orgullo posible
y tu mano segura
si me sirve
Me sirve tu sendero
compañero.

Mario Benedetti

 

CRÓNICAS DEL DESPERTAR

A Mario y aquella para la que soy 
su dulce sombra, su sol más añorado

 

Cuando me despierto, lo hago a una hora determinada. A una hora en que el sol revienta la ventana o se aproxima el gozoso abrazo de la mujer amada. O puede que ambas cosas. Sí. Ambas. El rayo prominente de luz y la desnudez dulce de unos hombros rebosantes de fuerza. Es pues la luz la que se encarga de provocar disturbios en los ojos somnolientos, así como el abrazo de partir en dos el alma y reunir los pedazos de nuevo.

Esta mañana me desperté tan temprano que no supe qué contestar a la ventana. No he soñado con la fluidez del metro. Ni con los cinco minutos que separan un tranvía de otro. Tampoco soñé con calabazas ni con gruesas colinas de tabaco. Más bien soñé que los sueños se están cumpliendo. Y para más hazmerreir de la almohada, estaba soñando despierto.

Quiere decir que los sueños son lanzas en los ojos vivos. Que no hay que limitarse a soñar con los ojos vacíos. Que soñar con los vacíos no conduce a nada. Que soñar con los ojos así de abiertos, de par en par, como una ventana, nos hace operativos, sagaces y ruidosos. Nos lleva a la movilidad del alma. Nos lleva en todas direcciones, siempre hacia adelante, y particularmente, hacia la mujer que amas.

Hoy empiezo a soñar de nuevo, en una ciudad distinta, poco amable con los extranjeros, hipócrita con los corazones de dulce sombra y peleona con los fiascos de la soledad. En la ciudad donde vivo, el abrazo es como el pan de un pobre. El abrazo es la primigenia necesidad del alma convencida de que lo mejor está por venir, y todos los días has de estar trabajando en esa mejora sustancial. ¿Y quién nos da entonces abrazos? Porque las noticias vuelan como cigüeñas, pero no se hacen sus nidos en los campanarios de las iglesias. Porque parece que vivimos en la rutina del cambio y en el prodigio de la multiciplicidad de cuerpos.

Casi todos soñamos con abrazos numerosos y de naturaleza cuantitativa. Cuántos más mejor. No importa el credo ni el color del paredón. Abrazos blancos. Abrazos azules. Abrazos verdes. Abrazos negros. Abrazos rojos. Es más que probable,  que detrás de tanta casuística del color, haya muchos que no son sino producto del bote y no de su natural coloración. Es decir: simple obra del engaño o del espejismo.

En cambio, yo prefiero despertarme con unos pocos colores. Casi uno, brillante y feliz. Qué carajos. Uno que sea fértil y donde convengan casi todas las razones que disponemos para vivir. Un color que sonría y que dé lo mismo que se enfade uno de cada siete días. Los colores son así y no han nacido para disfrazar el detalle. Los colores se aman porque sí y no hay más qué decir.

Despertarse con un color es como sentarse en la mesa y oler el salvaje aroma del café. Es como volverse aire y convertirse en asombroso vapor de café y alcanzar la nariz que amas. Y llegar al vacío de su alma y llenársela de campos de maíz y tallos de cereal. Como añadir bisagras a dos seres humanos, para que se abran y se cierren entre ellos.

Entonces, hoy soñé con el mismo color. Con uno sólo. Con el mismo que me acompaña desde hace cuánto más tiempo mejor. A pesar de que el lecho es como el exilio cuando duermes en soledad, hay una diferencia fundamental entre esa situación y el verdadero exilio padecido: el lecho es una patria a la que se vuelve a dormir cada tantas horas; la patria es un lecho de que te expulsan y dios sabé cuándo volverás a dormir en ella.

La soledad de los dormires es necesaria y hasta imprescindible. Por variados motivos. Aunque para mí sean dos los que sustentan la corona del corazón: Por el sencillo trajín de aprender a echar de menos y porque es una forma intangible de quién el "otro" sigue estando en nosotros. Echar de menos la mirada apaciguada e imaginar que, pese a todo, ahí sigue observándonos con la misma pasión que lo hacemos nosotros.

Además de soñar, desperté con el mismo color. Con el absoluto e incendario verde. Con el telón de la primavera. Con las corrientes del Tajo salpicando los jardines de Aranjuez. Con las llaves encima del escritorio. Con la lluvia en alguna parte de otros hemisferios.

Pero además de ti, me falta algo. A los dos. Nos falta algo que se ha ido mientras estábamos dormidos. Nos falta Mario. Nos falta el poeta que ha definido nuestro amor en la palabra militancia. Y al erguirme lo necesario como para tenerme en pie, fue lo primero compartí contigo: el abrazo de un poeta ausente.

Ahora que me he levantado y es el primer día en que el color verde me presta otra de sus casualidades, el diluvio se lleva a un gran poeta pero nos regresa un mar inmenso. Hoy inicio otro punto de inflexión en la nueva ciudad y Mario sobrevive en nosotros porque le recordamos. Y le mencionamos en nuestro camino.

Aitor Arjol
18 de mayo de 2009

Eran poco más de las seis de la mañana cuando me enteré de la muerte de Mario. Recién despierto. Con las golondrinas urbanas zumbándome dulcemente los oídos. La gran ciudad también se relame y bosteza. La radio extrajo la noticia como si se tratara de la espina de una rosa. Tal era el diluvio premonitorio que me habían contado. Es como si ese hombre no tuviera derecho a irse así por las buenas. Porque le diera la gana y fuera a cumplir el papel que a todos nos corresponde en la vida. Recordamos cuando Mario iba todos los días a visitar a su mujer, con quien pasó los últimos sesenta años de su vida, ,maltrecha por el Alzheimer, en su geriátrico, allá por las cumbres llanas de Uruguay. Recuerdo que fue mi primer poeta iberoamericano. El primero que surgió de otra órbita que no fuera la península o el catálogo educativo. Quién como él para derribar nuevas fronteras. De él aprendí compromiso, verbo, estilo y humanidad. No podía soportar el hecho de que se fuera con las manos vacías. Y se las llené, a él y a aquella que me las llena todos los días.

 

 

CRÓNICAS DEL DESPERTAR

 
 


Mario Benedetti, caminando en el exilio de Buenos Aires (1973)

 

CRÓNICA DEL DESPERTAR

Cuando me despierto, lo hago a una hora determinada. A una hora en que el sol revienta la ventana o se aproxima el gozoso abrazo de la mujer amada. O puede que ambas cosas. Sí. Ambas. El rayo prominente de luz y la desnudez dulce de unos hombros rebosantes de fuerza. Es pues la luz la que se encarga de provocar disturbios en los ojos somnolientos, así como el abrazo de partir en dos el alma y reunir los pedazos de nuevo.

Esta mañana me desperté tan temprano que no supe qué contestar a la ventana. No he soñado con la fluidez del metro. Ni con los cinco minutos que separan un tranvía de otro. Tampoco soñé con calabazas ni con gruesas colinas de tabaco. Más bien soñé que los sueños se están cumpliendo. Y para más hazmerreir de la almohada, estaba soñando despierto.

Quiere decir que los sueños son lanzas en los ojos vivos. Que no hay que limitarse a soñar con los ojos vacíos. Que soñar con los vacíos no conduce a nada. Que soñar con los ojos así de abiertos, de par en par, como una ventana, nos hace operativos, sagaces y ruidosos. Nos lleva a la movilidad del alma. Nos lleva en todas direcciones, siempre hacia adelante, y particularmente, hacia la mujer que amas.

Hoy empiezo a soñar de nuevo, en una ciudad distinta, poco amable con los extranjeros, hipócrita con los corazones de dulce sombra y peleona con los fiascos de la soledad. En la ciudad donde vivo, el abrazo es como el pan de un pobre. El abrazo es la primigenia necesidad del alma convencida de que lo mejor está por venir, y todos los días has de estar trabajando en esa mejora sustancial. ¿Y quién nos da entonces abrazos? Porque las noticias vuelan como cigüeñas, pero no se hacen sus nidos en los campanarios de las iglesias. Porque parece que vivimos en la rutina del cambio y en el prodigio de la multiciplicidad de cuerpos.

Casi todos soñamos con abrazos numerosos y de naturaleza cuantitativa. Cuántos más mejor. No importa el credo ni el color del paredón. Abrazos blancos. Abrazos azules. Abrazos verdes. Abrazos negros. Abrazos rojos. Es más que probable,  que detrás de tanta casuística del color, haya muchos que no son sino producto del bote y no de su natural coloración. Es decir: simple obra del engaño o del espejismo.

En cambio, yo prefiero despertarme con unos pocos colores. Casi uno, brillante y feliz. Qué carajos. Uno que sea fértil y donde convengan casi todas las razones que disponemos para vivir. Un color que sonría y que dé lo mismo que se enfade uno de cada siete días. Los colores son así y no han nacido para disfrazar el detalle. Los colores se aman porque sí y no hay más qué decir.

Despertarse con un color es como sentarse en la mesa y oler el salvaje aroma del café. Es como volverse aire y convertirse en asombroso vapor de café y alcanzar la nariz que amas. Y llegar al vacío de su alma y llenársela de campos de maíz y tallos de cereal. Como añadir bisagras a dos seres humanos, para que se abran y se cierren entre ellos.

Entonces, hoy soñé con el mismo color. Con uno sólo. Con el mismo que me acompaña desde hace cuánto más tiempo mejor. A pesar de que el lecho es como el exilio cuando duermes en soledad, hay una diferencia fundamental entre esa situación y el verdadero exilio padecido: el lecho es una patria a la que se vuelve a dormir cada tantas horas; la patria es un lecho de que te expulsan y dios sabé cuándo volverás a dormir en ella.

La soledad de los dormires es necesaria y hasta imprescindible. Por variados motivos. Aunque para mí sean dos los que sustentan la corona del corazón: Por el sencillo trajín de aprender a echar de menos y porque es una forma intangible de quién el "otro" sigue estando en nosotros. Echar de menos la mirada apaciguada e imaginar que, pese a todo, ahí sigue observándonos con la misma pasión que lo hacemos nosotros.

Además de soñar, desperté con el mismo color. Con el absoluto e incendario verde. Con el telón de la primavera. Con las corrientes del Tajo salpicando los jardines de Aranjuez. Con las llaves encima del escritorio. Con la lluvia en alguna parte de otros hemisferios.

Pero además de ti, me falta algo. A los dos. Nos falta algo que se ha ido mientras estábamos dormidos. Nos falta Mario. Nos falta el poeta que ha definido nuestro amor en la palabra militancia. Y al erguirme lo necesario como para tenerme en pie, fue lo primero compartí contigo: el abrazo de un poeta ausente.

Ahora que me he levantado y es el primer día en que el color verde me presta otra de sus casualidades, el diluvio se lleva a un gran poeta pero nos regresa un mar inmenso. Hoy inicio otro punto de inflexión en la nueva ciudad y Mario sobrevive en nosotros porque le recordamos. Y le mencionamos en nuestro camino.

 

 

 

 
 

DOS GOTAS

 
 

 
 
"Dos amantes dichosos hacen un solo pan
una sola gota de luna en la hierba
dejan andando dos sombras que se reunen
dejan un solo sol vacío en una cama"
Pablo Neruda
 
 
 
DOS GOTAS
 
 
Dos gotas
 
estiradas
en la cumbre
 
se amasan
los muslos
 
se aman
los párpados
 
vuelven
en metro
 
comen
juntas
 
lloran
hasta que
no pueden
más
 
se debaten
en la luz
de tres
velas
 
pasean
a orillas
del río
 
cuentan
el número
de rayos
que hay
en el
cielo
 
aprenden
el idioma
secreto
de las
palabras
 
bailan
un tango
con sus
lenguas
locas
 
invaden
el silencio
con un
gemido
verde
 
se inundan
la piel
 
se enfadan
un poco
 
se dan
un beso
de buenos
días
 
se adhieren
a las lomas
ténues
del pecho
 
beben
amapolas
de los
campos
 
dudan
de lo
extraordinario

caminan

juntas
por los
aledaños
del azar
 
revuelven
sus aguas

abren
las páginas
del silencio

 
se echan
de menos
cuando
solo les
sostiene
un hilo
de voz
 
se esperan
en la llanura
de los frágiles
aeropuertos
 
se van
a trabajar
 
abren
sus cerrojos
 
se echan
candela
en las manos
 
y el amor
les reúne
en un
único
tallo