CRÓNICA DEL HUMO

 
 


Mi contertulio, Leopoldo María Panero, haciendo de las suyas con el cigarrillo.

 
 
Fumo mucho. Demasiado.
Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,
y oigo pasar la vida como quien pone la radio.
 
Leopoldo María Panero
 
 
 
CRÓNICA DEL HUMO
 
Me dice que escriba un relato corto. Que sea sobre un tema actual. Que lleve diálogo como nosotros llevamos un reloj de pulsera. Es decir, algo en lo que nos podamos reflejar en el momento de estimar qué hora es. Con un par de exclamaciones. Con la misma atención con la que la chispa del mechero brilla en los dedos percutores. Algo que inscriba palabras en nuestra memoria. Y que así se tejerá la historia. De por sí breve. Una historia que pueda navegar en no más de doce hojas. Con personajes interesantes ¿y a quién acudir? ¿a uno imaginario? ¿a los reales que me rodean pero con nombre ficticio? ¿a la voz de la radio? ¿a los que viven deprisa y trotan hacia la estación como un potro desbocado?
 
Que escriba sin tapujos. Que hable de la república o de la monarquía. No del país. Me refiero a la democracia de la inventiva. Que sea breve. Que entienda que a quien lee le interesan las cosas simples pero cargadas de futuro y esperanza. Que huya de los espacios donde solo se contribuye a halagar y echar un sermón de buenos días, o unos cuantos besos artificiales, para quedar bien con quien deja las palabras como fruta madura recién servida. Que encuentre el camino donde las historias de cuentan a docenas, en vez de a pares, y la gente se las entrega los unos a los otros, y se las comen, frugalmente, con ojos, boca y espuma. Que vaya allí donde huevo se escribe con hache y no en versión de mensaje de móvil. Que corra con los caballos. Sí. Con los caballos, porque el hombre también tiene un ser interior que vive más allá de las entrañas del exterior, condenado a sobrevivir dentro de sí mismo. Que busque aquí, en el paladar, sus crines;  en las fosas nasales, su respirar fiero; en mi piel, su ímpetu sudorosa y negra; en las piernas, su canción desorbitada; en la cuenca de los ojos, el brío categórico de su mirada.
 
Que corra con los caballos porque si la mujer corre con los lobos, también el hombre debe correr con algún animal dentro, al margen de consideraciones filosóficas. Que nadie se provea de la historia, que ha encerrado a todos en un rol determinado, y les ha condenado a cada uno, a parecer esto o lo otro. Y si no, que corran todos juntos, con lobos y caballos, y a ellos se les sumen una manada de antílopes, otra de alces, varias de corzos y una hilera de búfalos de dos kilómetros. Que todos corramos con todos. Que los animales busquen dentro y se cosan nuestro ser íntimo en el costal del esternón. Que salgan en tropel, entonces, por todos los poros de la piel, cada uno con la particular costura. El lobo saldrá con la intuición. El caballo con la energía. El corzo con el reflejo. El alce con las largas distancias. Los búfalos con su compromiso. ¿Y los demás? ¿es que no corremos con más animales? Que corra con liebres, tejones y linces. Que corra con cigüeñas, piapocos y vencejos. Que corra el ser con quienes quiera. Que el ser no sea producto del género, sino del alma. Que busque cada espíritu la serie de animales que se prodigan entre venas y candelabros. Que emigren desde las vísceras hasta las manos que escriben. Y que se realicen. Sobre todo, que se realicen. Que se manifiesten en la vida y se dejen de cuentos. Que los cuentos los hacen ellos y no el televisor. Que los cuentos vienen con nosotros y no hace falta sentarse en una mesa, acuchillar el silencio y pedir permiso.
 
Que los animales que vengan sean sinceros. Que no fumen porque perjudica los pulmones y no deja respirar. Que tenga cuidado con el humo de los cigarros, porque pesa demasiado en la cabeza. Pero que distinga los humos de distinta naturaleza. Porque hay muchas personas que se regresan con malos humos, le pegan un portazo de órdago y parece que el piso, a las dos de la madrugada, es una hecatombe, o bien los vecinos se han pasado con el ritmo que sus muslos desplegan en el somier. Porque luego hay menganos que, cuando hay problemas, desviaciones de fondos públicos, mileurismo o problemas de la ciudadanía para llegar a fin de mes, se dedican a poner cortinas de humo para distraernos: se tiran un pedo para que los medios pongan en primera plana la noticia durante toda la semana, o bien se ponen a inaugurar centros o a salir en las fotos, como si fueran niños traviesos.  Porque también hay pacientes obreros, que están que echan humo, por eso de que suben los impuestos y en las revistas siempre salen los mismos: que si el nene de la preciosa mengana celebra su cumpleaños con la prole de su barrio, que si ahora salgo con una tía cañón que conocí en la inauguración de la nueva línea de cosméticos para perritos con el pelo teñido de azul celeste o que tío y sobrina, o viceversa, de la misma familia, se espían el uno al otro, a través de detectives y ballesteros contratados con erario público.
 
Que atienda al humo del fuego. Eso. Al humo de las llamas, ya que es señal de buen agüero, pues donde hay fuego hay muchas historias que contar. Que el fuego calienta la curiosidad y además anima los corazones fríos. Que acuda a lo que cuentan, por si acaso, de las comunidades donde no había lavabo, salón o latas de refresco: aquellos ancestros convertían la hoguera en un devenir. Allí desfilaban las historias como los cacahuetes en la voracidad de un niño. En los labios de una anciano, o la calvicie del relator, las historias surgían como por arte de magia, y no tenían nada que ver con la retórica superflua de muchos oradores de pacotilla, vestíbulo y comisión. Aquellos eran verdaderos cuentistas y estos otros unos vulgares cuenteros. El de la capa raída, y tez dorada, gesticulaba y, al pronto, el fuego se convertía en el creador de la hierba y su humo en el discípulo que puso pétalos a las flores porque la materia herbacea, por sí sola, era más aburrida que el discurso de una lavadora cuando centrifuga la ropa. Había que ver sus palabras, entonces, como malabares, en el brillo circunstante de los presentes, aprehendiéndolas, distribuyéndolas por los confines del cuerpo. Ese es el humo que importa. El de la escucha. No el del simple manifiesto. El humo que es como la polvareda que levantan los animales que llevamos dentro.
 
Así es como empecé a escribir. Con el humo de la respiración. Con el polvo de los animales. Con el regimiento de pensamientos, uno detrás de otro, encima, delante o donde tuviera un espacio. Salí a la calle. Danzamos. Poblamos el sendero de mamíferos y los árboles de aves. Nos dimos un beso en la calle Alcalá y tamaño abrazo tumultuoso frente a la mirada de un puñado de beatas. Tú dirigiste la mirada resuelta a la casilla del alfil y yo las manos, a la diestra del peón. Humo de ajedrez. Humo de militancia. Humo de un poeta que encendía su eterno cigarrillo en la caseta de una editorial. Así empezó la historia. Con el mejor humo que el ser humano provoca para construirlas: leña desnuda y una yesca comprometida para encenderla.
 
 
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CRÓNICA DEL LIBRO

 
 

 
De tanto escondernos
ya no sabemos
buscarnos
 
el camino
se hace sólo
cuando cada uno
encuentra el suyo
 
pregunta
y espera,
las partículas
de la respuesta
están naciendo
 
Abou Azzedin "Azzouz Mohamed"
 
 
 
CRÓNICA DEL LIBRO
 
Se dice, comúnmente, que los libros son los altares de las palabras, pero, ¿qué es un altar exactamente? Señala la Real Academía de las Deficiones que por altar debe entenderse un "montículo, piedra o construcción elevada donde se celebran ritos religiosos como sacrificios u ofrendas". Un montículo de hojas teñidas de tinta, de tinta elevada a la palabra escrita. La construcción del hombre que, en teoría, piensa, otea los alrededores, besa los espacios propios y ajenos, y que, por alguna extraña razón no consentida, deja todo ello contenido en letras impresas, con distintas tipografías, como si fueran sentimientos descifrados del jeroglífico del intelecto. Los libros serían, entonces, la lámpara de Aladino, o la piedra de Rosetta, a medio camino entre la pregunta y su respectiva respuesta. Aunque la metáfora alude a algo que está elevado sobre los aires, por encima de todas las cosas tangibles, incluso de la ciencia, tan poco dada a atar la verdad unos metros más arriba de otras posibilidades.
 
¿Por qué los libros son un altar elevado? ¿están más allá del alcance del buen hombre? ¿son obra de brujos o demiurgos que transmiten los conocimientos, de generación en generación, gota a gota, haciendo del aire un pretexto para respirar? A menos que fueran una pila de ellos, y fueran sucediéndose en las alturas. A menos que estuvieran agrupados en las estanterías, esperando la curiosidad de las manos. A menos que estuviéramos de paso y hubiera que aprovechar el trayecto para llenarnos de letras. A menos que nuestra amante guste de tomar cualquiera, al azar, porque la curiosidad le llena el corazón como el caldo a una olla. A menos que los libros respiren en igualdad de condiciones y, al tocarlos,  notes cómo ascienden y descienden las tapas paulatinamente, al ritmo de sus pulmones. A menos que existan los naufragios contenidos en una página o las islas laberínticas en otro capítulo. A menos que una ballena haga pedazos una goleta o del epílogo sobresalga la guarida de una selva. He de responder que sí.
 
Los libros son elevados por una cuestión de magia, no de altura ni verticalidad y, siempre que cumplan con esa condición paritaria, que no de elevación, son elevados en sí. Altos en valor. Esenciales en conocimiento. Importantes en historia. Precisos en cálculo. Certeros en puntería. Explícitos en la sensualidad. Artistas de la encuadernación de las aventuras. Especialistas del viaje editorial. Cargamento de ficciones. Espejo de vidas reales y fidedignas. Caballos al trote de sus autores, con ese mismo ruido pacífico pero intenso que nos produce el escuchar, atentamente, un bolero de Celia Cruz, y nos revelan la forma del silencio, o el matiz de un pecho, o los labios envueltos en el velo del deseo, o el viento acoplado a tu paisaje.
 
La magia del libro, sin embargo, una vez llega a pie de escenario, al ruin mercado, a los oscuros patios de la competencia, o a la desgastada vida de los escritores, en la calle, en los postigos, en los actos oficiales; la magia se desvanece en un cruel espectáculo. El libro se hace mercancia. Las palabras se venden a diferentes valores. A algunas se les da más no porque lo merezcan, sino porque se invierte más en darle brillo que en manifestarlas con objetividad. Hay palabras y libros en los que la máquina de hacer billetes les presta magnificiencia, saber estar, vocación de best seller y adjetividad de ser "la obra del siglo" o la "revelación del año" según la crítica más reparadora cuando, lo más seguro, hay más betún que piel de zapato. Pretenden que la elevación sea cierta y que unas historias valgan más que otras por una simple cuestión de vanidades, y a muchos escritores, no les queda más remedio que sonreir, de forma desdichada, para dotar a sus obras de un digno mercado. Algunos con desdén. Otros por necesidad. Otros pocos, aguantando el temporal, porque lo verdadero de sí mismos está mucho más allá de la mesa de firma. Lo verdadero está oculto y yace detrás de las estrellas. Al otro lado del latir del parque. En sus ojos. En su puesta del sol.
 
En los ojos de esos otros escritores veo ese quebranto. La elevación primigenia del libro. Siento cómo sus ojos se rompen si doblas la página del libro que han escrito. Observo que se rascan la mano izquierda si pasas la punta del alfiler por la página treinta y dos de la antología. Veo que sonríen si sonríes por el capítulo cuarto. Percibo que les aguarda una emoción contenida si, de repente, te conmueve la última tromba que le mojó la chaqueta al pasar por el epílogo como un prisionero que extrae gotas de agua. Les palpo el pecho zumbante y respiran igual que sus libros. Dicen "hoy" y el libro responde "mañana".
 
El libro es la mayúscula de la minúscula del escritor. O viceversa. Unos pintan su historia, alrededor, con elementos grandilocuentes, mientras otros se remiten al oficio, y se vuelven más simples, comprometidos y puros. Dejan insultos donde los hay. Ponen flores donde crecen y no donde hay jarrones. Sitúan crepúsculos donde cae el sol y no en el lugar donde cayó la última bala del asesino, después de la algarabía. Denuncia donde crece la injusticia y se pone al servicio del soñador. Y donde hay dos centímetros de mierda, lógico que explote y deje, bien visible, una botella de licor de almendra, o un diminuto lucero, para que vean que, entre palmos de ebriedad, hay simiente de esperanza. Qué será cosa del surrealismo o de los amaneceres de tal o cual estilo. Da igual. Que lo harán Cortazar, Borges, Machado, Benedetti, Lorca o Blas de Otero. Que será algún vivo o uno bien muerto. Es lo mismo. El libro sobrevive y trae al creador. Lo rescata. Nos cuenta que fumaba como un cosaco o contaba olas con una copa de ron. Nos recuerda que iba a Finca Vigía o frecuentaba la Calle Estafeta de Pamplona. Que viajaba más que un trashumante. O historias más tristes. Que son historias por decirlo de una manera más amable. Que fueron torturados. Que se pusieron la camisa del preso o casi les mataron. Que les asesinaron varias veces. Que cada vez que les mataban se hundía su dignidad en el piso de una celda. Que escaparon por los pelos de un campo de concentración. Que una mujer le esperaba en la estación de Moscú ignorando que ya había fallecido en las afueras de un gulag. Que dejó correr las olas en el mar de la Plata. Que desembarcó en Baeza después de la muerte de su mujer. Que le asestaron unas cuantas descargas de Mauser y le tapiaron con tierra en la carretera entre Viznar y Alfacar. Que fueron veintitrés años de exilio y sesenta y tres de duende y todavía lo puede contar.
 
Esa es la elevación más ardiente del libro. La de rescatar la vida de los esteros del olvido. De levantarnos de la siesta. De prodigarnos una bofetada si hace falta. De sacudirnos del nefasto bohío en que medios, sociedad y ocio han convertido la cultura. Pues la cultura no es, ni lo que se vende, ni lo que se aplaude, sino lo que se vive. Cultura es mirar a alguien a los ojos y escuchar atentamente lo que tiene que decirte. Sea a través de la palabra en el libro o en la boca. Respirar el aire. Abrirse camino entre hojas, lo mismo que entre muslos. El libro respira. Late. Se eleva. 
 
 
 
 

CRÓNICA DEL SUEÑO

 
 
 
 

De lo posible a lo probable
del sueño a la realidad hay como mares
playas nocturnas donde animales de pico descarnan
formas mojadas por los jugos del corazón
 
así
viajamos del pecho al seco sol que dora la maravilla
o existir
 
Juan Gelmán

 
CRÓNICA DEL SUEÑO
 
El hombre sueña. El sueño siempre le ha acompañado. Es tan antiguo o más que el hacha de piedra. Nació con él. No todos han querido o tenido la oportunidad de practicarlos. Quienes no han querido es porque se han dedicado al menester de destruir los sueños de los dos. Basta con un tiro de bala. Con una picana. Con un salto desde el helicóptero sin paracaídas. Con cortar las manos a quien toca la guitarra. Con arrancar al lengua al que escribe. Con fusilar a unos cuantos en la tapia de un cementerio. Quienes no han tenido la oportunidad son tan numerosos como quienes han sido privados del sueño. O más. Innumerablemente más. No quiero hacer números porque sería una demagogia dolorosa. Robar sueños de forma impune o arbitraria sí es como cortar la chispa de un mechero. Aunque luego uno se pregunte a dónde van los sueños robados. Si a la tierra prometida o las raíces del árbol que crece a la vera. Qué fugaces son los sueños robados y qué felices deberían ser quienes los tienen y aún disponen de tiempo, espiga o mineral para practicarlos. Es algo que deberían considerar aquellos que tienen una vida plena, al alcance, no les falta de nada, pueden ir de aquí para allá, pero aún se consideran infelices porque viven agobiados por la loca carrera de la felicidad, por la cultura del sueño, que nada tiene ver con los sueños de toda la vida, sino con un mundo artificial y paralelo, donde se siembra más la felicidad de invernadero, que la felicidad al aire libre. Esa felicidad. Ese sueño que nos deleita en los pequeños detalles.
 
El sueño de sentarse en un banco, por ejemplo, en el área más centrica de una pequeña ciudad. Ver la gente pasar. Unos asombrados. Otros en pareja. Algunos con el bote de la colecta, apretando a quien tiene poco en colaboré algo en algo por caridad, más que por compromiso. Y uno preguntándose, porque ese sueño no se pone en aquellos que, en vez de colaborar, abusan de lo que los ciudadanos ya han colaborado con los impuestos públicos, o se dedican a la usura, el robo, la especulación o el delito económico fragrante, riéndose de todos los arrieritos en sus propias narices. Tampoco es cuestión de menospreciar, no obstante, la pequeña y abundante generosidad del semejante, que sí colabora, y hace una vida semejante, con su laburo, su parrilla, su café de mediodía y los hijos trotando entre la sombra diáfana de los árboles sembrados en el paseo.
 
Sueño que me siento y escribo. Que escribo y vienen una pareja tomados de la mano. Pero no una pareja al uso. O sí. Una de tantas, pero que deben llevar, por lo menos, cincuenta años juntos, y no han variado sobremanera su hábito de tomarse el uno al otro como el otro al uno. Tantos años llevan soñando que terminan por sentarse a mi lado antes de reanudar el paseo media hora después, mientras espero, echo un vistazo, escribo y busco las diez y media en alguna parte del reloj y en muchas partes del corazón. Qué país más distraído éste si por mi sueño fuera. Un sueño sencillo y percutor. El gatillo del mediodía. La carcoma que en vez de raer me compone una vida nueva. Mis termitas nacieron al revés. Desmoronan los castillos en el aire que son frágiles y los edifican enfrente mío, en la vida de a pie, dentro o fuera del despacho, en la próxima acera, en el aparcamiento de carga y descarga, en el orondo plato de churros recién salido de la curtuduría, o en el mensaje que acabo de recibir, contándome que salta el contestador automático como si fuera un atleta olímpico. Pero no. Es que un amigo creía que habíamos quedado en otro lado para desayunar y nos confundimos de sueño. Tranquilo, que no es un sueño roto, sino una confusión de calles, le digo entonces. Soñaremos la semana que viene, le confirmo. Después sonrío. Él también.
 
La simpar pareja también se levanta. Corre el aire. Retomo la lectura. El bolígrafo pende de mi mano izquierda. Soy zurdo para soñar. Soy frontal para amar. Soy revolucionario para actuar. Soy militante para soñar. De repente el sueño prosigue. Las termitas remotan su labor. El sol cae y hace punto con los rayos. El banco es como un niño que duerme la siesta pero respira como el revoloteo de una mariposa. Otro sueño me reclama que debo beber del camino que enfrento desde hace meses. También un primo del sueño anterior confirma que además de beber, debo perseverar, y acariciar los espacios comunes como si fuera el grumete de sus velas, o el pescante de su rumbo. Así como el sobrino de los dos anteriores, sentencia que hay que estar bien despierto, y pensar que compartir los sueños no es un acto de pérdida de individualidad, sino de obtención de una individualidad más grande y compartida. Una individualidad colectiva. Así es. Porque los sueños no son como un plato que se da al que tiene hambre, en el sentido de que haya que esperar a que suceda el apetito, sino que el sueño debe sorprender al estómago ajeno, así nomás cuando esté dormido, para que se percate de que sus jugos siguen vivos y sus caballos corren dentro, como el viento adherido a las ramas.
 
La pareja se ha alejado. Miro las firmas más recientes. Joaquín Sabina ha dibujado una mujer de labios cubistas entre los artículos del fallecimiento de Benedetti. De su propio puño y letra, junto a Marcos Ana y Gioconda Bellí, los cuales ya van conmigo a todas partes. Qué feliz seria el vate uruguayo de saber que su esencia prospera con buenos vecinos, y tanto o más si supieras que también circula con las letras de otros sueños, más íntimos, que trabajan como yo, aunque a diferente hora, y lidian con una multitud generosa de ciudadanos, así por turno, porque solucionar problemas requiere un orden y una sonrisa, no fuera a suceder como ese chiste que cuentan que entraron un tropel de simpáticos señores a la consulta del médico, y éste, sorprendido, les reprende a ver por qué tanto tumulto y abundancia en el número de pacientes. Y claro, es que en la puerta ponía que se atiende de siete a once. Así cualquiera.
 
Me gusta esperar a los sueños. Esperarles sentado, mientras construyo otros pocos. Mientras los escribo o los leo. Mientras los comparto invisiblemente. Hasta que los sueños que espero salen. Sólo tienen veinte minutos, pero a mí me parecen varios años. Eso es lo bueno que tienen los sueños: que no obedecen imprescindiblemente al requisito del tiempo. Que para ellos el tiempo no existe, sino la intensidad. Y desde luego, tengo un sueño enorme, pero no quiere decir que esté a punto de dormirme y con ganas de mecer la alhomada, sino todo lo contrario: se trata de abundancia y no de somnolencia. De reflejo y no de espejismo. De principios y no de vacío. De corazón y no de traje. De torrentera y no de aceña seca. Tengo sueño de existirte.
 
 
 

CRÓNICAS DEL APELLIDO

 

Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.
qne entran la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora:
la luna, mi dulce amante.
Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.
Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.
 
Marcos Ana
 
 

CRÓNICAS DEL APELLIDO
 
 
Lo llevamos detrás del nombre. Como la palmera lleva la luz de
su filo verde. Somos parte de él. Como el vino que circula airoso en el interior
de un pellejo. Nuestro apellido determina que la mano se pose de una u otra
tesitura en la mejilla, para mostrarnos una parte del pensamiento. Aunque la
costumbre documental ha hecho que nos proveamos de dos a falta de uno, rezando
así en el documento de identidad, o en la cédula que nos individualiza: somos
mengano de tal y tal, tenemos tantos años y somos nacidos en una villa de tantos
habitantes, y tantos puentes, y tantos dividendos, y tantos recuerdos.
 
El apellido es la crónica del espacio que nos antecede. El
vástago de nuestras raíces. La rama del corazón. La sombra familiar que sigue
prestando frescura cuando el verano dirige el amargo calor contra nuestas
sienes. Se trata de la identidad objetiva. La de poner un punto y coma al
nombre. La de individualizarnos en la medida de lo posible, para satisfacer
impuestos, identificarnos frente a cualquier gestión, o dotar de un sentido al
nombre que se grita a los cuatro vientos, pero también cumple su
función más subjetiva y poética: abrir las puertas de la sangre y conducirnos
dentro, allá, a los campos de nuestras familias, a nuestros abuelos, a los
bisabuelos que cortaban hatos de espigas con una vieja hoz, a los abuelos de los
anteriores que lucharon por la independencia con una orca de madera, o al
barquero que con una cuerda acercaba mercaderías de una orilla a otra del
caudaloso río. 
 
Siempre se dirige hacia adelante. Y se sucede en cada uno de
nuestros hijos, de tenerlos. Se apropian de él como una enseña digna. La huella
de la arruga que crece en quien se va y ameriza en quien viene. Un apellido se
exilia a la tierra y otro pequeño, que apenas balbucea y anda a dos patas,
empieza su periplo por el vasto y desigual mundo. Uno se va, con su sexo y con
su todo, con sus porfías y alabanzas, con la sabiduría ardiente y la memoria
desgastada; otro se viene, con sus cabriolas e ingenuidades, con su platillo de
sopas de pan y su par de albaricoques, con su hogaza negra y los pies temblando
de curiosidad. Son como viajes de ida y vuelta, con el mismo billete pero
diferente pasajero. En pos de una saga en la que sobrevivir. A la caza y captura
de nuevos churumbeles, botijas, guaguas, nenes y criaturas.
 
Así se diga, aunque en la dirección opuesta, en vez de crear,
asimila y reintegra. Una construcción al reves. Aparente desintegración de
la herencia nominal, hacia atrás, ascendiendo ramas en busca de un tronco común,
porque varios de esos inocentes niños proceden de dos fuentes progenitoras. De
una madre pródiga en desayunos y de un padre sencillo y llano. A su vez, ambos
escalan de otras líneas donde sus respectivos apellidos estimulan la línea
ascendente de los orígenes. Peldaño a peldaño. Cada escalón es un grano de uva
y, al tercero de ellos, o al cuarto, el rácimo identifica a María, Valeriano,
Leoncia, Carmen, Teófilo, Antonio o Teodoro. A un caminero. A un sencillo
campesino. A un médico honorable. O a un cazador resumido en una escopeta de
doble cañón y una perra que caza las pérdices con un solo bocado. O a una mujer
que después de dar de comer a los pollos baja con el cesto al lavadero, para
blanquear la ropa o almidonar la sonrisa. O a la profesora del pueblo, que hace
temblar a los niños con el flan de las tablas de multiplicar. O a otra señora
que baja con el candelabro a las bódegas para decir que habla con los muertos,
con esos que descansan a escasos cuatro o cinco metros por encima de sus canas,
en la loma de la iglesia. O a la otra con la que tomábamos café después de las
clases universitarias. O al afable y rudo trabajador de la huerta, que mira de
reojo los pimientos que tanto esfuerzo y gotas de lluvia han costado, no fuera
que cualquier mentecato se los arramplara en menos que canta un gallo. O una
anciana, con el pañuelo en la cabeza, los cabellos sobresaliendo por la veterana
faz, ofreciendo su mano a la nieta crecida y lejana. O un antiguo soldado
republicano, cuyas cenizas danzan por los montes recién bautizados con la
energía devuelta. O un sorprendente caminante, que lee apuntes en otra lengua
romance, sobre antiguos nobles voivodas y cumbres amenazadas por la invasión
proveniente del otro lado del Mar Negro.
 
Una ristra interminable de viandas familiares, separadas por
un cordel, tendidas en el granero de nuestra vida, listas para que un cuchillo
curioso y afilado las corte, digiera y el estómago de la memoria nos acaricie.
Eres tal apellido. Hijo de éste y de aquella. Nieto de ella y de aquel.
Bisniesto de una cántara de agua clara y del tapete de cuero. Tataranieto de las
nubes y de azules marismas. Médula de esos huesos. Simiente de estas flores.
Grano de una espiga moldava. Hoja de una rama castellana. Huella de un pie
andino. Músculo de carne aragonesa. Filamento de tendón marino. Raíz de cabello
dorado y secano. Astilla de un palo envuelto entre pinares y escuetas matas de
romero. Cuneta de una carretera que se pierde en los páramos o advierte las
inclinaciones del terreno con una curva. Eje de una carreta. Horma de un zapato
de goma. Sonrisa de una boca. Columna de un periódico. Rayo de un sol que echa
la siesta. Mano de unos brazos que recogen cerezas salvajes para quitarles la
pepita y vestirlas de mermelada. Dientes de una mandibula que se come, de una
sentada, el pan de semillas de amapola.
 
Cada apellido es una respuesta singular. Una ola singular que
engulle historias, parapetos y tierras, durante su periplo, desde los tiempos
inmemoriales hasta el presente donde sobrevivimos, y sobrevivo, hasta
regurgitarlas enfrente de mi nombre. Si me alimento del bagaje que la ola ha
traído, entonces, mi apellido, mis apellidos, todos ellos se ponen a bailar
alrededor de la hoguera, mostrándome sus zurrón de historias. Que provengo del
campo, en ambas líneas. Que mis padres cultivaron trigo. Que les dolieron
las manos. Que mis abuelos fueron obligados a disparar contra semejantes. Que
pasaron hambre. Que ordeñaron madrugadas. Que se amaron como centellas. Que
murieron. Que el tiempo se los llevó. Que en el cementerio se han borrado sus
nombres. Que a los más viejos les queda la memoria de unos pocos. Que la memoria
se apea con la extinción del cuerpo. Que a mi madre se le murieron dos hermanas.
Que tengo más de treinta apellidos en el mismo villorio. Que otros apellidos
emigraron después de la guerra. Que unos saben francés y otro germinó en las
pampas. Que mi apellido también es un nombre común en el sur de los Balcanes.
Que los arjoles huelen a estepa aragonesa. Que el bermejo es un color cercano al
adobe. Que mis piedras han viajado de un lugar a otro, pero nunca demasiado
lejos. Que uno celebró la boda multitudinariamente debajo de un tilo. Que otro
iba a por cangrejos al río Huecha. Que otro tenía una perrita con nombre de
moneda y una mula que gastaba mala ostia. O decía que hay que hacer fuego sin
que se viera el humo o trabajar la tierra como sin comulgar con ruedas de
molino.

Así se juntaron densas moles de hombres y mujeres a mis apellidos. Dos de principal. Dos de accesorio. Como es costumbre en la península, desde hace un milenio, en que los nombres de pila se hicieron acompañar de un apodo, identificado con la geografía, la familia, una profesión o cualquier síntoma característico de la anécdota. Aunque si a los bisabuelas de los tarabuelas de mis bisabuelas les hubiera dado por dar a luz en la estepa rusa o en el mar de Azov, mi apellido ahora terminaría en sonora vocal, redonda cual cánica y grave como un templo, seguida de la uve con la que casi termina el abecedario. Pero me hicieron así. No de otra manera.

¿Qué serían mis apellidos hace tantos siglos? ¿Repoblarían alguna población fortificada? ¿acompañarían el destierro del Cid Campeador? ¿pintarían los murales de San Baudelio? ¿irían armados con una honda? ¿serían buenos amigos de Garcilaso de la Vega? ¿saldrían de jarras con Quevedo? ¿hidalgos de fortuna? ¿cortadores de leña? ¿peregrinos de unos cuantos caminos? La memoria no va mucho más allá de lo que experimentamos o nos cuenta el abuelo, sentado al candor del fuego. Sólo podemos guiarnos de la intuición, ese animal interior de pelo largo. El mío sugiere que mis apellidos nunca se andaron por las ramas, o al menos, nunca fueron monos de corte o barraganes de asamblea. Es una sensación muy viva, que siento, cuando las venas de encogen de repente, o se ponen firmes, como una ballesta. Animal de campo. Trabajador de manos. Cultivador de llanuras. Amante de muy pocas cosas. Muy amante de esas pocas. Amante hasta la medula de un par de ellas. A lo sumo, de una flor poderosa. De un rayo verde. De una aldaba firme. De una barbacana de gran carácter. De una mirada dulce y a la vez categórica. De una boca que dice que la bese pero que tampoco le escriba demasiada poesía. De otro apellido que lleva mucho del mío, lo bastante como para poner, literalmente, patas arriba, cada mundo individual. De una corriente que proviene de Piatra Neamt. De una abundancia sin parangón. De otra historia semejante. De otra intuición que ha deliberado estar junto a la mía que corre decididamente hasta la suya.

 

CRÓNICAS PARES

 

 
 
 
CRÓNICAS PARES
 
Qué hace el mes de junio. Qué hacen dos personas pocos días antes o después de las elecciones europeas. ¿Dar calabazas a la clase política? ¿Convertir el libre ejercicio de un derecho en una bofetada de abstención? Porque de ir a pares, que no impares, de ir dos a alguna parte, hemos de ir a alguna. A apoyarnos, por ejemplo, en la baranda de un palacio abierto al público, que la clase aristocrática ha delegado en las sucesivas generaciones turísticas.
 
Lo que ayer era un palacio hoy es un pasatiempo al servicio del pueblo. Si los reyes levantaran la cabeza, no sé dónde carajos se meterían, al ver que el populacho ha invadido los espacios antaño reservados a las muselinas, cuellos de cisne e historias de alcoba. Dudo mucho que mezclarse con ellos, porque por aquel entonces la mezcla de sangre estaba a la altura de una herejía y el pueblo no merecía otra cosa que el pan, la espiga, el diezmo y la esperanza divina de la vida eterna.
 
Que Dios los cría y ellos se juntan Habrá sido así. Más no creo que dos ociosos, a pie de barandilla, se preocupen lo más mínimo por cuestiones que van más allá de una simple cuestión de deducción. Las desigualdades vienen desde los principios de la creación, con independencia de sus fuentes, si de las sagradas escrituras, las ramas del árbol, las teorías evolucionistas de Darwin o la hoja temblorosa de un platanero enfrente de mi balcón, porque todas merecen la misma atención, fueran por mito o tradición profana.
 
Desigualdad tan vieja como el oficio más antiguo que se practica y que es como una chicharra que se sienta en un tronco caliente, resistente y consustancial a nuestro verano. Aunque de ella no solo nace el quicio de la brecha y la separación arbitraria de riqueza y desarrollo humano. Lo que no es igual no sólo es desigual, sino también diverso. Es así como nace la misma característica par de los amantes que se juntan para contarse números o de la cuerda que une sus dos extremos en un nudo. Dos diversos y diferentes. Desiguales desde que los consideramos diferentes, pero iguales antes sí. Dos luceros pendientes de la tarde que cae sobre la fronda del jardín.
 
No sé quiénes son ellos dos. Si españoles de pura cepa. De esos donde ella es de los campos de Extremadura y él de la temblorosa nube de Orense. O si son de las aguas de Coimbra o de los mansos páramos  del sur portugués. O si huelen a los antiguos bosques de Valaquia y comparan los jardines con la sangre verde de su país. O si son los padres de algún nieto que anda en soledad, practicando el tiro al pichón con las flores del tilo. O si son los míos, estudiando el vuelo de las golondrinas sobre la laguna. O los tuyos, que dejaron, no más de un par de minutos, su hábito de madrugar para cultivar la tierra, para venirse hasta aquí, por alguna calle dormida, y despertar frente a mí. O si son los de él, o los de ella, o los de aquella, o los de aquel, muchos pares de padres, o cientos de pares de tíos, o infinitos pares de abuelos, escrutando las copas de los árboles, por si acaso se esconden las cerezas salvajes que buscan.
 
Pares con una mirada cierta. A los que les parece que la vida es un constante debate entre pares que se expanden hacia una frontera opuesta pero luego se regresan al punto donde están pendientes del uno del otro, como una semilla en flor. Pares que se eligieron para tomar una jarra de luz. Entre el suave aguijón del viento, que campa a sus anchas, por las alamedas. Pares que suspiran porque la tarde está cayendo y eso, les hará volver a la gran ciudad, a revolverse entre el gentío que arranca las flores y juegan a pisarse los talones en las grandes avenidas.
 
No importa quiénes sean. Lo importante es la lectura de sus ojos. Así sean azules, negros o verdes. Así tengan las manos apoyadas en el hierro fraguado o en la piedra que imita el recipiente de un corazón. Sus ojos. Sus miradas. Los canales que dibujan los párpados al fijarse en la luz. Dentro de sus ojos. Dentro de ellos mismos. La historia que navega en sus carnes simples. Los guijarros de sus venas. Los meandros de sus décadas. Todo lo esencial está en ellos. 
 
Ellos podrían ser cualquiera. Pensemos que también nosotros. Que la raíz penetra hondo y nos hace arbustos de energía. Que si ambos nos quitamos, vos la blusa y yo la camisa, cada uno tiene unos volumenes diversos, pero asimismo una paridad en la que amarse, sentenciar, o dirigir el dedo hacia algún punto del horizonte. Somos pares.
 
 
 
 
 

CRÓNICAS DEL PAN

 
 

 

A partir de entonces, cada día, cuando el sol estaba lo bastante alto como para infundir corporeidad al quieto aire de la mañana, el chico se deslizaba a hurtadillas por la terraza hasta la puerta, se quedaba unos segundos allí y luego decía, en un tono apenas perceptible que el gran silencio exterior hacía parecer aún más menudo y sosegado:
-Bon jour, madame
Ella decía que entrase, y se daban solemnemente la mano, tas lo cual él se llevaba a los labios el dorso de los dedos, siempre con la misma lentitud ceremoniosa.

El tiempo de la amistad
Paul Bowles

CRÓNICAS DEL PAN
 
Somos como el pan. Dentro llevamos miga. La miga se mueve. Unas veces para bien. Otras para mal. Miga de pulmones. Miga de corazón. Miga que transporta sangre con diligencia a todos los rincones del cuerpo. Aunque nos queda la siguiente disyuntiva: ¿Es la miga la que hace al alma o es ésta la que da tersura a la miga? Pues es evidente que somos como el pan, cuando un dedo nos apunta, tiembla despacio sobre la superficie la piel y se suspende sobre ella como cuando acariciamos un bizcocho. El dedo constata que somos blandos. Blanditos como una estrella. Blanditos como las colinas de un jergón. Blanditos en las superficies musculares más bellas. Acogedores en ciertas geografías púbicas, donde la humedad y el agua juegan a encontrarse con la miga del cuerpo.
 
Nuestra miga está extendida por doquier. En nuestro cuerpo. Solidaria con el tacto. Con otros sentidos. Capaz de aliarse con otras manos sabias, haciendo de nosotros una vianda heterogénea y apetitosa. Pan humano. Pan para el amante hambriento. Pan para la madre generosa. Pan para el padre trabajador. Pan para los amigos encontrados. Pan para la ciudad. Pan para los semáforos. Pan para los escotes. Pan para los muslos firmes que cruzan el paso de cebra, en la misma dirección que yo. Pan para los pechos que surgen en el anonimato de una blusa. Pan para los desiertos. Pan para las nóminas. Pan para la provisión de fondos. Pan para los tres últimos recibos del préstamo. Pan para el próximo turno de atención al ciudadano. Pan para quien pierde trágicamente a su hermano. Pan para el misterio del estómago. Pan para los puntos de una frase. Pan para la calle Alcalá. Pan para un avión estrellado en el océano. Pan para la amistad. Pan para el precio de los alquileres. Pan para la consideración. Pan para la omisión. Pan para el azar. Pan para los neveros supervivientes de la sierra.
 
La miga que llevamos dentro está en relación directa con el medio. Mimetizada como hacen los camaleones con el color de trasero. Por eso está en todas partes. No solo dentro de él. Aunque disponiendo de tanta diversidad de panes, la cuestión no reside tanto en la solidaridad entre miga y entorno,  sino en adecuar la disposición de miga a la verdadera necesidad del medio. De qué sirve pues dejar miga donde no hay corteza o no se tiene interés en montar un horno. Sería como dar margaritas a los cerdos. ¿Cómo es esa idea que fragua la miga con la necesidad?
 
Es muy fácil de entenderlo. Cuestión de redistribución y equidad social. Si la miga es un buen alimento y, en nuestro caso, metáfora de los sentimientos o valores que nos acompañan, no sería desdeñable saber a quién dar de comer con ella, y a qué. Es evidente que estamos en un mundo sometido a la brecha entre los pocos que tienen todo y la inmensa mayoría que tiene poco. Es más: los que tienen poco están obligados a declarar sus rendimientos de miga y dar un porcentaje de los mismos a esos pocos que detentan todo y no precisamente miga.
 
Se puede decir que es esa inmensa mayoría la que conforma la base social de nuestro planeta, que debe conformarse con satisfacer unas pocas necesidades en el más generoso de los casos, como vivienda, buen yantar y salud. Y su vez, es quien sustenta, con su esfuerzo y sometimiento a las parafernalias legales, al corpúsculo de élites económicas, fácticas y políticas. Tal ha sido el orden desde el origen mismo de los pueblos. Irrebatible. Aún evolucionando a lo largo de los siglos, a través de las grandes civilizaciones, presuntos descubrimientos e invasiones.
 
Tal sería la consideración del pan a un nivel mucho más global, pero reducido a la individualidad o a un colectivo reducido, el pan es susceptible de repartirse entre los justos y provocar pequeñas repercusiones con saldo positivo. Una rodaja de pan para quien la necesita en cada momento. Digamos que un abrazo, un consejo, una conversación, una comida en compañía, un paseo conjunto o un diálogo matinal sobre cómo solucionar lo reparable y mejorar lo problemático. Digamos que también ayudar al que está enfermo, en la aburrida cama de un hospital, convaleciente de más operaciones que la torre de control del aeropuerto. Digamos que tapiar los muros del silencio u ocuparse con precisa lentitud y esmerada urgencia del cuerpo que te desea. O supongamos que deslizar las manos por la cobertura abierta de un pliegue, en dirección opuesta a los pies, hacia el canal que espera el empuje de la corriente. O imaginemos que cautivar sus ojos con la inminencia del acto. O efectivamente, que suceda cualquier noche de éstas y la miga de uno penetre en el pan del otro, en una hogaza sexual sin parangón alguno.
 
Ese pan tan íntimo es susceptible, entonces, de provocar revoluciones de una gran envergadura, para nuestras vidas o seres más próximos. Porque de igual forma volcamos los restos de pan del desayuno en la servilleta, y algún gorrión dará buena cuenta de nuestro aventurado detalle. Así que de forma inconsciente, incluso la miga que desechamos revierte en suma para la vida, y alimenta seres de diminuto porte pero tamaño misterio. Con el pan se reparte, come, ama, aprecia, camina, espera o persigue. Con el pan se establece una metáfora global o particular. Enfocada en los pilares de las relaciones sociales o proyectada en el surrealismo de nuestro espíritu. El pan es mi mejor amigo.
 
 
 
 
 
 

CRÓNICAS DE LA UNA Y MEDIA

 

 
"Se tardaba media hora en tren y una hora en tranvía, que era más barato, en recorrer los siete kilómetros que separan Baracaldo de Bilbao. Pero aquel trayecto había constituido, desde siempre, para Santi, una aventura. En Baracaldo, que era pueblo grande y fabril, la vida era más sencilla y espontánea, más familiar. Allí las calles y las plazas estaban  para quedarse en ellas charlando o jugando con los demás chicos; aquí, en cambio, las calles eran como vehículos que sólo servían para llevarle a uno a alguna parte"
 
El otro árbol de Guernica
Luis de Castresana
 
 
CRÓNICAS DE LA UNA Y MEDIA
 
Poco más de la una y media del mediodía. Hora de almuerzo. De templarse un par de platos y el sonoro postre. Los pájaros danzan por los malecones de los árboles, y algunos, de mayor volumen que los singulares gorriones, como dejes estacionado el vehículo debajo de una farola, convierten el territorio de la carrocería en un acantilado de excrementos. Singularidades de la ciudad. Donde todos cabecean con la boca y oprimen a los músculos del paladar un último esfuerzo.
 
El sol cae como una lanza en calma. Eso quiere decir que el calor abundará fuera de las líneas del metro. Pero también allí, secundadas por el fragor del sudor humano y el hormigueo continuo de pasajeros en hora punta y transbordo. Mira que cinco minutos de retraso allí dentro, entre escalera y vericuetos, equivalen a un mundo perdido según las estadísticas de la globalización. Allí el paladar no se permite saborear los manjares del almuerzo. Todo lo más: van comprimidos, desde primerísima hora de la mañana, en minúsculos recintos de plástico resistentes a las microondas. Todo un espectáculo para los espacios de las oficinas reservados a los empleados voraces y sin menú del día.
 
Después del almuerzo hay que salir disparado. Como un cohete en busca de abecedario. Los cinco minutos son ciertos en cuanto cierras la puerta del portal y te entregas a las aceras y los árboles colindantes. Los gorriones parece que no significan nada y sus picoteos retornan al exilio particular de la naturaleza. Pero no es así, porque me detengo según mis pasos se acercan a la calle principal. El césped despierta reciéntemente cortado. Huele a humedad. Muchas rosas de amplio colorido subsisten en estas latitudes cerca del centro de la ciudad. Hay muchas personas anónimas que parece que llevan décadas residiendo en el barrio. Un par de palomas se sacuden las alas cual velero arriando su velamen. Calor es el que cae de allá arriba, que para principios de junio es algo más que el espíritu estival tratando de volvernos locos. Alguna nube pasmada por el azul reinante. El establecimiento donde venden los periódicos del día, con titulares tan curiosos como los escándalos políticos, la tasa de desempleo o el hueco de la nariz donde se hurga el dedo el hijo de algún famoso, al que le pagan exclusiva por semejante propósito nasal.
 
No es que tenga prisa a la una y media del mediodía, pero es que la necesidad te quiere llevar al mismo ritmo. Y dispuesto a acometer el resto de la jornada: expedientes, candiles, velas, números de serie, notas simples y conversaciones de tomo y lomo. Además, parece que últimamente la rutina se ha puesto más valiente que otra cosa y te inserta algunas preocupaciones añadidas. Pues por la noche empiezan a llamarte aventurados que buscan habitación en un piso a compartir y, o no puedes responderles porque tu corazón se halla en el menester de un libro o de los estudios, o simplemente dejan su mensaje en el contestador, y éste malévolo sistema automático se encarga de llamarte varias veces al día para decirte, simplemente, que tienes un catálogo de tantas llamadas, tantas voces y tantos ecos que quisieron ponerse en contacto contigo, a la hora señalada por el meridiano.
 
Cómo se combaten las estadísticas del mediodía no lo sé. Tal vez sea cuestión de amañar los ritmos. O de sonreir. O de fijarse en cualquier cuestión que sea diferente del día anterior, en el mismo lugar y a idéntica hora de ayer. Porque las hojas de los setos han aumentado su sombra, o reducido su tamaño, o caído alguna al vacío. O porque hay un jardinero con su buzo verde, recordándome el color que tanto amo. O porque una señora se acerca con su carrito de la compra, sobrepasados los setenta, y me sonríe porque yo práctico el mismo idioma con la amplitud de mis mejillas. O porque el geranio de una terraza a la que siempre dirijo al mirada me ha sembrado una colección de flores. O porque, en fin, me acuerdo de los míos, de los restantes, de quien me espera, de quien me vence, de quien me suscita, de mis padres, de mis geografías, de mis crónicas y de todo lo que no es mío y es de los demás.
 
Me acuerdo de tu voz. También de tus manos. Asimismo de cuando en la puerta de la iglesia dos dantzaris ejecutan una salva de pies en honor a los recién casados, junto al pórtico gótico de la iglesia. O de la cara de una aldeana, en su puesto de verduras, un domingo con los mismos goznes de rayos solares, cubriendo sus cabellos con un curioso capirote de papel, a semejanza napoleónica. O de los escuetos conversadores, que se comentan las salvedades del barrio, del pueblo, mientras uno atiende al vino de su vaso. Y así se cuentan que ellos también se prestan a esa cadena de recuerdos y rememoranzas mutuas, hasta formar una enumeración interminable de historias distintas, dejando la una y media del mediodía en un instante, a partir del cual, la crónica del corazón invade el territorio, y nos saluda.
 
Estoy seguro que, en los pueblos, la una y media no es una hora vestida de forma similar a su homónina de las ciudades. Porque allí, entre caserón y carnicería, entre bar y estanco, entre violeta y orquídea, todos caminan más despacio y se cuentan entre pares, mientras que, en la gran ciudad, esta hora pesa como una losa y convierte a los ciudadanos en una masa de cuerpos, yendo y viniendo del centro a las afueras, y viceversa. Asi que hay tantas horas como municipios, aldeas, ciudades dormitorio, grandes capitales, cerros, comunidades aisladas, masías y granjas.
 
Aunque además de eso, si nos atrevemos a pensar en la diferencia indiscutible de cada paisano, lugar o decibelio, lo que imagina o sueña una persona, mientras viaja, producto de la una y media del mediodía, también es diferente. Y cada miembro del cuerpo, por si fuera poco, también se queda con una parte de lo que soñamos. La mano con la mochila. Los pies con sus zapatos. Los muslos con su evidente danzar urbano. Las orejas con el cántico del tráfico. La nariz con el guiso de la abuela que vive en el tercero. Los ojos con la belleza que imagina si están cerrados o la que echan de menos si están gozosos y abiertos. El corazón con su trasiego. Los pulmones con añoranza de aire de la sierra. El alma con su atropellada poesía. El espíritu con otra forma de ver la una y media del  mediodía.
 
Aitor Arjol
3 de junio de 2009