CRÓNICAS DE LA UNA Y MEDIA

 

 
"Se tardaba media hora en tren y una hora en tranvía, que era más barato, en recorrer los siete kilómetros que separan Baracaldo de Bilbao. Pero aquel trayecto había constituido, desde siempre, para Santi, una aventura. En Baracaldo, que era pueblo grande y fabril, la vida era más sencilla y espontánea, más familiar. Allí las calles y las plazas estaban  para quedarse en ellas charlando o jugando con los demás chicos; aquí, en cambio, las calles eran como vehículos que sólo servían para llevarle a uno a alguna parte"
 
El otro árbol de Guernica
Luis de Castresana
 
 
CRÓNICAS DE LA UNA Y MEDIA
 
Poco más de la una y media del mediodía. Hora de almuerzo. De templarse un par de platos y el sonoro postre. Los pájaros danzan por los malecones de los árboles, y algunos, de mayor volumen que los singulares gorriones, como dejes estacionado el vehículo debajo de una farola, convierten el territorio de la carrocería en un acantilado de excrementos. Singularidades de la ciudad. Donde todos cabecean con la boca y oprimen a los músculos del paladar un último esfuerzo.
 
El sol cae como una lanza en calma. Eso quiere decir que el calor abundará fuera de las líneas del metro. Pero también allí, secundadas por el fragor del sudor humano y el hormigueo continuo de pasajeros en hora punta y transbordo. Mira que cinco minutos de retraso allí dentro, entre escalera y vericuetos, equivalen a un mundo perdido según las estadísticas de la globalización. Allí el paladar no se permite saborear los manjares del almuerzo. Todo lo más: van comprimidos, desde primerísima hora de la mañana, en minúsculos recintos de plástico resistentes a las microondas. Todo un espectáculo para los espacios de las oficinas reservados a los empleados voraces y sin menú del día.
 
Después del almuerzo hay que salir disparado. Como un cohete en busca de abecedario. Los cinco minutos son ciertos en cuanto cierras la puerta del portal y te entregas a las aceras y los árboles colindantes. Los gorriones parece que no significan nada y sus picoteos retornan al exilio particular de la naturaleza. Pero no es así, porque me detengo según mis pasos se acercan a la calle principal. El césped despierta reciéntemente cortado. Huele a humedad. Muchas rosas de amplio colorido subsisten en estas latitudes cerca del centro de la ciudad. Hay muchas personas anónimas que parece que llevan décadas residiendo en el barrio. Un par de palomas se sacuden las alas cual velero arriando su velamen. Calor es el que cae de allá arriba, que para principios de junio es algo más que el espíritu estival tratando de volvernos locos. Alguna nube pasmada por el azul reinante. El establecimiento donde venden los periódicos del día, con titulares tan curiosos como los escándalos políticos, la tasa de desempleo o el hueco de la nariz donde se hurga el dedo el hijo de algún famoso, al que le pagan exclusiva por semejante propósito nasal.
 
No es que tenga prisa a la una y media del mediodía, pero es que la necesidad te quiere llevar al mismo ritmo. Y dispuesto a acometer el resto de la jornada: expedientes, candiles, velas, números de serie, notas simples y conversaciones de tomo y lomo. Además, parece que últimamente la rutina se ha puesto más valiente que otra cosa y te inserta algunas preocupaciones añadidas. Pues por la noche empiezan a llamarte aventurados que buscan habitación en un piso a compartir y, o no puedes responderles porque tu corazón se halla en el menester de un libro o de los estudios, o simplemente dejan su mensaje en el contestador, y éste malévolo sistema automático se encarga de llamarte varias veces al día para decirte, simplemente, que tienes un catálogo de tantas llamadas, tantas voces y tantos ecos que quisieron ponerse en contacto contigo, a la hora señalada por el meridiano.
 
Cómo se combaten las estadísticas del mediodía no lo sé. Tal vez sea cuestión de amañar los ritmos. O de sonreir. O de fijarse en cualquier cuestión que sea diferente del día anterior, en el mismo lugar y a idéntica hora de ayer. Porque las hojas de los setos han aumentado su sombra, o reducido su tamaño, o caído alguna al vacío. O porque hay un jardinero con su buzo verde, recordándome el color que tanto amo. O porque una señora se acerca con su carrito de la compra, sobrepasados los setenta, y me sonríe porque yo práctico el mismo idioma con la amplitud de mis mejillas. O porque el geranio de una terraza a la que siempre dirijo al mirada me ha sembrado una colección de flores. O porque, en fin, me acuerdo de los míos, de los restantes, de quien me espera, de quien me vence, de quien me suscita, de mis padres, de mis geografías, de mis crónicas y de todo lo que no es mío y es de los demás.
 
Me acuerdo de tu voz. También de tus manos. Asimismo de cuando en la puerta de la iglesia dos dantzaris ejecutan una salva de pies en honor a los recién casados, junto al pórtico gótico de la iglesia. O de la cara de una aldeana, en su puesto de verduras, un domingo con los mismos goznes de rayos solares, cubriendo sus cabellos con un curioso capirote de papel, a semejanza napoleónica. O de los escuetos conversadores, que se comentan las salvedades del barrio, del pueblo, mientras uno atiende al vino de su vaso. Y así se cuentan que ellos también se prestan a esa cadena de recuerdos y rememoranzas mutuas, hasta formar una enumeración interminable de historias distintas, dejando la una y media del mediodía en un instante, a partir del cual, la crónica del corazón invade el territorio, y nos saluda.
 
Estoy seguro que, en los pueblos, la una y media no es una hora vestida de forma similar a su homónina de las ciudades. Porque allí, entre caserón y carnicería, entre bar y estanco, entre violeta y orquídea, todos caminan más despacio y se cuentan entre pares, mientras que, en la gran ciudad, esta hora pesa como una losa y convierte a los ciudadanos en una masa de cuerpos, yendo y viniendo del centro a las afueras, y viceversa. Asi que hay tantas horas como municipios, aldeas, ciudades dormitorio, grandes capitales, cerros, comunidades aisladas, masías y granjas.
 
Aunque además de eso, si nos atrevemos a pensar en la diferencia indiscutible de cada paisano, lugar o decibelio, lo que imagina o sueña una persona, mientras viaja, producto de la una y media del mediodía, también es diferente. Y cada miembro del cuerpo, por si fuera poco, también se queda con una parte de lo que soñamos. La mano con la mochila. Los pies con sus zapatos. Los muslos con su evidente danzar urbano. Las orejas con el cántico del tráfico. La nariz con el guiso de la abuela que vive en el tercero. Los ojos con la belleza que imagina si están cerrados o la que echan de menos si están gozosos y abiertos. El corazón con su trasiego. Los pulmones con añoranza de aire de la sierra. El alma con su atropellada poesía. El espíritu con otra forma de ver la una y media del  mediodía.
 
Aitor Arjol
3 de junio de 2009
 
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9 comentarios el “CRÓNICAS DE LA UNA Y MEDIA

  1. NO NAME dice:

    Estimado Aitor:
    Sospecho que Madrid te va a dar para escribir mucho.
    Como siempre, un placer leer tus reflexiones, tan certeras.

    Un abrazo.

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  2. NO NAME dice:

    PRECIOSO AITOR…DE UNA BELLEZA INDESCRIPTIBLE…BESOS..NÚRIA

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  3. NO NAME dice:

    Me has llevado a una ciudad a la que adoro. Y no, no es Barakaldo,es Donostia me sabe a mar, me huele a plácidas calles a medio día, a locales a la sombra de un junio cálido. Mezclas de ambientes, un paseo por Ondarreta y unos pintxos en Gros.
    Cómo lo ves?
    Preciosa entrada, Aitor.
    Besos desde el viejo reyno, con calor de junio.
    Aira

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  4. NO NAME dice:

    Que describciones, transportas a lugares que placen los sentimientos de tiempos que, aun por no vividos pormi me probocan morriña atemporal…. grande .
    El otro arbol del guernica…el libro no pero la pelicula la vi con apenas 13 años y marcado me quedo su dolor.
    un abrazo aitor

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  5. NO NAME dice:

    Ohhhh, qué hermosura de texto!!!
    Qué paseo!!!
    Imagino que el mismo de todas las ciudades abarrotadas, y al mismo tiempo, distinto, dependiendo de
    todo un poco, del sol o las nubes, de los aromas a mar o a gasolina, de los colores en las ropas de la gente…
    En los pueblitos no hay medias horas, creo. El tiempo es completamente diferente en su medida.

    Me ha encantadooooo mucho! 😀

    Un beso

    Äfrica

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  6. NO NAME dice:

    La vida discurre deprisa en las grandes ciudades….los atascos, las prisas, las horas puntas, que provocan una alterada intimidad en un mismo vagon de metro….pero tambien es donde más siento que son gotas del mismo mar por el que navego yo…
    Un beso…

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  7. NO NAME dice:

    Me he quedado colgada en la introducción. Has evocado mi primera lectura seria´: El otro arbol de Guernica", y los recuerdos se amontonan. La historia de Santi y Begoña en el exilio…Hablamos de 1.972, y durante algunos veranos lo releí. Más tarde, vi el árbol (más bien un tronco con una cerca). Hay lecturas que nos marcan a ciertas edades, sobre todo si se tienen 12 años y toda la avidez de aprender y aprehender.
    La una y media… cada vez soporto menos ese tramo horario!!!
    Preciosa entrada.
    Un abrazo

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  8. NO NAME dice:

    La crónica de la una y media. Has creado todo un universo paralelo a las horas de la madrugada, ambas unidas quizás por la duermevela. El inicio del texto, al igual de tu ubicación en los pueblos me hace pensar en el inicio de una gran novela: "La heroica ciudad dormía la siesta…"

    ¿Toda la ciudad? Toda no: el cronista debe atestiguar aquellas cosas que se escapan de la cotinianidad del día.

    Un saludo. Pablo.

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  9. NO NAME dice:

    Cada vez que vengo a leer lo que escribes, me pregunto si lo que me gusta es lo que escribes, o tu estilo al escribir.
    Creo que todos tenemos una hora para pensar..para vivir, para seguir…
    Saluydos

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