CRÓNICAS DEL PAN

 
 

 

A partir de entonces, cada día, cuando el sol estaba lo bastante alto como para infundir corporeidad al quieto aire de la mañana, el chico se deslizaba a hurtadillas por la terraza hasta la puerta, se quedaba unos segundos allí y luego decía, en un tono apenas perceptible que el gran silencio exterior hacía parecer aún más menudo y sosegado:
-Bon jour, madame
Ella decía que entrase, y se daban solemnemente la mano, tas lo cual él se llevaba a los labios el dorso de los dedos, siempre con la misma lentitud ceremoniosa.

El tiempo de la amistad
Paul Bowles

CRÓNICAS DEL PAN
 
Somos como el pan. Dentro llevamos miga. La miga se mueve. Unas veces para bien. Otras para mal. Miga de pulmones. Miga de corazón. Miga que transporta sangre con diligencia a todos los rincones del cuerpo. Aunque nos queda la siguiente disyuntiva: ¿Es la miga la que hace al alma o es ésta la que da tersura a la miga? Pues es evidente que somos como el pan, cuando un dedo nos apunta, tiembla despacio sobre la superficie la piel y se suspende sobre ella como cuando acariciamos un bizcocho. El dedo constata que somos blandos. Blanditos como una estrella. Blanditos como las colinas de un jergón. Blanditos en las superficies musculares más bellas. Acogedores en ciertas geografías púbicas, donde la humedad y el agua juegan a encontrarse con la miga del cuerpo.
 
Nuestra miga está extendida por doquier. En nuestro cuerpo. Solidaria con el tacto. Con otros sentidos. Capaz de aliarse con otras manos sabias, haciendo de nosotros una vianda heterogénea y apetitosa. Pan humano. Pan para el amante hambriento. Pan para la madre generosa. Pan para el padre trabajador. Pan para los amigos encontrados. Pan para la ciudad. Pan para los semáforos. Pan para los escotes. Pan para los muslos firmes que cruzan el paso de cebra, en la misma dirección que yo. Pan para los pechos que surgen en el anonimato de una blusa. Pan para los desiertos. Pan para las nóminas. Pan para la provisión de fondos. Pan para los tres últimos recibos del préstamo. Pan para el próximo turno de atención al ciudadano. Pan para quien pierde trágicamente a su hermano. Pan para el misterio del estómago. Pan para los puntos de una frase. Pan para la calle Alcalá. Pan para un avión estrellado en el océano. Pan para la amistad. Pan para el precio de los alquileres. Pan para la consideración. Pan para la omisión. Pan para el azar. Pan para los neveros supervivientes de la sierra.
 
La miga que llevamos dentro está en relación directa con el medio. Mimetizada como hacen los camaleones con el color de trasero. Por eso está en todas partes. No solo dentro de él. Aunque disponiendo de tanta diversidad de panes, la cuestión no reside tanto en la solidaridad entre miga y entorno,  sino en adecuar la disposición de miga a la verdadera necesidad del medio. De qué sirve pues dejar miga donde no hay corteza o no se tiene interés en montar un horno. Sería como dar margaritas a los cerdos. ¿Cómo es esa idea que fragua la miga con la necesidad?
 
Es muy fácil de entenderlo. Cuestión de redistribución y equidad social. Si la miga es un buen alimento y, en nuestro caso, metáfora de los sentimientos o valores que nos acompañan, no sería desdeñable saber a quién dar de comer con ella, y a qué. Es evidente que estamos en un mundo sometido a la brecha entre los pocos que tienen todo y la inmensa mayoría que tiene poco. Es más: los que tienen poco están obligados a declarar sus rendimientos de miga y dar un porcentaje de los mismos a esos pocos que detentan todo y no precisamente miga.
 
Se puede decir que es esa inmensa mayoría la que conforma la base social de nuestro planeta, que debe conformarse con satisfacer unas pocas necesidades en el más generoso de los casos, como vivienda, buen yantar y salud. Y su vez, es quien sustenta, con su esfuerzo y sometimiento a las parafernalias legales, al corpúsculo de élites económicas, fácticas y políticas. Tal ha sido el orden desde el origen mismo de los pueblos. Irrebatible. Aún evolucionando a lo largo de los siglos, a través de las grandes civilizaciones, presuntos descubrimientos e invasiones.
 
Tal sería la consideración del pan a un nivel mucho más global, pero reducido a la individualidad o a un colectivo reducido, el pan es susceptible de repartirse entre los justos y provocar pequeñas repercusiones con saldo positivo. Una rodaja de pan para quien la necesita en cada momento. Digamos que un abrazo, un consejo, una conversación, una comida en compañía, un paseo conjunto o un diálogo matinal sobre cómo solucionar lo reparable y mejorar lo problemático. Digamos que también ayudar al que está enfermo, en la aburrida cama de un hospital, convaleciente de más operaciones que la torre de control del aeropuerto. Digamos que tapiar los muros del silencio u ocuparse con precisa lentitud y esmerada urgencia del cuerpo que te desea. O supongamos que deslizar las manos por la cobertura abierta de un pliegue, en dirección opuesta a los pies, hacia el canal que espera el empuje de la corriente. O imaginemos que cautivar sus ojos con la inminencia del acto. O efectivamente, que suceda cualquier noche de éstas y la miga de uno penetre en el pan del otro, en una hogaza sexual sin parangón alguno.
 
Ese pan tan íntimo es susceptible, entonces, de provocar revoluciones de una gran envergadura, para nuestras vidas o seres más próximos. Porque de igual forma volcamos los restos de pan del desayuno en la servilleta, y algún gorrión dará buena cuenta de nuestro aventurado detalle. Así que de forma inconsciente, incluso la miga que desechamos revierte en suma para la vida, y alimenta seres de diminuto porte pero tamaño misterio. Con el pan se reparte, come, ama, aprecia, camina, espera o persigue. Con el pan se establece una metáfora global o particular. Enfocada en los pilares de las relaciones sociales o proyectada en el surrealismo de nuestro espíritu. El pan es mi mejor amigo.
 
 
 
 
 
 
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Esta entrada fue publicada en MSN.

Un comentario el “CRÓNICAS DEL PAN

  1. NO NAME dice:

    El alma es la levadura…precioso y cautivador texto, estoy maravillada, te dejo el susurro del pan al cocerse en el horno…

    Me gusta

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