CRÓNICAS PARES

 

 
 
 
CRÓNICAS PARES
 
Qué hace el mes de junio. Qué hacen dos personas pocos días antes o después de las elecciones europeas. ¿Dar calabazas a la clase política? ¿Convertir el libre ejercicio de un derecho en una bofetada de abstención? Porque de ir a pares, que no impares, de ir dos a alguna parte, hemos de ir a alguna. A apoyarnos, por ejemplo, en la baranda de un palacio abierto al público, que la clase aristocrática ha delegado en las sucesivas generaciones turísticas.
 
Lo que ayer era un palacio hoy es un pasatiempo al servicio del pueblo. Si los reyes levantaran la cabeza, no sé dónde carajos se meterían, al ver que el populacho ha invadido los espacios antaño reservados a las muselinas, cuellos de cisne e historias de alcoba. Dudo mucho que mezclarse con ellos, porque por aquel entonces la mezcla de sangre estaba a la altura de una herejía y el pueblo no merecía otra cosa que el pan, la espiga, el diezmo y la esperanza divina de la vida eterna.
 
Que Dios los cría y ellos se juntan Habrá sido así. Más no creo que dos ociosos, a pie de barandilla, se preocupen lo más mínimo por cuestiones que van más allá de una simple cuestión de deducción. Las desigualdades vienen desde los principios de la creación, con independencia de sus fuentes, si de las sagradas escrituras, las ramas del árbol, las teorías evolucionistas de Darwin o la hoja temblorosa de un platanero enfrente de mi balcón, porque todas merecen la misma atención, fueran por mito o tradición profana.
 
Desigualdad tan vieja como el oficio más antiguo que se practica y que es como una chicharra que se sienta en un tronco caliente, resistente y consustancial a nuestro verano. Aunque de ella no solo nace el quicio de la brecha y la separación arbitraria de riqueza y desarrollo humano. Lo que no es igual no sólo es desigual, sino también diverso. Es así como nace la misma característica par de los amantes que se juntan para contarse números o de la cuerda que une sus dos extremos en un nudo. Dos diversos y diferentes. Desiguales desde que los consideramos diferentes, pero iguales antes sí. Dos luceros pendientes de la tarde que cae sobre la fronda del jardín.
 
No sé quiénes son ellos dos. Si españoles de pura cepa. De esos donde ella es de los campos de Extremadura y él de la temblorosa nube de Orense. O si son de las aguas de Coimbra o de los mansos páramos  del sur portugués. O si huelen a los antiguos bosques de Valaquia y comparan los jardines con la sangre verde de su país. O si son los padres de algún nieto que anda en soledad, practicando el tiro al pichón con las flores del tilo. O si son los míos, estudiando el vuelo de las golondrinas sobre la laguna. O los tuyos, que dejaron, no más de un par de minutos, su hábito de madrugar para cultivar la tierra, para venirse hasta aquí, por alguna calle dormida, y despertar frente a mí. O si son los de él, o los de ella, o los de aquella, o los de aquel, muchos pares de padres, o cientos de pares de tíos, o infinitos pares de abuelos, escrutando las copas de los árboles, por si acaso se esconden las cerezas salvajes que buscan.
 
Pares con una mirada cierta. A los que les parece que la vida es un constante debate entre pares que se expanden hacia una frontera opuesta pero luego se regresan al punto donde están pendientes del uno del otro, como una semilla en flor. Pares que se eligieron para tomar una jarra de luz. Entre el suave aguijón del viento, que campa a sus anchas, por las alamedas. Pares que suspiran porque la tarde está cayendo y eso, les hará volver a la gran ciudad, a revolverse entre el gentío que arranca las flores y juegan a pisarse los talones en las grandes avenidas.
 
No importa quiénes sean. Lo importante es la lectura de sus ojos. Así sean azules, negros o verdes. Así tengan las manos apoyadas en el hierro fraguado o en la piedra que imita el recipiente de un corazón. Sus ojos. Sus miradas. Los canales que dibujan los párpados al fijarse en la luz. Dentro de sus ojos. Dentro de ellos mismos. La historia que navega en sus carnes simples. Los guijarros de sus venas. Los meandros de sus décadas. Todo lo esencial está en ellos. 
 
Ellos podrían ser cualquiera. Pensemos que también nosotros. Que la raíz penetra hondo y nos hace arbustos de energía. Que si ambos nos quitamos, vos la blusa y yo la camisa, cada uno tiene unos volumenes diversos, pero asimismo una paridad en la que amarse, sentenciar, o dirigir el dedo hacia algún punto del horizonte. Somos pares.
 
 
 
 
 
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