CRÓNICAS DEL APELLIDO

 

Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.
qne entran la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora:
la luna, mi dulce amante.
Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.
Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.
 
Marcos Ana
 
 

CRÓNICAS DEL APELLIDO
 
 
Lo llevamos detrás del nombre. Como la palmera lleva la luz de
su filo verde. Somos parte de él. Como el vino que circula airoso en el interior
de un pellejo. Nuestro apellido determina que la mano se pose de una u otra
tesitura en la mejilla, para mostrarnos una parte del pensamiento. Aunque la
costumbre documental ha hecho que nos proveamos de dos a falta de uno, rezando
así en el documento de identidad, o en la cédula que nos individualiza: somos
mengano de tal y tal, tenemos tantos años y somos nacidos en una villa de tantos
habitantes, y tantos puentes, y tantos dividendos, y tantos recuerdos.
 
El apellido es la crónica del espacio que nos antecede. El
vástago de nuestras raíces. La rama del corazón. La sombra familiar que sigue
prestando frescura cuando el verano dirige el amargo calor contra nuestas
sienes. Se trata de la identidad objetiva. La de poner un punto y coma al
nombre. La de individualizarnos en la medida de lo posible, para satisfacer
impuestos, identificarnos frente a cualquier gestión, o dotar de un sentido al
nombre que se grita a los cuatro vientos, pero también cumple su
función más subjetiva y poética: abrir las puertas de la sangre y conducirnos
dentro, allá, a los campos de nuestras familias, a nuestros abuelos, a los
bisabuelos que cortaban hatos de espigas con una vieja hoz, a los abuelos de los
anteriores que lucharon por la independencia con una orca de madera, o al
barquero que con una cuerda acercaba mercaderías de una orilla a otra del
caudaloso río. 
 
Siempre se dirige hacia adelante. Y se sucede en cada uno de
nuestros hijos, de tenerlos. Se apropian de él como una enseña digna. La huella
de la arruga que crece en quien se va y ameriza en quien viene. Un apellido se
exilia a la tierra y otro pequeño, que apenas balbucea y anda a dos patas,
empieza su periplo por el vasto y desigual mundo. Uno se va, con su sexo y con
su todo, con sus porfías y alabanzas, con la sabiduría ardiente y la memoria
desgastada; otro se viene, con sus cabriolas e ingenuidades, con su platillo de
sopas de pan y su par de albaricoques, con su hogaza negra y los pies temblando
de curiosidad. Son como viajes de ida y vuelta, con el mismo billete pero
diferente pasajero. En pos de una saga en la que sobrevivir. A la caza y captura
de nuevos churumbeles, botijas, guaguas, nenes y criaturas.
 
Así se diga, aunque en la dirección opuesta, en vez de crear,
asimila y reintegra. Una construcción al reves. Aparente desintegración de
la herencia nominal, hacia atrás, ascendiendo ramas en busca de un tronco común,
porque varios de esos inocentes niños proceden de dos fuentes progenitoras. De
una madre pródiga en desayunos y de un padre sencillo y llano. A su vez, ambos
escalan de otras líneas donde sus respectivos apellidos estimulan la línea
ascendente de los orígenes. Peldaño a peldaño. Cada escalón es un grano de uva
y, al tercero de ellos, o al cuarto, el rácimo identifica a María, Valeriano,
Leoncia, Carmen, Teófilo, Antonio o Teodoro. A un caminero. A un sencillo
campesino. A un médico honorable. O a un cazador resumido en una escopeta de
doble cañón y una perra que caza las pérdices con un solo bocado. O a una mujer
que después de dar de comer a los pollos baja con el cesto al lavadero, para
blanquear la ropa o almidonar la sonrisa. O a la profesora del pueblo, que hace
temblar a los niños con el flan de las tablas de multiplicar. O a otra señora
que baja con el candelabro a las bódegas para decir que habla con los muertos,
con esos que descansan a escasos cuatro o cinco metros por encima de sus canas,
en la loma de la iglesia. O a la otra con la que tomábamos café después de las
clases universitarias. O al afable y rudo trabajador de la huerta, que mira de
reojo los pimientos que tanto esfuerzo y gotas de lluvia han costado, no fuera
que cualquier mentecato se los arramplara en menos que canta un gallo. O una
anciana, con el pañuelo en la cabeza, los cabellos sobresaliendo por la veterana
faz, ofreciendo su mano a la nieta crecida y lejana. O un antiguo soldado
republicano, cuyas cenizas danzan por los montes recién bautizados con la
energía devuelta. O un sorprendente caminante, que lee apuntes en otra lengua
romance, sobre antiguos nobles voivodas y cumbres amenazadas por la invasión
proveniente del otro lado del Mar Negro.
 
Una ristra interminable de viandas familiares, separadas por
un cordel, tendidas en el granero de nuestra vida, listas para que un cuchillo
curioso y afilado las corte, digiera y el estómago de la memoria nos acaricie.
Eres tal apellido. Hijo de éste y de aquella. Nieto de ella y de aquel.
Bisniesto de una cántara de agua clara y del tapete de cuero. Tataranieto de las
nubes y de azules marismas. Médula de esos huesos. Simiente de estas flores.
Grano de una espiga moldava. Hoja de una rama castellana. Huella de un pie
andino. Músculo de carne aragonesa. Filamento de tendón marino. Raíz de cabello
dorado y secano. Astilla de un palo envuelto entre pinares y escuetas matas de
romero. Cuneta de una carretera que se pierde en los páramos o advierte las
inclinaciones del terreno con una curva. Eje de una carreta. Horma de un zapato
de goma. Sonrisa de una boca. Columna de un periódico. Rayo de un sol que echa
la siesta. Mano de unos brazos que recogen cerezas salvajes para quitarles la
pepita y vestirlas de mermelada. Dientes de una mandibula que se come, de una
sentada, el pan de semillas de amapola.
 
Cada apellido es una respuesta singular. Una ola singular que
engulle historias, parapetos y tierras, durante su periplo, desde los tiempos
inmemoriales hasta el presente donde sobrevivimos, y sobrevivo, hasta
regurgitarlas enfrente de mi nombre. Si me alimento del bagaje que la ola ha
traído, entonces, mi apellido, mis apellidos, todos ellos se ponen a bailar
alrededor de la hoguera, mostrándome sus zurrón de historias. Que provengo del
campo, en ambas líneas. Que mis padres cultivaron trigo. Que les dolieron
las manos. Que mis abuelos fueron obligados a disparar contra semejantes. Que
pasaron hambre. Que ordeñaron madrugadas. Que se amaron como centellas. Que
murieron. Que el tiempo se los llevó. Que en el cementerio se han borrado sus
nombres. Que a los más viejos les queda la memoria de unos pocos. Que la memoria
se apea con la extinción del cuerpo. Que a mi madre se le murieron dos hermanas.
Que tengo más de treinta apellidos en el mismo villorio. Que otros apellidos
emigraron después de la guerra. Que unos saben francés y otro germinó en las
pampas. Que mi apellido también es un nombre común en el sur de los Balcanes.
Que los arjoles huelen a estepa aragonesa. Que el bermejo es un color cercano al
adobe. Que mis piedras han viajado de un lugar a otro, pero nunca demasiado
lejos. Que uno celebró la boda multitudinariamente debajo de un tilo. Que otro
iba a por cangrejos al río Huecha. Que otro tenía una perrita con nombre de
moneda y una mula que gastaba mala ostia. O decía que hay que hacer fuego sin
que se viera el humo o trabajar la tierra como sin comulgar con ruedas de
molino.

Así se juntaron densas moles de hombres y mujeres a mis apellidos. Dos de principal. Dos de accesorio. Como es costumbre en la península, desde hace un milenio, en que los nombres de pila se hicieron acompañar de un apodo, identificado con la geografía, la familia, una profesión o cualquier síntoma característico de la anécdota. Aunque si a los bisabuelas de los tarabuelas de mis bisabuelas les hubiera dado por dar a luz en la estepa rusa o en el mar de Azov, mi apellido ahora terminaría en sonora vocal, redonda cual cánica y grave como un templo, seguida de la uve con la que casi termina el abecedario. Pero me hicieron así. No de otra manera.

¿Qué serían mis apellidos hace tantos siglos? ¿Repoblarían alguna población fortificada? ¿acompañarían el destierro del Cid Campeador? ¿pintarían los murales de San Baudelio? ¿irían armados con una honda? ¿serían buenos amigos de Garcilaso de la Vega? ¿saldrían de jarras con Quevedo? ¿hidalgos de fortuna? ¿cortadores de leña? ¿peregrinos de unos cuantos caminos? La memoria no va mucho más allá de lo que experimentamos o nos cuenta el abuelo, sentado al candor del fuego. Sólo podemos guiarnos de la intuición, ese animal interior de pelo largo. El mío sugiere que mis apellidos nunca se andaron por las ramas, o al menos, nunca fueron monos de corte o barraganes de asamblea. Es una sensación muy viva, que siento, cuando las venas de encogen de repente, o se ponen firmes, como una ballesta. Animal de campo. Trabajador de manos. Cultivador de llanuras. Amante de muy pocas cosas. Muy amante de esas pocas. Amante hasta la medula de un par de ellas. A lo sumo, de una flor poderosa. De un rayo verde. De una aldaba firme. De una barbacana de gran carácter. De una mirada dulce y a la vez categórica. De una boca que dice que la bese pero que tampoco le escriba demasiada poesía. De otro apellido que lleva mucho del mío, lo bastante como para poner, literalmente, patas arriba, cada mundo individual. De una corriente que proviene de Piatra Neamt. De una abundancia sin parangón. De otra historia semejante. De otra intuición que ha deliberado estar junto a la mía que corre decididamente hasta la suya.

 

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