CRÓNICA DEL SUEÑO

 
 
 
 

De lo posible a lo probable
del sueño a la realidad hay como mares
playas nocturnas donde animales de pico descarnan
formas mojadas por los jugos del corazón
 
así
viajamos del pecho al seco sol que dora la maravilla
o existir
 
Juan Gelmán

 
CRÓNICA DEL SUEÑO
 
El hombre sueña. El sueño siempre le ha acompañado. Es tan antiguo o más que el hacha de piedra. Nació con él. No todos han querido o tenido la oportunidad de practicarlos. Quienes no han querido es porque se han dedicado al menester de destruir los sueños de los dos. Basta con un tiro de bala. Con una picana. Con un salto desde el helicóptero sin paracaídas. Con cortar las manos a quien toca la guitarra. Con arrancar al lengua al que escribe. Con fusilar a unos cuantos en la tapia de un cementerio. Quienes no han tenido la oportunidad son tan numerosos como quienes han sido privados del sueño. O más. Innumerablemente más. No quiero hacer números porque sería una demagogia dolorosa. Robar sueños de forma impune o arbitraria sí es como cortar la chispa de un mechero. Aunque luego uno se pregunte a dónde van los sueños robados. Si a la tierra prometida o las raíces del árbol que crece a la vera. Qué fugaces son los sueños robados y qué felices deberían ser quienes los tienen y aún disponen de tiempo, espiga o mineral para practicarlos. Es algo que deberían considerar aquellos que tienen una vida plena, al alcance, no les falta de nada, pueden ir de aquí para allá, pero aún se consideran infelices porque viven agobiados por la loca carrera de la felicidad, por la cultura del sueño, que nada tiene ver con los sueños de toda la vida, sino con un mundo artificial y paralelo, donde se siembra más la felicidad de invernadero, que la felicidad al aire libre. Esa felicidad. Ese sueño que nos deleita en los pequeños detalles.
 
El sueño de sentarse en un banco, por ejemplo, en el área más centrica de una pequeña ciudad. Ver la gente pasar. Unos asombrados. Otros en pareja. Algunos con el bote de la colecta, apretando a quien tiene poco en colaboré algo en algo por caridad, más que por compromiso. Y uno preguntándose, porque ese sueño no se pone en aquellos que, en vez de colaborar, abusan de lo que los ciudadanos ya han colaborado con los impuestos públicos, o se dedican a la usura, el robo, la especulación o el delito económico fragrante, riéndose de todos los arrieritos en sus propias narices. Tampoco es cuestión de menospreciar, no obstante, la pequeña y abundante generosidad del semejante, que sí colabora, y hace una vida semejante, con su laburo, su parrilla, su café de mediodía y los hijos trotando entre la sombra diáfana de los árboles sembrados en el paseo.
 
Sueño que me siento y escribo. Que escribo y vienen una pareja tomados de la mano. Pero no una pareja al uso. O sí. Una de tantas, pero que deben llevar, por lo menos, cincuenta años juntos, y no han variado sobremanera su hábito de tomarse el uno al otro como el otro al uno. Tantos años llevan soñando que terminan por sentarse a mi lado antes de reanudar el paseo media hora después, mientras espero, echo un vistazo, escribo y busco las diez y media en alguna parte del reloj y en muchas partes del corazón. Qué país más distraído éste si por mi sueño fuera. Un sueño sencillo y percutor. El gatillo del mediodía. La carcoma que en vez de raer me compone una vida nueva. Mis termitas nacieron al revés. Desmoronan los castillos en el aire que son frágiles y los edifican enfrente mío, en la vida de a pie, dentro o fuera del despacho, en la próxima acera, en el aparcamiento de carga y descarga, en el orondo plato de churros recién salido de la curtuduría, o en el mensaje que acabo de recibir, contándome que salta el contestador automático como si fuera un atleta olímpico. Pero no. Es que un amigo creía que habíamos quedado en otro lado para desayunar y nos confundimos de sueño. Tranquilo, que no es un sueño roto, sino una confusión de calles, le digo entonces. Soñaremos la semana que viene, le confirmo. Después sonrío. Él también.
 
La simpar pareja también se levanta. Corre el aire. Retomo la lectura. El bolígrafo pende de mi mano izquierda. Soy zurdo para soñar. Soy frontal para amar. Soy revolucionario para actuar. Soy militante para soñar. De repente el sueño prosigue. Las termitas remotan su labor. El sol cae y hace punto con los rayos. El banco es como un niño que duerme la siesta pero respira como el revoloteo de una mariposa. Otro sueño me reclama que debo beber del camino que enfrento desde hace meses. También un primo del sueño anterior confirma que además de beber, debo perseverar, y acariciar los espacios comunes como si fuera el grumete de sus velas, o el pescante de su rumbo. Así como el sobrino de los dos anteriores, sentencia que hay que estar bien despierto, y pensar que compartir los sueños no es un acto de pérdida de individualidad, sino de obtención de una individualidad más grande y compartida. Una individualidad colectiva. Así es. Porque los sueños no son como un plato que se da al que tiene hambre, en el sentido de que haya que esperar a que suceda el apetito, sino que el sueño debe sorprender al estómago ajeno, así nomás cuando esté dormido, para que se percate de que sus jugos siguen vivos y sus caballos corren dentro, como el viento adherido a las ramas.
 
La pareja se ha alejado. Miro las firmas más recientes. Joaquín Sabina ha dibujado una mujer de labios cubistas entre los artículos del fallecimiento de Benedetti. De su propio puño y letra, junto a Marcos Ana y Gioconda Bellí, los cuales ya van conmigo a todas partes. Qué feliz seria el vate uruguayo de saber que su esencia prospera con buenos vecinos, y tanto o más si supieras que también circula con las letras de otros sueños, más íntimos, que trabajan como yo, aunque a diferente hora, y lidian con una multitud generosa de ciudadanos, así por turno, porque solucionar problemas requiere un orden y una sonrisa, no fuera a suceder como ese chiste que cuentan que entraron un tropel de simpáticos señores a la consulta del médico, y éste, sorprendido, les reprende a ver por qué tanto tumulto y abundancia en el número de pacientes. Y claro, es que en la puerta ponía que se atiende de siete a once. Así cualquiera.
 
Me gusta esperar a los sueños. Esperarles sentado, mientras construyo otros pocos. Mientras los escribo o los leo. Mientras los comparto invisiblemente. Hasta que los sueños que espero salen. Sólo tienen veinte minutos, pero a mí me parecen varios años. Eso es lo bueno que tienen los sueños: que no obedecen imprescindiblemente al requisito del tiempo. Que para ellos el tiempo no existe, sino la intensidad. Y desde luego, tengo un sueño enorme, pero no quiere decir que esté a punto de dormirme y con ganas de mecer la alhomada, sino todo lo contrario: se trata de abundancia y no de somnolencia. De reflejo y no de espejismo. De principios y no de vacío. De corazón y no de traje. De torrentera y no de aceña seca. Tengo sueño de existirte.
 
 
 
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