CRÓNICA DEL HUMO

 
 


Mi contertulio, Leopoldo María Panero, haciendo de las suyas con el cigarrillo.

 
 
Fumo mucho. Demasiado.
Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,
y oigo pasar la vida como quien pone la radio.
 
Leopoldo María Panero
 
 
 
CRÓNICA DEL HUMO
 
Me dice que escriba un relato corto. Que sea sobre un tema actual. Que lleve diálogo como nosotros llevamos un reloj de pulsera. Es decir, algo en lo que nos podamos reflejar en el momento de estimar qué hora es. Con un par de exclamaciones. Con la misma atención con la que la chispa del mechero brilla en los dedos percutores. Algo que inscriba palabras en nuestra memoria. Y que así se tejerá la historia. De por sí breve. Una historia que pueda navegar en no más de doce hojas. Con personajes interesantes ¿y a quién acudir? ¿a uno imaginario? ¿a los reales que me rodean pero con nombre ficticio? ¿a la voz de la radio? ¿a los que viven deprisa y trotan hacia la estación como un potro desbocado?
 
Que escriba sin tapujos. Que hable de la república o de la monarquía. No del país. Me refiero a la democracia de la inventiva. Que sea breve. Que entienda que a quien lee le interesan las cosas simples pero cargadas de futuro y esperanza. Que huya de los espacios donde solo se contribuye a halagar y echar un sermón de buenos días, o unos cuantos besos artificiales, para quedar bien con quien deja las palabras como fruta madura recién servida. Que encuentre el camino donde las historias de cuentan a docenas, en vez de a pares, y la gente se las entrega los unos a los otros, y se las comen, frugalmente, con ojos, boca y espuma. Que vaya allí donde huevo se escribe con hache y no en versión de mensaje de móvil. Que corra con los caballos. Sí. Con los caballos, porque el hombre también tiene un ser interior que vive más allá de las entrañas del exterior, condenado a sobrevivir dentro de sí mismo. Que busque aquí, en el paladar, sus crines;  en las fosas nasales, su respirar fiero; en mi piel, su ímpetu sudorosa y negra; en las piernas, su canción desorbitada; en la cuenca de los ojos, el brío categórico de su mirada.
 
Que corra con los caballos porque si la mujer corre con los lobos, también el hombre debe correr con algún animal dentro, al margen de consideraciones filosóficas. Que nadie se provea de la historia, que ha encerrado a todos en un rol determinado, y les ha condenado a cada uno, a parecer esto o lo otro. Y si no, que corran todos juntos, con lobos y caballos, y a ellos se les sumen una manada de antílopes, otra de alces, varias de corzos y una hilera de búfalos de dos kilómetros. Que todos corramos con todos. Que los animales busquen dentro y se cosan nuestro ser íntimo en el costal del esternón. Que salgan en tropel, entonces, por todos los poros de la piel, cada uno con la particular costura. El lobo saldrá con la intuición. El caballo con la energía. El corzo con el reflejo. El alce con las largas distancias. Los búfalos con su compromiso. ¿Y los demás? ¿es que no corremos con más animales? Que corra con liebres, tejones y linces. Que corra con cigüeñas, piapocos y vencejos. Que corra el ser con quienes quiera. Que el ser no sea producto del género, sino del alma. Que busque cada espíritu la serie de animales que se prodigan entre venas y candelabros. Que emigren desde las vísceras hasta las manos que escriben. Y que se realicen. Sobre todo, que se realicen. Que se manifiesten en la vida y se dejen de cuentos. Que los cuentos los hacen ellos y no el televisor. Que los cuentos vienen con nosotros y no hace falta sentarse en una mesa, acuchillar el silencio y pedir permiso.
 
Que los animales que vengan sean sinceros. Que no fumen porque perjudica los pulmones y no deja respirar. Que tenga cuidado con el humo de los cigarros, porque pesa demasiado en la cabeza. Pero que distinga los humos de distinta naturaleza. Porque hay muchas personas que se regresan con malos humos, le pegan un portazo de órdago y parece que el piso, a las dos de la madrugada, es una hecatombe, o bien los vecinos se han pasado con el ritmo que sus muslos desplegan en el somier. Porque luego hay menganos que, cuando hay problemas, desviaciones de fondos públicos, mileurismo o problemas de la ciudadanía para llegar a fin de mes, se dedican a poner cortinas de humo para distraernos: se tiran un pedo para que los medios pongan en primera plana la noticia durante toda la semana, o bien se ponen a inaugurar centros o a salir en las fotos, como si fueran niños traviesos.  Porque también hay pacientes obreros, que están que echan humo, por eso de que suben los impuestos y en las revistas siempre salen los mismos: que si el nene de la preciosa mengana celebra su cumpleaños con la prole de su barrio, que si ahora salgo con una tía cañón que conocí en la inauguración de la nueva línea de cosméticos para perritos con el pelo teñido de azul celeste o que tío y sobrina, o viceversa, de la misma familia, se espían el uno al otro, a través de detectives y ballesteros contratados con erario público.
 
Que atienda al humo del fuego. Eso. Al humo de las llamas, ya que es señal de buen agüero, pues donde hay fuego hay muchas historias que contar. Que el fuego calienta la curiosidad y además anima los corazones fríos. Que acuda a lo que cuentan, por si acaso, de las comunidades donde no había lavabo, salón o latas de refresco: aquellos ancestros convertían la hoguera en un devenir. Allí desfilaban las historias como los cacahuetes en la voracidad de un niño. En los labios de una anciano, o la calvicie del relator, las historias surgían como por arte de magia, y no tenían nada que ver con la retórica superflua de muchos oradores de pacotilla, vestíbulo y comisión. Aquellos eran verdaderos cuentistas y estos otros unos vulgares cuenteros. El de la capa raída, y tez dorada, gesticulaba y, al pronto, el fuego se convertía en el creador de la hierba y su humo en el discípulo que puso pétalos a las flores porque la materia herbacea, por sí sola, era más aburrida que el discurso de una lavadora cuando centrifuga la ropa. Había que ver sus palabras, entonces, como malabares, en el brillo circunstante de los presentes, aprehendiéndolas, distribuyéndolas por los confines del cuerpo. Ese es el humo que importa. El de la escucha. No el del simple manifiesto. El humo que es como la polvareda que levantan los animales que llevamos dentro.
 
Así es como empecé a escribir. Con el humo de la respiración. Con el polvo de los animales. Con el regimiento de pensamientos, uno detrás de otro, encima, delante o donde tuviera un espacio. Salí a la calle. Danzamos. Poblamos el sendero de mamíferos y los árboles de aves. Nos dimos un beso en la calle Alcalá y tamaño abrazo tumultuoso frente a la mirada de un puñado de beatas. Tú dirigiste la mirada resuelta a la casilla del alfil y yo las manos, a la diestra del peón. Humo de ajedrez. Humo de militancia. Humo de un poeta que encendía su eterno cigarrillo en la caseta de una editorial. Así empezó la historia. Con el mejor humo que el ser humano provoca para construirlas: leña desnuda y una yesca comprometida para encenderla.
 
 
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