CRÓNICA DEL TIEMPO

El tiempo es una estupidez. Esto es lo que pensaría cualquier piedra por la simple razón de estar enjaulada con otras tantas. Ya sea redonda, cuadrada o cincelada por los ríos o por la mano del hombre. De sillería si por el hombre. Canto rodado si por el río. Cuadrada si era valiente y tenía los huevos de las mismas características. Redonda si partidaria del futbol.

La piedra piensa que el tiempo es estúpido porque por ellas el tiempo no pasa. Vea, que ni dispone de apeadero para que el tiempo pueda detenerse en ellas. Y acoger algún viajero con maleta de cuero viejo, en busca de mejor fortuna hacia la ciudad.

¿Qué apeadero va a tener el tiempo en un muro de piedras? ¿Y en un suelo de cantos rodados? Ninguno. Por allí el tiempo no pasa. Parece que no lo hace porque nunca se detiene. No hay revisores tampoco para cerciorarse de que, en caso de detenerse, si lo hicieran,  verificar que cumplen con los requisitos pertinentes.

A saber. Si el tiempo se detiene ha de bajarse primero con el pie izquierdo. Después ha de mirar al cielo. Si el cielo está azul, no llueve. Si el cielo está oscuro, se tendrá cuidado de no resbalar. Pero si esa oscuridad se debe a lo intempestivo de las horas, habrá que irse a pernoctar con el resto de los hombres, hasta el día siguiente. Aunque esto último implica que el tiempo no puede detenerse, sino que tendrá que andar al mismo ritmo que el estipulado por esos hombres de bien.  Si en el cielo las gotas de lluvia practican una fuerte caída, ha de abrir su paraguas. Para no mojarse no. Es para ocultarse de  lo mal que le sienta al cielo que el tiempo se detenga de ordinario, porque le jode que tenga que llover sin tener en cuenta los minutos o las horas. Así luego surgen las inundaciones, porque llueve a todo meter, sin dilación, pero no hay que echarle la culpa a la borrasca, sino al tiempo, que se ha detenido como no debe. Si del cielo caen piedras más duras que el hambre, de esas que son como dolores de cabeza en forma de hielo, al tiempo no le quedará más remedio que ponerse a buen recaudo debajo de una torre, usualmente de la del campanario de la iglesia o del ayuntamiento, cualquiera con tal de que tenga reloj aunque, por defecto, pudiera valer un reloj de sol o cualquier objeto puntiagudo que ejerza sombra de similares características, a fin de garantizar que el tiempo detenido siempre disponga de un lugar donde abrigarse. Si en vez de caer, se suspenden los copos de nieve como si fueran palomas en goce de borrachera, entonces el tiempo no tiene por qué esconderse, pues esta vez tiene vía libre, es decir, determinación de hacer lo que le de la gana, con tal de que no bosteze o respire ostentosamente, porque entonces se le verán las bocanadas de oxígeno que se pierden en el medio aéreo y le descubrirían. Y así un largo etcétera de comportamientos que han sido regulados en un codicilo que el tiempo siempre tiene a su disposición en el zurrón.

Pero yendo a otra cosa, sé que de un tiempo a esta parte, el mismo tiempo ya no se detiene. Le han echado de las ciudades. De las empresas. Del metro. De las colas del paro. Del romanticismo. De las citas a ciegas. De un montón de sitios. De tantos que el tiempo allí se ha elevado a la categoría de stress y no puede detenerse, pues le han asignado su primordial tarea: que pase rápidamente, y no se detenga. Ahora el tiempo pasa, y pasa a una velocidad de vértigo.

Pero yo me encontré con un tiempo que se hizo rebelde. Y dado que no le soportaban, tomó las de Villadiego y se hizo al monte, como las cabras. Un tiempo que, cuando desea, se detiene y sigue al pie de la letra lo que dicta el codicilo.

Así, en uno de mis viajes, en busca del sudor de mi apellido, me encontré con un tiempo detenido en medio de las zarzas, leyéndose una crónica de Alvaro Cunqueiro. Un tiempo lector empedernido, además de detenido. Tiempo amante de la rima, porque a cada línea que leía extraía una asonancia rítmica.

Ahora bien, que nadie me pregunté por qué al tiempo le da por leerse a un gallego casi olvidado. Y qué parte del codicilo preveía que el tiempo detenido pudiera leer. Es que el codicilo fue recientemente reformado -aseveró el tiempo- y goza de una nueva disposición transitoria. En alguna parte de la sierra -siguió explicándome- hay un grupo de tiempos detenidos desde hace lustros, a y través de un mecanismo de iniciativa legislativa temporal  pudieron reformar los codicilos. Éstos se actualizan automáticamente, a distancia, sin necesidad de que sus poseedores tengan que aconsejar el hecho de acercarse hasta donde los tiempos detenidos tienen su sede, pues así pueden viajar sin dejarse llevar por los nervios.

Así me enteré de que el tiempo, a pesar de lo que digan las piedras, no es una estupidez, sino un tipo muy inteligente, sobre todo cuando se detiene. No me costó mucho “tiempo” convencer a las piedras de mi conclusión, sobre todo cuando les presenté al tiempo que se había detenido en ellas, cuando el hombre decidió abandonar el pueblo donde están dispuestas.

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