CRÓNICA DE CASTEJON

 

 

EL TIEMPO ESCRITO

Nunca se me había ocurrido. Que la mitad del tiempo o gran parte de él estuviera escrito en alguna parte. Es decir, que el tiempo, medido en otras unidades distintas de la hora, el minuto y el segundo izquierda escalera derecha, estuviera grabado por la pericia de un párroco. Grabado no en una cinta o en un disco de dos pistas y media, sino en un viejo archivo parroquial. En un archivo de esos que, por lo menos hace dos décadas, ya sirvieron para calentar la chimenea de los hogares, o el tiro del olvido. De esos que se quemaron para olvidar, para no saber o simplemente, para no tener frío.

Que el tiempo esté escrito, por ende, ya es una cuestión que no abunda porque no se quemó. Un tiempo sin diálogos. Sin canastilla. Sin vendimia. Tiempo escrito en un libro que está guardado. Y ya que está guardado que se puede encontrar. Y ya que se encuentra que se puede ojear. Y si se puede ojear se podrá percibir, y otros verbos como oler, tocar, echar un vistazo, transcribir y recordar. Pero nunca romper la página y llevársela, aunque fuere un verbo que muchos, aprovechando las circunstancias y el flaco favor de la hospitalidad, han hecho, en detrimento del tiempo escrito allí y que no te correspondía a ti, sino a otros igualmente legitimados.

Me refiero a un tiempo escrito en alguna parte. Pero a un tiempo marcado por los apellidos, las inscripciones del nacimiento y del bautizo, los matrimonios, las defunciones y, en general, todo aquello que concierne al paso del hombre por está vida, de la que se dice en la televisión “no somos ná” aunque por estas tierras “no somos nadica“. “Tiempico” que hemos de vivir. Sin más.

Pero creo que yo que, al menos, desde un punto de vista subjetivo, somos algo para nosotros mismos, con mucha humildad y muy poco talento. Con el ánimo de crearnos una identidad, un ápice de bienestar y de contribución al alma. Solo así somos nada pero somos algo discreto. Somos la aportación del algo a esa nada que pasa. Y así es como nuestros abuelos, para empezar, dejaron constancia de su algo en un libro, donde se dice que nació tal día, con la venía del párroco y la asistencia de todas las trinidades, que era hijo de tal y cual, y nieto de tales y cuales, naturales de esta u otra villa, y dotados de la legitimidad esta y aquella, para eso o aquello.

Gran deuda esta la del tiempo contenido en un libro. Un tiempo en término de apellido. Mi primer apellido es éste. Luego mi abuelo nació aquí. Y después nació alguien más. Y luego otro más, así hasta que el libro de marras me de la oportunidad de navegar hasta que se acabe la luz del candil y se encienda la de la emoción de percibir mis raíces debajo de los dedos, a la sombra, pero pendientes de seguir la estela de honestidad, no solo para conmigo, sino para con todo el tiempo que se nos permite hacer bien y no mirar a quien.

Gracias, tiempo. Gracias tú.

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