EL CASTAÑO VOLADOR

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No sabía nada de tesoros hasta que abrí las páginas de un escritor gallego y, como de eso hace un tiempo respetable, se me han olvidado las características de esos señores dorados, casi siempre dentro de una roca hueca, debajo del paraguas de un castaño o echándose la siesta en la fronda de una cueva sombría.

Son páginas que abrí lejos de su lugar de origen. Entiéndase: al otro lado del charco, allende el mar, a la diestra del océano Atlántico. Y por lejos no significa que las raíces estén ausentes, sino todo lo contrario, pues hay raíces , de una especie de árboles que son fruto de un cruce entre los castaños y alfombras voladoras parientas de Simbad de las Siete Gaitas, y que una vez se bien conocen, una buena infusión caliente de ellas te quita los efectos del desarraigo y te sientes como una mariposa en el aire, si a miles de kilómetros de distancia, me da por leer las travesuras de un duende vasco, o las peripecias de una gallega cortando los grelos para la comida.

Digo yo que esos árboles mestizos son los “castaños alfombreiros” y que empezaron a crecer entre los granitos oscuros de la Ribeira Sacra, una vez los moros llegaron hasta las estribaciones del norte y se asentaron. Pero tan al norte no les dio por construir Alhambras, Generalifes o Medinas Azaharas, sino que cierto día, a uno de ellos, que era visir de no se qué califato invisible en el sur de Lugo, se le escapó una de las alfombras con las que habían volado desde Tarifa.

Una alfombra listada, dotada de flecos finos y pedrería; la más caprichosa de la expedición y tratada a cuerpo de reina. La cual estaba hasta los mismísimos de permanecer encerrada en las dependencias del pazo, así que le dio por romper sus finas cadenas de cáñamo, sobornando al roedor de turno, y salió volando para disgusto del visir que la mantenía dentro de los muros.

Salió la alfombra con tal ímpetu que quedose enganchada en uno de sus extremos a las ramas de un castaño que por allí paseaba. Maldito árbol. Ni encomendándose a la bravura de un toro logró zafarse, hasta que vino el moro del turbante rojo y, con una escalera, alcanzó a la fugitiva y le reprendió por su inusitada huida.

Que si nadie sabía que las alfombras voladoras existieran. Que si cayera en manos de los cristianos impíos la pondrían a trabajar en el campo con bueyes y burras. Que debía permanecer en secreto su existencia. Que nadie la iba a dar de comer si escapaba. Que no tendría seguro médico en tierras gallegas. Que la quemarían en invierno o la darían palos para espantar el polvo.

El caso es que la alfombra volvió a su ignorancia y el castaño siguió con sus costumbres. Se le cayeron pues las hojas. Dejó unos cuantos sacos de jugosas y carnosas castañas. En ello uno de los sacos estaba agujereado por envidia ajena y una retahíla de frutos fue cayéndose de camino a cualquier camino y ahí germinaron nuevos castaños, pero con hojas de fino hilo y ramas voladoras.

Vaya que los moros, antes preocupados porque el secreto quedara en entredicho, tuvieron tiempo de arrancar los primeros brotes, y toda retama juvenil de similar talante, salvo una, que era tan lista que se escondió en las rendijas de los cañones del río Sil, a tiro de piedra de la actual Castro Caldelas y permaneció asida a un mechón de roble.

Sabemos que los moros se fueron por donde vinieron, pero ese castaño tan raro, al que se le daba por agradecidamente extinguido, creció en una trocha que luego se hizo camino. Y luego el camino se hizo sembrado. Y el sembrado se hizo amigo de un labriego muy listo. Y el gallego se rascó la cabeza y pensó en aquel prodigio de árbol tan modevizo como un parapente. Y el árbol revolvió sus ramas y éstas asombraron al avispado gallego. Y como éste tenía un hermano que se iba a hacer indiano le dio una hojas del castaño.

Le dijo que cuando emigrara, y le tocara limpiar platos en Buenos Aires, o lustrar botas en la Recoleta, o abrigarse del frío de los Andes, o finalmente, se acordara de las empanadas de la madre, hirviera unas pocas hojas, y su espíritu volaría hasta la lareira donde hierve el agua en su caldero.

Así fue como el “castaño alfombreiro” llegó a ser tan particular y desconocido, porque todos aquellos que tomaron contacto con él y con sus efectos heredaron idéntica discreción y ánimo de permanecer en secreto. Y un halo de misterio rodea cuándo y cómo ocurrió aquello porque, para empezar, los indianos no emigraron más allá de hace unas pocas décadas. Cómo iba a ser si no lo de Cristóbal Colón. Pero como este almirante no era gallego, todo era posible. Quién sabe si la cultura de Valdivia provenía realmente de los páramos compostelanos o el chile un descendiente de los pimientos de Padrón, esos que unos pican y otros no.

Es evidente que el indiano tuvo morriña cualquier día, tomando mate con una bombilla oscura, y pensó en los melindres de Allaríz, en los percebes de la Costa Da Morte, y en el puerto de Muxía, y en la joroba rocosa del cabo Finisterre. Puso las hojas que le regaló su compadre y al tomarlas, no volo físicamente, pero sí cerro los ojos y sonrío porque, a pesar de no embarcar en un vuelo intercontinental de Iberia, Avianca o Lan Chile, estuvo platicando unas cuantas horas con su familia: que las vacas dan tanta leche; que el Cipriaño se marchó a Mondoñedo en busca de vino del Bierzo; que el barqueiro lleva contrabando de estraperlo todos los viernes de madrugada. Y así siempre que echaba de menos.

Tampoco sé dónde le ocurrió al indiano tal circunstancia. En Corrientes no queda ni rastro de esta anécdota. Ningún egresado se ha ocupado de investigar ese hecho desde una perspectiva más académica. En las letras del tango moderno no se alude a hojas de castaño volador. Pero queda alguna reminiscencia que se me antoja lúcida: cuando escucho lunfardo parece que la boca vuela. No digo más.

Esto me lo contó cierta medianoche de invierno un buen amigo que ahora se marchó a Madrid, en busca de pan de hogaza para poder vivir. A trabajar. El éxodo a la capital contemporánea del éxito. Una noche al calor de la lumbre y del reflejo de una copa de aguardiente tan amarillo como el espaldar dorado de una armadura. Y que fuere verdad o no, le creo a pies juntillas.

Con el solo hecho de contemplar un castaño en invierno, se me ponen los pelos de punta. Es decir, que los pelos quieren volar pero no, porque están amarrados a la carne como los botes en el puerto de Lekeitio, a salvo del vendaval. Ahora bien, que se pongan de punta ya es decir.  Y sin beber infusión de hojas de castaño o ponerme hasta el gaznate de castañas, crudas, cocidas o caramelizadas. Ahora comprendo por qué soy propenso a los vuelos.

Aitor Arjol.
20 de marzo de 2011

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Un comentario el “EL CASTAÑO VOLADOR

  1. Buenos días Aitor Arjol Bermejo, el estilo de lo que has escrito es bastante complicado para mi, pero he tratado de buscar cosas en lo que has escrito.

    Comparas a los tesoros con señores dorados.. y has transformado las páginas de un libro de un autor gallego del cual no mencionas su nombre, en tesoros, lo cual me parece una buena comparación. Has entregado muchas imágenes extrañas y fantásticas para mi, que surgen creo yo del mundo de tu pensamiento y tu sensibilidad…sensaciones, emociones, ideas: …roca hueca, paraguas de un castaño (imagino es su frondosa copa de hojas), ¿los tesoros durmiendo siesta? (por supuesto, los libros con sus páginas pueden dormir en un estante que me parece más apropiado que en una cueva sombría)

    Lo que has encontrado ha sido lejos, allende el mar o el gran charco como dices tú, a la derecha ( en el mapa) de un océano llamado Atlántico. Y allí de pronto aparecen unos árboles que parecen imaginarios y que tu llamas castaños voladores…y me quedo con la infusión caliente de sus hojas o de sus frutos que aparentemente te hacen volar…y que aquí se tranforman en las raíces de la inspiración…árboles mestizos, claro, por supuesto, y todo de pronto me parece que se ha puesto cabeza abajo…

    Y como si hubiese tomado una poderosa droga empiezo a ver las figuritas animadas de duendecillos mezclados con el alma de los libros convertidas en mariposas…pero de pronto aparecen los moros de turbantes rojos casi como si fueran una venda sobre mis ojos…

    Un árbol encantado por los hilos de una de esas alfombras voladoras de los cuentos orientales..! Encantamiento que llega a la infusión caliente de sus hojas…o a la cubierta suave de sus frutos…

    Me fascina la imagen de los sacos agujereados por la envidia ajena, me hacen pensar en Harry Potter y las reliquias de la muerte primera y segunda parte…auinque creo que el deseo de las personas es más profundo…Y de pronto siento que estoy en otra parte..en un mar de ideas confusas que forman un mar turbulento de extraños entes..

    Parece que en las confusiones se ocultan aun muchos secretos…y que parecen todavía existir muchas verdades…

    ¿Estamos buscando a un gallego portugués?

    Yo lo fui a buscar a Wikipedia y no encontré nada que se le parezca así a simple vista..pero creo que si busco y rebusco podría llegar a la dulce lengua galaico portuguesa y sus expresiones literarias en la época medioeval ..y a Rosalía de Castro en la modernidad…usando una expresión que no se si es la más apropiada o no.para ella.

    Dicen que las castañas sirven para apaciguar el hambre en los días ya más fríos del otoño o en invierno cuando algunos las venden asadas en las calles..

    Que tengas buen día querido Aitor..

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