CRÓNICAS DEL HOGAR

CRÓNICAS DEL HOGAR

Cuando hace tanto frío es difícil comenzar con una crónica. Sobre todo por estos lares donde el calor es como una moneda de curso legal un tanto anticuado. Me refiero a temperaturas muy por debajo del grado cero, de las que nos quejamos ahora, en pleno goce del invierno, cuando hace tres décadas eran plato de entremés en toda comida, y no digamos cuando nuestros padres nos dicen que en esos pueblos de Dios, donde el frío poseía la envergadura de un oso de las cavernas, podían pasarse un par de semanas incomunicados. En la actualidad, la cuestión de la incomunicación solo es cuestión de unos días y en las órbitas más apartadas de la península: algunas localidades sueltas y singulares de la cordillera cantábrica, por los Picos de Europa, Somiedo, o las crestas limítrofes y equidistantes entre Castilla y Asturias, así como lo propio de los altos cerros pirenaicos, aunque dicho sea de paso, la incomunicación emigró. Es decir, que dejó los despoblados y ribazos ateridos y se pasó al canal de las relaciones humanas y a las grandes ciudades, donde la incomunicación goza de una popularidad digna de jugadores de futbol, pues allí la incomunicación es un parapeto; un burladero; una baranda donde toda la gente se apoya pensando que se relaciona socialmente. Porque aunque no se crea, las relaciones interpersonales están cubiertas de una pátina de aparente majestuosidad y convivencia, ahí fuera, en las calles, en el metro, en el kiosko, en el supermercado, en los bares y, sobre todo, en los protocolos de oficina, cuando en el fondo, nos importa un pito cómo esté la contraparte. Todo está sujeto a un convencionalismo, a una ausencia de hogar y, se ha perdido gran parte de las circunstancias que vienen antaño, cuando el frío precisamente era el que engendraba el espacio para estar cerca del otro, sentado a la brava, muy cerca de los rescoldos, de la ventana, de la impotencia del frío por hacerse paso por entre los muros acaudalados del caserío, bajo la campana, al lado de un humilde y pobre caldo, insuficiente para toda la familia, pero testigo de los que estamos ahora mismo vivitos y coleando. Cuántos caldos han sido nuestra fuente y observación, pues sin ellos mucha de la energía que propicia los actos carnales necesarios para que los nietos sigan en pie, no serían posibles sin el humo del hogar, aunque me digan que en los pueblos lo carnal era más austero y huraño, por eso de la necesidad y de que era la única antítesis de la pobreza.

El hogar, para lo bueno y para lo malo, ahí está, aunque abandonado, haciendo gala de una sinceridad propia y amenazada por las crisis de ejemplaridad que se vive en mi país. De esa crisis de la que se quiere separar a muchas instituciones públicas, y reducirla a la persona particular que comete perjurio, robo, malversación o hurto de cabezas de ajo. Pero no es posible reducir a tamaña cosa acciones de tanta envergadura, que son inconcebibles sin la complicidad de muchos, mientras el resto de paisanos, los que nos jodimos de frío entonces y ahora, no tenemos otra que arrimar las manos a las ascuas que queden. Y si no, que nos registren, pues solo podemos esconder lo mismo que mostramos, un hogar que se pierde poco a poco en la ruina de otros tiempos.

CRÓNICAS DEL PUPITRE DE VEA

 

Mi vida valió unos cuantos lapiceros. Así como un par de tinteros. Pero ahora, que  no queda más rato que pensar en el abandono y en la ausencia de una pizarra que le habrán llevado los amigos de lo ajeno, tengo que objetar que nadie se sienta aquí. Nadie por decir algo. Nadie por referirme a lo físico.

Por lo que respecta a lo no físico, nadie es una compañía de lo más numeroso. Siguen unos cuantos y endebles niños, gateando y arrastrando su ingenuidad por las paredes. También la profesora cuenta las escaleras como en una novela de Bernardo Atxaga. Las cuenta para no perder la cuenta de las cuentas que no se cuentan en este pueblo desalojado. También el cura, que sube los domingos desde Villarijo, la patria de un tal Ezequiel Solana, a su vez abuelo de no quién presidente a nivel europeo, y eso es tan cierto como que yo me llamo pupitre y por los entresijos del valle corren las aguas presurosas del Alto Linares. Siguen los labriegos. Siguen los trasiegos del herrero. También siguen los de la planta baja, que se reúnen para llevar los asuntos del censo o de no sé qué contribuciones del diezmo que ¿todavía existen o con un sueño longevo perseguido por los fantasmas?

Lo cierto es que tanta retórica viene a cuento porque son las diez menos diez de la tarde, en plena víspera de la Nochebuena, y nadie se acuerda de que hoy se reúnen todos los cachivaches del pueblo. Rediles. Pesebres. Pebeteros. Maromas. Botellas. Pestilentes restos. Tejas. Solana. Campanario. Sumisas vigas de madera. Tazones de cerámica negra. Pailas. Festejos. Romerías. Zurrones. Ovejas contaminadas por lo paranormal. Todas las ausencias que se me ocurran.

En verdad soy un pupitre, el único que queda en la estancia de una segunda planta a donde cuesta subir sin que la pierna se hunda en el firmamento del suelo, pues éste presenta notables grietas y de él pende la amenaza de los agujeros. Estoy en medio de todo y de casi nada y encima, debajo está lo que queda del ayuntamiento del municipio. Lo mismo que en esta estancia, a lo que se suman algunas bancas roídas por los rateros o quemadas por ellos mismos. El edificio conserva una balconada así como la fecha concisa de su ¿construcción? No lo sé. Se sitúa en 1899. Casi nada. Y pertenece a Vea. Así se  llama el despoblado. Tiene más casas que un paquete de cigarrillos. Extendido en una quebrada del río Linares, que circula a paso acaudalado y cuenta con cuatro o cinco molinos harineros en la más absoluta ruina, aguas arriba, hasta Pedro Manrique. La iglesia se pudre. La soledad también se descompone. Y si me conservo gratamente es porque hasta donde permanezco silencioso, solo se puede acceder andando, so pena de más de ocho kilómetros desde cualquier punto amenazante. Eso nos salva de un abandono más pormenorizado.

Menos mal que soy un pupitre y me queda el consuelo de una infancia invisible. De la infancia que no se priva de hablar conmigo. Y con ellos me quedo, hasta que resuelva la siguiente pendencia ¿por qué los pupitres escriben crónicas?

 

 

EL DUENDE DE LAS CUATRO PIERNAS

 

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Hay dos cosas que desprestigian la tradicional navidad. Una es la propagación del consumismo y la otra es la tendencia que se tiene a acumular traedores de regalos. Santa Claus, los Reyes Magos y el olentzero parece que se han aliado para empeñarse a fondo en eso de que necesitamos hacer más regalos que en una paridera donde las dulces ovejas traen al mundo corderitos mansos y dulces, de esos que salen en los anuncios de un suavizante de reconocido prestigio publicitario y que llevan un lazo rojo prendido del cuello.

Se empeñan en hacernos creer que si no consumes ni traes regalos al mundo serás menos, y te excluyen de esa órbita de hambrientos de centro comercial y de juguetería. Y no es por restarle encanto ni redimirme al  empeño de regalar, porque si se hace se hace y punto, pero no porque me lo digan los medios de comunicación, las cadenas comerciales o San Patinete de las Cuatro Ruedas.

Podría inventarme  la leyenda de que en la sierra del Moncayo también habita un regalador de rancia antigüedad y que solo es conocida su existencia por los pueblos pertenecientes a la órbita de mi gigante admirado. Sabida es pues su presencia e irradiación de energía, de esa telúrica y cercana a lo paranormal, pero a diferencia de esto último, tal circunstancia es comprobable empírica y físicamente. De ello ya se hicieron eco hace más de dos mil años atribuyéndole sabiamente un carácter sagrado a la montaña y hasta Antonio Machado terminó poniéndole acento a su calva invernal.

Pues bien podría darse el caso de que resulta que allí habita el llamado duende de las cuatro piernas, que habita en algún desconocido recoveco entre los muchos que abundan, del lado soriano o aragonés. Unos dicen que nació en Borobia hace unos cuantísimos siglos y se echó al monte porque los propios lugareños se asustaban de su fealdad y él, reconocido solo entre los más pequeños, llorando, desapareció del pueblo y se enroló en el misterio de su desaparición, pero el caso es que de desaparecido pasó a convertirse en mito desde que inexplicablemente, cada 24 d diciembre, en los bolsillos de los pantalones cortos de los niños iban apareciendo toda clase de dulces y siendo tan pobres las familias de hacer frente al desembolso de chuches sofisticados, pensaron en aquel feote, diciéndoles: los ha traído el duende de las cuatro piernas, el feo de Borobia que le da pena desaparecer y desde entonces corresponde al cariño que en su momento le tuvieron los niños, únicos capaces de verle y los mayores estamos privados de su visión producto de aquella ignorancia pasada.

El duende de las cuatro piernas o feo de Borobia se despierta con las primeras nieves, como las presentes de estos días en lo alto del Moncayo, y empieza a devanarse los sesos por lo que bajará a los pueblos de los alrededores: tanto Borobia, como Noviercas, Olvega, Añón, Vera del Moncayo, Ágreda, Vozmediano, Los Fayos o Tarazona sufren sus súbitas y apasionadas apariciones y hasta cuentan de que no es raro que alguna mujer amanezca desnuda y húmeda inexplicablemente producto de un sueño habido con algún joven príncipe del castillo de Grisel o renegado de Veruela.

Ahora bien, que ningún centro comercial se arroge el derecho a decirme que también hay que comprar regalos a los niños porque les he contado a todos que el duende de las cuatro piernas también anuncia el nacimiento del niño Jesus y para no ser menos que los demás, tengo que ir corriendo a por una PSP o un smartphone, porque el feo de Borobia ahora se ha enrolado en las redes sociales y hasta tiene su perfil de lo más fashion en el facebook más guay que las pelotas de golf de Venancio Caracol de la Vertiente Norte del Arroyo, excelso jugador del mismo deporte, nacido en un barrio de Alcorisa.

Por cierto, que si le ven que sepan que este es su jardín, el de ahí arriba, las cumbres del Moncayo que hoy se encuentran así, no exactamente como la foto porque ésta es del pasado invierno, pero sí tal que así, porque lo he visto yo, con mis ojos de duende contador de pequeñas historias, para grandes y mayores, para zapatos y botas, para locos y cuerdos y para borrachos y abstemios, pero nunca para chorizos.

 

Cómo encontrar la fe rodeado de violencia. De tempestad. De contradicciones. De consumo. De materialismo. Creo en un afan de resistencia. En una provisión esencial de carácter. En la que nos hace diferentes e incluso antagónicos del ser más querido. Será que consiste en rugir y buscar la armonía, incluso en estas condiciones tan violentas.

 

Violencia que es aparente. Porque esta violencia del mar nada tiene que ver con el concepto que nos venden de la misma. Me refiero a violencia. Y quise decir violencia del mar por expresar de la mejor forma posible el diálogo establecido entre este conjunto escultórico -símbolo del alma- y el mar. Diálogo, por otra parte, motivado por la invasión de un espacio natural por la mano del hombre. Una intervención humana, sin embargo, que no consiste, esta vez, en la depredación del espacio, sino en la penetración, acoplamiento, síntesis, simbiosis, equilibrio, nervio, galerna, caricia, enfrentamiento… entre ambos espacios…  así deberían ser muchas de las intervenciones del hombre sobre los espacios físicos del ser humano o los naturales del paisaje. Ambos son la traducción del alma a su verdadera síntesis.

 

CRÓNICAS DEL CHORIZO

 

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Dicen que en un pueblo de Galicia ha vuelto la rubia. Se refieren a las pesetas, a la antigua moneda de curso antes de que el euro irrumpiera en páramos y lomeras. Pesetas en cafeterías, puentes, mamposterías y talleres de reparación. Quizás para nostálgicos o para quienes todavía guardan la plata debajo del colchón, tras un grueso diván, a la sombra del aparador o bajo la losa que esconde un hueco propicio para esconder tan preciada moneda. Que no sé si las guardaban en atención a la nostalgia o para evitar que cayeran en manos de los chorizos habituales. Y con chorizo me refiero más a los delincuentes públicos y privados que a los respetables derivados del cerdo, pues lo único que comparten unos y otros es la cualidad de ibérico, los primeros por delinquir en la península ibérica y los segundos por darle a la bellota en las dehesas de Extremadura.

Del trasiego de esa similitud las cualidades de unos y otros son tan diferentes como la rubia moneda o la rubia señora. Los chorizos públicos y privados hacen uso de la rubia para fines de dudosa moral–evasión de impuestos, malversación de fondos públicos, cohecho, tráfico de influencias- y los chorizos ibéricos van directamente a la barra del bar, a la sección de cárnicos del supermercado o a las baldas de una carnicería de marras, además de no diferenciarse por el ámbito de su consumo: se dirigen raudos y veloces, tanto a bocas privadas como públicas, esto es, tanto a las boquitas de los humildes ciudadanos como a las bocazas de algunos personajes públicos.

Pero lo que más me preocupa no es que haya regresado la rubia, sino la mala publicidad que los delincuentes y amigos de lo ajeno hacen del chorizo. Un buen chorizo de Cantímpalo, o una longaniza de Magallón no se merecen que, con su nombre se denomine también a quien, en tiempos de crisis, se dedica a abusar de su imagen para desviar fondos públicos, de esos que pagamos todos, y con ello alimentar su codicia.

Se trata de una cuestión de respeto hacia los verdaderos chorizos de los que nuestro paladar goza y disfruta. Pobre salchichón. Qué pena de fiambre curado. Qué será del pimentón que los adorna. Qué atentado contra la chistorra. Qué desgracia para el chorizo parrillero. Dios sabe la depresión en la que se meterá la tabea castellana.

Malos tiempos para los buenos chorizos, porque sus homónimos, lejos de obrar con discreción absoluta –la norma de todo chorizo de guante blanco-, para no soliviantar los ánimos de la sociedad civil, confían en su inteligencia y se protegen bajo el paraguas del cargo político que ostentan o las poderosas relaciones familiares en que descansan. Y encima puede darse el caso de “choricear” a lo grande, con la excusa de que dirigen una fundación, es decir, una cosita “sin ánimo de lucro”  ¡Ay, ven que te cobro ochenta mil euros en concepto de movilización para un evento de solo un día! ¡Dame seiscientos mil euros por un informe de menos páginas que un rollo de papel higiénico!

El otro día hablaba yo, entre envido y envido,  con un chorizo dulce, de marca blanca. Un tío de lo más sencillo, y su malestar no era más que parte del sentir general entre el colectivo de los verdaderos chorizos. Vamos, que el tipo, mientras sorbía malamente el café que resbalaba por su anilla, me decía que “estamos hasta los cordeles de esos que se dedican a lucrarse a costa de todos nuestros consumidores”. Con consumidores se refería, otrosí, a gente tan corriente como el Aurelio que es el panadero de mi barrio, o el José que vende los cupones de la Once, o la Jacinta que siempre tan amable dispensa en el estanco, o al Pedro de la esquina, o al que me sirve la cerveza, o a quien no puede hacer frente a la hipoteca, a quien no tiene un empleo digno, o en fin, a todos aquellos que estamos, como mínimo, indignados, aunque no ejerzamos de tales en la Puerta del Sol o en el casino de enfrente.

Las morcillas y butifarras también están empezando a preocuparse, no sea que la denominación se extienda a otros ejemplares similares a los chorizos, y a partir del año que viene, aparezcan por doquier “morcilleros” y “butifarreros” de tal calaña. Obvio que hay que alarmarse porque el colectivo de embutidos, por unanimidad, amenace por medidas cautelares o acciones más expeditivas como la huelga general. En parte por la presión de su núcleo duro, los chorizos ibéricos, adalides en la defensa de sus legítimos derechos, que abogan directamente, no ya con la huelga, sino con la ocupación de espacios públicos en horario de máxima afluencia de visitantes y con la implantación de piquetes permanentes en chiqueras, granjas, marraneras, dehesas, encinas legendarias por su provisión de bellotas, secaderos, corrales particulares y todos aquellos rincones donde el cerdo haga su presencia.

De todo ello me pasaba factura el chorizo dulce, aunque con la excusa del colectivo me metió un órdago con la pareja de duples que llevaba. Buen chorizo está hecho, pero de los buenos. A él se lo consiento, porque la mayor de los domingos que caigo en la cafetería oficiamos como pareja de mus contra otros convidados y, modestia aparte, no nos va nada mal. Me da la risa porque mi compañero no levanta más que un par de palmos y le tengo que obsequiar con cojines del tamaño de una montaña para que su vista llegue al perfil de la mesa y seguir las jugadas. Con ellos evitamos preocupaciones mayores y el buen rato disipa el intrusismo de los otros chorizos, que campan a sus anchas por las arcas públicas, fundaciones y beneficencias del tres al cuarto. Como dice el refrán, en todas partes atan los perros con longaniza.  Que los sigan atando con la buena.