CRÓNICAS DEL PUPITRE DE VEA

 

Mi vida valió unos cuantos lapiceros. Así como un par de tinteros. Pero ahora, que  no queda más rato que pensar en el abandono y en la ausencia de una pizarra que le habrán llevado los amigos de lo ajeno, tengo que objetar que nadie se sienta aquí. Nadie por decir algo. Nadie por referirme a lo físico.

Por lo que respecta a lo no físico, nadie es una compañía de lo más numeroso. Siguen unos cuantos y endebles niños, gateando y arrastrando su ingenuidad por las paredes. También la profesora cuenta las escaleras como en una novela de Bernardo Atxaga. Las cuenta para no perder la cuenta de las cuentas que no se cuentan en este pueblo desalojado. También el cura, que sube los domingos desde Villarijo, la patria de un tal Ezequiel Solana, a su vez abuelo de no quién presidente a nivel europeo, y eso es tan cierto como que yo me llamo pupitre y por los entresijos del valle corren las aguas presurosas del Alto Linares. Siguen los labriegos. Siguen los trasiegos del herrero. También siguen los de la planta baja, que se reúnen para llevar los asuntos del censo o de no sé qué contribuciones del diezmo que ¿todavía existen o con un sueño longevo perseguido por los fantasmas?

Lo cierto es que tanta retórica viene a cuento porque son las diez menos diez de la tarde, en plena víspera de la Nochebuena, y nadie se acuerda de que hoy se reúnen todos los cachivaches del pueblo. Rediles. Pesebres. Pebeteros. Maromas. Botellas. Pestilentes restos. Tejas. Solana. Campanario. Sumisas vigas de madera. Tazones de cerámica negra. Pailas. Festejos. Romerías. Zurrones. Ovejas contaminadas por lo paranormal. Todas las ausencias que se me ocurran.

En verdad soy un pupitre, el único que queda en la estancia de una segunda planta a donde cuesta subir sin que la pierna se hunda en el firmamento del suelo, pues éste presenta notables grietas y de él pende la amenaza de los agujeros. Estoy en medio de todo y de casi nada y encima, debajo está lo que queda del ayuntamiento del municipio. Lo mismo que en esta estancia, a lo que se suman algunas bancas roídas por los rateros o quemadas por ellos mismos. El edificio conserva una balconada así como la fecha concisa de su ¿construcción? No lo sé. Se sitúa en 1899. Casi nada. Y pertenece a Vea. Así se  llama el despoblado. Tiene más casas que un paquete de cigarrillos. Extendido en una quebrada del río Linares, que circula a paso acaudalado y cuenta con cuatro o cinco molinos harineros en la más absoluta ruina, aguas arriba, hasta Pedro Manrique. La iglesia se pudre. La soledad también se descompone. Y si me conservo gratamente es porque hasta donde permanezco silencioso, solo se puede acceder andando, so pena de más de ocho kilómetros desde cualquier punto amenazante. Eso nos salva de un abandono más pormenorizado.

Menos mal que soy un pupitre y me queda el consuelo de una infancia invisible. De la infancia que no se priva de hablar conmigo. Y con ellos me quedo, hasta que resuelva la siguiente pendencia ¿por qué los pupitres escriben crónicas?

 

 

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Un comentario el “CRÓNICAS DEL PUPITRE DE VEA

  1. ¿Qué podría decirle a un pupitre abandonado en un despoblado..? ¿Hola, cómo estás? Pues me pongo en su lugar y creo que tiene la gran ventaja de tener el recuerdo de los niños, tantos niños que colocaron sus cuadernos encima y escribieron. Aprendieron las primeras letras allí. Y muchos rayaron la madera, dejaron marcas en ella, escribieron su nombre o dibujaron un corazón para dejar el recuerdo de un primer amor. Seguramente aun resuenan las risas y los gritos de los recreos…y tal vez el espíritu o el ánima de un antiguo profesor vaga por esas aulas. Y tal vez hasta se siente o afirme en el viejo pupitre. Qué hermoso era el tintero blanco adosado a su madera y lleno de tinta azul donde el lapicero untaba la pluma para hacer la caligrafía.
    Y a veces había también tinta roja para resaltar algunas palabras.
    La pizarra del aula era de color verde para que resaltara mejor la tiza blanca y no dañara los ojos. Seguramente alguien se la llevó porque la abandonaron allí y nadie se preocupó de darle un nuevo uso. Es curioso cuando decimos nadie, es como si no hubiera nada, ni siquiera un fantasma…!
    No hay nadie, pero habían personas antes y otros objetos, y animales, algunas mascotas que rondaban el colegio. Allá en un rincón encima de un mueble había un mapamundi y también habían cortinas en las ventanas. Es curioso como el paso del tiempo hace que desaparezcan los objetos también el recuerdo…
    Un encuentro de los recuerdos en vísperas de la Navidad..!!

    Me impresiona la idea del pupitre abandonado, tan sólo y desamparado en medio de los escombros…y las grietas es como estar una gran inmensidad sin poder sujetarse a nada.
    ¿La soledad nos protege? A veces creo que si.

    Menos mal que eres un pupitre y que te queda el consuelo de una infancia invisible. De la infancia que no se priva de hablar contigo. Y con ellos te quedas, hasta que resuelvas la siguiente pendencia ¿por qué los pupitres escriben crónicas?

    En mis tiempos eran las personas que se transformaban en una rosa para contar lo que sentían, o un compañero de curso que entraba en el espíritu de una mosca para contarnos su recorrido y aventuras. ¿Por qué los pùpitres escriben crónicas precisamente en vísperas de Navidad? Si que es una gran pendencia..!
    Felices fiestas!

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