CRONICAS DE LA INOCENCIA

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La inocencia no nació un día cualquiera. De eso sí que hace mucho. Unas cuantas décadas. Se sabe mucho de ella. De quien la práctica. De la forma en la que la ejerce y pone en práctica. De quien no se duerme en los laureles y se alegra de cuando la inocencia forma parte de su vida. De quien no la pierde ni aún cuando le den unas cuantas patadas en el trasero, bien o mal dadas, pero dadas al fin y al cabo. De quien gusta enseñar de su significado a cualquier hora y con el simple pretexto de demostrar que la inocencia es como la primera letra de un alfabeto ingenuo.

Para empezar, hay unos señores que definieron la inocencia tal y como sigue y, a saber, se trata de unos adecentados hombres y respetables señoras cada uno de los cuales ocupa una letra por sillón y, entre otros menesteres, se encargan de mantener viva la llama de esta inocente lengua que es el castellano, de prosperar en medio de tanta delincuencia verbal y de verter sobre páginas y páginas de diccionario toda la enseñanza de cada palabra, desde la más nimia hasta la mayor esencia linguística, pasando por las definiciones más alquitranadas o por la retórica de la que habitualmente le gusta regarse a la clase política como si ellos fueran portadores del virus de la verborrea –y así es en realidad- y en canto en sol mayor con un par de octavas.

Pues bien, esos insospechados y cultos miembros –con ello me refiero a los de la academia de la lengua castellana y no a otros, para que no sean mal pensados- definieron la dulce inocencia como sigue:

Inocencia.
(Del lat. innocentĭa).
1. f. Estado del alma limpia de culpa.
2. f. Exención de culpa en un delito o en una mala acción.
3. f. Candor, sencillez.

Estado del alma. Una verdadera locura. Un estado en peligro. Es decir, que la inocencia es como el agua de nuestra botella que a su vez es como el espíritu que lo guarda todo. Nuestra piel es una botella donde corre el aire y dentro de la misma habita el estado del alma ¿estado como sinónimo de nación? Pues no, porque la nación es un término más bien de otra naturaleza mucho más barroca. Pero ojo, que nación no es el superlativo del nacido ni del que nació a lo grande, aunque parezca a ojo de bizco. Nación no es un tío megalómano que nació a lo bestia, entre sábanas de oro y por obra y gracia del señor en un palacio, o por sapiencia de sus consumados padres que lo concibieron en un salto del tigre a la sombra de la Cibeles o en el ascensor de un rascacielos mientras el viejo ascensorista que aprieta el botón y que está a punto de jubilarse les ve porque ya no abundan los auxiliares de elevadores salvo en un contado hotel de siete estrellas y eso que la frase termina. Nación no es un niño dado a luz en lo alto del Aconcagua o en los glaciares del Cotopaxi. No muy señor mío. Nación es un territorio nacional determinado, habitado por una suerte de soberanía y eso con mucha suerte, valga la buena redundancia. Nación es, por ejemplo, el caso de la bella y casual Ecuador; el de la Cuba infinita y cosida a una isla en todos sus sones y guayaberas; el de Perú, con sus riscos andinos como colmillos afilados de la geografía; el de Chile, con sus poetas de toda cata y jugo como Nicanor Parra, Gabriela Mistral o el amante de casi todo dígase Pablo Neruda; o la Argentina de los tangos que se bailan con las largas piernas de una mujer envueltas en una sensualidad de las medias negras contra la espuma del deseo de un bandoneón. Eso es una nación.

España también es una nación, aunque allí ahora solo nazcan setas, avezados ciudadanos, mileuristas, banqueros idólatras, becerros de oro oxidados y una juventud que se ahoga poco a poco en la penumbra de la solitaria esperanza y todo no por culpa de ellos sino por una estirpe de dirigentes que no tienen nada de inocencia en el estado de su alma, porque parece que no la tienen y menos está limpia de culpa. Únicamente limpios de inocencia, porque no disponen de ella en ninguna parte. No encuentro inocencia ni en la Moncloa. Ni en la plaza de las Ventas. Ni en el Santiago Bernabéu. Ni en las cumbres de Gredos. Ni en los encinares salmantinos. Ni en las largas vegas del Jarama. Ni en cierta familia de porte nobiliario donde vino alguien con cara inocente y se lo quiso llevar todo con la Viagra de una fundación y con los acordes de esta vieja revelación:

Madre, yo al oro me humillo
el es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo;
que pues, doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es Don Dinero.

Si Francisco de Quevedo levantara el pobre la cabeza se moriría de la vergüenza porque él, que con tal inocencia, con tal estado del alma libre de culpa, escribió sobre esta gran verdad que, después de tantos siglos perdura, parece que fue más profeta que poeta. Porque Don Dinero es tan poderoso que hipnotiza hasta al que debe observancia a una conducta ejemplar. “Ejemplaridad” que es una de las palabras más famosas del momento porque tuvo la virtud de salir en la televisión justo cuando más importa al protocolo, en plena víspera de año nuevo, justo cuando las familias se disponen a atacar el plato de camarones al ajillo, el pavo relleno, los chorizos culares y la sopa de ajo. Es decir, que el gobierno, viendo que esa hora es la más inocente y caritativa del año que está por morir, le dice al jefe de Estado que pronuncie un discurso de fin de año, discurso que algún pasante le habrá hecho para ser revisado a posteriori, y en el que se alude, sin ir más lejos, al milagro del año venidero, en que todos debemos estar más unidos, crecer sin mojar demasiado el pan en el plato, fortalecer nuestros lazos, arrimar el hombro y pagar más impuestos para salvar la crisis que provocaron otros, ser solidarios y limpios de paisaje y un larguísimo etcétera de inocencias para las almas limpias de culpa. Y allí es donde a punto de que falleciera el año dos mil once es cuando la palabra “ejemplaridad” apareció como una llama que se comió todo y nos dieron a entender que tal término es de obligada observancia para quienes, por razón de su cargo, relevancia pública o responsabilidad, tal comportamiento debe llevar y no otro. Aunque alguno o muchos debieron ser sordos a la palabra y acabaron siendo, ejemplares sí, pero de la toxicidad, no de la inocencia.

De levantar la cabeza Quevedo, agitaría sus alas como una mariposa, desde luego y, sin pedir permiso a la ciudadanía,  escondería la cabeza bajo tierra, como las avestruces, en busca de la inocencia de la tierra donde el agua abunda. En pro de una exención. De algo parecido a una eximente. Porque la exención es la otra parte de la inocencia, que en caso de que no sea un estado del alma limpio de culpa, hay unos jueces, o una sociedad, o una aduana que te declaran exentos, para que no dé lugar a duda alguna. Es como cuando el servicio militar era obligatorio y a alguno de nuestros padres les declaraban exentos por pies planos, miopía o alguna cuestión tipificada en el respectivo código. Exentos por ser inocentes del impedimento para realizar la prestación de un servicio esencial a la nación. Pero también exentos para lo bueno, sino también para lo malo: también estaban exentos de participar en la fiesta de los quintos del pueblo. De todos esos que coincidían en año de nacimiento y les mandaban a servir como reclutas por sorteo y entonces, preparaban una fiesta por todo lo alto, o inscribían sus nombres en la pared del frontón junto a la Plaza Mayor, o se hacían de acordeón y otros instrumentos y andaban de puerta en puerta, solicitando aguinaldo militar o una buena alegría.

Candor y sencillez, en otras palabras. Ello también es inocencia. “Cuida a quien te cuida” como canta Pedro Guerra. Candor como sinónimo de un calor impenetrable a golpe de vista. Candor por dentro. Fortaleza del espíritu. Un espíritu de mirada profunda. Candor que es el que nace con el niño y desaparece progresivamente con el adolescente. Candor que ya no debe existir en el adulto porque igual alguna mujer le llama inmaduro al hombre candoroso o algún hombre le llama frágil a la mujer candorosa. Candor que es el que debiera existir siempre, a prueba de balas, pero que cada vez es menos pausible exteriorizarlo porque te dan más bofetadas que a un tonto. Por eso dicen que no solo hay que ser bueno sino también parecerlo. Es decir, que debes parecer candoroso. Y eso mismo se lo dijeron a un amigo mío, un buen amigo que, después de todo, se pasaba noche, día, alba, madrugada, medianoche, vigilia y mediodía dedicándose a lo mismo, a la maleza del trabajo y de los buenos propósitos hasta que los mismos que le inculcaron eso le robaron las trenzas y le dijeron: además de ser honrado debes parecerlo. Y le respondí yo: ¡viste, en casa del herrero cuchillo de palo! ¡nunca te fíes de los que fingen candor! ¡y menos de lo que comercien con la sencillez como una mercadería barata! Porque la sencillez es el verdadero regocijo del alma. La sencillez es la luz que acerca todas las distancias.

La sencillez es la definición más hermosa de la inocencia. Es como la barca que se mece tranquilamente sobre la marejada del puerto. Es el nombre que le pondría yo a un velero. El velero de la “sencillez” para embarcar allí a todo el universo que forma parte de la inocencia de la que muchos niños saben de ella. Como si estuvieran observando las gaviotas que se enamoran del cielo. Es también como la tierra, que tiene un color sencillo, de un tono u otro, pero sencilla al fin y al cabo, para que luego vengan con un arado, la azada, el tractor, las manos y la acaricien como se debe. Tierra sencilla que es donde también volvemos después de un largo viaje del que sabemos siempre el punto de partida pero ignoramos o queremos irnos lejos de la inevitable llegada.

Así es el mundo de la inocencia. El mismo que atraviesa la candidez de una minina que se esconde en los albores de un jarroncito. Pobre gatita. Le expliqué con estas palabras acerca de la inocencia, de la exención de culpa, de la bondad de las abejas, del dulce panal de miel, de la despoblación de muchos rincones y encima, para dejarle un ejemplo más gráfico, le puse el primer telediario que asomaba en la televisión, con tal mala suerte de que me salió: un programa de la farándula donde todos los famosos dicen tener hijos de casi todos y mantener pleitos por la custodia de los hijos habidos, de las botellas de vino de crianza, del lecho conyugal y de los rulos para hacerse la permanente en la cabeza; luego vio un documental donde se propugnaba que las operaciones de cirugía estética no fueran un derecho, sino una obligación constitucional, es decir, que los culos pomposos, las huevas agrandadas, las liposucciones, el botox en la comisura de los labios y los pechos rasurados y sin gota de pelo fueran el sine qua non para ser inocente y cándidamente bello; a posteriori salió una nueva edición de Gran Hermano; luego una sesión de espiritismo y un diálogo con el fantasma del Cid Campeador y el espíritu del inca Atahualpa y, por último, un telediario donde solo se informaba de guerras, hambrunas, niños deshuesados, estadísticas del desempleo, abusos sexuales, impunidad de unos cuántos, terremotos, accidentes de tráfico, primas de riesgo, violencia de género, pago de servicios de prostitución con cargo al erario público del municipio, ladrillos, desahucios como consecuencia del supuesto impago de hipotecas, bancos que crujen, inundaciones, abandono, gobiernos que son intervenidos y rescatados por la Unión Europea, incendios, animales en peligro de extinción, lascivia, sexo sin amor, bosques sin hojas, libros secuestrados, besos en exilio, abrazos en franco retroceso y ruinas.

Pobre michina. Así se ha quedado de tiesa. Y no por todo ello ha perdido un ápice de perplejidad, sencillez, candor e inocencia. Más bien se le ha desarrollado en superlativo y me sigue mirando con la misma cara de no haber todo un plato y me pregunta: ¿pero es que así es todo? Pues sí. Digamos que así es el mundo de la perversa inocencia de hoy en día. Y ojo con hacerte voluntaria de alguna organización. Me gustas más así. De inocente para todo pero no para cualquier cosa. Perversa y maltrecha inocencia. No solo debes ser inocente, sino también parecerlo, dulce minina.

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CRONICAS DEL GALLO VERDADERO

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¡Qué pasa! Ole. Ole y ole. A una pata. Qué sentido del equilibrio. Qué cresta. Qué par de huevos. Digo qué par de huevos que he de hacer durante mi cortejo. Saldrán unos pollos de la ostia. Unos pollos de aupa. Unos pollos como los de Bilbao. Grandes, hermosos, orondos y de pluma tan brillante como la estela de un reactor. Ole. Para gallo yo y ningún otro que no sea gallo. Para gallos nosotros. Nosotros, los que tenemos plumas y posamos ante cualquier imprevisto fotógrafo sin que nos digan cuánto ni cómo hemos de doblar la pata.

No hace falta aquí que venga nadie a decirme cómo debo posar. Fotogénicamente. Ni focos. Ni paraguas blancos de esos que se sitúan al costado de una damisela para que su piel salga como la patena. A mí de esas viandas no me hace falta. Con un par de buenos choclos me basta, porque me como los granos en un santiamén y con la bendita felicidad que alcanzo con mi molleja repleta de exquisito maíz me arranco por peteneras y salgo de este lustre. Charlatán. Hablador. Glorioso conversador. Bien gallo. Buen güey. Con una buena chimba bajo la cresta. Lingüístico. Con un dominio perfecto de la riqueza de la lengua castellana. De poca madre. Bien macho. Con un par de cojones. De buen porte. Con una percha de esta guisa. Ahí es nada. Un gallo como lo que debe ser. Con la memoria impregnada de inteligencia. Emplumado pero no con pluma, pues eso se lo dejo a todos esos que salen del closet ¡Dios qué pedazo macho soy! ¡A mí todas las gallinas, que todas las que vengan son pocas! ¡Vaya pecho que Dios me dio!

Yo sí que soy gallo y no el perico ese que me tiene hasta la mismísima entrepierna, fingiendo que es tal o cual y que es de no sé qué país superior a cualquiera, pero se le ve en la cara, o mejor dicho, en la cabeza, porque se las quiere dar de gallo y no tiene ni cresta para empezar. No tiene cresta ni aún con un injerto de tomate de árbol, porque el fruto es lo único rojo que iba a poseer encima de su cabeza. Vamos, que le mando a Buenos Aires pasado mañana a que le de un poco flojera, para que le “hagan la macana” porque es más “bardo” que un estropajo de vajilla. Para gallo yo, que no lo olvide, pues con mi pico de oro tengo más labia que la sirena que quería embarcarse a Ulises al fondo del mar. Menudo pico que tengo. Un pico puntiagudo, dulce y bien afilado, para agenciarme todo el mote que me tiran al pronto de la mañana, toda la albahaca picadita y el ajonjolí que sobra del pan del molde, toda la espinaca cocidita y la avena tan amarilla como el sol de mediodía.

Pero pico del que tengo bajo la cabeza y encima del cuello, porque una vez me llevaron a Santiago de Chile y ¡la que armé cuando dije en mitad de un certamen andino de gallos que tenía un pico de oro, grande, fino y muy rico en palabras! ¡todas las gallinas en fila esperando que las enfilara, valga la redundancia! ¡todas ellas cluecas y entonando una vieja melodía de amor! Tuve que salir corriendo y montarme en un vuelo de urgencia de la compañía Lan para que no se tomaran en serio lo del pico porque casi me dejan sin plumas en el abdomen ¡y es que pico allá es otra cosa!

El caso es que allá me dieron el aventón y me decidí por vivir el resto de mis días en una localidad apartada del Oriente. Al oeste de los Andes. A la sombra de unos cuidadosos volcanes llamados Reventador y Sumaco respectivamente. Me acomodé entre las llantas y motores de un taller mecánico y entre tanto sol y tanta lluvia me salió todo el gallo que llevo dentro ¡Sí señor! ¡soy el gallo del Oriente! ¡el gallo más macho hasta los confines de Baeza, Archidona, Tena, Puyo y Macas! ¡el gallo al que más pantalla le dan! Ecuavisa, Teleamazonas, Televisión Española y hasta el Canal Internacional de Pollos luchan por mantenerme en la hora punta de sus audiencias.

¡Viva la madre que me parió! Bien gallo. El gallo que más conoce de todo lo habido y por haber. Gallo viajero. Gallo peleón. Licenciado en casuística y gestión de proyectos de cooperación gallinácea. Con una maestría en reducción del riesgo de desastre en mi sector. Es decir, que sé elaborar hasta un plan de contingencias en caso de que una raposa quiera entrar en el gallinero y comerse a toda mi prole, o incluso he desarrollado el más moderno concepto de resilicencia, por el cual fortalezco las capacidades de todos mis pollos de forma que si una guanta, nutria, elefante andino, empresario maleducado, promotor comunitario, consultor desesperado, director compulso, prospector petrolero, funcionario descuidado, hambriento, empleado del KFC, dispensador de pechuga o cualquier otra amenaza natural o de origen antrópico entran en mi recinto, poder tomar las medidas necesarias para reducir la cualidad de semejante peligro.

Un gallo de lo más cualificado. Experto en las artes y lides de la naturaleza. Un gallo que no hace falta que se ponga sombrero para decir a los demás que se anden con cuidado. Gallo al que le da igual lo que le paguen porque soy honrado, callejero y doy lo mejor de mí mismo ¡bien gallo! ¡alcalde de mi sangre! ¡con apellido y todo! Vamos que si por mi fuera, todos iban a andar mas derechitos que una vara de avellano. Hasta los de condición más ilustre. Les iba a condimentar pero bien. Pimienta en los cataplines para que sepan de la vida. Pico y pala para que arreglen las cunetas de todos los caminos que se hunden con las lluvias del invierno. Ajo molido para que huelan todo lo que tienen que oler. Pero nada de canela, que eso lo reservo para el arroz con leche.

Un gallo que lo da todo sin esperar nada a cambio. Todo excepto la rosterización. Porque no me gusta ir a ponerme moreno a los asaderos. Que se alimenten de otra cosa o se hagan vegetarianos si hace falta ¡Gallo hasta la muerte! Bien gallo. Pero no gallinazo porque la carroña no es propia de mí. Se debieron confundir al ponerle ese nombre al ave inocente que se come los hilillos de carne de las reses muertas y no a los verdaderos buitres que son los que dirigen los bancos y achicharran a casi toda la ciudadanía con los intereses ¡a esos sí que los rosterizan de forma injusta! ¡Indignado me haré! ¡a la Puerta del Sol de Madrid! A picotearles duro la cabeza a tanto delincuente barato. A cantarles las cuarenta. A leerles la cartilla. A despertarles no cuando amanece sino cuando más cerrado tengan el sueño. A repoblar las desoladas tenadas de los pueblos abandonados. A decirles las cuatro verdades. Aunque tenga que empezar por llamar por teléfono mañana a cualquier español que ande por aquí metido en esos medios de comunicación, para denunciar las deficiencias de la globalización, y de paso me referiré a cuantas irregularidades, chismes y prebendas veo por aquí, con este par de ojos, pico, cresta, pluma, escarpias que nadie me ha regalado.

Por eso me llaman “Verdadero”. Buen nombre para un gallo de mi categoría. Gallo sin visado. Que por llamarse Verdadero le abren la puerta en todas las aduanas. Que por ser tal le ponen en un asiento de clase ejecutiva, con todo el peso que quiera en mis dos maletas. Asiento expresamente destinado a mi anatomía, dotado de afilapicos, cuenco de porcelana con grano de la mejor clase, servicio de pedicura de primera y una colección de discos digna de un mandatario: Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Il Divo, Silvio Rodriguez, Pablo Milanés, Tiziano Ferro, Ricky Martin y la colección de chistes del Chavo del Ocho.

Así que ya saben, si algún día de estos pasan por la troncal, pregunten por el gallo Verdadero a la salida de Archidona, en un taller de mecánica de donde algunas veces sacan camionetas sin autorización, aún con no sé excusa de inundación en un malecón, y sé de una que se llevaron cierto viernes, con el parabrisas agujereado como por balacera, con sirena y todo, arreglada para otros menesteres más lógicos como llevar gallinas en la cubeta, pero no para presumir o dedicarla al contrabando de guano. Se la llevaron y no la llevaron a devolver, por lo que seguirá circulando sin matrícula, ni seguro alguno. Pero no pregunten por quién se llevó la camioneta del viernes mencionado porque es un asunto de seguridad nacional porque son capaces de hablar mal del gallo Verdadero. Del gallo que soy yo y ningún otro.

CRÓNICAS DE LA CURIOSIDAD

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Me parece que le he visto. Acaba de alcanzarme un rayo. O una petinencia. No le acompaña hueso alguno. Fue veloz como una gacela. Y no era un gato, porque me hubiera dado cuenta, de ley, con lo perspicaz que soy para asuntos de michinos. Es que los huelo a un par de kilómetros, desde que pretender ahogar el ruido en el más absoluto silencio, paseando por las entrepiernas de los diferentes lotes de esta calle. No me la dan con queso. Ni gato por liebre. Ni duros a cuatro pesetas. Ni como se dice eso en Europa cuando te alcanza la prima de riesgo: que no me la dan ni con las agencias de calificación.

Le he visto. El caso es que llevaba sombrero. Iba a dos piernas. Descarto el gato y la presencia de cualquier otro animal de cuatro piernas. Igual era que volaba. Si no era sombrero pudiera ser cresta y, en todo caso ¿un gallo con sombrero de copa? ¿un ampuloso macho de esos que tienen escarpias en las patas y una mirada que me da coraje, como si fueras a olerle el culillo a una gallina, por eso de ser amistosos? ¿un gallo que vuela por encima de la verja? ¡qué puñetas!

Estoy seguro de que es un sombrero lo que se ha desplazado de izquierda a derecha. Suavemente. Sin prisa. Sin volar. Sin crestas. Sin aguacero. Es que las nubes están muy lejos y mira, incluso el Ilaló luce con una discreta amalgama de azules que parece un pastel de bodas. Un apetitoso bizcocho de carne azulada que dan ganas de pegarle una enorme dentellada, así como para sacarle todos los cuartos traseros a la montaña. Espero que no fuera un volcán lo que ha pasado, porque son suaves, lentos y se dejan ver a poco que les observes fijamente, desde sus verdes faldas hasta sus cimas peladas, grisáceas y de las que dicen muchos hombres entendidos, de esos que dicen ser técnicos de geodesia, que echan humo, como aquellos vaqueros de los que mi abuelo, un respetable  mastín español, me contaba que salían en no se qué pantalla grande, acerca de cierto oeste americano, empuñando un cigarro de liar.

Éste tipo con sombrero tampoco echaba humo cuando asaltó mi territorio, al que tengo cuidosamente señalizado porque levanto la pierna, y con la entrepierna, riego mazo el perfil del tronco, la esquina del poste de hormigón, la punta de algunas ortigas o algo que me parecía un congreso de asambleístas vegetales. Por mis terrenos no ha pasado un volcán. Pero tiene sombrero. Y algo que me viene a la cabeza pero que cómo carajos se denomina. Es como una cometa de tela plateada, que sobrevuela al ritmo del que  camina y sobre todo, cuando llueve, las gotas de lluvia le resbalan como si se tratara de proteger el aniversario de la hoguera bárbara ¡Una gabardina! ¡Eso es, una gabardina! ¡Es una gabardina!

¿Sería Eloy Alfaro? Sí, el prohombre del que se siente tan orgulloso el señor Cándido, mi amo, el que me abre la puerta a las seis de la mañana para que marque las fronteras de modo urinario. Podría ser Eloy Alfaro, pero esta mañana escuchaba la radio y no me parecía, porque le pintan de oído, con uniforme y una barba blanca y muy gentil, así como con una gorrilla militar y uniforme de gala, que no gabardina. Me parece que no. Que me quedé sin héroe y sin fusta. No es Eloy.

Que no lleva ni gabardina ni sombrero ¿y por qué no el inspector Colombo, ese detective de la televisión, de voz cascada y que parece que ronca cuando descubre al autor de un asesinato? Pero el tal Colombo no creo que ande por aquí, porque es un barrio tranquilo y cerca ahí, en el redondel ese, en la rotonda, un enorme quinde, o colibrí, que parece de piedra, con el pico tan apuntado como un estoque y que, como a un ladrón de poca monta se le ocurra venir, verán por dónde le mete el estoque el colibrí recién despertado. Por el mismísimo ojete. Vamos, por el trasero. Por el culo. Por las posaderas. Por el orto. Por el camino más recto, que es el del ano. Por las santísimas estructuras sobre las que descansan mis muslos cuando me siento.

¿Quién carajos será? ¿la duquesa de Alba? Esa no usa gabardina, sino peluca, y además anda acompañada de un hombre con el que se ha reciclado de vejez. Y eso que yo no me rejuvenezco ni con una muda de pelo, como esa por la que está pasando mi vecina, una pastora alemana que tiene sus quince años, viejita ella, y que a cada sacudida su muda llega a conocimiento de todo el municipio. Pelos por todo el valle. Pero bueno, mi vecina es más honrosa y humilde, porque solo mora en la azotea y, de vez en cuando, la permiten entrar en un saloncito de la segunda planta, mientras que la duquesa esa necesita una provincia entera solamente para ir a que le laven los pies.

¿Y no podría ser…? A ver. Gabardina y sombrero. Y venía cantando algo acaso. Algo sobre un vals en modalidad de verso. En castellano. Nada de quichua. Y además la pronunciación de las erres le renquea un poco ¿gringo? ¿de habla anglosajona? Espera que me acuerde. Maldita memoria perruna. El caso es que tengo su nombre en la punta del hocico. Me fijaré bien. Todavía anda por allí abajo. A punto de doblar la esquina detrás del gallinero. Ya sé quién. Leonardo. Leonard. Leonard Cohen. Sí. El que se hizo monjé de no sé qué durante una década y hace poco le dieron el premio príncipe de Wiskas. No, Wiskas no. Que eso es de galletas para perro -es el apetito, que me jugó una mala pasada-. El Príncipe de Asturias, ole. Sí, el premio que lleva la misma raza que el hijo de ese rey de las Españas, coño. Joder, el cuñado del que se ha ventilado unos cuantos billetes con la fundación.

¡Pero es el Leonard Cohen! Ahora sí que me acuerdo. Espera que ladro. Quiero un autógrafo suyo. Y un disco dedicado en el que escriba: con cariño y devoción, al humilde oyente canino, al que no es pelucón ni pendenciero, al que no roba plata, al que no tarda en devolver la cámara de fotos que no es suya, al que no quiere cobrar cien dólares por un servicio de camioneta al Coca que finalmente no hizo, al que no es majadero y liante, al que no es bravucón y chulesco, al que le da lo mismo que sean quince que diecisiete comunidades, al que es el más sincero y vespertino, al que más corazón dispensa, al que más quiere quedarse, al que no es tan idiota como para presumir de principios que luego no aplica, al que celebra la felicidad con una buena sonrisa, al que camina y es valiente, al que ladra cuando hace frío, al que platica de buena fe, a ti que te gusta Silvio Rodriguez, a ti que regalaste un libro con la letra de todas las canciones del Joaquín Sabina con su reverencial firma, a ti que tienes poco y necesitas menos para ser feliz, al que no dice “te voy a acolitar” y luego se lava las manos, al que ayuda a encontrar trabajo al emigrante, al lector de Nicanor Parra, al amante de la música de Victor Jara, a ti que sabes que el que canta los versos de Federico García Lorca es Leonardo, a tí de parte de Leonard Cohen.

CRÓNICAS DEL PERRO MUERDEHUEVAS

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Me llaman Muerdehuevas. Así de sonoro y violento. Así de vulgar y popular. Bien podrían haberme puesto algo más sigiloso y discreto, pero no, tuvieron que darme mordedura y huevas. Ambas cosas. Tanto la mandíbula que hinca el diente como el sujeto directo de mis colmillos. Tengo que pedir disculpas. Enormes disculpas. Gigantescas disculpas. Una chimba de disculpas. Una larguísima vaina de disculpas. Un número indefinido de disculpas. Una retahíla de disculpas. Un carajo de disculpas. Un mazo de disculpas. Una bola de disculpas. Porque me llaman Muerdehuevas. Porque dicen que muerdo algo en lo que se resume la virilidad de un hombre. Porque les doy donde más duele antes de emitir cualquier extraño ladrillo. Porque les destierro su descendencia con un breve ángulo de hocico de rompe y rasga.

¿Y por qué tengo que pedir disculpas si solo tengo la culpa del nombre que me puso un tipo cabreado? ¿por qué tengo que cargar con dicho sambenito cuando yo no tengo ninguna responsabilidad en el bautizo? Podían haberme llamado, qué se yo, Chiringuito, Catalejo, Carbonero, Pelusilla, Sombrerón, Guayabero, Botero, Carpintero, Aguardiente, Chino, Juanito, Paquetón, Petinente, Tony, Barquero, Sementalino o Pilsener. Pero tuvo que ser Muerdehuevas

¡Muerdehuevas por aquí! ¡Muerdehuevas por allá! Qué tendré yo para que muerda huevas y no otros elementos físicos. Como por ejemplo los muslos, el talón o las manos, sobre todo cuando me tiran una pelota fresca y húmeda por la azotea y la reviento entre los dientes antes de que el amo quiera quitármela. O me podían haber puesto Dingo, porque ese es el enigmático nombre que Andi Sam -el alter ego de la infancia  Danilo Kis- le puso al suyo y col el que se dice que hablaban entre ellos, y se iban a buscar la vaca naranja del señor Molnar, la más guapa y hermosa del pueblo.

¡Muerdehuevas! Qué lata. Aunque podría haber sido peor. Peor que para un delincuente. Menos mal que mi amo tuve ese día y no uno de esos apasionados y romanticones, uno de esos días en que se pone tan fino como la seda y le hubiera dado, qué se yo, por ponerme Anais, nombre exquisito pero demasiado femenino para mis propósitos. O Dulcinea, porque el tipo está obsesionado por las tierras del Quijote y yo no me veo perseguido por algún caballero andante de cuatro patas montado a lomos de un autobús intercantonal, creyendo que es un caballo.

Y todo por un día malo. Por un día cualquiera. Porque dice que hay algunas organizaciones que bien merecen que les muerdan las huevas, por charlatanes y mentecatos, que no por perrunos. Que lo merecen porque dicen hacer un tanto y luego terminan practicando el movimiento de un borracho: una parábola directa en el curso que debe seguir la plata destinada a ayudar o a hacer que otros perros y perras como yo, en riesgo de exclusión social, o enfrentados a una altísima vulnerabilidad frente al riesgo de desastres. Es decir, que en vez de emplearlo en lo que dicen se lo meten en cualquier alcancía, bolsillo o justificación.

Si un perro que sobrevive con menos de un céntimo de dolar diario -por debajo del umbral de pobreza canino- le quitan el hueso y dicen que se puede justificar tal talentoso robo por un par de proformas y la autorización expresa de que la perrera autorizante se hará responsable en caso de que haya problemas con la Dirección Protectora de Animales de la Unión Europea. O que si se comprometieron a disponer de un autobús provisto de comederos y suaves colchonetas para todos los perrillos beneficiarios, en menos que meneo la cola me encuentro con que está encima de unos adoquines de carretera, sin llantas, sin plumas, sin memoria, sin collar, sin plan de contingencias, con el asiento del conductor ladeado por la mala conducta de algún vigoroso chofer, con la sirena dotada de una melodía barata que parece más el aullido de un lobo que una señal de auxilio.

En fin, que le comprendo. Que si tengo que ser Muerdehuevas lo seré pues a fin de cuentas no es lo peor de todo, sino lo mejor y lo más concurrente. Por eso estoy aquí atento, mirando con los ojos clavados en el infinito más cerca, porque veo acercarse a alguien enormemente sospechosos, con una camiseta blanca y no sé qué asuntos se traerá entre manos ¿le morderé las huevas?

LOS GARABATOS DE ANAIS NIN

 

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El sexo pierde todo su poder y su magia cuando se hace explícito, mecánico, exagerado; cuando se convierte en una obsesión maquinal. Se vuelve aburrido. Usted nos ha enseñado, mejor que nadie que yo conozca, cuan equivocado resulta no mezclarlo con la emoción, la ansiedad, el deseo, la concupiscencia, las fantasías, los caprichos, los lazos personales y las relaciones más profundas, que cambian su color, sabor, ritmos e intensidades"

Diario de Venus
Anais Nin

Esta escritora decía que no quería adaptarse al mundo. Que en todo caso, el mundo debía adaptarse a ella. Polémica e incendiaria. Adelantada a sus tiempos. Precursora de un tipo de literatura autobiográfica y al leerla es como si en tiempos invernales, caminaras por los páramos desolados del Baragán, en Rumanía, a más de quince grados bajo cero, con el cabello cortado al estilo militar, es decir, casi sin un ánimo de pelo y, en medio de frío congelador, te pusieras uno de esos gorros rusos que hacen que la cabeza se caliente como una olla a presión, solo que en vez de cocer lentamente los garbanzos, o las viandas de la fabada, es la literatura la que te calienta.

Sus diarios, más o menos discutibles desde el punto de vista del contenido, trazan una frontera más imprecisa y lejana con muchos aspectos de los que ni siquiera nos atrevemos a hablar y que cada uno los trata a su manera. No albergo la más mínima duda sobre la metáfora que se puede establecer entre los mismos y la palabra "fuego".

Cómo atreverse a escribir un garabato cuyo término ya indica que parece destinado a un lector no tan adulto. Garabato es lo que un niño pintarrajea en una lámina de paper Kimberly con lapiceros de diferentes colores, hasta que le sale un doberman con piernas de elefante o un cordero con la corona de un rey visigodo.

Esta ilustración, sin embargo, aúna los dos posibles elementos, cada uno situado en un extremo diferente: por una parte, es un garabato fruto de la imaginación de una mujer, en la misma línea que otros de la misma autoría, donde el color y las líneas definen algo parecido a la inocencia y sugerencia; por otra parte, por su contenido tiene un potencial sensual y artístico donde puede caber parte de lo señalado por Anais Nin.

GARABATO XX

Delta
donde
no muere
el río

delta
de Venus
donde
sobrevivo

CRÓNICAS DE TORQUEMADA

 

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CRÓNICAS DE TORQUEMADA

Posee sobrenombre de inquisidor. Acostada sobre un breve promontorio elevado, a las orillas del río Pisuerga. Presenta dos caras fugaces frente al clima: una es la que circunda ambas riberas del río, poblada de plantaciones de chopos y retazos de bosque de ribera, notablemente disminuidos por la fuerza de la erosión del tiempo; otra es la aridez y el terrible secano, más allá de los montes de Villamediana o de los áridos somontanos de Hornillos y Baltanás. La conocen poco, como casi todas las diminutas poblaciones de la comarca. Ignoro hasta qué punto todos aquellos campos no han sucumbido a la despoblación y desinterés.

En invierno es asombrosa la quietud y soledad que atraviesan las parcelas de terreno. La tierra está húmeda, roja, aparentemente asolada por una tempestad de frío. Es frecuente que una pátina, blanca como el mármol, atraviese toda fibra vegetal que esté a su alcance: turbios brotes de centeno; girasoles vagabundos; pálida carrasca; robles raídos; malas hierbas de los barbechos; los cimientos de las viejas choperas que aún no han sucumbido a las talas; el enorme campanario de la iglesia, que aún no siendo vegetal parece un árbol puesto ahí por el hombre para dar ruidosas nalgadas de envidia al paisaje. También el invierno es la época de mayor ímpetu para los caminantes, porque si bien huyen del frío, también corren a su encuentro a partir del mediodía, por si la niebla desaparece obra de algún taumaturgo parecido a los personajes de Villamediana que pueblan una obra de Bernardo Atxaga.

Alguna vez escribí que la niebla es la mortaja del paisaje castellano por estas lindes estacionales. La mortaja de Tierra de Campos. Ancha, silenciosa y pecaminosa con la desolación. Si la temperatura es capaz de bajar más allá de los diez grados bajo cero –algo no infrecuente sobre todo en enero y febrero-, abrir la puerta del corral o la de la propia casa debe ser obra de los encantadores. Es estonces cuando hay que tomar un grueso volumen del Quijote y buscar al tipo que inventó lo del bálsamo de Fierabrás, porque también dispone de un ungüento que, aplicado a la madera o al metal de la cerradura, descompone el frío y se abre ipso facto la necesitada puerta o ventana. Aplicado junto con una curiosa poesía que data de los tiempos de los gentiles, importada por no sé qué cuantía de vascones en tiempos de los romanos:

Frío que recorres cuadras
viejos aposentos y desvanes
Que haces estallar la piedra
como el temblor del hacha
sobre el duro tronco de la encina.
Vete de aquí y despoja
del abrigo a la cerradura.
Que sea como una mujer
desnuda, fértil y abrazada.

Entonces dicen que se abre con ese simple propósito. Como cautivada por la arenga de la poesía. Por el suave fluir de los versos que la llevan hasta la imaginación de una mujer desnuda. Un encantamiento pecaminoso y que constituye un insulto contra la doble moral de los siglos pasados. Por eso se recitaba al pronto del alba, en la madrugada más incuestionable de los campos, cuando los campesinos estaban a punto de levantarse, para dar de comer a los animales y antes de salir al campo, a procurarse labor o a imaginar badanas de cuero. Se recitaba con el cuidado y sapiencia de los hombres de esas tierras. Lección aprendida de los pastores que viven más apartados del centro porque sobre ellos pesa un prejuicio de ignorancia y los del pueblo no quieren saber nada de supersticiones y rebaños. Entonces la puerta de abría con sonoridad y buen gusto, como si la mano austera y áspera del recitador la fuera a acariciar por todos sus confines. Desde las bisagras hasta el viejo pomo del mismo color que la madera. Pasando por el llamador que es como si fuera la turgencia de los pechos de la mujer cuyo calor se invoca. Y si por casualidad el cura llegaba a pasar por allí, al pronto del alba, entonces se recitaba a una distancia más prudente de la puerta, con un pañuelo blanco en la comisura de los labios, o fuere que el encantamiento llegara a las orejas del párroco y entonces el supuesto pecado fuera mayor.

Un párroco que era nieto de emigrantes cubanos y se había establecido en el pueblo después de la larga diáspora de sus ascendientes, pero que al pueblo le dejaba un larguísimo recelo, dada la tendencia a la vida alegre que existía en la sangre de los que han vivido en aquellas islas, en la época de los ingenios, de las canchancachas y los espíritus, y de donde se decía que las sacristías eran poco menos que burdeles disfrazados de pompa religiosa. Y es verdad por lo que cuenta algún cimarrón sobreviviente en un libro que uno de los vecinos, para gloria del párroco, se trajo de aquella isla, en uno de sus viajes de ultramar. Vecino dedicado al arte de la campana y de la reparación de órganos que, en una de sus crisis de creatividad artística, se marchó a Cuba, en los primeros años de la revolución, y menos mal que tales ideas no le tocaron demasiado la sesera excepto por el libro ese tan inventariado, cuya primera edición era de últimos de los sesenta, pero el caso es que se trajo el libro y en plena semana cultural de mayo, que todavía se sigue celebrando, le dio por leerlo a casi todo el vecindario para que se enterasen de las glorias cubanas del apellido del párroco.

Ese hombre ya no existe. No vive. No recita. No arregla campanas. Pero todos aseguran que su sangre pervive y que dejó derramada por toda la Calle Mayor buena ración de sus propósitos artesanales. Y si no que sirva de ejemplo que un día de invierno, el hombre en cuestión patinó con su oxidada bicicleta por el cemento, se dio una ostia de Dios es Cristo y dejó un reguero suficiente de sangre como para alarmar al dueño del estanco de por allí. El caso es que al levantar la bicicleta otro vecino de buen apellido, repitió la misma hazaña y el grueso abrigo que llevaba puesto limpió la sangre del campanero. Esa es la historia que cuentan algunos veteranos que ya superan la ochentena sobre tan curiosa leyenda de la caída del vecino de buen apellido, pues empezó a dar buena muestra de sus habilidades cuando un rayo demolió el reloj de la ayuntamiento y el órgano de la iglesia sufrió de resfriado después de que el último invierno entrara por las bóvedas y le diese por refugiarse al calor de los tubos. En menos que canta un gallo, el buen apellido arregló todo. Al bienaventurado reloj le dio por ser más puntual que el meridiano y al órgano por saberse el solico docenas de cantantas y autos sacramentales. Por eso no es raro que el Diario el País que un tal Federico Acitores lleve un cuarto de siglo construyendo órganos en un vasto polígono en las afueras del pueblo. Es algo que viene de lejos. Que viene de la gloriosa caída del campanero que se regresó de Cuba con los cuentos de los cimarrones metidos en la sesera. Y por ende la tradición de recitar unos versos tan incitadores a la lujuria haya permanecido a lo largo de las décadas, gracias a la habilidad del indiano para desconfiar de ciertos asuntos del clero y por eso es que entre finales de diciembre y mediados de marzo el cura no se acerca demasiado a las casas hasta que no transcurra más allá de las ocho de la mañana, no sea que se produzca altercado entre sus orejas y el ánimo nostálgico del encantamiento.

Aunque no sé si a tan ilustre compositor y artesano le habrán contado esta historia tan extraña, ligada a otros recuerdos tan diferentes y propios de una puerta que pretende ser abierta más allá de los diez grados bajo cero. Y que tan variopinto ritual lo hubieran traído unos vascones –sin taparrabos ni ánimo de independencia, dígase por si acaso- desde el otro lado de Pancorbo, en tiempos en que los romanos querían cristianizar la totalidad de lomas, laderas, picos, crestas, arenas, hayas, rebaños, pieles, castros de la tierras vascas más ancestrales. Es así como un puñado de aguerridos y conocedores de la agricultura, pastoreo y ritual de los solsticios, se alejaron convenientemente y se instalaron en una de las vegas del río Pisuerga. Allí encontraron no sé qué energías telúricas y pensaron que los gentiles, esos gigantones de la mitología vasca, venían desde muy lejos a curarse en esas aguas, tan transparentes y ágiles como un corzo, de los rigores de sus caminatas. Lo de abrir el Quijote para encontrar al tipo del mejunje vino mucho después, una vez que, como es sábido, Juana la Loca se pasó un buen tiempo en Torquemada, con el cádaver de su difunto Felipe el Hermoso en curioso velorio.

A los de allí les dio un vahído de metafísica que en la primera edición que círculo por allí del afamado caballero andante ya encontraron respuesta a las dos inquietudes más importantes relacionadas con la puerta. El ungüento y la recitación. Y aunque el misterio de los versos ya estuviera resuelto, el qué carajos contenía la pócima esa, de un color que oscilaba entre el verde oscuro y el negro alquitranado, solo se sabe que, desde la antigüedad, se rebuscaba un barro que abunda la orilla al otro lado del puente medieval, donde los castaños de Indias tienen su diminuto reino, pues se sabe que el abuelo del que tenía una fábrica de licores cerca de la ermita de Santa Eulalia, la del cementerio, era el único que proveía del mismo, viéndosele regresar misteriosamente, en las dos primeras semanas del otoño, con unas enormes sacas de tono bermejo y olor a ese reino de castaños de Indias. Dicen que tomando ejemplo de su abuelo. Y éste último de su otro abuelo. Y así, como en una suerte de herencia secreta y alquímica. Más cuando llegó la época del éxodo rural y se cerró la fábrica de licores, de la que solo restan las letras de su denominación, ya nadie más vende de eso y los pocos que quedan parece que se van a las márgenes de la vía, entre donde el puente termina y hasta donde el carril de acceso a Torquemada que parte de la autovía –huelga decir que antaño, cuando solo existía la carretera general, era la única vía de acceso al pueblo, partiendo de la gasolinera que había al otro lado de la misma-.

Todavía suelo ir por allí. Y les observo. A los áridos árboles que ya casi no tienen hojas. Y me pregunto por el viejo de la fábrica de licores. Por el campanero. Por el párroco. Por todos aquellos héroes que existen, o en mi imaginación, o en el imaginario de Torquemada. Siempre que regreso me detengo allí como si parte de mi apellido materno estuviera incrustado en alguna parte. Transfiero recuerdos propios y ajenos. Mi respiración es un vaho que se desplaza más allá del hielo. Alguna garza patrulla aunque sea fuera de la estación invernal. Sueño con la gasolinera desde donde esperaba a cruzar por minutos innumerables, en los días de agosto en que la circulación era una oscilación permanente de vehículos pesados y ligeros. Así como aquel famoso accidente en el que se aventaron no sé cuántas ovejas de un rebaño que cruzó con la impunidad de un diplomático por el puente de San Juan.

Como no fumo, me detengo más tiempo en la tranquilidad y reviso los charcos cercanos a las raíces de los castaños de Indias ¿será que debo llevarme una porción de rastro, para que podamos abrir la puerta de nuestra casa? ¿y por qué será que los abuelos nunca contaron de esto? Porque no eran de allí mismo, sino que se fueron a Torquemada a finales de los sesenta o primeros de los setenta.

Me acuerdo ahora de todo esto porque, navegando por las páginas de un libro, me encuentro con un escritor que parece que anduvo por estos pedregales, nada más leer uno de sus pasajes, acerca del otoño, cuando se levantan los vientos: “en otoño, al levantarse los vientos., las hojas de los Castaños de Indias se precipitan con sus tallos vueltos hacia abajo. Luego se oye un ruido: como si un pájaro hubiera chocado con su pico contra el suelo. La castaña, en cambio, cae sin necesidad de un solo soplo de viento, por sí sola, como caen las cometas: vertiginosamente. E impacta contra el suelo como un grito sordo. No se abre como un huevo al nacer el pájaro, poco a poco, sino que su peludo caparazón estalla descubriendo su interior, de un azul blanquecino, de donde salen, de un salto, los traviesos y oscuros frutos, brillantes como los pómulos de un negrito sonriente. En alguna de las vainas aparecen gemelos, que no obstante cualquiera podría distinguir: uno de ellos lleva una señal, una estrella en la frente, como los caballos, de modo que su madre siempre podrá reconocerlo. El niño coge las castañas de Indias, escondidas en los hoyos del césped, y se las mete en la boca. Sus carrillos se hinchan, colmándose de una amargura pegajosa. El niño sonríe”.

Yo también sonrío, porque de niño pasé larguísimos periodos aquí. Abundantes días soleados. Extensos mediodías de pantalón corto. Y ahora resulta que empezando a leer a un autor serbio de Subótica, pareciera como si la descripción de sus castaños de Indias estuviera íntimamente relacionada con el reino del otro lado del puente ¿Danilo Kis se paseó secretamente por aquí? ¿O es el natural influjo de la luna azul? ¿o debe ser que por aquí ya vinieron hordas eslavas en tiempos de la desintegración del Imperio y de cuando nos enseñaron en las escuelas que entraron, como Pedro por su casa, en el interior de la Península, los suevos, vándalos, alanos, visigodos, godos, dacios y barbudos balcánicos? Porque me acuerdo de lo que afirmaban a pies juntillas los libros acerca de esos supuestos indeseables, que unos se fueron para Galicia, los otros para los cerros de Úbeda y que los Tartesios, alarmados, hicieron que las aguas del Guadalquivir se los tragaran de una sola bocanada. Menos mal que la historia que nos cuentan no es siempre la más visible y podemos rehacerla en cuanto albergamos la más mínima intuición al respecto. Será que por aquí, efectivamente, queda algo de sangre de por allá. Savia que anda por los castaños de Indias. Y que cada vez que aplico el barro de los hoyos del césped al ojo de la cerradura de mi puerta, y recito la poesía, los goznes tiemblan y parece que una mujer desnuda viene hacia mí y la puerta se abre gracias a Danilo kis, a los bárbaros, a las badanas, al campanero, al fabricante de órganos, al regresado de Cuba y al pueblo mismo.

Aitor Arjol, a 24 de enero de 2011

Esta crónica está dedicada a los habitantes de Torquemada, un pequeño pueblo en los primeros confines de Palencia, guardado por el puente medieval sobre el río Pisuerga, y donde, como los árboles perennes, nunca dejo que caigan mis hojas cuando allí me he quedado, quedo y quedaré para siempre. Nada del relato es ajeno, ni a la imaginación ni a la presunta magia que debe estar presente en nuestra memoria. Y dos únicas fuentes, esperando que a Fernando Acitores también le agrade la idea de atribuirle un significado surrealista a su hermosa labor.

http://www.acantilado.es/catalogo/circo-familiar-354.htm

http://www.elpais.com/articulo/empresas/sectores/Organos/Torquemada/elpepueconeg/20080217elpnegemp_13/Tes