CRÓNICAS DE LA GRAVEDAD

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Siempre es la misma pregunta. Por dónde empezar. Por dónde caminar. A dónde arribar. Por qué lado embarcar. Más complicado en las fechas en que el año viejo se va y te deja la maleta ahí delante, más vacía que un ocho, y con la ropa recién rescatada del desorden.

Y cuando es un océano el que separa dos geografías, la cuestión del centro de gravedad vuelve a la cabeza como si de un desván se tratara. Uno de esos rincones que siempre existen y a los que siempre se vuelve en busca de la silla rota, el colchón, los juguetes infantiles o las viejas ediciones literarias que una vez dejé porque no cabían en el resto de la casa-cabeza.

La gravedad tiene que ver con el equilibrio y la paciencia. Es un estado vigoroso pero dotado de una seguridad latente. Nada que ver con esa presunta seguridad que buscamos en la felicidad o en la estabilidad de un desempeño laboral. Me refiero a la seguridad de no caerse por precipicio alguno. Y eso sí tiene que ver con el mar. Con las olas. Con los malecones. Con las barandas. Con los plomos de una caña de pescar. Con las turbulencias. Porque estamos inmersos en un mar de contradicciones y en esa galerna vital, el centro de gravedad es como la esencia del átomo. El corazón de la gaviota. El vestíbulo central del pensamiento. Disponer de ese núcleo, abiertamente. Y dejar que entren las olas como entra un ciudadano anónimo en una pulpería a pedir jabón de la comarca. Y gravedad porque de allí penden todos nuestros posibles rumbos.

El consecuencia, el centro de gravedad es un convecino del corazón que emigró a capas más superficiales y superiores que el torax. En cierta estadía de la evolución humana, un holgado residente del corazón convino en alejarse de allí, por razones que todavía desconozco, y se marchó hasta la cabeza. Me supongo que para tener una visión más externa y en diferente latitud de todas las cosas que le rodean desde el interior de las costillas. Y hasta acá se vino, hasta el filo de los cabellos, donde el viento es más desapacible. Y a él le ha tocado la cuestión de resolver los parámetros de una nueva geografía.

Mucho hay que acordarse de aquella letra de Franco Battiato, el inefable compositor italiano, en la que afirmaba que “busco un centro de gravedad permanente, que no varíe lo que ahora pienso de las cosas, de la gente”, uno de los objetos de esa búsqueda, pero no el único y aún el más conciliable con el resto de razones, pues también un centro de gravedad también amerita para ir evolucionando y no marcar fronteras en lo que ahora y mañana piensas  de las cosas, de la gente, como la letra del italiano señala.

El centro es para pensar, pero la gravedad es para ir encontrando un camino. Para no quedarse quieto. Para observar, en puridad, como si estuviera sentado, en conversación con otros extranjeros en situación de tránsito, alegrándose por el transigir de las olas contra las rocas del paseo marítimo.

Tan parecido a estas holgadas mozas del norte de Europa, risueñas como una parada de autobús en primavera, que dialogan vaya a saber de qué, pero estoy seguro que ni de política, ni de futbol, ni de tablas de surf.

El mismo Battiato se refiere a la teoría opuesta, tal vez producto de una larga lectura del poema de Kavafis que se refiere a la Odisea de Ulises

Nómadas que buscan los ángulos de la tranquilidad,
en las nieblas del norte, en los tumultos civilizados,
entre los claros oscuros y la monotonía de los días que pasan.
Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo
la encontrarás, la encontrarás al final de tu camino.

Largo el tránsito de la aparente dualidad,
la lluvia de septiembre despierta el vacío de mi cuarto
y los lamentos de la soledad aún se prolongan.
Como un extranjero no siento ataduras del sentimiento,
y me iré de la ciudad, esperando un nuevo despertar.

Los viajantes van en busca de hospitalidad,
en pueblos soleados, en los bajos fondos de la inmensidad,
y después duermen sobre las almohadas de la tierra.
Forastero que buscas la dimensión insondable,
la encontrarás fuera de la ciudad, al final de tu camino.

Es probable que estas palabras, más que una crónica, sean un nudo en la cabeza. Algo difícil de digerir. Un producto momentáneo del desasosiego o la fortuna de poder relacionar más de un continente. Nómada o centro de gravedad, se resume en una sólida y única expresión: el alma.

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Un comentario el “CRÓNICAS DE LA GRAVEDAD

  1. También creo que el centro de la gravedad y equilibrio del ser humano es el alma…racional y sentimental, sensible.

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