CRONICAS DE CHIMBACALLE

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Se llama Chimbacalle. En Quito, aunque a ojos de la imaginación y de darle la vuelta a los términos podría estar en Cuba porque es una calle de lo mas chimba. Como si de la calle salieran machetes, ingenios, marimbas, mambises, congos, negros de nación, trabucos y viejos cimarrones. O en Santiago de Chile, porque la Chimba fue el nombre que le dieron a un sector del norte de la colonia. O en Colombia, que puede ser tanto algo bueno como otro recinto femenino más prohibido y sexual pero, en todo caso, nunca vayamos a Honduras a decir que disponemos de chimba, porque entonces nos encarcelarán por posesión y alteración de armas de fuego.

El que más pistas nos puede ofrecer es el poeta ecuatoriano Alfonso Murriagui, el que al referirse a Chimbacalle y sus suculentos raíles de ferrocarril señalaba

Ese día, 25 de junio de 1908, el Presidente Eloy Alfaro, con todo su gabinete e invitados especiales, “bajó a pie y fue caminando, desde el Palacio de Carondelet hasta la entonces parroquia rural Chimbacalle”, para recibir a la locomotora No. 8, la primera máquina a vapor que unía la costa ecuatoriana con las altas cumbres de la Cordillera de los Andes.

(…)

Con la llegada del tren, Chimbacalle, comienza su metamorfosis y de parroquia rural se convierte en el barrio de Chimbacalle que, desde entonces, cobra una gran importancia como un centro de gran actividad comercial e industrial. La salida y la llegada de los trenes promueve una serie de negocios: se instalan hoteles y pensiones para huéspedes ocasionales; en la calle Sincholahua, frente al edificio aún en construcción de la Estación del Ferrocarril, se construye el Hotel “Estación”, en el que se albergan pasajeros de ingresos medianos y altos, surgen también pensiones y alojamientos más baratos, salones y restaurantes en los que se ofrecen los platos típicos preferidos por los quiteños: fritada, hornado, caucara y tortillas de papa, manjares que se acompañaban con la espumosa chicha de jora, de indudable ancestro indígena.

(…)

Con la llegada del Ferrocarril Alfarista, llegó también a Quito el germen de una clase obrera vigorosa, que tuvo como centro de operaciones el barrio de Chimbacalle, que entonces albergaba a los trabajadores ferroviarios y a los obreros textiles y sus familiares, pioneros de la clase trabajadora del Quito recoleto y conventual, que daba sus primeros pasos en su lucha por cambiar el viejo sistema de explotación imperante.

Es así como Chimbacalle es como un humilde frejol obrero que, al plantarlo en mitad de la breve llanura del sur de Quito, da a luz obreros, transportes colectivos, pensiones, fritadas, chicha de jora, arcabuces, panes de yuca, mango de chupe, imaginarios, relicarios, horizonte con volcanes precisos, marabunta de gentes que van y vienen, algo de poesía y el hondo y extraño sonido que emana de la pronunciación de “chimba” con el que en Argentina se refieren a la gente de clase baja, de forma despectiva, o en el antiguo quichua, como si fueras un botadero o estuvieras “al otro lado de”, “extramuros”, en la chimba, en el quinto pino, en la parte de la pradera donde la hierba no crece, en los arrabales, allí donde los perros solo ladran para salvarnos de la locura.

A mi me pareció, desde lejos, una manta de cemento para que la tierra de abajo no pase frío. Pero resulta que por allí surge un ferrocarril, como un acto de rebeldía contra lo apretadico de la población. Una locomotora que engancha un par de vagones y se dirige pesadamente a las afueras, para dejar la nostalgia a salvo de la depredación urbana. Como si hubiera robado los legítimos pasaportes de un sinnúmero de quiteños y escapara pasando desapercibida.

Es que a la distancia parece que no se mueve nada y forma parte del mosaico popular del sur de Quito. Pero se mueve. Una serpiente metálica y metamorfoseada con árboles, azoteas, antenas de televisión y alambre donde colgar la ropa antes de que la lluvia la la centrifugue nuevamente.

Habrá que acercarse allí para cerciorarme de que lo cercano es igual que lo lejano. Harina del mismo costal. Yunta del mismo buey. Carenado del mismo carro. Grulla de la misma estanca. Nariz de tal cara. Culo del mismo asiento. Barro de idéntica vasija. Tango del mismo bandoneón. Y ahí es donde entra el juego de las percepciones.

Qué tan importante es la relación entre lo imaginado y lo real. Porque imaginamos irremediablemente de lejos. Y ejecutamos el sueño al enfrentarlo con la realidad vista desde la práctica. Imaginamos, por ejemplo, subimos a la grupa de un caballo, o sentados en una verde loma, y dirigimos la vista o hacia los campos o hacia el horizonte más lejano, pelado por los rayos del sol. Eso sí, provistos de un respetable café en una desvencijada taza de latón, como los gauchos. Y la imaginación recorre todos los frutos del paisaje, desde el más humano hasta el más salvaje. Y ahí podemos pensar lo que nos venga en gana. Domar una yegua. Echarse a rodar por la ladera. Recoger el agua del páramo con las orejas. Traerse a una canchancacha para seducirla. Darse unas vueltas por la pileta del mundo. Desnudar a una bella ejerciente del tango. Acabar con los ladrones y mandar a los corruptos a cavar con pico y pala. Encontrar una botija con cientos de doblones de oro debajo de una piedra, como se supone que escondían los mouros sus tesoros en Galicia. Recorrerse la avenida con pies de ganso. Fumarse media isla en forma de puro. Hacerse la bola porque tienes que regresar al barracón. Terminar la casa de guano. Robarse un par de chonitaticos. Llamar a los parientes del otro lado del océano. Dejarse crecer las patillas. Encender la luz y tomar la decisión de que el barrio ese tan chimbo se llamará Chimbacalle.

Otra historia es que toda esa suerte de imaginación se corresponda con la realidad, aunque el que soñó con el barrio de Chimbacalle resultó ser más inteligente que una laptop, pues el tipo imaginó obreros, extrarradios, arrabales y un puñado enorme de quiteños por metro cuadrado y acertó. No se desvío de la senda ni siquiera un par de centímetros.

Espero encontrármelo yo también un día de estos, quizás sentado al lado en el Trole que va como el demonio, y gira tanto a un lado y a otro que más parece una viuda inquieta. Porque de esa dulce y precisa correspondencia entre lo imaginado y lo real la líbido, la pasión y los congéneres del sueño saben también lo suyo.

Inquietante la precisión con la que esos hábidos compañeros del alma imaginan lo que desean y después lo que quieren. Es algo que va más allá de Chimbacalle, puesto que se extiende igualmente por todos los cerros del norte y del sur; por todos los barrios, apartamentos, casas, pista de aeropuerto, automóviles de diferente rango y color, legumbres de todo calibre y mercados de diferente fuste. Realmente asombroso su tendencia a la exactitud, y por dondequiera que vaya, al cerrar los ojos, no desvarían en absoluto. Debe ser a consecuencia de la altitud. No un desmadre del soroche, sino el hecho de estar sentado en lo alto de una colina, contento como un balón a punto de ser rematado por el golero y en pos de la portería, y contemplar a lo lejos esa locomotora y los pocos vagones que lleva, y que se lento viajar también se me traduce en el lento viaje de la seducción, que parece que no se mueve, que no está, pero que ahí lleva candela.

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2 comentarios el “CRONICAS DE CHIMBACALLE

  1. maite dice:

    aiii no eso no se entiende xk no aii lo k iio busco ajm osea pongan algo como la pregunta k iio busco que es ¿como vivian antes las personas de chimbacalle?

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  2. Entiendo que la palabra chimba es de origen quechua y significa “de la otra banda”, en el caso de Chile, del otro lado del Mapocho. En la época colonial era el nombre dado a la parte norte de Santiago dedicado a labores agrícolas y poblado por familias indígenas. Hoy en día aunque siguen existiendo allí muchas poblaciones populares, se han construido industrias y conjuntos habitacionales para familias de clase media.La ciudad tiene hoy día un plan regulatorio de crecimiento y desarrollo.

    Eso de chimbacalle en Ecuador me hace pensar, sentir lo popular, ese otro mundo, para algunos, repleto de gente y comercio. Tu descripción es colorida aunque no existan los colores que yo imagino. Bien dices que hay una diferencia entre lo imaginado y lo real. Para mi ecuador es tostado en una gran variedad de tonos cafés, ocres hasta negros. Donde reseltan tal vez los colores rosados y fucsias. Los verdes o los rojos. Donde los alimentos en los mercados son aroma y sabor…donde la piel de los niños tiene olor a leche.
    Tal vez al estar allí nos sorprendemos con la basura de la calle que no esperábamos..Reconozco que cuando pienso en Ecuador nunca he pensado en Quito sino en la isla de Las Galápagos que si me gustaría conocer..

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