CRÓNICAS DE TORQUEMADA

 

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CRÓNICAS DE TORQUEMADA

Posee sobrenombre de inquisidor. Acostada sobre un breve promontorio elevado, a las orillas del río Pisuerga. Presenta dos caras fugaces frente al clima: una es la que circunda ambas riberas del río, poblada de plantaciones de chopos y retazos de bosque de ribera, notablemente disminuidos por la fuerza de la erosión del tiempo; otra es la aridez y el terrible secano, más allá de los montes de Villamediana o de los áridos somontanos de Hornillos y Baltanás. La conocen poco, como casi todas las diminutas poblaciones de la comarca. Ignoro hasta qué punto todos aquellos campos no han sucumbido a la despoblación y desinterés.

En invierno es asombrosa la quietud y soledad que atraviesan las parcelas de terreno. La tierra está húmeda, roja, aparentemente asolada por una tempestad de frío. Es frecuente que una pátina, blanca como el mármol, atraviese toda fibra vegetal que esté a su alcance: turbios brotes de centeno; girasoles vagabundos; pálida carrasca; robles raídos; malas hierbas de los barbechos; los cimientos de las viejas choperas que aún no han sucumbido a las talas; el enorme campanario de la iglesia, que aún no siendo vegetal parece un árbol puesto ahí por el hombre para dar ruidosas nalgadas de envidia al paisaje. También el invierno es la época de mayor ímpetu para los caminantes, porque si bien huyen del frío, también corren a su encuentro a partir del mediodía, por si la niebla desaparece obra de algún taumaturgo parecido a los personajes de Villamediana que pueblan una obra de Bernardo Atxaga.

Alguna vez escribí que la niebla es la mortaja del paisaje castellano por estas lindes estacionales. La mortaja de Tierra de Campos. Ancha, silenciosa y pecaminosa con la desolación. Si la temperatura es capaz de bajar más allá de los diez grados bajo cero –algo no infrecuente sobre todo en enero y febrero-, abrir la puerta del corral o la de la propia casa debe ser obra de los encantadores. Es estonces cuando hay que tomar un grueso volumen del Quijote y buscar al tipo que inventó lo del bálsamo de Fierabrás, porque también dispone de un ungüento que, aplicado a la madera o al metal de la cerradura, descompone el frío y se abre ipso facto la necesitada puerta o ventana. Aplicado junto con una curiosa poesía que data de los tiempos de los gentiles, importada por no sé qué cuantía de vascones en tiempos de los romanos:

Frío que recorres cuadras
viejos aposentos y desvanes
Que haces estallar la piedra
como el temblor del hacha
sobre el duro tronco de la encina.
Vete de aquí y despoja
del abrigo a la cerradura.
Que sea como una mujer
desnuda, fértil y abrazada.

Entonces dicen que se abre con ese simple propósito. Como cautivada por la arenga de la poesía. Por el suave fluir de los versos que la llevan hasta la imaginación de una mujer desnuda. Un encantamiento pecaminoso y que constituye un insulto contra la doble moral de los siglos pasados. Por eso se recitaba al pronto del alba, en la madrugada más incuestionable de los campos, cuando los campesinos estaban a punto de levantarse, para dar de comer a los animales y antes de salir al campo, a procurarse labor o a imaginar badanas de cuero. Se recitaba con el cuidado y sapiencia de los hombres de esas tierras. Lección aprendida de los pastores que viven más apartados del centro porque sobre ellos pesa un prejuicio de ignorancia y los del pueblo no quieren saber nada de supersticiones y rebaños. Entonces la puerta de abría con sonoridad y buen gusto, como si la mano austera y áspera del recitador la fuera a acariciar por todos sus confines. Desde las bisagras hasta el viejo pomo del mismo color que la madera. Pasando por el llamador que es como si fuera la turgencia de los pechos de la mujer cuyo calor se invoca. Y si por casualidad el cura llegaba a pasar por allí, al pronto del alba, entonces se recitaba a una distancia más prudente de la puerta, con un pañuelo blanco en la comisura de los labios, o fuere que el encantamiento llegara a las orejas del párroco y entonces el supuesto pecado fuera mayor.

Un párroco que era nieto de emigrantes cubanos y se había establecido en el pueblo después de la larga diáspora de sus ascendientes, pero que al pueblo le dejaba un larguísimo recelo, dada la tendencia a la vida alegre que existía en la sangre de los que han vivido en aquellas islas, en la época de los ingenios, de las canchancachas y los espíritus, y de donde se decía que las sacristías eran poco menos que burdeles disfrazados de pompa religiosa. Y es verdad por lo que cuenta algún cimarrón sobreviviente en un libro que uno de los vecinos, para gloria del párroco, se trajo de aquella isla, en uno de sus viajes de ultramar. Vecino dedicado al arte de la campana y de la reparación de órganos que, en una de sus crisis de creatividad artística, se marchó a Cuba, en los primeros años de la revolución, y menos mal que tales ideas no le tocaron demasiado la sesera excepto por el libro ese tan inventariado, cuya primera edición era de últimos de los sesenta, pero el caso es que se trajo el libro y en plena semana cultural de mayo, que todavía se sigue celebrando, le dio por leerlo a casi todo el vecindario para que se enterasen de las glorias cubanas del apellido del párroco.

Ese hombre ya no existe. No vive. No recita. No arregla campanas. Pero todos aseguran que su sangre pervive y que dejó derramada por toda la Calle Mayor buena ración de sus propósitos artesanales. Y si no que sirva de ejemplo que un día de invierno, el hombre en cuestión patinó con su oxidada bicicleta por el cemento, se dio una ostia de Dios es Cristo y dejó un reguero suficiente de sangre como para alarmar al dueño del estanco de por allí. El caso es que al levantar la bicicleta otro vecino de buen apellido, repitió la misma hazaña y el grueso abrigo que llevaba puesto limpió la sangre del campanero. Esa es la historia que cuentan algunos veteranos que ya superan la ochentena sobre tan curiosa leyenda de la caída del vecino de buen apellido, pues empezó a dar buena muestra de sus habilidades cuando un rayo demolió el reloj de la ayuntamiento y el órgano de la iglesia sufrió de resfriado después de que el último invierno entrara por las bóvedas y le diese por refugiarse al calor de los tubos. En menos que canta un gallo, el buen apellido arregló todo. Al bienaventurado reloj le dio por ser más puntual que el meridiano y al órgano por saberse el solico docenas de cantantas y autos sacramentales. Por eso no es raro que el Diario el País que un tal Federico Acitores lleve un cuarto de siglo construyendo órganos en un vasto polígono en las afueras del pueblo. Es algo que viene de lejos. Que viene de la gloriosa caída del campanero que se regresó de Cuba con los cuentos de los cimarrones metidos en la sesera. Y por ende la tradición de recitar unos versos tan incitadores a la lujuria haya permanecido a lo largo de las décadas, gracias a la habilidad del indiano para desconfiar de ciertos asuntos del clero y por eso es que entre finales de diciembre y mediados de marzo el cura no se acerca demasiado a las casas hasta que no transcurra más allá de las ocho de la mañana, no sea que se produzca altercado entre sus orejas y el ánimo nostálgico del encantamiento.

Aunque no sé si a tan ilustre compositor y artesano le habrán contado esta historia tan extraña, ligada a otros recuerdos tan diferentes y propios de una puerta que pretende ser abierta más allá de los diez grados bajo cero. Y que tan variopinto ritual lo hubieran traído unos vascones –sin taparrabos ni ánimo de independencia, dígase por si acaso- desde el otro lado de Pancorbo, en tiempos en que los romanos querían cristianizar la totalidad de lomas, laderas, picos, crestas, arenas, hayas, rebaños, pieles, castros de la tierras vascas más ancestrales. Es así como un puñado de aguerridos y conocedores de la agricultura, pastoreo y ritual de los solsticios, se alejaron convenientemente y se instalaron en una de las vegas del río Pisuerga. Allí encontraron no sé qué energías telúricas y pensaron que los gentiles, esos gigantones de la mitología vasca, venían desde muy lejos a curarse en esas aguas, tan transparentes y ágiles como un corzo, de los rigores de sus caminatas. Lo de abrir el Quijote para encontrar al tipo del mejunje vino mucho después, una vez que, como es sábido, Juana la Loca se pasó un buen tiempo en Torquemada, con el cádaver de su difunto Felipe el Hermoso en curioso velorio.

A los de allí les dio un vahído de metafísica que en la primera edición que círculo por allí del afamado caballero andante ya encontraron respuesta a las dos inquietudes más importantes relacionadas con la puerta. El ungüento y la recitación. Y aunque el misterio de los versos ya estuviera resuelto, el qué carajos contenía la pócima esa, de un color que oscilaba entre el verde oscuro y el negro alquitranado, solo se sabe que, desde la antigüedad, se rebuscaba un barro que abunda la orilla al otro lado del puente medieval, donde los castaños de Indias tienen su diminuto reino, pues se sabe que el abuelo del que tenía una fábrica de licores cerca de la ermita de Santa Eulalia, la del cementerio, era el único que proveía del mismo, viéndosele regresar misteriosamente, en las dos primeras semanas del otoño, con unas enormes sacas de tono bermejo y olor a ese reino de castaños de Indias. Dicen que tomando ejemplo de su abuelo. Y éste último de su otro abuelo. Y así, como en una suerte de herencia secreta y alquímica. Más cuando llegó la época del éxodo rural y se cerró la fábrica de licores, de la que solo restan las letras de su denominación, ya nadie más vende de eso y los pocos que quedan parece que se van a las márgenes de la vía, entre donde el puente termina y hasta donde el carril de acceso a Torquemada que parte de la autovía –huelga decir que antaño, cuando solo existía la carretera general, era la única vía de acceso al pueblo, partiendo de la gasolinera que había al otro lado de la misma-.

Todavía suelo ir por allí. Y les observo. A los áridos árboles que ya casi no tienen hojas. Y me pregunto por el viejo de la fábrica de licores. Por el campanero. Por el párroco. Por todos aquellos héroes que existen, o en mi imaginación, o en el imaginario de Torquemada. Siempre que regreso me detengo allí como si parte de mi apellido materno estuviera incrustado en alguna parte. Transfiero recuerdos propios y ajenos. Mi respiración es un vaho que se desplaza más allá del hielo. Alguna garza patrulla aunque sea fuera de la estación invernal. Sueño con la gasolinera desde donde esperaba a cruzar por minutos innumerables, en los días de agosto en que la circulación era una oscilación permanente de vehículos pesados y ligeros. Así como aquel famoso accidente en el que se aventaron no sé cuántas ovejas de un rebaño que cruzó con la impunidad de un diplomático por el puente de San Juan.

Como no fumo, me detengo más tiempo en la tranquilidad y reviso los charcos cercanos a las raíces de los castaños de Indias ¿será que debo llevarme una porción de rastro, para que podamos abrir la puerta de nuestra casa? ¿y por qué será que los abuelos nunca contaron de esto? Porque no eran de allí mismo, sino que se fueron a Torquemada a finales de los sesenta o primeros de los setenta.

Me acuerdo ahora de todo esto porque, navegando por las páginas de un libro, me encuentro con un escritor que parece que anduvo por estos pedregales, nada más leer uno de sus pasajes, acerca del otoño, cuando se levantan los vientos: “en otoño, al levantarse los vientos., las hojas de los Castaños de Indias se precipitan con sus tallos vueltos hacia abajo. Luego se oye un ruido: como si un pájaro hubiera chocado con su pico contra el suelo. La castaña, en cambio, cae sin necesidad de un solo soplo de viento, por sí sola, como caen las cometas: vertiginosamente. E impacta contra el suelo como un grito sordo. No se abre como un huevo al nacer el pájaro, poco a poco, sino que su peludo caparazón estalla descubriendo su interior, de un azul blanquecino, de donde salen, de un salto, los traviesos y oscuros frutos, brillantes como los pómulos de un negrito sonriente. En alguna de las vainas aparecen gemelos, que no obstante cualquiera podría distinguir: uno de ellos lleva una señal, una estrella en la frente, como los caballos, de modo que su madre siempre podrá reconocerlo. El niño coge las castañas de Indias, escondidas en los hoyos del césped, y se las mete en la boca. Sus carrillos se hinchan, colmándose de una amargura pegajosa. El niño sonríe”.

Yo también sonrío, porque de niño pasé larguísimos periodos aquí. Abundantes días soleados. Extensos mediodías de pantalón corto. Y ahora resulta que empezando a leer a un autor serbio de Subótica, pareciera como si la descripción de sus castaños de Indias estuviera íntimamente relacionada con el reino del otro lado del puente ¿Danilo Kis se paseó secretamente por aquí? ¿O es el natural influjo de la luna azul? ¿o debe ser que por aquí ya vinieron hordas eslavas en tiempos de la desintegración del Imperio y de cuando nos enseñaron en las escuelas que entraron, como Pedro por su casa, en el interior de la Península, los suevos, vándalos, alanos, visigodos, godos, dacios y barbudos balcánicos? Porque me acuerdo de lo que afirmaban a pies juntillas los libros acerca de esos supuestos indeseables, que unos se fueron para Galicia, los otros para los cerros de Úbeda y que los Tartesios, alarmados, hicieron que las aguas del Guadalquivir se los tragaran de una sola bocanada. Menos mal que la historia que nos cuentan no es siempre la más visible y podemos rehacerla en cuanto albergamos la más mínima intuición al respecto. Será que por aquí, efectivamente, queda algo de sangre de por allá. Savia que anda por los castaños de Indias. Y que cada vez que aplico el barro de los hoyos del césped al ojo de la cerradura de mi puerta, y recito la poesía, los goznes tiemblan y parece que una mujer desnuda viene hacia mí y la puerta se abre gracias a Danilo kis, a los bárbaros, a las badanas, al campanero, al fabricante de órganos, al regresado de Cuba y al pueblo mismo.

Aitor Arjol, a 24 de enero de 2011

Esta crónica está dedicada a los habitantes de Torquemada, un pequeño pueblo en los primeros confines de Palencia, guardado por el puente medieval sobre el río Pisuerga, y donde, como los árboles perennes, nunca dejo que caigan mis hojas cuando allí me he quedado, quedo y quedaré para siempre. Nada del relato es ajeno, ni a la imaginación ni a la presunta magia que debe estar presente en nuestra memoria. Y dos únicas fuentes, esperando que a Fernando Acitores también le agrade la idea de atribuirle un significado surrealista a su hermosa labor.

http://www.acantilado.es/catalogo/circo-familiar-354.htm

http://www.elpais.com/articulo/empresas/sectores/Organos/Torquemada/elpepueconeg/20080217elpnegemp_13/Tes

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