CRÓNICAS DE LA CURIOSIDAD

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Me parece que le he visto. Acaba de alcanzarme un rayo. O una petinencia. No le acompaña hueso alguno. Fue veloz como una gacela. Y no era un gato, porque me hubiera dado cuenta, de ley, con lo perspicaz que soy para asuntos de michinos. Es que los huelo a un par de kilómetros, desde que pretender ahogar el ruido en el más absoluto silencio, paseando por las entrepiernas de los diferentes lotes de esta calle. No me la dan con queso. Ni gato por liebre. Ni duros a cuatro pesetas. Ni como se dice eso en Europa cuando te alcanza la prima de riesgo: que no me la dan ni con las agencias de calificación.

Le he visto. El caso es que llevaba sombrero. Iba a dos piernas. Descarto el gato y la presencia de cualquier otro animal de cuatro piernas. Igual era que volaba. Si no era sombrero pudiera ser cresta y, en todo caso ¿un gallo con sombrero de copa? ¿un ampuloso macho de esos que tienen escarpias en las patas y una mirada que me da coraje, como si fueras a olerle el culillo a una gallina, por eso de ser amistosos? ¿un gallo que vuela por encima de la verja? ¡qué puñetas!

Estoy seguro de que es un sombrero lo que se ha desplazado de izquierda a derecha. Suavemente. Sin prisa. Sin volar. Sin crestas. Sin aguacero. Es que las nubes están muy lejos y mira, incluso el Ilaló luce con una discreta amalgama de azules que parece un pastel de bodas. Un apetitoso bizcocho de carne azulada que dan ganas de pegarle una enorme dentellada, así como para sacarle todos los cuartos traseros a la montaña. Espero que no fuera un volcán lo que ha pasado, porque son suaves, lentos y se dejan ver a poco que les observes fijamente, desde sus verdes faldas hasta sus cimas peladas, grisáceas y de las que dicen muchos hombres entendidos, de esos que dicen ser técnicos de geodesia, que echan humo, como aquellos vaqueros de los que mi abuelo, un respetable  mastín español, me contaba que salían en no se qué pantalla grande, acerca de cierto oeste americano, empuñando un cigarro de liar.

Éste tipo con sombrero tampoco echaba humo cuando asaltó mi territorio, al que tengo cuidosamente señalizado porque levanto la pierna, y con la entrepierna, riego mazo el perfil del tronco, la esquina del poste de hormigón, la punta de algunas ortigas o algo que me parecía un congreso de asambleístas vegetales. Por mis terrenos no ha pasado un volcán. Pero tiene sombrero. Y algo que me viene a la cabeza pero que cómo carajos se denomina. Es como una cometa de tela plateada, que sobrevuela al ritmo del que  camina y sobre todo, cuando llueve, las gotas de lluvia le resbalan como si se tratara de proteger el aniversario de la hoguera bárbara ¡Una gabardina! ¡Eso es, una gabardina! ¡Es una gabardina!

¿Sería Eloy Alfaro? Sí, el prohombre del que se siente tan orgulloso el señor Cándido, mi amo, el que me abre la puerta a las seis de la mañana para que marque las fronteras de modo urinario. Podría ser Eloy Alfaro, pero esta mañana escuchaba la radio y no me parecía, porque le pintan de oído, con uniforme y una barba blanca y muy gentil, así como con una gorrilla militar y uniforme de gala, que no gabardina. Me parece que no. Que me quedé sin héroe y sin fusta. No es Eloy.

Que no lleva ni gabardina ni sombrero ¿y por qué no el inspector Colombo, ese detective de la televisión, de voz cascada y que parece que ronca cuando descubre al autor de un asesinato? Pero el tal Colombo no creo que ande por aquí, porque es un barrio tranquilo y cerca ahí, en el redondel ese, en la rotonda, un enorme quinde, o colibrí, que parece de piedra, con el pico tan apuntado como un estoque y que, como a un ladrón de poca monta se le ocurra venir, verán por dónde le mete el estoque el colibrí recién despertado. Por el mismísimo ojete. Vamos, por el trasero. Por el culo. Por las posaderas. Por el orto. Por el camino más recto, que es el del ano. Por las santísimas estructuras sobre las que descansan mis muslos cuando me siento.

¿Quién carajos será? ¿la duquesa de Alba? Esa no usa gabardina, sino peluca, y además anda acompañada de un hombre con el que se ha reciclado de vejez. Y eso que yo no me rejuvenezco ni con una muda de pelo, como esa por la que está pasando mi vecina, una pastora alemana que tiene sus quince años, viejita ella, y que a cada sacudida su muda llega a conocimiento de todo el municipio. Pelos por todo el valle. Pero bueno, mi vecina es más honrosa y humilde, porque solo mora en la azotea y, de vez en cuando, la permiten entrar en un saloncito de la segunda planta, mientras que la duquesa esa necesita una provincia entera solamente para ir a que le laven los pies.

¿Y no podría ser…? A ver. Gabardina y sombrero. Y venía cantando algo acaso. Algo sobre un vals en modalidad de verso. En castellano. Nada de quichua. Y además la pronunciación de las erres le renquea un poco ¿gringo? ¿de habla anglosajona? Espera que me acuerde. Maldita memoria perruna. El caso es que tengo su nombre en la punta del hocico. Me fijaré bien. Todavía anda por allí abajo. A punto de doblar la esquina detrás del gallinero. Ya sé quién. Leonardo. Leonard. Leonard Cohen. Sí. El que se hizo monjé de no sé qué durante una década y hace poco le dieron el premio príncipe de Wiskas. No, Wiskas no. Que eso es de galletas para perro -es el apetito, que me jugó una mala pasada-. El Príncipe de Asturias, ole. Sí, el premio que lleva la misma raza que el hijo de ese rey de las Españas, coño. Joder, el cuñado del que se ha ventilado unos cuantos billetes con la fundación.

¡Pero es el Leonard Cohen! Ahora sí que me acuerdo. Espera que ladro. Quiero un autógrafo suyo. Y un disco dedicado en el que escriba: con cariño y devoción, al humilde oyente canino, al que no es pelucón ni pendenciero, al que no roba plata, al que no tarda en devolver la cámara de fotos que no es suya, al que no quiere cobrar cien dólares por un servicio de camioneta al Coca que finalmente no hizo, al que no es majadero y liante, al que no es bravucón y chulesco, al que le da lo mismo que sean quince que diecisiete comunidades, al que es el más sincero y vespertino, al que más corazón dispensa, al que más quiere quedarse, al que no es tan idiota como para presumir de principios que luego no aplica, al que celebra la felicidad con una buena sonrisa, al que camina y es valiente, al que ladra cuando hace frío, al que platica de buena fe, a ti que te gusta Silvio Rodriguez, a ti que regalaste un libro con la letra de todas las canciones del Joaquín Sabina con su reverencial firma, a ti que tienes poco y necesitas menos para ser feliz, al que no dice “te voy a acolitar” y luego se lava las manos, al que ayuda a encontrar trabajo al emigrante, al lector de Nicanor Parra, al amante de la música de Victor Jara, a ti que sabes que el que canta los versos de Federico García Lorca es Leonardo, a tí de parte de Leonard Cohen.

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Un comentario el “CRÓNICAS DE LA CURIOSIDAD

  1. Driver dice:

    ¿Y él quien es? Su piel de pelos parece sedosa, rubia, creo que puede brillar bajo el sol…sus patas son finas y delicadas y su cola es tan blanca y alborotada…Estoy casi segura que no tiene un nombre y yo no le pondría ninguno. Sólo le diría: Hola! Cómo estás? Qué miras a través de esa alambrada? Y seguramente ni siquiera daría la vuelta..Tal vez si le ofreciera una galleta?

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