CRONICAS DE LA INOCENCIA

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La inocencia no nació un día cualquiera. De eso sí que hace mucho. Unas cuantas décadas. Se sabe mucho de ella. De quien la práctica. De la forma en la que la ejerce y pone en práctica. De quien no se duerme en los laureles y se alegra de cuando la inocencia forma parte de su vida. De quien no la pierde ni aún cuando le den unas cuantas patadas en el trasero, bien o mal dadas, pero dadas al fin y al cabo. De quien gusta enseñar de su significado a cualquier hora y con el simple pretexto de demostrar que la inocencia es como la primera letra de un alfabeto ingenuo.

Para empezar, hay unos señores que definieron la inocencia tal y como sigue y, a saber, se trata de unos adecentados hombres y respetables señoras cada uno de los cuales ocupa una letra por sillón y, entre otros menesteres, se encargan de mantener viva la llama de esta inocente lengua que es el castellano, de prosperar en medio de tanta delincuencia verbal y de verter sobre páginas y páginas de diccionario toda la enseñanza de cada palabra, desde la más nimia hasta la mayor esencia linguística, pasando por las definiciones más alquitranadas o por la retórica de la que habitualmente le gusta regarse a la clase política como si ellos fueran portadores del virus de la verborrea –y así es en realidad- y en canto en sol mayor con un par de octavas.

Pues bien, esos insospechados y cultos miembros –con ello me refiero a los de la academia de la lengua castellana y no a otros, para que no sean mal pensados- definieron la dulce inocencia como sigue:

Inocencia.
(Del lat. innocentĭa).
1. f. Estado del alma limpia de culpa.
2. f. Exención de culpa en un delito o en una mala acción.
3. f. Candor, sencillez.

Estado del alma. Una verdadera locura. Un estado en peligro. Es decir, que la inocencia es como el agua de nuestra botella que a su vez es como el espíritu que lo guarda todo. Nuestra piel es una botella donde corre el aire y dentro de la misma habita el estado del alma ¿estado como sinónimo de nación? Pues no, porque la nación es un término más bien de otra naturaleza mucho más barroca. Pero ojo, que nación no es el superlativo del nacido ni del que nació a lo grande, aunque parezca a ojo de bizco. Nación no es un tío megalómano que nació a lo bestia, entre sábanas de oro y por obra y gracia del señor en un palacio, o por sapiencia de sus consumados padres que lo concibieron en un salto del tigre a la sombra de la Cibeles o en el ascensor de un rascacielos mientras el viejo ascensorista que aprieta el botón y que está a punto de jubilarse les ve porque ya no abundan los auxiliares de elevadores salvo en un contado hotel de siete estrellas y eso que la frase termina. Nación no es un niño dado a luz en lo alto del Aconcagua o en los glaciares del Cotopaxi. No muy señor mío. Nación es un territorio nacional determinado, habitado por una suerte de soberanía y eso con mucha suerte, valga la buena redundancia. Nación es, por ejemplo, el caso de la bella y casual Ecuador; el de la Cuba infinita y cosida a una isla en todos sus sones y guayaberas; el de Perú, con sus riscos andinos como colmillos afilados de la geografía; el de Chile, con sus poetas de toda cata y jugo como Nicanor Parra, Gabriela Mistral o el amante de casi todo dígase Pablo Neruda; o la Argentina de los tangos que se bailan con las largas piernas de una mujer envueltas en una sensualidad de las medias negras contra la espuma del deseo de un bandoneón. Eso es una nación.

España también es una nación, aunque allí ahora solo nazcan setas, avezados ciudadanos, mileuristas, banqueros idólatras, becerros de oro oxidados y una juventud que se ahoga poco a poco en la penumbra de la solitaria esperanza y todo no por culpa de ellos sino por una estirpe de dirigentes que no tienen nada de inocencia en el estado de su alma, porque parece que no la tienen y menos está limpia de culpa. Únicamente limpios de inocencia, porque no disponen de ella en ninguna parte. No encuentro inocencia ni en la Moncloa. Ni en la plaza de las Ventas. Ni en el Santiago Bernabéu. Ni en las cumbres de Gredos. Ni en los encinares salmantinos. Ni en las largas vegas del Jarama. Ni en cierta familia de porte nobiliario donde vino alguien con cara inocente y se lo quiso llevar todo con la Viagra de una fundación y con los acordes de esta vieja revelación:

Madre, yo al oro me humillo
el es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo;
que pues, doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es Don Dinero.

Si Francisco de Quevedo levantara el pobre la cabeza se moriría de la vergüenza porque él, que con tal inocencia, con tal estado del alma libre de culpa, escribió sobre esta gran verdad que, después de tantos siglos perdura, parece que fue más profeta que poeta. Porque Don Dinero es tan poderoso que hipnotiza hasta al que debe observancia a una conducta ejemplar. “Ejemplaridad” que es una de las palabras más famosas del momento porque tuvo la virtud de salir en la televisión justo cuando más importa al protocolo, en plena víspera de año nuevo, justo cuando las familias se disponen a atacar el plato de camarones al ajillo, el pavo relleno, los chorizos culares y la sopa de ajo. Es decir, que el gobierno, viendo que esa hora es la más inocente y caritativa del año que está por morir, le dice al jefe de Estado que pronuncie un discurso de fin de año, discurso que algún pasante le habrá hecho para ser revisado a posteriori, y en el que se alude, sin ir más lejos, al milagro del año venidero, en que todos debemos estar más unidos, crecer sin mojar demasiado el pan en el plato, fortalecer nuestros lazos, arrimar el hombro y pagar más impuestos para salvar la crisis que provocaron otros, ser solidarios y limpios de paisaje y un larguísimo etcétera de inocencias para las almas limpias de culpa. Y allí es donde a punto de que falleciera el año dos mil once es cuando la palabra “ejemplaridad” apareció como una llama que se comió todo y nos dieron a entender que tal término es de obligada observancia para quienes, por razón de su cargo, relevancia pública o responsabilidad, tal comportamiento debe llevar y no otro. Aunque alguno o muchos debieron ser sordos a la palabra y acabaron siendo, ejemplares sí, pero de la toxicidad, no de la inocencia.

De levantar la cabeza Quevedo, agitaría sus alas como una mariposa, desde luego y, sin pedir permiso a la ciudadanía,  escondería la cabeza bajo tierra, como las avestruces, en busca de la inocencia de la tierra donde el agua abunda. En pro de una exención. De algo parecido a una eximente. Porque la exención es la otra parte de la inocencia, que en caso de que no sea un estado del alma limpio de culpa, hay unos jueces, o una sociedad, o una aduana que te declaran exentos, para que no dé lugar a duda alguna. Es como cuando el servicio militar era obligatorio y a alguno de nuestros padres les declaraban exentos por pies planos, miopía o alguna cuestión tipificada en el respectivo código. Exentos por ser inocentes del impedimento para realizar la prestación de un servicio esencial a la nación. Pero también exentos para lo bueno, sino también para lo malo: también estaban exentos de participar en la fiesta de los quintos del pueblo. De todos esos que coincidían en año de nacimiento y les mandaban a servir como reclutas por sorteo y entonces, preparaban una fiesta por todo lo alto, o inscribían sus nombres en la pared del frontón junto a la Plaza Mayor, o se hacían de acordeón y otros instrumentos y andaban de puerta en puerta, solicitando aguinaldo militar o una buena alegría.

Candor y sencillez, en otras palabras. Ello también es inocencia. “Cuida a quien te cuida” como canta Pedro Guerra. Candor como sinónimo de un calor impenetrable a golpe de vista. Candor por dentro. Fortaleza del espíritu. Un espíritu de mirada profunda. Candor que es el que nace con el niño y desaparece progresivamente con el adolescente. Candor que ya no debe existir en el adulto porque igual alguna mujer le llama inmaduro al hombre candoroso o algún hombre le llama frágil a la mujer candorosa. Candor que es el que debiera existir siempre, a prueba de balas, pero que cada vez es menos pausible exteriorizarlo porque te dan más bofetadas que a un tonto. Por eso dicen que no solo hay que ser bueno sino también parecerlo. Es decir, que debes parecer candoroso. Y eso mismo se lo dijeron a un amigo mío, un buen amigo que, después de todo, se pasaba noche, día, alba, madrugada, medianoche, vigilia y mediodía dedicándose a lo mismo, a la maleza del trabajo y de los buenos propósitos hasta que los mismos que le inculcaron eso le robaron las trenzas y le dijeron: además de ser honrado debes parecerlo. Y le respondí yo: ¡viste, en casa del herrero cuchillo de palo! ¡nunca te fíes de los que fingen candor! ¡y menos de lo que comercien con la sencillez como una mercadería barata! Porque la sencillez es el verdadero regocijo del alma. La sencillez es la luz que acerca todas las distancias.

La sencillez es la definición más hermosa de la inocencia. Es como la barca que se mece tranquilamente sobre la marejada del puerto. Es el nombre que le pondría yo a un velero. El velero de la “sencillez” para embarcar allí a todo el universo que forma parte de la inocencia de la que muchos niños saben de ella. Como si estuvieran observando las gaviotas que se enamoran del cielo. Es también como la tierra, que tiene un color sencillo, de un tono u otro, pero sencilla al fin y al cabo, para que luego vengan con un arado, la azada, el tractor, las manos y la acaricien como se debe. Tierra sencilla que es donde también volvemos después de un largo viaje del que sabemos siempre el punto de partida pero ignoramos o queremos irnos lejos de la inevitable llegada.

Así es el mundo de la inocencia. El mismo que atraviesa la candidez de una minina que se esconde en los albores de un jarroncito. Pobre gatita. Le expliqué con estas palabras acerca de la inocencia, de la exención de culpa, de la bondad de las abejas, del dulce panal de miel, de la despoblación de muchos rincones y encima, para dejarle un ejemplo más gráfico, le puse el primer telediario que asomaba en la televisión, con tal mala suerte de que me salió: un programa de la farándula donde todos los famosos dicen tener hijos de casi todos y mantener pleitos por la custodia de los hijos habidos, de las botellas de vino de crianza, del lecho conyugal y de los rulos para hacerse la permanente en la cabeza; luego vio un documental donde se propugnaba que las operaciones de cirugía estética no fueran un derecho, sino una obligación constitucional, es decir, que los culos pomposos, las huevas agrandadas, las liposucciones, el botox en la comisura de los labios y los pechos rasurados y sin gota de pelo fueran el sine qua non para ser inocente y cándidamente bello; a posteriori salió una nueva edición de Gran Hermano; luego una sesión de espiritismo y un diálogo con el fantasma del Cid Campeador y el espíritu del inca Atahualpa y, por último, un telediario donde solo se informaba de guerras, hambrunas, niños deshuesados, estadísticas del desempleo, abusos sexuales, impunidad de unos cuántos, terremotos, accidentes de tráfico, primas de riesgo, violencia de género, pago de servicios de prostitución con cargo al erario público del municipio, ladrillos, desahucios como consecuencia del supuesto impago de hipotecas, bancos que crujen, inundaciones, abandono, gobiernos que son intervenidos y rescatados por la Unión Europea, incendios, animales en peligro de extinción, lascivia, sexo sin amor, bosques sin hojas, libros secuestrados, besos en exilio, abrazos en franco retroceso y ruinas.

Pobre michina. Así se ha quedado de tiesa. Y no por todo ello ha perdido un ápice de perplejidad, sencillez, candor e inocencia. Más bien se le ha desarrollado en superlativo y me sigue mirando con la misma cara de no haber todo un plato y me pregunta: ¿pero es que así es todo? Pues sí. Digamos que así es el mundo de la perversa inocencia de hoy en día. Y ojo con hacerte voluntaria de alguna organización. Me gustas más así. De inocente para todo pero no para cualquier cosa. Perversa y maltrecha inocencia. No solo debes ser inocente, sino también parecerlo, dulce minina.

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6 comentarios el “CRONICAS DE LA INOCENCIA

  1. ¿Patricia Riojonas habla sola?

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  2. Creo que defiendo la individualidad, lo propio y no lo ajeno, pero entiendo al mismo tiempo lo importante que es lo social.

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  3. ¿Qué es una conducta ejemplar?

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  4. Lamento que el sitio no de lugar a borrar y corregir lo escrito, pero más o menos es lo que pienso con pequeños defectos de redacción.

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  5. En mi diccionario (1956) la inocencia es “Estado del alma limpia de pecado”, “Estado del que se halla inocente y libre de culpa” y es sinónimo de simplicidad, sencillez y candor.
    Para mi un alma limpia de pecado, desde el punto de vista de la doctrina cristiana/católica, no existe, ya que se supone que todos hemos nacido con el pecado original, hemos heredado una culpa tan sólo por descender de Adán. Se supone que son pecadores además todos los que quebranten alguno de los preceptos de la ley de Dios por palabra, pensamiento u obra.
    Si yo no soy cristiana/católica, no existe el pecado, pero existe, lo puro, lo simple, o sea, aquello que es independiente de la experiencia, filosóficamente hablando. Existe lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo propio y lo ajeno.
    Insisto que la inocencia no existe para quien no es cristiano/ católico. Tal vez las personas que creen o aceptar haber nacido con un pecado original empiezan una búsqueda desesperada de la inocencia que no existe y creen encontrarla en determinadas conductas, que yo más bien creo se refieren a las virtudes las cuales les permiten alcanzar la santidad pero no la inocencia: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Fe, esperanza y caridad.
    BiBienaventurados los gatos porque nacieron sin el pecado original y podemos decir que son inocentes hagan lo que hagan.
    Yo creo que los españoles, a quien me imagino te refieres, son simplemente seres humanos y como tales pueden actuar como estimen conveniente, ya sea bien o mal y no sentir ninguna culpa.
    Para mi existe el derecho a todo lo que no sea un abuso o un crimen, pero al mismo tiempo existe el derecho a matar a una persona en defensa propia para evitar ser asesinado. Creo que es más complejo la defensa propia sobre cosas espirituales.
    Creo que el dinero es importante pero no daría mi vida por el dinero.
    Si yo no quiero ver algo, no miro, o me alejo de lo que no me gusta.
    La idea de la sencillez, la naturaleza “natural” aquí tiene también algunos límites porque a veces me gustan las cosas artificiales porque el hombre las necesita a veces creo. Me gustan los adornos que el hombre crea a veces para lo que sea…y reconozco que a veces son cosas inútiles que llaman la atención. Me gusta el maquillaje en las caras de las mujeres…los tacos altos…o un color llamativo para un vestido de seda o terciopelo..que forma o se amolda en un cuerpo hermoso…Me gustan los objetos útiles como un cortaplumas que sirve al mismo tiempo como sacorchos, abrelatas o lima para uñas..
    Pienso que a eso que algunos llaman candor inocencia o sencillez yo le llamo integridad. Yo creo que no soy candorosa, ni inocente, ni muy sencilla, más bien creo ser compleja como la mayoría de los seres humanos.
    Creo que cuando miramos a una persona buscando esas cualidades somos muy idealistas..!
    Yo creo que todas esas cosas que mencionas son parte de la vida, donde no cabe la inocencia pero si la integridad con algunos valores propios.

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