LA SUMA

04

Una vez me encontré con cientos de girasoles
que se volvían contra mis ojos y a favor del páramo.
Detrás de ellos un viejo castillo se torcía como
una culebra ante las casas menudas y vigilantes
y el pueblo se ocultaba en su duro caparazón
de piedra, a salvo de cualquier inquietud humana
enfrentando su mirada contra el campo amarillo.
Pensé que el tiempo es como esa equidistancia
que separa nuestros labios en el silencio,
que el mar nos divide pero también empuja
con la solidez que caracterizan a sus olas,
que un puñado de palabras escritas con destreza
reúnen la misma perspectiva infinita del paisaje.
que los adjetivos también disponen de horizonte
y soy capaz de alargar la brevedad del latido
que cuelga en la cuerda floja del corazón
hasta que hoy me topé con una antigua bailarina
que ya no vive al ámparo de los pies descalzos
y los girasoles se volvieron esta vez hacía mí
y el castillo se irguió en toda su estatura
y las calles del pueblo se abotonaron la camisa
porque les iba a estallar el pecho de tanto grito
y el tiempo se desnudó ante el aroma de una flor
y yo recobré el convencimiento de que el tiempo es
además de todo lo anterior la suma de tí misma.

AUTOBIOGRAFIA MARINA

Cabo Cope

Nací un mediodía de julio sin utopías en las manos.
Pocas empuñamos al sentir la luz por primera vez
Recuerdo paredes claras y enfermeras del mismo tenor
aunque tal vez obedezca a la avaricia de las olas
que se empeñan en hallar su lugar de nacimiento
entre los hombres que atentan contra ellas
en algún punto de las desnudez de sus amantes.
En cualquier caso son recuerdos vagos y puntuales
como un camino que se pierde en cuanto la estatura
de su perspectiva alcanza el último horizonte.
La débil referencia de una semilla que parte
hacia un tallo cargado de conjeturas inciertas.
El murmullo de una ciudad que también crecía
en el borde de una ría mansa y herrumbrosa
Grúas que parecían los antebrazos de un gigante
poco sonriente y maquillado de rojo para huir
de la ira de algún caballero andante moderno.
Sé que una madre me retuvo en sus ojos hasta que
los míos se llenaron de vida y pensamiento
y me encontré en medio de tantas huellas
con las que atribuirme una singular locura.
También llegué a creer que las gaviotas eran
matronas de los aires por la absoluta blancura
de su vuelo y porque siempre están posadas
en el postigo de cualquier ventana marina
pero los viejos páramos de la infancia
concluyeron por convencerme de que la tierra
siempre derrama su pesado prólogo sobre el mar
y nosotros nos quedamos en el nudo de la trama.
Al principio amé el pánico de las cordilleras
y la lenta memoria de los campos que en invierno
duermen tan malheridos como un juguete roto
Sé que la vida me ofreció una tregua invisible
y dejó escrito en alguna parte de mi historia
que volvería a oler la marea de otros continentes.
Tan cierto que cuando ya las utopías se escurrían
entre el acero brillante de los años y de los dedos,
me aposté contra el muro de una atalaya costera
y un nuevo nacimiento dio a luz entre las rocas.

Aitor A.

NADA SE DEMORA

 

01

Nada se demora en la libertad de los páramos.
Tu cuerpo mojado no tarda en desaparecer
en la distancia del camino húmedo e inclinado.
Solo resta la posibilidad de ser ligero en el aire
para irme contigo entre su aliento nublado
y describir una parábola casi desnuda
con un rastro preciso sobre los campos.
En una isla cualquiera siempre habrá olas
que retrasen o disminuyan tu presencia
que alarguen o reconstruyan la sombra
de un sombrero amarillo que alguien dejó
y huye despavorido por una violenta ráfaga
pero en mis hombros siempre pesa el intervalo
de asombro ante la constancia de las gotas
de lluvia que lesionan el horizonte con tus ojos.
Nada me convence más que el azar del tiempo.
El instante preciso en que la amapola florece
en una vía reservada a manglares dorados
y extiende su roja estratagema sobre lugar
tan extraño y propio de otros despertares.
El alivio de una tormenta que trae consigo
profundos fragmentos del olor de tu cuello.
Eres la sed más antigua de mi memoria.

CRÓNICAS DE LA REDUCCION DEL RIESGO

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La vida es una estratagema. Una cuestión a buen recaudo. El paradigma de nuestra raza. Por eso hay quienes se refieren a una “vida de perros” ¿quizás porque envidian nuestra presunta libertad y bien llevanza de las horas? Pues quiero deciros que se equivocan notablemente quienes piensan que llevar una vida de perros es una cuestión univoca.

Para empezar. No soy un anuncio en el que se ofrezca la cabeza por mi captura. Tampoco soy un anuncio de recompensa. Por mí no se piden millones de dólares puesto que no he cometido ningún delito al respeto. Soy más buena que el pan. Atenta y dichosa con el prójimo. Una buena tipa. De buen corazón. Con el hocico dispuesto a levantar la moral de cualquier necesitado, pero no por compasión o desdicha o afán evangelizador, sino porque me sale de aquí dentro. Y al carajo las formalidades, porque no sirven de mucho más que para dar gato por liebre ¿y no saben lo que es dar gato por liebre? pues engañar nomás. Amañar acuerdos. Decir una cosa y practicar la opuesta. Disfrazar los comportamientos y las apreturas cuando no es época de Carnaval. Decir que tienes siete principios fundamentales en la teoría de tu comportamiento y pasártelos por la entrepierna cuando actúas ¿humanidad para meterse la plata debajo del rabo? Eso es engañar.

Pero a quién engaña jamás le pondrán en un cártel así de grandote, con el hocico puntiagudo y los ojos con cara de decir qué, cuándo, cómo, dónde y con quién. Eso está reservado a los mismos ladrones, pero para dar la sensación de impunidad. Ellos aparecen en plan cachondo, con la sonrisa digna de un anuncio de Colgate –perdón por la propaganda, pero no trabajo para ellos-, y de paso, si amerita, atusándose el bigote o situando en primer plano el dedo gordo y los restos inclinados hacia el puño proclamando el mensaje del “todo va bien” o “somos la ostia” o “estamos reduciendo las vulnerabilidades y la pobreza a la vez que fortalecemos las capacidades del gobierno, la sociedad civil, los cubos de basura, los empaques de balanceado para perros y gatos, las vacunas contra la rabia, el derecho a un buen pedigrí y un porvenir resiliente” o “trabajamos para salvar vidas, repartir bolsitas blancas con raciones de urgencia en caso de inundación intempestiva y aluvión de agua por parte del río a su paso por el malecón de turno” . Aparecen proclamando uno de esos mensajes y casi todas las mujeres, hombres, niños y niñas, guayabas, ocas, mellocos, papas de toda clase, capulíes, ponchos, polleras, escarpines, abuelos, abuelas, zapatones, barandas y adobes se lo creen a pies juntillas. Se creen que los tipos de los anuncios, de la imagen a pie de artículo, de la reseña editorial o del breve extracto son los héroes del país que nos salvan del descontento y de las calamidades naturales. Se lo creen sin que por medio les tengan que servir una pizza, una botella de vino o un coco con pajita para sorber el jugo que llevan dentro. Simplemente les basta con aparecer en los medios o atribuirse la gloria del trabajo ajeno. Eso se les da de maravilla. Aparecer como por arte de magia y decir que hacen esto, lo otro y lo demás. Pero a mí me entra por una oreja y me sale por otra porque me sé de memoria cómo son y qué les importa. Por algo desarrollé un olfato a prueba de perdigones. Huelo los embustes, las aranas y el juego del gato y el ratón de lejos.

Tengo un olfato a prueba de casi todo. El otro día me pusieron un calcetín anónimo, en un taller de lucha contra la corrupción. Di la campanada. No se lo pierdan. Me llevaron atadica y de forma educada, me postré ante los pies del facilitador. Un hombre que es algo así como el encantador de perros del que tanto hablan en las televisiones, pero en plan más serio. Un tipo bajito, morenote y bien plantado, que sabía de lo que hablaba. De cuestiones así como capacitar a comunidades y actores locales en la reducción del riesgo de ser hipócrita así como en el establecimiento de protocolos mingitorios para los miembros caninos de las unidades familiares que viven retiradas del mundanal ruido allá en las riberas de los ríos que se desbordan y en comunidades a las que solo se llega mediante una lancha con motor fueraborda que lo le llamo el moscardón acuático por eso de lo bullanguero de sus cilindros, lo cual, traducido al castellano ordinario y entendible por animales de todo postín significa, en pocas palabras: cómo ser honesto y mear y cagar donde se debe; y no mearse donde a uno le da la gana y echar la mierda a los demás,  ademas de ver siempre la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

El caso es que el facilitador me dijo que oliera el calcetín. Que había sido sustraído de una unidad de las más peligrosas y corruptas y que además estaba dotado de un olor que en sí mismo constituía una amenaza tanto mayor que el despertar de un volcán, el deslave de una ladera o la alteración del equilibrio de la tierra mediante la ejecución de un sismo en el que hasta mis cuatro patas van cada una para un lado diferente del eje sinclinal del sentido del equilibrio –es decir, la gravedad a tomar por culo o terremoto para los más gentiles con el lenguaje-. Pues olí el calcetín y la misión constituía en sí misma un simulacro.

El objetivo tratábase de localizar el foco de la amenaza siguiendo el olor y otros parámetros que me fueron dictados. La unidad a la que pertenecía el calcetín estaba calificada dentro del eje del mal conforme al Marco de Acción de Hyogo, que para los que no sean expertos concienzudos en la Gestión de Riesgos es un ambicioso plan en el que todos los representantes de la Comunidad Internacional se reunieron hace uno cuantos años en Kobe, una encantadora ciudad japonesa donde hasta no hace mucho no podíamos hacer turismo porque venían unos seres extraños con los ojos achatados y con un cuchillo en la mano porque parece ser que somos delicados objetos de restaurante. El caso es que allí se reunieron e idearon un plan para salvar al mundo de amenazas naturales y antrópicas. Por naturales aquellas creadas por la naturaleza como la lava, el agua tormentosa, las olas con cara de pocos amigos, una cáscara de plátano en el suelo, una losa de granito tan lisa como mi tripa sin pelos, un río que se ensancha después de un aguacero o el pedo de una mofeta. y por antrópicas aquellas creadas por el hombre, sin intervención divina ni intermediación por parte de la naturaleza, como son las impresoras que valen poco pero al comprar los cartuchos te pegan un sablazo, la reducción del gasto público en la educación, la desviación de fondos de la Unión Europea para propósitos ajenos a los que justificas cuando te los dan a priori, los programas de televisión que consisten en predicar que te has trincado a media plana de la ciudad, las camionetas que se calzan sobre adoquines y no disponen de ruedas, los tipos con sombrero que te urgen a que les saques la mugre de la oreja, las sonrisas ficticias, las auditorías sin propósito de enmienda, gerentes que te piden comedidamente y a través de terceros tu número de teléfono para luego no llamarte y dejarte en el limbo, las malas referencias profesionales cometidas adrede y a sabiendas de que quién las da es un cero a la izquierda comparado con cualquier profesional mejor que ellos como lo pueda ser un digno limpiacristales, un honrado lustrador de botas de veinticinco centavos por servicio o un amable vendedor de esos que se suben al autobús y te piden educadamente la voluntad porque no tienen otro ingreso con el que mantener a sus familias.

Como puede entenderse, el catálogo de amenazas antrópicas es notablemente mayor que el de la naturaleza, ya que esta última siempre se dignó en pro de la armonía mientras que el hombre o algunas organizaciones tan humanitarias como la carita del niño Dios se dignaron por la jodienda y entonces, para hacer ver al mundo todos somos buenos –incluso los perros, perras, gatos, gatitas, adelfas, berros y espinacas- se armaron de valor, simularon que trabajan en esos encuentros internacionales que se pagan con cargo a los presupuestos de cada uno de los Estados o del presupuesto destinado a la cooperación y sacaron uno de esos acuerdos que merece la pena verlos, tan pulcros, relucientes y blancos como la base de un orinal de porcelana. Acuerdos de seda y con flores blancas. Y ahí dejaron bien claro que se lucharía contra todas estas inmundicias y lacras públicas. Que al ladrón se le trataría como lo que es y no como un estratega inteligente. Que la impunidad solo es para los valientes. Que el pecado solo está al servicio del culposo. Que se instituirían los mecanismos precisos para luchar contra el crimen organizado de toda institución precoz a “meter la mano en la saca y eso, sacar sin que nadie se de cuenta”.

Entre todas las medidas protocolizaron una que es donde entro. El desarrollo de una unidad canina de alto olfato para la detección prematura de amenazas antrópicas de toda índole, con especial énfasis en el interior de áreas, departamentos y unidades ocupacionales de aquellas instituciones responsables de llevar al efecto las políticas del Marco de Acción de Hyogo, otros tantos tratados internacionales en la materia o en última instancia, por imperativo mismo de la humanidad que señala que hay que socorrer al prójimo, promover el voluntariado de carácter desinteresado y ayudarse mutuamente y en todos los niveles, ascensores, plantas, torres y planetas.

Así es como se montó un proceso de selección transparente, con unos términos de referencia precisos y dotados de una elocuencia que pareciera que los hubiera escrito el mismísimo Gandhi. Algo así como que se necesitaban unidades de respuesta, dotadas de un fino olfato, con el fin de preservar a la humanidad, a la clase animal, a la flora y a loa rayos del sol, de todos aquellos peligros derivados de la actividad humana que había roto con el equilibrio del planeta. A pie de cada página venía una cruz así de grandota, tan colorada como un tomate de huerta y se debía adjuntar un perfil académico, el historial profesional, las aptitudes, las horas preferentes a las que devoro comida, si me gustan Lassie –la perra más famosa del mundo- o Rantamplan –el que acompañaba a Lucky Lucke a todas partes-, y aquella foto que reflejara con más ahínco nuestro espíritu de imparcialidad, neutralidad y devoción patria. Y como en éste último aspecto no me ganan ni las anemonas le dije a mi amo que me acolitara para una magnífica imagen con la que impresionarles sobremanera y él que es extraordinariamente competente para todo lo relacionado para la comunicación, la imagen, los planes estratégicos de visibilidad, la prevención de riesgo, los planes de contingencias y los procedimientos de compras mayores a doscientos mil dólares con el acompañamiento de tres proformas y la reunión de unos cuántos veedores para que la compra salga de forma objetiva, pues me tomó una imagen tal que así, con una expresión de lealtad inconcebible en muchas personas de las que se pasan por estos terrenos haciendo la vista gorda.

El caso es que entré a formar parte de tan reducido y exclusivo grupo y me destinaron al mismísimo centro de Quito, el corazón del país andino, una ciudad amplia, irregular en sus proporciones pero infinita a ojo de perro. Me mandaron a una torre grisácea de seis plantas, laberíntica para la orientación pero a la cual me acostumbré enseguida y en cuestión de un par de horas, ya me dirigía allá donde mi olfato secundaba inactividad, lo cual sucedía en todas partes, porque cada dos por tres mi hocico se excitaba por cuestiones tan triviales como las reuniones donde no se decide nada, los tipos que se van a por café cada diez minutos, los talleres donde se dilucida el chisme de las vidas ajenas, las sillas donde se sientan los más machos a contar con los dedos de la mano cuantas hembras se han trillado y todas aquellos encuentros de altísimo nivel donde lo único que interesa es hacer lo menos posible y parecer que haces todo. Tan excitada estaba que con un poco de suerte, tenían que probar mi sapiencia y de repente necesitaron de mis servicios olfativos. Eso sí, no tardaron en decidirse que me necesitaban pero sí en mandarme al sitio. Y todo porque necesitaban un servicio de transporte con factura y había que requerir la autorización previa del subdirector, de la secretaria general, del presidente y de la federación internacional de azadas para cavar en el campo, pero al final tuve que irme yo solica andando, porque la autorización derivó en la celebración de una Asamblea Nacional prevista para seis meses después de la toma de decisión en la cual se discutirían los pormenores de la autorización, el formato de la misma, así como los procedimientos de rúbrica y copia destinados a que todas las instancias implicadas se dieran por aludidas.

Me fui por una lógica cuestión de supervivencia. El facilitador del taller me aplaudió por la valentía de venirme sin autorización, sentada cómodamente en una plaza de pasajero del autobús de línea, y encima de noche, porque los protocolos de seguridad vigente prohíben taxativamente los desplazamientos interprovinciales a partir del momento en que el sol se va de farra y nos deja con la luna a pie de calle. Así me presenté en la terminal, con mi chaleco institucional y todos postrados a mis pies, como si fuera la diosa de la salvación nacional, todos con una sonrisa de pedernal conduciéndome a los aposentos donde se celebraba el taller y estaba dispuesto el oloroso calcetín sobre una mesa de madera tosca pero eficaz.

Un calcetín traído de los confines de la corrupción. Procedente de las mas míseras cavernas de la incompetencia. Emanador de un perfume característico, contra el que la selva circundante estaba a punto de rebelarse debido al hedor que desprendía. Una tempestad de hilos surgida de Dios sabe qué templo consagrado a la falta de escrúpulos. La metáfora de la desgracia. Un trozo de tela negro, en forma de media luna sobre el que ni siquiera las moscas se atrevían a navegar por el riesgo de perecer contaminadas y sobre el que yo, sin más preámbulos, puse mi hocico inquisidor, dotado de un poderoso instinto para la detección del foco de la amenaza y fuertemente capacitado para ello en cuanto a la normativa internacional de desastres naturales, conciliación de cuentas, prestación de servicios en régimen de dependencia, elaboraciones de líneas de base y seguridad en el terreno.

Ahí se me cerraron los ojos y no capté más que la necesidad subliminal de detectar la trayectoria y procedencia de tan infame amenaza. Empecé a correr despavorida, con la celeridad propia de un chasqui que pareciera que viene a anunciar la llegada del diablo blanco a caballo y con armadura de los tiempos de Colón. Alcancé la vía y adelanté a todos los carros, luciérnagas, guantas, panteras, elefantes y ramas que osaron entremeterse en la carrera. Ascendí laderas. Me estacioné brevemente para meterme entre pecho y espalda un buen maduro con queso en una localidad que se llama como otra que queda cercana a donde deambula el Joaquín Sabina, algo así como Baeza cerca de Úbeda. Corrí de nuevo y sentí el calor de unas aguas y el frío tenaz de los páramos. Luego el relieve descendió y note que mis piernas aprovechaban la inercia del descenso por un valle. La silueta de un volcán. Una secuencia de poblaciones con hormigón. Un túnel oscuro. Una capital de tamaño notable. Ladridos por los cuatro puntos cardinales. Un parque. Una parada de tranvía con ruedas y con nombre de libertador. Escaleras. Un ascensor estropeado. Un edificio de muchas plantas. Un despacho. Mi dentadura se abrió. Detecté la fuente de la amenaza. Cerré las mandíbulas sobre uno de los miembros donde usualmente se hace uso de los calcetines. Tiré fuertemente. Bajé las escaleras como pude. Regresé por el mismo lugar. Apareció el vallé. Ascendí lo descendido. Olí unas termas. Los Andes. Frío contundente. Otro plato con maduro en Baeza. Más arboles. Olor a selva. Una carretera recién asfaltada. Las cavernas de Jumandi. Volví a la estancia del taller. Una ausencia de prácticamente una hora. El tiempo record. Había corrido como nunca. Traía asido en mi boca al foco de la amenaza de la que habían sustraído el calcetín para el ejercicio del simulacro. Abrí los ojos. Había traído el pie de alguien y con él todo el cuerpo del mismísimo presidente de la organización que me había contratado y otorgado la medalla al mérito de ser la primera en mi promoción de lucha contra las amenazas antrópicas.

TUVE QUE PRENDERTE FUEGO

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Tuve que prenderte fuego al transcurrir el alba
y ahuyentar la selva los besos que de mi boca
partían hacia el silencio más húmedo del alma.
El incendio fue alumbrándote tierra adentro
y tu desnudez se acomplejó ante el verde reflejo
de lianas, troncos, pezones, muslos y árboles.
El corazón de las orquídeas latió violentamente
y como la sangre de un amante fugitivo corrí
hacia el centro oscuro de tan densas llamas.
Tu cuerpo estalló como la gota de una guayaba
recién caída de las paredes oscuras de Canelos
y de mis manos emergió la piel de otra tormenta.

PARÉNTESIS

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"No pienso en la muerte mientras escribo
aunque ella viaja todo el tiempo en ambulancias"
Carlos Alberto García Saavedra

A las doce y media los ojos describen
su trayectoria acelerada sobre el cristal.
Una ambulancia se deja sentir con un golpe
seco y breve, en el carril de un vertiginoso trole.
Es cierto que las estrellas abundan a la luz del día
y la muerte viaja como por arte de magia
en cualquier sombra, azar o intermitencia
y que dos amantes disuelven su despedida
de la misma forma que una tormenta cae
de bruces sobre el asfalto de la avenida.
Entre tanto, la ambulancia me recuerda que
la vida se entretiene en cualquier isla
sometida a la voracidad de las olas
y al dictamen de los acantilados.
Tampoco pienso en la muerte mientras
escribo o sofoco las llamas de la angustia.
Solo es un débil paréntesis el que ocurre
entre el trole y una ambulancia repentina.