CRÓNICA DEL SNACK

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Dónde estará mi paquete de Doritos. Me cago en todo. Mira que se lo dije. Anoche mismo, sin que le faltara al respeto. Que el amo está más gordo que un contenedor. Que necesita más espinacas –como Popeye el marino- y menos viandas empacadas al vacío con la fecha de caducidad tan escondida como una garrapata en la oreja de mi paisano del siguiente lote. Que debe tomarse en serio lo de la dieta del médico que visitó en una cuadra está a una veintena de pasos humanos y al doble de los perrunos, teniendo en cuenta que cada dos patas de mis muslos son como una de Pedro Guerra, pero sin guitarra. Por qué si no, además de gordo le va a dar por tener altos todos esos niveles raros y extraños que escriben así con letra garabateada en los análisis clínicos. Que si el colesterol a doscientos cincuenta ¿de kilómetros por hora acaso? ¿o será lo que vale una libra en dólares? Que especifiquen, carajo, que para eso estudian.

Pero mi paquete de suculentos cueros de maíz ha volado como por arte de magia. Quién será el cachondo que se lo ha ventilado sin decirme nada. Es imposible que mi amo se lo trasquilara sin mencionármelo, porque siempre me tira unos cuantos y los alcanzo al aire, a pura dentellada. Anda, que si me diera por cerrarle la mandíbula con la misma intensidad en las huevas de algún malcriado de postín -de esos que se engominan los cabellos con algo parecido al Uhu por lo pegajoso- iba a pegar un grito tal que luego, en un par de minutos, el celular estaría sonando. Sí, buenas, tiene usted una llamada del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional, y afirman categóricamente que en su barrio han localizado el epicentro sonoro de un aullido humano a cuenta de la intuición, pero que de evaluaciones posteriores pudiera derivarse un escandaloso y sísmico gruñido. Y yo respondería que a mí qué me cuenta, si lo único que hice es ensartarle los dientes a un indeseable que solo piensa en el lúgubre capitalismo. Que provoque un terremoto no es un asunto donde yo me meta, porque lo mío es la insaciable búsqueda de mi paquete de Doritos.

Oye, gallina ¿no lo habrás visto por casualidad? ¿No estará detrás de la parabólica? Anda guapa, échame un vistazo, por tus plumas, por tu adorable pico, por los huevos que has de poner para que en la paila con aceite de oliva tengan el color del mundo. Es imposible no dar con él. Es un paquetillo de color rojizo, como si le hubieras dado una nalgada al niño por portarse mal y le deja una marca que parece el punto de una diana ¿Tampoco? Mira pues, que obedece al nombre de Doritos, alias “Mega queso”. Pesará unos ciento veinticinco gramos. Como los nachos, pero hechos en mi país. No vienen de México, no. No tienen nada que ver con las balaceras de Matamoros de las que te hable el otro día. No pues, gallina, no te las des de entendederas, que no son los que se untan con el guacamole y no los trajo ningún tipo con sombrero de ranchera y guitarrón de pacotilla. Si son de aquí nomás y encima, detrás pone, bien grandote: "¡Mucho mejor! si es hecho en Ecuador. En el café de Loja, en la mermelada de guayaba y en ese paquete de quinua que os trincasteis en el gallinero también dice lo mismos. Y sin con la plenitud de detalles que te doy no encuentras el paquete de Doritos, menudo fiasco ¡Solo vales para caldo!

¿No se habrá colado entre la malla? Es que igual se ha presentado un mago, tipo Juan Tamariz, y como no tenía baraja de cartas le dio por fabricarse un juego de manos con el paquete hasta hacerlos desaparecer. O habrá sido el tipo que viene cargado de bombonas en una camioneta, anunciando gas como si le doliera la barriga. Pedazo de huevón, todo el rato con “el gas, el gas” ¿Esta anunciando butano o habla en élfico? A ver si resulta que se ha salido del señor de los Anillos, solo qué este de lo único que es señor de los cilindros. Aunque no venía con hambre o, al menos, por el pedazo de eructo que soltó al subir el cristal de la ventanilla, había desayunado. Vamos que olía a patacones, café con leche y humitas. Desayuno de por aquí. Si oliera a butifarra, caldo de gallina y huevos con chorizo es asunto de otro cantar y se me hace payés como mínimo. Y para quien no lo sepa, el payés es como el aldeano, un hombre de pueblo, pero en las rieras de Cataluña, en las masías que ahí allá escondidas por los somontanos de Dios sabe dónde. No es que payés sea darle algo un inglés y te diga que sí lo quiere. Pá yes no, sino payés. El caso es que el butanero no ha sido, ha desayunado de puta madre y va más satisfecho que una vaca en celo en presencia de un toro marismeño.

¿Qué vamos a hacer, gallinita? Dónde estará. Y como sabes leer, mira a ver si la localizas en atención a las letras. Por detrás tiene un código de barras. Por si no lo sabes, como un par de docenas de palitos negros. Como aquellos con los que se monda los dientes el amo pero de literal negro. Del mismo color que Messi cuando no marca ningún gol y tiene el día, pues eso, bien negro. Como la boca de un tunel. Como son los gatos en la oscuridad, que por la noche son pardos. Como la mata de pelo de una entrepierna, que también es oscurita y con vello. Y debajo del código de barras dice “consumir una vez abierto el empaque y antes de la fecha indicada” y “consérvese en un lugar fresco y seco”. Es que más explicaciones no te puedo dar. Lo señala bien claro. Ya lo abrió algún delincuente porque si no ¿lo hubiera dejado por la azotea, que es bien fresca y seca? No creas que lo dejó aquí al sereno, al relente, como dice el poema de Ernestina de Champourcín, eso de que:

“las ascuas del ocaso se apagan al relente;
suspira quedamente
en su frío rescoldo un tren lastimoso,
el eco de un sollozo
va rasgando la paz de la tarde muriente.
Es que allí, en las cenizas del día que se marcha,
ha cuajado la escarcha
piadosa del olvido”

Que no soy poeta. Que solo quería explicarte que el tipo que lo escondió, se los comió o se hizo con él un cigarrillo de liar me ha dejado así, apagado como un frío rescoldo ¿que te gustan esos versos? Pues si es de lo poco que he leído esta semana. De un ejemplar que me trajeron de tierras vascas. Poesía a través del tiempo, de la misma Ernestina ¿que no sabes quién es? Qué gallina más majadera. Pues una poetisa ¿y qué hace? Pues está bien claro. Escribir. Lo mismo que haces tú con el pico lo hacen ellos con las manos. En vez de escarbar en busca de grano escarban en busca de palabras. En vez de poner huevos, ponen una buena imaginación. Pero la Ernestina te da cien vueltas. Vueltas de inteligencia que no vueltas al gallinero. Y no se marea. Ya viste qué bien escribía ¿eh? Me sé esos versos de memoria y me vinieron a las orejas así de repente, conmovido por la ausencia del paquete de Doritos. Y se te fijas bien, las ascuas del ocaso son como las mallas cuando está a punto de caer el sol, que parecen ascuas en ciernes, a punto de ser devoradas por la línea equinoccial. El sol cae y las mallas se apagan al relente, al aire libre, como tus plumas y mis acicalados pelos. Es como si la locomotora del tren de Eloy Alfaro, que ese que inauguraron en Chimbacalle hace unos cien años, que iba a leña y no a carbón, le dejaran sin sustento a primera hora del alba, en las llanuras de Alangasí, y sollozara, y el eco de los viajeros se prolongara hasta la Nariz del Diablo, Riobamba, Ambato, Cuenca y las mismísimas fosas nasales del Mariscal Sucre. Así de dramática se quedaría la servil locomotora. Rasgando la paz de los Andes. Muriendo por doquier. Pero eso no haría que todo quedara en cenizas, que no me acordara de mi paquete de Doritos, porque lo tengo bien presente, en el entrecejo. Y me trae por la calle de la amargura. Dónde estará. Pero oye, gallina, estamos buscando el paquete de Doritos y no el libro de Ernestina. A ella déjala en paz, que en gloria esté, que Dios se la llevó a mejor lado que éste. Aquí no hay apenas nada: unos cuantos desajustes sociales; el Extra que siempre anuncia muertes y mutilaciones sin parangón como es propio de algunos periodistas sin escrúpulo; algunos ministerios que abren las ventanas para ventilar las irregularidades y que se vayan volando como dulces parajitos; la polémica de algunas subvenciones públicas a compañías petroleras de dudosa filiación; los infelices índices de desarrollo humano; una organización cualquiera que en muchas provincias no está al corriente del Servicio de Rentas Internas de Ecuador y no lleva contabilidad porque dice que los respaldos se los llevaron las aguas del río en la última inundación; otra organización también sin ánimo de lucro y que mantiene a una dulce señora durante más de treinta y siete años trabajando sin una nómina y cuando se jubile le dirán tararí que te vi en cuanto pretenda ir a cobrar su pensioncita de jubilación; un presidente de los de antaño y que quiere volver de Panamá, a donde huyó por haberse robado hasta las bancas de la Basílica del Voto Nacional, el palo de la escoba de la abuela que vive la Eloy Alfaro con Italia e incluso la bolsita de cevichocho que acaba de comprar un niño en la parada estaciona el autobús de Cita Express que marcha para Ibarra.

¿Dónde estará? ¿en las varillas del encofrado? Demasiado delgadas para esconder la bolsa de Doritos, el código de barras, el lugar fresco y seco donde conservarla y el sabor artificial a queso. Es imposible que haya desaparecido. Ni el mago más elocuente. Ni Juan Tamariz. Ni Ernestina. Ni el butanero ¿Y si ha sido Lucio? ¿el mismísimo Lucio? El que camina a cuatro patas y sufrió una transformación esplendorosa. De hombre a asno por las malas artimañas. Claro que sí gallina. El hombre ese, el joven apuesto y de buena familia que vivió una serie de aventuras prolijas, bucólicas y agradables y que, en una de sus prácticas rituales, queriendo ser un ave –un quinde tal vez- se equivocó y trocó en asno. Lucio convertido en asno. Y ni te cuento lo que sufrió hasta volver a su sentido original, apuesto, con unos carrillos equilibrados y la frente dirigida hacia el futuro. Once capítulos le costó al buen hombre. Y en el medio le dio tiempo a referirse a Eros y Psique. Que sí, el mismísimo Lucio ¡Ah, pero no el que vos pensás! Espera que me parto la caja. Que me río. Que me descoyunto. Que me descojono. Que me desmayo de la risa ¿Pensabas acaso que me refería a otro Lucio? Madre de Dios. Que me río ¿Eso pensabas? Que era otro Lucio ¡Vaya gallina! ¡Más tonta que ninguna! Bueno, perdona, en verdad que lo pienso. Espera que dejo de reírme. Que me duele el estómago. Todo lo que te conté de Lucio es cierto pero no me di cuenta de la similitud de situaciones. Claro que te confundiste. También fue culpa mía porque la historia del hombre convertido en asno por obra del Señor también sucedió aquí. Pero mira, para que aprendas, Lucio existió de verdad, o al menos, mucho antes de que lo pariera la democracia. En el siglo segundo después de Cristo, allá cuando los romanos daban de comer también a tus hermanas, hubo un tal Apuleyo, nacido en la ciudad de Madaura, por donde el desierto del Sahara, ese que tiene arena y se va de vacío por el norte de África. Pues el tal Apuleyo, que también se hizo llamar Lucio Apuleyo, le dio por escribir tanto como a la Ernestina, y así llegó hasta nuestros días “el asno de oro”. Que sí, gallina. Un libro de once capítulos donde narra el historia de Lucio, el joven apuesto, delicado, firme y bien aposentado que, como te conté, muta en asno por los artificios de un juego de magia en que se equivocó y de ahí para adelante, su historia es un confín de desgracias y peripecias, entre las cuales el tal Apuleyo metió la hermosa leyenda de Eros y Psique, un par de trágicos enamorados de la mitología ¿Está claro ahora? Y bueno, el libro como era para entretener, a sus capítulos les decían que eran fabulas milesias, destinadas al divertimento del ágora, de la ciudadanía y de todo amante de la lectura. Y si no me crees, por ahí tienes una buena edición en la editorial Cátedra y su colección Letras Hispánicas, pero ojo al pasar las páginas, porque se hace con la punta del ala y no a picotazo limpio, porque entonces te terminarás por cargar el libro ¿Acaso crees que pudiera haber brincado el asno Lucio por encima del muro? ¿y se hubiera agarrado el paquete con el gaznate, cual alforja repleta de alfalfa? porque de tan largo viaje, desde Macedonia hasta Ecuador, con un mar ancho de por medio, se puede explicar que estuviera sediento, más no hambriento. Como a ningún tonto le amarga un dulce, y menos a un asno. Imposible que nadara. Ni que se embarcara en un crucero de ultramar, pues esos solo se hacen rutas por el Caribe, por playas paradisíacas y complejos hoteleros que son como el castillo de Disneyland París como para turistas mensos. No me imagino al asno con gafas de sol y al ralente de las olas de Isla Margarita, gozándose con un coctel de diferentes licores. Y si ha pasado por aquí, desde luego que no nos hemos enterado ¡Me niego a que un asno se haya apoderado de las tortitas de maíz!

¿Paquete de Doritos? ¡Oh dulce empaque de mis sueños! ¡Dónde estás, constitución de maíz con preámbulo de sabroso hueso! Ni con poesía. Ni con elegías. Ni con églogas. Venga, gallinita ¡Ánimo que lo encontramos! No creo ni que haya sido el asno. Ni el butanero. Ni el gordo de mi amo. Espera que…

pero quiero que me digas amor, que no todo fue naufragar
por haber creído que amar era el verbo más bello,
dímelo, me va la vida en ello…

Qué canción mas cojonuda. Qué bueno es el Silvio Rodríguez. Es que la desaparición de los manjares me pone tierno como un brote de acedera. Más caliente que el cañón de una ametralladora. Quiero que el paquete me diga que no todo fue naufragar por haber creído que tener antojo de Doritos era el pecado más bello. Dímelo, gallina, porque nos va la vida en ello. Y nada de decirme que esto es un capricho, como fotografiar una tubería y ya. Que es cosa de que lo sintamos los dos y de nada vale que uno tenga las ganas, la infinita pasión de juntar los labios y vos no, porque si no jamás te pararé bola. Ni bola, ni vaina, ni literatura, ni Doritos, ni Ismael Serrano, ni el programa electoral del nuevo gobierno, ni Carmen Linares, ni Enrique Morente, ni Julio Jaramillo, ni los Nocheros, ni Mercedes Sosa ni nada por el estilo.

Pero volvamos a lo nuestro, que es el paquete de Doritos, porque debe haberse metido por alguna parte que ignoramos. Tendré que llamar al sabueso que vive en Cashapamba. Espera que le voy a decir al pequeñajo de enfrente, para que vaya, que sabe por dónde. El autobús de Capelo pasa por allí, aunque sea una hojalata con ruedas y cortinillas. Allí tengo un buen amigo que, buen profesional y a precio asequible, unta las narices donde sea menester y te adivina el paradero del objeto perdido en un periquete. Es una viejo mastín napolitano, jubilado pero que acepta pequeños encargos, ya que la pensión que le dan, como a todo perro de este país, es insuficiente y amerita la ayuda que sea de merecer. Se llama Rogelio Narices. Y es buenísimo. Fue durante veinte años consecutivos campeón nacional de olores, rastros y dispendios. Al cabrón le ponías una camiseta de la selección nacional y en un par de horas te traía al entrenador asido de los dientes. Y una vez me acuerdo, sería a últimos de enero de hace doce años que en uno de los aniversarios de la hoguera bárbara se celebró un certamen de patriotismo y ni corto ni perezoso, dio con las dos espadas perdidas de la revolución que recientemente dijeron que se han devuelto, todo con el simple hecho de olerse las Catilinarias de Juan Montalvo y una antología de poemas de Jorge Enrique Adoum. Y no solo eso, sino que hace cinco años, olió a un español que se iba para el Tena por una semanas –digo yo que para ser testigo de la buena voluntad de las gentes que allí viven- y resulta que el gallego ese resultó ser tan aventurero que tomo una barca en el río Napo y en un par de semanas amaneció en Iquitos, luego en Manaos,  y el tal Rogelio detrás, como un paraguas en busca de lluvia. De tan aventurero prosiguió su periplo por los enredos de la Amazonía, atravesó toda Bolivia, se tomó tu infusión de coca para el mal de altura y el Rogelio también. Después asomó por el lago Titicaca, escribió sobre las bondades de la totora y la solemnidad del viejo imperio Inca y el Rogelio también. Le llegó el turno a Arica, al valle de Elqui donde descansa eternamente Gabriela Mistral y el Rogelio ahí estaba presentándole los respetos a la amadísima poetisa chilena. Se tomaron unos cuantos tragos de pisco sin discutir si es chileno o peruano y alcanzaron Valparaíso y Viña del Mar, aunque en esta última el Rogelio además pensó que se criaban uvas marinas con gajos de amable sabor salado pero no fue así. Ahí es cuando perdió el rastro del español, pero no porque sus narices le traicionaran, sino porque se encontró con Joaquín Sabina, que estaba de gira por allí, y no se lo pensó dos veces. Joaquín se fue a levantar polleras y él también. Joaquín se hizo unos cuantos acústicos en Antofagasta, Concepción y Talca y el también. Joaquín se vió enterita los Diarios de Motocicleta de Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna, basada en los diarios de viaje del Che Guevara y el también, que casi se le quedan los ojos bizcos. Y el cantautor, de tan admirador que era del revolucionario, se compró una motocicleta para cambiarla por el vuelo regular de vuelta a Quito, empalmó con la Panamericana y el Rogelio también, con un casco adaptado a su gruesa cabeza. Y así es como después de una larga tentativa de peripecias y descalabros llegó de vuelta a Quito. Regreso que constituye un verdadero misterio, únicamente al alcance de unos pocos allegados como yo, que me refiero a su historia con un par de detalles a lo sumo, sin ahondar para que no nos emocionemos. El Rogelio se presentó tan campante, de vuelta a su cubículo, una caseta ligera y fabricada con madera de balsa, por a él le molan que no veas las caravanas y ama llevarse la casa de aquí para allá. Y como pesa poco, pues nada, la movilización es a dentelladas. Se presentó así de risueño, con una sonrisa de oreja a oreja y con el zurrón lleno con toda la discografía del Sabina. El premio a tanto monitoreo y evaluación de resultados. Es que el Rogelio siempre ha estado orientado al cumplimiento de los objetivos de su nariz y esa vez no iba a ser menos. Cumplió con sus propósitos y esta vez espero que nos eche una pata, o una mano, como se quiera decir. Así que venga esta misma tarde, antes de que se eche a llover. Por si acaso, voy a echar un vistazo a ver si se me pega algo de las narices del Rogelio. Y a ti también gallina, a ver si en vez de pico si sale una nariz aguileña pero fina para el olfato. Con eso no te ganarás gaño que busqué en vos una desnudez esbelta. Perderás un macho que fertilice los huevos pero a cambio de ese placer tan efímero ganas en narices destinadas a la eternidad. Busca en la parabólica de nuevo. A ver si la encontramos entre los canales de televisión ¿Telecable? No, el canal donde esté el paquete de Doritos. Debe ser algún programa nutricional, con presencia de doctores y tecnólogos en Alimentación y Buenos Hábitos. Hurga que debe haber algo. A ver si al Rogelio le facilitamos el trabajo. Acacito.  Busca que yo sigo acompañando con el canto:

pero quiero que me digas amor, que no todo fue naufragar
por haber creído que amar era el verbo más bello,
dímelo, me va la vida en ello…

Hasta que venga el Rogelio. Verás qué competencia. Él amante de Joaquín y yo de Silvio. Amante pero no de contacto físico, sino de audiencia musical. Que yo bebo los vientos por la pastora alemana de enfrente. Viejita pero sensual y carnal como ninguna. Verás cuando me cante con mi voz y no con mis axilas, porque soy pudiente, amañado con la higiene y no me cantan los sobacos. Iré allí, bien peinadico, le enseñaré la punta de mis orejas, mi rabo estirado y pulcro o cola que surge al final de la columna vertebral para que no me malentienda y mande toda la seducción al carajo por un problema de mala interpretación de los términos, y le ladraré con suavidad y dulce melancolía y por fin podré obsequiarla con ese hermoso paquete de Doritos que para ella es como un anillo de pedido de boda con cristales de Swaroski. En ello me va la vida.

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