CRONICAS DEL NIDO (Trasunto del abuelo, las sirenas y los vencejos)

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A estas alturas de la estación está vacío. Como el vaso de jugo de guanabana del que solo resta un breve sorbo. Está vacío en todos sus puntos cardinales. Un nido cuya brújula ha dejado espacio a la soledad invernal. Como el volumen del baso donde la guanabana ha emigrado con destino a la ventura del estómago. Casi son las diez de la mañana donde me hallo y  pienso en los nidos vacíos de Torquemada. A más de nueve mil kilómetros de distancia la diferencia entre un nido desolado y un vaso vacío es determinante para que la nostalgia estalle en multitud de pedacitos finos como el cristal. Estalla porque algunas veces, a nuestro corazón, como por arte de algún demiurgo, le da por vivir un instante y, en un par de horas, como ayer leía, ese recuerdo se desfragmenta como el disco duro de un computador y se vuelve a reconstruir para que ese simple instante tome la solidez de un recuerdo reciente, algo así como un nido de barro pegado al alero de un muro, por debajo de las tejas empañadas por el hielo, de forma que cada vez que alzamos la mirada y el tiempo pasa y las ventanas se abren y cierran, el nido permanece solitario y desandado, pero permanece al fin y al cabo, creándonos la horrible sensación de vivir pendientes de una angustia . La angustia del transcurso del tiempo que tanto asusta a muchos escritores o a muchos ciudadanos de a pie, o caminantes de madrugada que, por el simple hecho de pensar sobre tanta metafísica, le dan una patada a la primera piedra que encuentran en la vereda, hartos de la misma conclusión: el tiempo es un nido vacío. Ni más ni menos.

Es cierto que el nido está vacío. Es invierno. Y aunque no me hallo in situ para certificar su subsistencia, sí puedo atestiguar que, si no es aquí, en el número tal de la calle Arrabal, será en otra parte, en la antigua calle mayor, en alguna tenada, a la sombra de otros viejos muros, como pilones de barro endurecido ocultando algún grueso pozo donde el agua gira y gira como las alas de un vencejo. Y no solo singular, sino también plural, como esas ruedas marinas que andan por encima de la superficie del mar, que no son una, sino multitudes, las que arrancan desde el horizonte más próximo, toman carrerilla o una velocidad incierta hasta terminar estrellándose con menor o mayor estrépito contra las rocas, la arena o la cara de un viejete despistado que se encaramó en el borde del malecón por si en vez de olas arremetía contra él alguna vedette o cupletista de las de antaño. Y no me extraña, porque las olas poseen un magnetismo extraño, algo así como una mujer esbelta que atrae la mirada aunque la mantengas firme en otra parte, sea en las ovejas del cielo o en los cigarrillos aplastados contra las losetas de la acera, y el cuello gira, y los ojos se ponen de un brillo inusitado, y no pestañeas, y las pupilas huelen a albahaca y la ola no es un ola sino que es un nido concupiscente o una sirena entretenida de esas que fascinan a algunas mujeres cubanas, con razón, porque las sirenas son lo que el café de los páramos en Manizales o Loja, es decir, una esencia profunda y alargada para el paladar.

Y no sé quién dijo que las sirenas nacieron en el mar. Y que Ulises se encadenada como un diablo al mástil de un velero. O que primero fueron la manifestación de un ser femenino y alado, lo que se dice el reverso de las Arpías, porque la sirena siempre demostró otro talante aunque terminara engañando al gañan, al pastorcillo bucólico, al marinero intrépido o al viajero consumado, con sus dulces artimañas. Quién sabe por qué después les salió cola de pez y se echaron a los mares. A los del sur. A los del norte. Al soleado Atlántico de las Antillas. Al soberano Pacífico de las costas de Esmeraldas. Al cantábrico hacia donde los vascos miran con exacerbado respeto y lejanía. Al Atlántico de la Costa Da Morte donde da miedo echar el pie porque es posible que algún naufragio envidioso te agarre y lleve consigo. Al Mediterráneo de las costas de Mazarrón, tan tranquilo, sosegado y ermitaño. El caso es que en cuanto un peluquero, buen amigo de Poseidón, les invitó a su establecimiento, todas las sirenas, que en principio constituía una comunidad reducida, aislada pero siempre en constante comunicación a través de las ballenas, fueron para allá. En principio de buena voluntad, por la simpatía que les despertaba el tal peluquero, con los brazos repletos de anémonas que se ocupaban de amortiguar el golpe de las tijeras. Pero resulta que, siendo miope, en vez de untar el filo por los cabellos sintió a lo lejos algo así como pelo más suave y alargado y les dejo a todas las alas como a los pollos rosterizados. Por aquel entonces no había hoja de reclamaciones en ninguna parte. Menos en una peluquería recomendada por el mismísimo dueño de los mares y con el barullo que se armó, tuvo que venir otro buen amigo del Poseidón de marras para calmar los ánimos de las amputadas sirenas. Es así como el recién llegado, con el que se comunicaron ipso facto porque siempre lleva un localizador en el lomo, se presentó en la peluquería de ese Llongueras de pacotilla y se puso manos a la obra. Nada de acondicionadores ni de extracto de aloe vera. Entró con tamaña envergadura. Dijo que era el Vallenato, patrón unánime de todos los cetáceos y muy musical él. El mismo Vallenato que había enseñado a las ballenas, mediante la aplicación de herramientas de metodología participativa, el arte del canto a larga distancia. Entonces el grandísimo patrón de cachalotes, ballenas jíbaras, delfines y otros congéneres examinó la travesura del peluquero miope y pensó que el tiempo es un nido vacío y con las alas de las sirenas convertidas en gruesos muñones no es posible que el tiempo sea veloz y que el nido esté lleno de amplitudes, aves y renacuajos voladores que reclaman su ración de saltamontes. También añadió en voz alta que de aquel momento en adelante las sirenas no iban a tener que preocuparse ni de alas ni de cañamones ni de nubes, porque les dejaría en libertad por el cielo que ocultan las aguas. Y es así como determinó colgarles unas hermosas colas, sin apenas escamas, dulces y dadivosas al tacto, para que volaran por donde quisieran sin estropearse ni avenirse a la voluntad del peluquero. Es así como las sirenas terminaron por lanzarse a las mismísimas profundidades de los mares de todas partes, aunque de vez en cuando siguieran asomándose en las costas, para perplejidad de pensionistas, jóvenes marineros, balseros en busca de esperanza, pateras, guardacostas, engominados con yate, pasajeros de trasatlánticos de lujo, gaviotas, pescadores solitarios de caña en una mano y periódico del día en la otra y niños avispados que cuentan el número de cormoranes echando la siesta en la ría.

Pero entonces los nidos se quedaron más vacíos. Más vacíos porque las sirenas no regresaron a ellos, porque el Vallenato no había tenido en cuenta que los nidos, sin sirenas, eran testigos derrotados por las malas mañas del peluquero amigo de Poseidón. Al patrón de los cetáceos le llegó tan mala noticia por los alrededores de Cartagena de Indias, en Colombia. Y después la desventura de los nidos vacíos se propagó por las costas de Venezuela, porque aunque en aquellos siglos no había canal de Panamá, el gigantón disponía de su propio túnel libre de peaje por debajo de Nicaragua. Era darse un poco de vuelta, como en las vueltas ciclistas, pero a cambio no tenía que irse tan al sur, por donde Magallanes descubrió que América tenía dos lados, como las tortillas de la paila. El caso es que aprovechó además para enseñarles a los hombres sus dotes y maestría en la musicalidad de las comunicaciones y es así como capacitó a los habitantes de por donde pasó su primera desventura en las artes del ritmo que ahora lleva su nombre y al que Carlos Vives le da que no veas. Pero eso es otra historia más allá de las sirenas y de los nidos vacíos, por lo que tuvieron que buscar en los anales de la mitología otra forma de solucionar el entuerto.

¿Qué podían hacer? La primera opción fue llamar a Don Quijote, que andaba en los campos de Montiel en busca de su próxima locura. La respuesta fue rotunda ¿Que el tiempo es un nido vacío? ¿que los nidos están vacíos? Eso era obra de un encantamiento. Una trastada de un mago muy cristiano que le tenía envidia a las cigüeñas, porque las cabronas andaban siempre cagándose en los campanarios y por ello, mediante una invocación a los truenos, rayos y centellas, trató de condenarlas a la invisibilidad. Mala suerte porque don Quijano enarboló la adarga y le ensaetó por uno de sus respetables agujeros –el de las narices- y la cosa quedó en tablas. Cigueñas blancas pero no invisibles. Alas moteadas y negras por el adargazo que le metió al mago en las narices. Cigüeñas negras que se salvaron de las malas obras porque andaban de viaje en Iasi, allá al norte de Rumanía, invitadas por Mihai Eminescu a un simposio sobre la revolución de las letras rumanas en pleno romanticismo balcánico y sobre el que después iban a ahondar contemplando las estructuras escultóricas del gran Brancusi, un artista de por allí que fue profesor particular de Chillida, , Oteiza, Ibarrola, Basterretxea y otros cuántos más pero que como cada uno barre para su tierra, yo empiezo por los vascos.

El caso es que Don Quijote en vez de contribuir a la reconciliación del tiempo con los nidos, revolvió más el asunto y lo desordenó hasta tal punto que el encantamiento frustrado del mago tuvo sus efectos. El adargazo le produjo una explosión de ira a Olivio Matarrañas, que es así como se llamaba y una noche, en que los hombres dormían, se bajó el solito a un conjuradero, que es uno de esos sitios que tanto abundan en las montañas navarras y a los que los párrocos acuden con su cáliz y sermoneo a eso, a conjurar las tormentas, granizadas y cabreos de los ángeles para que no dañen las cosechas. Pues el tal Olivio se presentó y allí mismo, se sacó de la túnica el más reciente de los ejemplares en materia de autoayuda y leyó el primer capítulo de “como ser exitoso y feliz en un periquete” y el cielo se rebeló. Todas las aves se alborotaron, cundió el pánico y huyeron por todos los lados de la fría ventolera que les entró. Así se hicieron emigrantes. Huyeron al calor, al desierto, al fuelle de las herrerías, al candor de las chimeneas, al rescoldo de los fuegos, al sol empedrado, al amor del trópico y a las paredes solanas –estas últimas aquellas donde el sol golpea cuando amanece-.

Pero el mago, sin querer, también contribuyó a que el tiempo no fuera un nido vacío, pues en su locura, unas avecillas que vuelan como una moto de grandísima cilindrada y que la aventura del conjuradero las hizo regresar a altitudes más propias de su diminuta concepción, vieron que en quedaron multiplicidad de nidos vacíos, hechos con barro y agua de lluvia, bien pertrechados y sólidos, herencia de la normativa constructiva de las sirenas voladoras aquellas a las que el peluquero cortó por lo sano la aventura de engañar a los pastores de los páramos haciendo que estuvieran horas y horas peinándolas y mesándolas los cabellos en vez de esquilar las ovejas de raza merina de Tierra de Campos o ejercer la trashumancia a que el Concejo de la Mesta les obligaba. Esos vencejos descendieron sin escalera y se encontraron con eso. Nidos vacíos y aún tibios porque habían sido recientemente abandonados como consecuencia del cabreo de Olivio. Y nadie objetó nada. Allí se instalaron. Arreglaron los desperfectos con la técnica del mosquito alfarero : bajar en picado, llenar el buche y las comisuras del pico con trayectorias en vuelo rasante sobre los suelos húmedos y emprender nuevamente la escala hasta el nido pendiente de rehabilitación. La misma morfología que los actuales equipos de extinción de incendios forestales, que van con su helicóptero o aparatos especializados, llenan la panza de agua y luego la abalanzan contra las llamas. Para que vean de dónde aprendieron su abnegada labor contra los malditos pirómanos esos que no sé por qué no se untan de gasolina las huevas y ponen la cerilla al lado y no en los montes.

Así es como el tiempo fue dejando de ser un tiempo vacío. Pero no por siempre sino estacionalmente. Las artes de Olivio perduraron a través de los oscuros tiempos y él, como es bisnieto del creador de las estaciones, donde se pudo siempre hubo otoño e invierno, ardores tropicales, estíos acusados, deserciones de dunas y tórridos páramos y las aves. Siempre hubo que abrigarse con una manta dependiendo de la latitud o de los meses del calendario gregoriano. Siempre quedaron los solsticios porque tales ritmos son la usucapio de la edad de la creación; constituían reglas inalterables por conversión de una costumbre desde tiempos inmemoriales. Así es como vencejos, cigüeñas, cernícalos primilla, rapaces de todo colorido y actuación y todo pájaro –que no listillo- mantuvieron la devoción por las reglas sin perjuicio de hacerle un corte de mangas al Olivio y dirigirle una mirada compasiva a Don Quijote, pues siempre presuponieron la buena voluntad del caballero andante.

Todo esto me lo contó mi abuelo, que en paz descanse. Sin entrar en demasiados detalles. Que siempre les observe con sumo respeto. Con cariño. Que tienen ojos de sirena y corazón acelerado. Que son como huéspedes del mar, porque el cielo es otro mar pero estrellado. Que el cielo de abajo, es decir, el mar de las sirenas modernas, es como el reflejo del de arriba y es por eso que también parece que se ven estrellas, pero que son obra del reflejo mismo, que tanto reflejó que terminó por parir sus propias estrellas.

Y es verdad lo que decía el abuelo. Qué te miran con una sensación de complacencia y buen hacer. Que solo les falta el lapicero en la oreja, como buenas carpinteras del barro. Que allanan el terreno a la peligrosa soledad del invierno. Que simbolizan la bondad de las solanas. Que los vencejos son la media luna más cercana a su boina, con la que sólo acostumbra a perseguir moscas molestas que lo le dejan echar la siesta en la cómoda de la gloria. Que su vuelo es como una flecha tolerada por el viento. Que las golondrinas también son de la misma familia. Que hay otros pájaros que también tejen con fibras vegetales en vez de barro y así asoman sus nidos en las palmeras espinosas del oriente ecuatoriano. Que cuando el inevitable otoño se acerca y las primeras setas de chopo asoman en los tocones cercanos a la ermita o a la ribera del Pisuerga, es hora de despedirse de ellas. Te miran con benevolencia. Tanto las veteranas como las criadas en la última temporada. Que parece que te entienden. Que su conciencia va más allá de nuestra comprensión. Que disponen de un lenguaje complicado pero en cierta forma con el mismo patrón que las enseñanzas prácticas de aquel Vallenato. Que jamás vendrá un peluquero marino a cortarles las alas. Que las sirenas existen y las más genuinas quedan por los alrededores de Finca Vigía y que por eso el viejo Hemingway se marchó allá porque quería descubrir en las sirenas cubanas la verdadera esencia de la historia que había escrito antes con “el viejo y el mar”. Que los vencejos emigran secretamente a las tierras de aquella isla, en los entresijos de la Cordillera de Guaniguanico para reunirse en concejo abierto con las sirenas que se aparecen en la mismísima superficie por los cenotes, unas simas laberínticas y en forma de embudo por donde el agua asoma. Que se reunen para tratar los viejos asuntos de siempre y mantener la tradición oral. Es así como por allí, entre guajiros y fantasmas de viejos cimarrones, dicen que se pueden escuchar cuchicheos, rumores, vocablos marinos y asuntos varios que son el eco de tan originales asambleas.

Eso lo que tienen los nidos vacíos en invierno. Que los veo y es inevitable que todo aquello que mi abuelo me contaba emerja como un submarino ahora que él sólo es un amasijo de huesos del que no tengo mayor conocimiento de cómo se encuentran y qué andarán haciendo, si ronca por la noche o a las dos del mediodía sale en busca del almuerzo que tanto le gustaba, los callos de cordero, las patas de cerdo albardadas con tomate  o la sempiterna bicicleta con la que pedaleaba suavemente hasta la estación donde tomarse un vino con Silvano, o hasta Hornillos por si se le invitaba a una cántara de vino para hacerle más liviano y desequilibrado el regreso al pueblo, o hasta Cordovilla la Real o hasta donde el pecho aguantara. Ahora es el abuelo el que parece un tiempo vacío de los nidos en invierno. Porque no anda por aquí sino por ahí debajo. Como un animal de ultratumba. Junto a la abuela. A la que denominaron “la de todos los Santos” por haber nacido en ese día preciso del santoral. El de todos los Santos. Es que antes nacías y para ponerte el nombre lo primero que hacían es ojear la hoja del mes correspondiente. Y si tenías la mala suerte de molestar con contracciones a tu madre y llorar porque lo primero que ves es la cara de la comadrona, justamente en el día equivocado, te ponían Olegario, Estanislao, Inocencio, Metacrilato de los Ángeles, Profundísimo, Centeno, Castrojeriz, Vizmalo, Garrafón, Vidriera o Agitador.

Por eso se llenan los nidos. Para que cuando se vacíen tengamos otro recuerdo de la misma fortaleza que la melancolía que nos provoca verlo vacío. Y si tengo la suerte de que el nido no se ha caído, ahora, en invierno, que ni siquiera puedo sentarme en el relleno de la escalera, al relente del sol que asoma después que la niebla ha desocupado su terreno, podría alcanzarlo con los ojos, brevemente, imaginando que los vencejos asoman con esa ingenuidad tan característica y que el abuelo está en alguna parte y que tuvo la suerte de nacer un día que no le tocaba un mal nombre y que las sirenas también andan por ahí, pendientes de cualquier novedad que se produzca por el valle del Cerrato, por las corrientes del Arlanza o por el nido que hoy está vacío y que ninguna vecina poco conocedora de los entuertos que quería desfacer el Quijote, le de por tomar el palo de una escoba y deshacer el trabajo de los buenos vencejos. Ya se llenará el nido. Y también el mío. El de aquí. El que me estoy haciendo con barro.

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Un comentario el “CRONICAS DEL NIDO (Trasunto del abuelo, las sirenas y los vencejos)

  1. Qué curioso es el nido de los vencejos y que extraños son esos pájaros cuando están semiescondidos en su nido, me parecen pequeños topos. Nunca he visto un nido de verdad sólo en fotografías y creo que hay algunos muy curiosos – además del de los vencejos – como los de los pájaros tejedores que parecen frutos colgando de los árboles y los de las cigueñas que son inmensos. Hay otras cosas curiosas creo, como que algunos pueblos hacen sopas de nidos de pájaros, seguramente deben ser algunos nidos especiales, me parece que son de las golondrinas de mar.
    Un nido vacío de pájaros creo que es como un hogar abandonado…aunque de alguna manera detesto esas comparaciones porque creo que sólo hacen daño. Sin embargo reconozco que hace años cuando dejé mi casa/hogar, dejé a mi esposo y a mis hijos porque no pude hacer otra cosa pensé que no tenía un nido donde reposar. Y cada vez que escuchaba la palabra nido sentía una especie de dolor, no en el bazo sino en el corazón y entiendo que en esa sensación estaba jugando algo mi cerebro. Pero creo que eso no tiene nada que ver con el transcurrir del tiempo.

    Pienso que a mi no me asusta como pasa el tiempo, más bien me fascina…..creo que con el tiempo he podido tomar conciencia de muchas más cosas que cuando el tiempo pasaba volando y no me daba cuenta de ello.. Me gusta ver o sentir como pasa el tiempo,,,a veces sin hacer nada. Y reconozco que hoy ya no pienso que mi casa/hogar sea un nido.

    Lo que no puedo entender es que relación tiene una ola con un nido o una sirena…tal vez por lo acogedoras que pueden ser cuando son suaves y te mecen..

    Yo no tengo recuerdos de mis abuelos, primero porque uno murió antes que yo naciera y el otro también murió temprano, además que hablaban otros idiomas que yo no conocía.

    Y creo que todo lo que te contó tu abuelo es de lo más extraño..

    Y me gusta lo que dices “Que el cielo de abajo, es decir, el mar de las sirenas modernas, es como el reflejo del de arriba y es por eso que también parece que se ven estrellas, pero que son obra del reflejo mismo, que tanto reflejó que terminó por parir sus propias estrellas. ” aunque pienso que también es extraño.

    También me gusta cuando dices: ” Ahora es el abuelo el que parece un tiempo vacío de los nidos en invierno. Porque no anda por aquí sino por ahí debajo. Como un animal de ultratumba. Junto a la abuela. A la que denominaron “la de todos los Santos” por haber nacido en ese día preciso del santoral. “..

    Cuando pienso en los intensos fríos que estám haciendo en Europa pienso también en que los nidos abandonados deben estar congelados.

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