CRÓNICA DE LAS RUEDAS

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Cuatro ruedas. Una de pie. Las otras dos como si fueran los jamelgos de la llanura. La última, un tanto asustada, por lo que no quiere formar parte de tan redonda manifestación y se esconde bajo las nalgas de otro niño que ha encontrado en ella un improvisado asiento. Una visión realista de la tarde mientras los ladridos de los perros martillean las orejas como si dentro tuviera doscientas ochenta herrerías en pleno apogeo metálico. Cosas de las luchas territoriales, porque los mismos entretenidos de las ruedas abren la cerca y unos canes de tendencia delictiva se lo pasan bomba por toda la calle, alterando el orden público de todos los lotes. Es normal que otros perros, no tan preocupados por la bestialidad de las ruedas, les de por replicar semejantes tentativa de invasión de tus territorios por parte de otros canes sediciosos. Pequeñas naciones caninas donde las ruedas imponen su particular deseo a los niños que dejaron que los perros se salieran con la suya. Unos minutos después parece que se han callado y la tranquilidad vuelve al valle. Las ruedas toman su lugar. El papel que les corresponde. Su redondez preñada. Su absoluta precisión en el horizonte. Su magnificencia desde la azotea. Calvas porque se han gastado sus perfiles. Aquellos que impiden que un carro derrape o tome las de Villadiego más allá de la cuneta.

Cuatro ruedas que dice uno que las encontraron porque andaban perdidas y mendigando dueño. Que se fugaron de un taller mecánico donde las tenían abandonadas. Dejadas de la mano de Dios. Exiliadas en el olvido del caucho. Fuera de su prodigio. Jubiladas insensatamente. Y como tenían aún para rato, una se dirigió a la puerta, la segunda desenvainó una ganzúa, la tercera aporreó con ganas y la cuarta salió redonda para cerciorarse de que no había moros en la costa. El principio de un despelote neumático. Salieron como el chiste del galgo, que tiene las patas peladas porque corre que se las pela. Pues corrieron ellas que se las pelaron. Si el taller debía estar en Alangasí, en un par de horas rodaron hasta el mismísimo Cumbayá, para la perplejidad de toda la población andante ¡Oh, mirad, cuatro ruedas rodando como si fueran máquinas de coser Singer metidas a plusmarquistas mundiales! Salieron de Alangasi y apenas dio tiempo a que los guardias de tráfico las vieran, bien orondas, alterando el tráfico como se les ponía en los cojones, una por la mediana y la otra por el carril contrario y las otras dos encima del capó de un Nissan Sentra aprovechando el rebujo de la inercia. No sé en qué pararon, pero el caso es que cuando un par de amables observantes de la seguridad pública aparecieron con sus ruidosas motos, algo así como la fuerza del lado oscuro de la ley, las cuatro ruedas  se precipitaron por un terraplén y ahí acabó tan surrealista persecución.

Cuatro ruedas en fuga y sin papeles. Cuatro al margen de la ley y que por haber salido impunemente del territorio nacional donde la normativa les amparaba, se encuentran en el extranjero de todo aquello que antes no cabía en su imaginación. No hay alicates que les pidan el documento nacional de identidad. Ni gatos que vigilen su limitada libertad de movimiento. Ni bujías que anden detrás de su comportamiento con las mujeres de los clientes que traen el carro averiado y que ellas se encargan de averiar todavía más si alguna de las mujeres en cuestión viene en falda y el viento aprieta la tela para que deje al aire sus veloces piernas, porque entonces las ruedas a falta de silbar lo que hacen es dejar escapar el aire aprisionado con tal terremoto que casi revientan las válvulas y entonces, la mujer cuyas dos piernas parecen las del antiguo Coloso de Rodas de lo hermosas y esbeltas que son, gira el cuello en dirección a las ruedas cuyas válvulas son auténticas ollas a presión y le gritan al mecánico: ¡ahí tienes unas cuantas ruedas que están reventando de toda la presión que les has puesto! El aire escapa y las ruedas se desinflan tanto que caen rendidas de tanta explosión erótica y parece que fueran antiguos seductores caídos en desgracia. Pero en fuga ya no disponen del tiempo necesario para ocuparse de esos menesteres, porque ruedan y ruedan huyendo de alguna erupción volcánica imaginaria ¡que el Cotopaxi revienta! ¡que cada cien años dicen las estadísticas que tira piedras, papel higiénico y dulces de carnaval! ¡que adiós a Cumbayá, Tumbaco, los Chillos y San Rafael! ¡que nos vamos al oriente, a bañarnos en el sol del Puyo y en las tormentas de Orellana! Y así van exclamando mientras ríen a carcajadas por el camino y uno tropieza con una piedra y pega un salto de para y no te menees y se da de bruces contra un poste de hormigón y aturdida recupera el aliento y prosigue su marcha con las otras tres.

De repente una se para. Es decir, que se detiene. No es que se le ponga en estado de erección la válvula. El caso es que se para y las otras tres hacen lo propio, al santo de la imitación. Sucede que están en el extranjero ¿y los pasaportes? Puta chucha. Es que son muy mal habladas. A imitación de los mecánicos, que andan con la chucha todo el día, a toda hora y por cualquier motivo. Pero ellas no saben lo que es la chucha, que más podría ser que la mujer del chucho. Y el chucho es como un perro que ladra ¡Maldita sea el chucho ese que ladra como si tuviera un parlante en el hocico! Pues con la chucha esa resulta que no disponen de pasaporte que acredite su legalidad. Ni un mísero papel. Ni una baratija de factura. Ni un voucher. Ni una gallina que le dé picotazos a una hoja de periódico y con eso es como si les hubieran marcado la aduana a la salida del taller. Pero he aquí que en su huida hay una caseta y dentro de la caseta, resguardados, un número igual de borrachitos que está jugando imaginariamente a algo que se llama el cuarenta y realizan extrañas formas en el aire con la punta de uno de sus dedos. Y en el suelo una java de cervezas totalmente vacías. Exprimidas como las ubres de una vaca a mediodía. Sin una gota de tan glorioso líquido para las entrañas de todo buen bebedor. La rueda más lista toma la java por uno de los lados. La otra la sigue y las otras dos se quedan mirando a los borrachitos. Uno de los borrachitos que es el que parece el más lúcido dentro de semejante catársis les da las gracias: ¡Y no olviden decirle a la señora de la tienda que le devolvemos todas las botellas de la java, limpiecitas nomás, sin una gotica de Pilsener, y gracias por ahorrarnos el viaje!

Las cuatro ruedas se vuelven a parar un par de cientos de metros más allá del sueño alcohólico que se ha apoderado de aquellas gentes. Y no se les vuelve a poner la válvula tiesa sino que se detienen. Y se detienen y no estacionan porque es una parada superior a los diez minutos tal y como establecía el Código de Circulación. Y la más graciosa dice que ya tienen la solución. Las etiquetas de las botellas. Las arrancan con cuidado y se las reparten. Tú te llamas “Pura calidad ecuatoriana”. Para ti “100% natural”. Tú “Ecuatorianamente refrescante” y finalmente, la rueda más chica, te llamas “Advertencia. El consumo excesivo de alcohol puede perjudicar su salud”. Ya tenemos las cuatro nombre y condición de levadura. Cada una se subraya concienzudamente allí donde pone su nombre y las cuatro ruedas cerveceras siguen su camino. Orgullosas de pertenecer a una marca de cerveza que se fabrica desde hace innumerables lustros. Qué lista es la rueda esa. Qué ingenio. Y bueno, si nos preguntan que en qué andamos metidas ya sabemos qué contestarles a los de Extranjería, que somos especialistas de envasado, fermentación y control de calidad de Pilsener. Y siguen rodando como los búfalos en las praderas americanas. A todo gas. A todo meter. En tropel.

Siguen rodando. Sin levantar sospechas. Medianoche. Oscuras como el hábito de una monja. No se cansan. No caen rendidas. No desfallecen. Se imaginan que van detrás de alguna vedette de bicicleta. Una de esas delgadas y bellísimas llantas con radios. Se deshace su sueño en cuanto otro perro atraviesa la calzada detrás de alguna rata del tamaño de un toro pero eso es como si un cura fuera en busca de un milagro o uno fuera en pos de la justicia, lo que es lo mismo que terminar desorientándose en un par de esquinas. Ruedan hasta una confluencia de vías que les induce a la confusión. En medio hay un redondel gigante por donde algún taxista hambriento de servicio hace la curva con una rapidez siniestra. Un redondel de hormigón. Una rueda dormida en medio de la nada. Una rueda que parece del año de la pera o del periodo antediluviano porque está petrificada y debe valer un potosí porque los huesos de los dinosaurios se los pelean como si fueran meteoritos de oro. Una rueda dice que acaban de descubrir el fósil de sus antepasados y se emociona tanto que empieza a botar como una pelota. Y le dicen que no haga eso porque como venga la selección ecuatoriana la van a dar más puntapiés que a la escoba de una bruja y se verá condenada a ser estrellada contra el palo de la portería, las redes de la portería, el césped del estadio o las huevas de algún despistado que se metió por donde no debía a la misma hora del entrenamiento. Y que no se trata de un fósil, sino de una obra pública elaborada por los empleados del municipio para una mejor regulación del tráfico y que lo siente porque podían haberla construido con otra forma para no inducirles a confusión, por ejemplo con la silueta de una galleta de perro, para que esos jodidos canes que molestan a todas horas se vayan allí a hincar el diente y regresen con las muelas hechas añicos.

Cuatro ruedas. Ruedan y ruedan. Con sus pasaportes. Con nombre. Con la ilusión fallida de haber hallado un fósil homónimo. Suben por otra rampa de asfalto. Giran a la izquierda. Observan raudamente lo que pareció ser un Maracaná, es decir, una cancha de balompié ahora reducida a la mínima expresión. Un par de porterías baratas y una superficie más o menos llana colmada por un hacinamiento de césped. Frente a tan dilatada cancha el amanecer cumple con el propósito de encender la luz y apagar el trasero de las luciérnagas. Una señora entradísima en carnes alza la persiana de su negocio, por donde asoman unas rejas detrás de las cuales parece un carcelero ofreciendo de todo un poco, pero así son los negocios en muchas partes de los pueblecillos, municipios, aglomeramientos, barrios y ciudades del país. La persiana produce una estridencia digna del pitido de una locomotora y se enrolla sobre sí misma, cual murciélago atorado en el techo y las ruedas se tapan las válvulas para no escuchar semejante vorágine auditiva. Siguen rodando y atraviesan la valle recién adoquinada. Sus onomatopeyas se reducen y se detienen bruscamente ante una insólita secuencia de la vida porque una cerca se abre de par en par, toda ella de madera y claveteada, y del interior de unas chabolas surge un griterío impresionante y una manada de perros de toda dimensión y estatura a los que parece que ningún encantador de perros los ha domesticado. Uno que es como una moneda de cinco centavos, lanudo y con las orejas manchadas de hollín. Otro un poco más alto de piernas y con el rabo enrollado o algo así como el moño de una vieja que se lo han encasquetado encima del trasero. Y así hasta conformar una masa perruna que se lanza a la conquista de otros lotes. Y los niños que se encaraman a la cerca y mientras se olvidan de la mesnada canina centran su atención en cuatro ruedas apostadas en la esquina de uno de los lados de la cerca. Cuatro ruedas con documentación vigente. Cuatro ruedas esbeltas. Cuatro ruedas que en sí mismas son como las fábulas de Esopo. La armonía en versión circular. Las toman entre sus manos y las ruedas no se mueven en absoluto. No protestan. No rechistan. No dicen ni mu. No dicen que son siete y parió la abuela. No señalan con el dedo índice a ninguna parte porque además solo podrían señalar con la válvula. Se dejan llevar a donde convenga porque además de cédula ya poseen la mejor legitimidad del mundo. La estratagema más esencial de todo cachivache. La ocupación más versátil e imperecedera. Caer en manos de unos niños.

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