ECHO DE MENOS

P1370697

Echo de menos el lunar blanco que usurpa tus labios
y las nubes de saliva que salpican su horizonte oscuro.
Son las palabras de una boca ausente que representa
el primer acto de una obra en el crepúsculo de abril.
Dejo que del sol escape un fruto dormido, un vértigo
absoluto, un muslo tan ligero como el aire fugitivo,
el sentimiento de una burbuja, el pan de la ciudad,
el glaciar que se acostumbra a ser derretido,
una escama de eucalipto, un baúl que adolece
de cuarto menguante, tu piel oculta de modo sutil,
la fiebre fluvial del cielo, una sombra amarga en las
laderas, un silencio en movimiento, la luz entrecortada
por el ladrido de los perros, el insomnio de la luna,
el bastón que las nubes digitan sobre la tierra,
los arrabales de tus hombros en los que encuentro
otra cordillera igual de desnuda que la presente
en mis alas, en mis cabellos, en mis dedos,
en mi proa, en mis palabras, en mis tardes
en las que echar de menos es un verbo volcánico

Anuncios

AMO ESTOS CIELOS

P1360597

Amo estos cielos donde un volcán aprieta la mano
y el sudor de la cordillera desprende una luz intensa
parecida a la afirmación de una futura esperanza.
Es capaz de desvanecerse Quito en la luz del viento
de repente volar sobre la piel de una mariposa tardía
y cerrar sus alas oscuras en la ansiedad del cuerpo.
Su beso azulado es como la caricia de un acantilado
soberbio y a punto de suicidarse sobre el mar.
Dos torres quieren reconstruir el oscuro horizonte
y entregarse como lo hace una mujer desnuda,
libres y arrastradas por el grito de mi garganta.
La calle García Moreno tiembla cuando mi dedo
índice traza un gerundio desde las altas laderas
hasta el pecho donde respira el corazón del pueblo.
Nadie sabe ahora que estoy apostado en el aire
señalándote con el verde claro de la selva.
La noche era profunda y tu espalda clara
igual que los pájaros que me invaden temprano.
Puse en tus manos un pesado yunque de amor
pero todo el ruido liberado me lo llevé a tiempo
lejos de la respuesta de tus tímpanos sembrados.
No me dan pánico las alturas de nuestra ciudad
porque me acostumbré a pensar en las gentes
que sobrevuelan lentamente por cuestas y cerros.
Volví a mirarte despacio como lo hace un cóndor
asombrado e inmóvil ante la media luna de la urbe.
La revolución más bella se desata dentro de mí.