DÍAS

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Días en que el tiempo ha vencido,
en que el árido párpado de tus besos
se vuelve gris y se hunde en la tierra.
Días en que la soledad es una ballesta
disparada por un viejo campanario.
Yo también me hundo en el corazón
en lo más profundo de sus músculos
en el arpa cálida que lleva en silencio
sin que nadie advierta ningún síntoma
de semejanza con los campos sorianos.
Días en que persigo tu lírica desnuda
y regreso a las advertencias maduras,
a la suavidad del pecho, a la música
interrumpida por la guerra del viento,
a cualquier epíteto que suene perfecto,
a la belleza del vacío, al agua escondida,
al manantial helado, a la gloria caliente,
al rayo imprevisto, a las paredes frías,
a las tenadas de adobe bermejo que
alguna vez dejaron su rastro vivo,
al latido acelerado, al pezón oscuro,
a la estrella dislocada, al camino aislado,
al dolor de la barbacana amarilla,
al espíritu de una aventadora rota,
y a tus ojos también porque en ellos
los días son más que necesarios.

NO HAY REVERSO

2012-04-18 14.39.17

No hay reverso contra el vuelo de los pájaros
ni coraza contra la espada gris de una tormenta
ni corazón que permanezca ileso ante el temblor
de pares, decenas, cientos y miles de gotas
de cadenas, eslabones, hachas y oscuros gritos
de cabellos húmedos, de afilados arbustos donde
la lluvia gira, rompe y se rebela,
no hay vuelta atrás
ni hurtos en vano, ni ríos de sangre
en los que no se desvanezca la tierra
ni exámenes rotundos,
ni ensayos donde no se escriba una palabra madura
ni paisajes donde no se desmaye la locura,
no hay reverso contra la impunidad de los volcanes
ni estuches cargados de bolígrafos y sentencias
ni párrafos verdes examinados por la selva
ni débiles besos, ni desórdenes profundos,
ni abrigos que resguarden del pensamiento,
ni calles donde aguarden los hombros desaparecidos
por el viento,
ni laderas donde donde no se oculten los vecindarios
no hay reverso que nos debilite
ni muerte que nos acompañe
ni tumulto donde no crezcamos como una hiedra
ni manifestación más grande que tu propio cuerpo
absorbiendo mis entrañas, mi fe, mi supervivencia
como hombre, mi testamento como espíritu, mi violencia
como amante, mi silencio como poeta, mi temblor
como miedo, mi sonrisa como cómplice, mi curiosidad
como párpado, mi voracidad como hambriento,
mi dulce equívoco,
no hay reverso contra la sed de tu transparente pecho,
contra el doloroso naufragio de una orquídea
contra los labios que te persiguen
contra la exactitud de las agujas deL reloj
contra el retraso de una nube o el sueño de un quinde,
ni voluntad que no se afane en mirar al cielo
ni escalera que no busque el alma en sus propios peldaños
ni olas que aguanten la inmovilidad como sueño
ni cinturones que se embarquen en una odisea
ni regresos que no escatimen esfuerzos
ni páramos a donde no regrese el rocío en la madrugada
ni ríos que se abran al océano como un abrazo
ni olvido para la propia ignorancia
no hay reverso contra todo lo que soy
ni contra lo que tú me pareces entre las llamas,
una luz que nace, un deseo que levita,
una piel que me invade, en alguna parte
la mujer que habita.

CRÓNICAS DE UNA RAYUELA

Libreria Rayuela III 

Una vez conocí un tejo. Un tejo con forma de volcán y que cabía en la mano con solo cerrar tres dedos contra la palma. Entonces el tejo se dormía como un lirón. Como una bestia de reducidas proporciones que buscaba el calor de la piel humana. Y comenzaba a roncar discretamente. Un zumbido parecido al fragor de las olas que recuerdo contra el muelle de la ría. Un ronquido agradable al oído. La cadencia de un tejo dormido. De piel parda. Con algunas aristas poco prominentes. Un tejo personificado porque la vida nunca le dio mayor conciencia que la práctica de una piedra.

Tuvo que ser el propio azar el que le dejo más vida que la siete de los gatos. Una pequeña conciencia. La primera oscilación de unos pulmones inexistentes. El llanto silencioso con el que un infante cobra vida en sus primeros segundos fuera del útero, solo que esta vez el tejo rompió a roncar en la palma de mi mano, estrechado contra los tres dedos y protegido por un pulgar sin armadura. Roncó y yo también empecé a cabecear movido por la oscilación de los recuerdos.

Recuerdo el verde murmullo de las olas. La ría despierta. El embarcadero de madera. La silueta de uno de los pocos puentes colgantes que sobreviven en todos los continentes. La soledad en paradero desconocido. Una mañana espléndida, como las que suele propiciar el sueño de la madrugada en la que el sol es como el paraíso de un truque.

Ella se acercó despacio. A paso de mariposa. Presurosa pero con una dirección bien definida. Apoyó sus manos en la baranda blanca. Estiró sus hombros hasta donde pudo y un suspiro arrancó el silencio de donde estaba, bien parado como un cormorán en uno de los postigos de madera que sobresalen de la marea.

Supongo que miró hacia arriba. No hay alondras allá en el cielo. Tampoco vendedores ambulantes de camarón y corvina con su cubo plástico, de esos que gritan también que venden carne para la sopa con una bicicleta oxidada. Ni siquiera rostros envejecidos que observan lentamente los choclos que desmenuzan, pues el cielo está demasiado cerca del mar en aquellos muelles como para que un domingo por la mañana venga un proveedor de marisco con un vehículo de dos ruedas desinfladas y un con delantal oscuro que le protege los muslos y el pecho de las dentelladas de los hambrientos vecinos.

Allá arriba debe haber rayuelas. Eso es lo que pensó ella. Debe hacer más rayuelas que en mi isla. Rayuelas tan azules como el beso de un espejo. Redondas. De metal o de piedra. De cristal claro. Del mismo tenor que el ladrillo. De esas con que jugaba cuando era niña, en las calles desconchadas, junto al malecón, con todos aquellos críos de los primeros tiempos de la revolución. De esos que aquí mi hija los llama panas y en otra parte cualquiera los acoge como amigos, camaradas, compañeros de juego o leones de larga melena.

Rayuelas que, imaginadas o no, el cielo sabe mucho de ellas y es en invierno, cuando a los guajiros que viven allá arriba también, les da por practicar el juego de la chita y arman tal estruendo que enseguida todo se oscurece y las nubes manifiestan un enfado del carajo. Es entonces cuando los guajiros corren despavoridos, en tropel y se refugian en las pocas aristas de la tierra que las nubes han tenido la poca carestía de tapar con sus barbas. Son los truenos. El pisar de forajidos tan juguetones y pasmados. Truenos que no toman el ascensor para nada. Ni escaleras. Ni patio de vecindad. Solo la violencia del vacío. El vértigo de no hallar peldaño del cielo a la cordillera.

Cuando tan apabullante zapateo de pies desaparece el cielo manifiesta su húmeda cólera. LLueve. Agujas de agua. Espinas gruesas. Afiladas garras. El color transparente de una lanza contra el polvo del camino. Rayuelas en versión nubosa. Rayuelas que juegan a la tormenta y buscan en los campos, en las ciudades, en las chimeneas, en las fachadas de las viejas casas coloniales, o en los anchos páramos de la plaza donde todos los años se conmemora no se qué aniversario. Rayuelas que disparan recuerdos.

Eso es lo que debía imaginar la mujer que tenía ante mis ojos. En los recuerdos. En uno de esos paseos que los pies incorporan a la vida. Un mediodía de cualquier invierno. De un cabello que le llegaba más allá de los hombros debilitados por una blusa. Una piel que no llegaba a blanca pero que tampoco se tornaba oscura. Los ojos puestos allá arriba. Con una quietud apabullante. Contando rayuelas que era imposible que cayeran del cielo porque estaba absolutamente despejado.

Estoy seguro de que no las cambiaría ni por una bicicleta. Ella seguía imaginando lo mismo que yo recordaba. Que son de metal o de piedra. Que lo mismo están en el bolsillo de un niño que en la volqueta de un camión que compra chatarra. Lo mismo en una superficie oscura de una madrugada que en la hoja de ejercicios de un estudiante de Décimo de Básica. Lo mismo en un beso dilatado que en una noche en que ella de desnudaba temprano. Rayuelas del azar. Rayuelas del amor. Rayuelas del exilio. Rayuelas de la emigración costosa. Rayuelas de los tiempos difíciles. Rayuelas de temblar sola ante la dura corteza de la ciudad.

Rayuelas de dos ojos fértiles que dejaron una isla tan grande como un silo de grano. Solo que en vez de cereal alberga hermanos, madre, dislocada abuela, poetas sin ton ni son y músicos con mucho son. Isla que allí sigue pero en la que ella no está. Isla en la que los machetes siguen cortando caña y recordando los cimarrones que aplastaban los terruños de barro temerosos del látigo del patrono pero que, para bien de los tiempos, hace mas años que Matusalén que los sanguinarios practicantes de la esclavitud ya no existen pero sí subsisten disfrazados de otras injusticias que nadie quiere advertir, porque son como las meigas en Galicia, que no sabemos si creer en ellas pero haberlas haylas.

Sus labios sonríen sin dejar de observar el cielo quito. El placentero azul que se esconde tras los montes. Todo es bello aquí. Pero también bello allí de donde ella se fue. Menos mal que la belleza es el consuelo del que se va. Como las palabras de aquel William Wordsworth acerca del esplendor de la hierba. Es mejor recordar con una sonrisa la belleza del pasado que regocijarse demasiado en una nostalgia que solo cumple el papel de evocadora. Así es la vida. Una constante en continua ecuación. La hierba no le va a devolver el esplendor de su infancia ni el coraje de su primera adolescencia. Por eso es mejor sonreír y buscar rayuelas en el cielo. Como una que le regaló su madre antes de partir y le dijo que la tomara cada vez que sintiera la densidad de momentos que se han ido con la misma pesadez que un bandoneón interna la melodía de su tango en nuestros oídos.

Sé que la mujer se irguió nuevamente y dejó descansar sus brazos. Otro suspiro. El viento se llevó una porción de cabello en busca del mismo vacío del aire. Y se llevó la mano izquierda a uno de los bolsillos de su falda blanca. La mano desapareció. Un martes. Y se dio cuenta de que la había estado mirando. Mirando fijamente como se mira a alguien en quien no puedes desviar la mirada porque sería el sacrilegio de un ritual. Y sin saber el porqué, se acercó a mí. A mí. A mí.

Y yo inconscientemente tendí la mano y abrí la palma izquierda. La palma con la que escribo y beso y toco y padezco. Y me dejó una rayuela. Un insólito pedacito de vida. Gris. Parduzco. Suave. Tan tierno como la infancia. Y la mujer desapareció. Y no era carnaval para darse cuenta de que las mañanas presentaran disfraz femenino. Nadie alrededor. Todos tierra adentro. Y cerré los tres dedos contra mi palma. Y la rayuela comenzó a dormir. A vivir. A roncar. A debilitarse. A soñar. A contarme su historia. A hacerme temblar de miedo. A despertarme. A relatarme su crónica. La memoria de la mujer que dejó una isla y miraba al cielo en busca de más rayuelas parecidas a todas las que había dejado atrás.

CRÓNICAS DE FERNANDO CHIBULEO

 

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Cuando en cualquier libro de texto, prólogo, epílogo, fragmento o artículo se refieren a los campos de Castilla, todavía estamos a punto de preguntarnos que dónde queda eso. En qué lugar del corazón. en qué quebradas. Si es un punto de la cordillera andina. Si es una chacra mal trabajada o el nombre que Fernando Chibuleo -artesano imaginario de Tabacundo- le dio a su última cerámica, por el color bermejo y solitario del barro, tal vez recordando aquellos viejos tiempos en que alguno de sus hijos le escribe desde España, donde llevan más de veinte años, a tiempo de que descendieran desde la capital del país hasta alguno de los campos solitarios donde ya no queda ningún habitante.

Supongamos que Fernando recibe una de las cartas, de puño y letra, de su hijo Camilo Antonio Chibuleo Vargas, ahora un tranquilo residente, pero extraño al fin y al cabo, en un pueblo rodeado de oteros, campos poco o mal labrados, y donde solo suena la cachaba de algún enredado anciano.

Entendamos que Camilo le escribe mientras el sol de la tarde cae sobre su escritorio como si se tratara del rayo de Zeus. Una tarde de agosto. El campo está silencioso. Siente Villamuriel a través de la ventana. Ese es su pueblo. Cerca de Palencia. Cerca de Venta de Baños. A tiro de piedra de Dueñas. No muy lejos de la asonada del Cerrato. Desde allí se huele Magaz, Villamediana, Amusco, Palencia o las primeras estribaciones burgalesas allá por Castojeriz, Villaquirán de los Infantes o Carrión de los Condes.

Esos son los campos de Castilla que muchos niños ecuatorianos, de os de ahora y de los de antes, leyeron casi incomprensiblemente en los poemas de Antonio Machado. En muchos casos, relacionando Castilla con el aparatoso devenir y conquista de los Reyes Católicos. La eterna y dominante Castilla que se impone con violencia y taquicardia sobre los páramos de Sudamérica, los cenotes mexicanos, las entrañas de la Amazonía, las guitarras de Sierra Madre o los sones de Camagüey. Y sin dejar de ser eso cierto, y más allá de resentimientos que también alguna vez tuve por sentirme como un mastín que observa cómo los lobos intentan matar las ovejas acosándolas por encima de las tenadas en los descampados de Cernégula, sé que los paisajes, una vez desprovistos de la enfermiza interpretación de la historia, son como un mapa olvidado, como un cantina donde los borrachos ya no regresan a beber.

Son esos paisajes los que nos unen de todos a alguna forma. A los que nacimos allí nos une esta identidad, casi la más profunda por no decir la más, porque es donde nuestra madre, voluntaria o indirectamente nos quiso parir, así como nuestros abuelos y demás parentela. Y a los que somos de fuera, basta que la naturaleza pinte un matiz diferente y que nosotros tengamos la curiosidad de meternos en la piel del paisaje que no nos ha parido pero que está ahí.

Basta que el paisaje sea un poco más violento, valiente, seco, apacible, amoroso, acogedor, crítico, amargo, salado, nefasto, vivo, muerto, recogido, solitario o desolador para que nos embargue con sus sentimientos. Basta con que el paisaje este vivo. Y un paisaje está vivo siempre. Más que nosotros. Y más que permanece. Y más que nos unimos a él. Porque cuando nosotros morimos, nos vamos al carajo, fenecemos, fallecemos o nos come la mugre o nos vamos al cielo o nos transformamos en la energía de la que se alimenta un cedro o nos abrazamos de nuevo al ser querido que nos precedió en esa ruta existencial, nos devolvemos al paisaje o éste hace que regresemos con los huesos al mismo lecho.

Los campos de Castilla son como una de las infinitas órbitas a las que pertenecemos. Es una de las mías. Del que firma estas letras. Están hechos de desolación. De deshabitación. De un despoblamiento masivo. De caminos intensos. De larguísimos latifundios. De corrales en ruinas. De encinas siniestras. De cárcavas profundas y lineales. De festejos donde se vuelven a reunir oficios y familias. De pueblos tan diminutos como un costal. De riberas angostas y abrazadas a los ríos por donde fluyen las corrientes del silencio hacia el mar. Amores del Duero. Clamores del Pisuerga. Mansedumbre del Arlanza. Así son los campos de Castilla que Antonio Machado cantó en innumerables ocasiones, hasta dotarlos de esa característica que hace que el mensaje de una poesía no pierda actualidad: inmanencia.

La trascendencia de unos versos reside en ello mismo. En la capacidad para superponerse sobre la propia evolución y dinámica de la historia, de la identidad o de los propios paradigmas. Van más allá de modelos, ideologías o presunción de importancia. Y ahí mensajes que también permanecen intactos, sobre todo aquellos ligados al paisaje o a la crítica social, pues cuántas veces don Antonio habrá repensado la idea de las dos Españas, por donde alguna vez vaga la siniestra sombra de Caín, en forma de gestores públicos que ahondan la crisis y la falta de esperanza de la sociedad civil, otrora aquellos capataces, latinfundistas, oligarcas o entresijos políticos que solo amaban la fragilidad del materialismo y la profundidad de las traiciones.

Aspectos que no cambian. El tirano siempre lo seguirá siendo. El recurso a la violencia o a las guerras también. Sumirse en la ignorancia para ser controlado también. Ahogarse en el pozo de una mentalidad inmovilizada asimismo. Pudrirse en los labrantíos del desempleo también. Centrarse en la podredumbre de la televisión. Huir del propio pensamiento. Ser el más absoluto gilipollas. El peor ladrón de esta maltrecha democracia. El más cabrón de todos los páramos. El semblante del asesino. La mano terrible del maltratador. La supuesta ignorancia del campesino. El pastor que se abandona con las ovejas por los viejos cerros de carrasca y hierba seca. La envidia de los Alvargonzález. Las ventanas que se abren para que huya la tibieza.

Nada de lo fundamental cambia. Absolutamente nada. El caminante sigue dando sus pasos. Las paredes se siguen derrumbando. Los energúmenos siguen campando a sus anchas. Los tontos siguen siendo los más listos y los inteligentes sin nadie que les responda a su incansable compromiso anónimo. Cualquier gobierno parece una inutilidad. La educación es como un manantial a punto de secarse. El aprendizaje viaja lentamente. Los ojos se abandonan a otros mundos no físicos que más tienen que ver con las páginas virtuales. La profundidad de las relaciones es la misma que la de un charco de lluvia, pues solo consiste en dar toques, decir que te gusta y disparar balas a la tormenta. Es pues que nada cambia. Ni aquellos paisajes que el hombre no haya alterado.

Estos campos de Castilla mantienen intactos muchos de estos adverbios. También desvelo. Tristeza. Emoción. Acompañamiento. Amor. Hogares. Chimeneas. Olvido. Y quién cómo los manifestantes del quehacer artístico han sabido transmitirnos su esencia, más allá de unos ojos que parece que no disponen del tiempo necesario para detenerse.

Así es como Fernando Chibuleo lee más allá de las líneas que su hijo le escribe. Que se hizo poeta en sus ratos libres. Más allá de ocuparse de un viejo bar cuya concesión adquirió. Servir copas, cafés y algunas viandas más a los ancianos que alegran el lugar. El bar de la residencia de ancianos que lleva el mismo nombre que uno de los más insignes habitantes del pueblo. Buen apellido. Y le escribe y le habla de cómo son los campos. Que son tan amarillos como los de Tabacundo. Que hay adobe. Que hay tapias y hasta viejos lavaderos. Que también abundan los torpes, los cínicos, los que condenan al éxodo al inmigrante. Pero también los que ven bienvenido a un huevo habitante que recobra la vitalidad en ese pueblo donde el tiempo se detiene durante largo rato.

Su hijo también le habla de cómo aquellos campos palentinos son exactamente iguales como alguno de los versos de Antonio Machado, que no viajó por Palencia pero de allí a Soria hay un tiro de piedra. Que cerca de por allí, a no tanta distancia, queda Lerma, la sede de uno de los validos de los Felipes que mandaron al carajo y a la bancarrota el Siglo de Oro de las letras. Y que es cierto que "caminante no hay camino, se hace camino al andar". Porque aquí, para andar hay de sobra. Y así es como le refiere a su padre que para la generación del 98, los campos castellanos tuvieron una importancia impronunciable, y cómo ayer, en la biblioteca, la encargada le recomendó un libro, casi desconocido, uno de esos tantos tesoros que sufren de polvo y humedad.

El padre lee que su hijo recibió generosamente los nombres y apellidos de un poeta palentino, Marcelino García Velasco, que nació el mismo año que el comienzo de una Guerra Civil que asolo parajes, tejados, provincias y olas. Natural de Astudillo, un pueblo alojado entre las retamas de un valle ligero. Maestro de escuela durante cuarenta años. Habitante generoso donde alguien siempre le espera. Cuyos poemas no aparecen a no ser que contrates los servicios de un chamán de Sonora porque la cultura es desigual. Y que uno de sus poemas estaba dedicado a Becerril de Campos:

En Becerril de Campos las tardes congregaron
nidos de ausencia en los aleros del arrobo venial de recordarte.
Con tantas torres como había cómo no supe auparme a sus veletas
ver el campo en el boleo rural de la distancia y hallarme con tu voz junto al guindo sin cintas de las cuestas del día.
Confirmo que no guardo enramadas ni rondas de este pueblo
ni siquiera el clamor de una ventana con tu risa.
Sonaban los cristales de mi escuela arrabel en soledad
y los niños pasaban mi voz a sus cuadernos
te confieso que nunca me llamaron con más fuerza los címbalos tenaces de tu nombre (…)

Y que después encontró una pintura. Varias. Cientos de paisajes en un mismo lienzo. El pincel de Benjamín Palencia. El pintor de los campos castellanos. La versión al óleo de los versos de Antonio Machado. Un potente colorido. Un amarillo tenaz. Un caótico verde oscuro. Un contundente marrón claro. Una soledad azulada. Un blanco atenazado.

Y su padre imaginó al cerrar los ojos que los paisajes no son prematuros, sino que previven de tal forma que al soñar despierto, o al soñar dormido, él pudo haber nacido allí, en Astudillo, en Quintana del Puente, en Cordovilla la Real, en Villamediana o donde al paisaje de una carta se le antojase, pues aquella tarde, en que el artesano se sentó delante del portal de su casa, para atender la llegada de otro compañero de chacra, comprendió que los paisajes abundan tanto como las personas. Entendió que su hijo no es que estuviera lejos, sino que le transmitió con la más hermosa de las herramientas que los campos de Castilla no sólo son los versos de un libro de texto o los que figuran escritos en el muro de la plaza. Lo hizo mediante la palabra.

Aitor Arjol  
6 de abril de 2012