CRÓNICAS DE FERNANDO CHIBULEO

 

4DPict

Cuando en cualquier libro de texto, prólogo, epílogo, fragmento o artículo se refieren a los campos de Castilla, todavía estamos a punto de preguntarnos que dónde queda eso. En qué lugar del corazón. en qué quebradas. Si es un punto de la cordillera andina. Si es una chacra mal trabajada o el nombre que Fernando Chibuleo -artesano imaginario de Tabacundo- le dio a su última cerámica, por el color bermejo y solitario del barro, tal vez recordando aquellos viejos tiempos en que alguno de sus hijos le escribe desde España, donde llevan más de veinte años, a tiempo de que descendieran desde la capital del país hasta alguno de los campos solitarios donde ya no queda ningún habitante.

Supongamos que Fernando recibe una de las cartas, de puño y letra, de su hijo Camilo Antonio Chibuleo Vargas, ahora un tranquilo residente, pero extraño al fin y al cabo, en un pueblo rodeado de oteros, campos poco o mal labrados, y donde solo suena la cachaba de algún enredado anciano.

Entendamos que Camilo le escribe mientras el sol de la tarde cae sobre su escritorio como si se tratara del rayo de Zeus. Una tarde de agosto. El campo está silencioso. Siente Villamuriel a través de la ventana. Ese es su pueblo. Cerca de Palencia. Cerca de Venta de Baños. A tiro de piedra de Dueñas. No muy lejos de la asonada del Cerrato. Desde allí se huele Magaz, Villamediana, Amusco, Palencia o las primeras estribaciones burgalesas allá por Castojeriz, Villaquirán de los Infantes o Carrión de los Condes.

Esos son los campos de Castilla que muchos niños ecuatorianos, de os de ahora y de los de antes, leyeron casi incomprensiblemente en los poemas de Antonio Machado. En muchos casos, relacionando Castilla con el aparatoso devenir y conquista de los Reyes Católicos. La eterna y dominante Castilla que se impone con violencia y taquicardia sobre los páramos de Sudamérica, los cenotes mexicanos, las entrañas de la Amazonía, las guitarras de Sierra Madre o los sones de Camagüey. Y sin dejar de ser eso cierto, y más allá de resentimientos que también alguna vez tuve por sentirme como un mastín que observa cómo los lobos intentan matar las ovejas acosándolas por encima de las tenadas en los descampados de Cernégula, sé que los paisajes, una vez desprovistos de la enfermiza interpretación de la historia, son como un mapa olvidado, como un cantina donde los borrachos ya no regresan a beber.

Son esos paisajes los que nos unen de todos a alguna forma. A los que nacimos allí nos une esta identidad, casi la más profunda por no decir la más, porque es donde nuestra madre, voluntaria o indirectamente nos quiso parir, así como nuestros abuelos y demás parentela. Y a los que somos de fuera, basta que la naturaleza pinte un matiz diferente y que nosotros tengamos la curiosidad de meternos en la piel del paisaje que no nos ha parido pero que está ahí.

Basta que el paisaje sea un poco más violento, valiente, seco, apacible, amoroso, acogedor, crítico, amargo, salado, nefasto, vivo, muerto, recogido, solitario o desolador para que nos embargue con sus sentimientos. Basta con que el paisaje este vivo. Y un paisaje está vivo siempre. Más que nosotros. Y más que permanece. Y más que nos unimos a él. Porque cuando nosotros morimos, nos vamos al carajo, fenecemos, fallecemos o nos come la mugre o nos vamos al cielo o nos transformamos en la energía de la que se alimenta un cedro o nos abrazamos de nuevo al ser querido que nos precedió en esa ruta existencial, nos devolvemos al paisaje o éste hace que regresemos con los huesos al mismo lecho.

Los campos de Castilla son como una de las infinitas órbitas a las que pertenecemos. Es una de las mías. Del que firma estas letras. Están hechos de desolación. De deshabitación. De un despoblamiento masivo. De caminos intensos. De larguísimos latifundios. De corrales en ruinas. De encinas siniestras. De cárcavas profundas y lineales. De festejos donde se vuelven a reunir oficios y familias. De pueblos tan diminutos como un costal. De riberas angostas y abrazadas a los ríos por donde fluyen las corrientes del silencio hacia el mar. Amores del Duero. Clamores del Pisuerga. Mansedumbre del Arlanza. Así son los campos de Castilla que Antonio Machado cantó en innumerables ocasiones, hasta dotarlos de esa característica que hace que el mensaje de una poesía no pierda actualidad: inmanencia.

La trascendencia de unos versos reside en ello mismo. En la capacidad para superponerse sobre la propia evolución y dinámica de la historia, de la identidad o de los propios paradigmas. Van más allá de modelos, ideologías o presunción de importancia. Y ahí mensajes que también permanecen intactos, sobre todo aquellos ligados al paisaje o a la crítica social, pues cuántas veces don Antonio habrá repensado la idea de las dos Españas, por donde alguna vez vaga la siniestra sombra de Caín, en forma de gestores públicos que ahondan la crisis y la falta de esperanza de la sociedad civil, otrora aquellos capataces, latinfundistas, oligarcas o entresijos políticos que solo amaban la fragilidad del materialismo y la profundidad de las traiciones.

Aspectos que no cambian. El tirano siempre lo seguirá siendo. El recurso a la violencia o a las guerras también. Sumirse en la ignorancia para ser controlado también. Ahogarse en el pozo de una mentalidad inmovilizada asimismo. Pudrirse en los labrantíos del desempleo también. Centrarse en la podredumbre de la televisión. Huir del propio pensamiento. Ser el más absoluto gilipollas. El peor ladrón de esta maltrecha democracia. El más cabrón de todos los páramos. El semblante del asesino. La mano terrible del maltratador. La supuesta ignorancia del campesino. El pastor que se abandona con las ovejas por los viejos cerros de carrasca y hierba seca. La envidia de los Alvargonzález. Las ventanas que se abren para que huya la tibieza.

Nada de lo fundamental cambia. Absolutamente nada. El caminante sigue dando sus pasos. Las paredes se siguen derrumbando. Los energúmenos siguen campando a sus anchas. Los tontos siguen siendo los más listos y los inteligentes sin nadie que les responda a su incansable compromiso anónimo. Cualquier gobierno parece una inutilidad. La educación es como un manantial a punto de secarse. El aprendizaje viaja lentamente. Los ojos se abandonan a otros mundos no físicos que más tienen que ver con las páginas virtuales. La profundidad de las relaciones es la misma que la de un charco de lluvia, pues solo consiste en dar toques, decir que te gusta y disparar balas a la tormenta. Es pues que nada cambia. Ni aquellos paisajes que el hombre no haya alterado.

Estos campos de Castilla mantienen intactos muchos de estos adverbios. También desvelo. Tristeza. Emoción. Acompañamiento. Amor. Hogares. Chimeneas. Olvido. Y quién cómo los manifestantes del quehacer artístico han sabido transmitirnos su esencia, más allá de unos ojos que parece que no disponen del tiempo necesario para detenerse.

Así es como Fernando Chibuleo lee más allá de las líneas que su hijo le escribe. Que se hizo poeta en sus ratos libres. Más allá de ocuparse de un viejo bar cuya concesión adquirió. Servir copas, cafés y algunas viandas más a los ancianos que alegran el lugar. El bar de la residencia de ancianos que lleva el mismo nombre que uno de los más insignes habitantes del pueblo. Buen apellido. Y le escribe y le habla de cómo son los campos. Que son tan amarillos como los de Tabacundo. Que hay adobe. Que hay tapias y hasta viejos lavaderos. Que también abundan los torpes, los cínicos, los que condenan al éxodo al inmigrante. Pero también los que ven bienvenido a un huevo habitante que recobra la vitalidad en ese pueblo donde el tiempo se detiene durante largo rato.

Su hijo también le habla de cómo aquellos campos palentinos son exactamente iguales como alguno de los versos de Antonio Machado, que no viajó por Palencia pero de allí a Soria hay un tiro de piedra. Que cerca de por allí, a no tanta distancia, queda Lerma, la sede de uno de los validos de los Felipes que mandaron al carajo y a la bancarrota el Siglo de Oro de las letras. Y que es cierto que "caminante no hay camino, se hace camino al andar". Porque aquí, para andar hay de sobra. Y así es como le refiere a su padre que para la generación del 98, los campos castellanos tuvieron una importancia impronunciable, y cómo ayer, en la biblioteca, la encargada le recomendó un libro, casi desconocido, uno de esos tantos tesoros que sufren de polvo y humedad.

El padre lee que su hijo recibió generosamente los nombres y apellidos de un poeta palentino, Marcelino García Velasco, que nació el mismo año que el comienzo de una Guerra Civil que asolo parajes, tejados, provincias y olas. Natural de Astudillo, un pueblo alojado entre las retamas de un valle ligero. Maestro de escuela durante cuarenta años. Habitante generoso donde alguien siempre le espera. Cuyos poemas no aparecen a no ser que contrates los servicios de un chamán de Sonora porque la cultura es desigual. Y que uno de sus poemas estaba dedicado a Becerril de Campos:

En Becerril de Campos las tardes congregaron
nidos de ausencia en los aleros del arrobo venial de recordarte.
Con tantas torres como había cómo no supe auparme a sus veletas
ver el campo en el boleo rural de la distancia y hallarme con tu voz junto al guindo sin cintas de las cuestas del día.
Confirmo que no guardo enramadas ni rondas de este pueblo
ni siquiera el clamor de una ventana con tu risa.
Sonaban los cristales de mi escuela arrabel en soledad
y los niños pasaban mi voz a sus cuadernos
te confieso que nunca me llamaron con más fuerza los címbalos tenaces de tu nombre (…)

Y que después encontró una pintura. Varias. Cientos de paisajes en un mismo lienzo. El pincel de Benjamín Palencia. El pintor de los campos castellanos. La versión al óleo de los versos de Antonio Machado. Un potente colorido. Un amarillo tenaz. Un caótico verde oscuro. Un contundente marrón claro. Una soledad azulada. Un blanco atenazado.

Y su padre imaginó al cerrar los ojos que los paisajes no son prematuros, sino que previven de tal forma que al soñar despierto, o al soñar dormido, él pudo haber nacido allí, en Astudillo, en Quintana del Puente, en Cordovilla la Real, en Villamediana o donde al paisaje de una carta se le antojase, pues aquella tarde, en que el artesano se sentó delante del portal de su casa, para atender la llegada de otro compañero de chacra, comprendió que los paisajes abundan tanto como las personas. Entendió que su hijo no es que estuviera lejos, sino que le transmitió con la más hermosa de las herramientas que los campos de Castilla no sólo son los versos de un libro de texto o los que figuran escritos en el muro de la plaza. Lo hizo mediante la palabra.

Aitor Arjol  
6 de abril de 2012

Anuncios

3 comentarios el “CRÓNICAS DE FERNANDO CHIBULEO

  1. almaleonor dice:

    ¡Hola! Preciosa crónica de Castilla. Gracias de parte de una Vallisoletana.
    Besos.AlmaLeonor.

    Me gusta

  2. Está tan profundo lo que has escrito que hasta temo meterme en ello, es como si los campos de Castilla se asomaran a través de ti y me entregaran algo de su lejanía..y aridez..; campos extensos que imagino soleados y roturados.. Creo que es difícil hablar de algo que uno no conoce personalmente. La pintura que has colocado para acompañar la crónica me ha gustado mucho. los rojizos del verano..y a lo lejos cerros con algo de verdor oscuro y nubes blancas en el cielo azul.. Buscando encontré un poema de Machado, que entiendo es el autor de Campos de Castilla, y me gustó mucho: ”

    A un olmo seco

    Al olmo viejo, hendido por el rayo
    y en su mitad podrido,
    con las lluvias de abril y el sol de mayo,
    algunas hojas verde le han salido.

    ¡El olmo centenario en la colina
    que lame el Duero! Un musgo amarillento
    le mancha la corteza blanquecina
    al tronco carcomido y polvoriento.

    No será, cual los alamos cantores
    que guardan el camino y la ribera,
    habitado de pardos ruiseñores.

    Ejército de hormigas en hilera
    va trepando por él, y en sus entrañas
    unden sus telas grises las arañas.

    Antes que te derribe, olmo del Duero,
    con su hacha el leñador, y el carpintero
    te convierta en melena de campana,
    lanza de carro o yugo de carreta;
    antes que, rojo en el hogar, mañana
    ardas, de alguna misera caseta
    al borde de un camino;
    antes que te descuaje un torbellino
    y tronche el soplo de las sierras blancas;
    antes que el río hacia la mar te empuje,
    por valles y barrancas,
    olmo, quiero anotar en mi cartera
    la gracia de tu rama verdecida.

    Mi corazón espera
    también hacia la luz y hacia la vida,
    otro milagro de la primavera. “.

    Espero tengas un buen principio de semana querido Aitor.. Un abrazo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s