CRÓNICAS DE UNA RAYUELA

Libreria Rayuela III 

Una vez conocí un tejo. Un tejo con forma de volcán y que cabía en la mano con solo cerrar tres dedos contra la palma. Entonces el tejo se dormía como un lirón. Como una bestia de reducidas proporciones que buscaba el calor de la piel humana. Y comenzaba a roncar discretamente. Un zumbido parecido al fragor de las olas que recuerdo contra el muelle de la ría. Un ronquido agradable al oído. La cadencia de un tejo dormido. De piel parda. Con algunas aristas poco prominentes. Un tejo personificado porque la vida nunca le dio mayor conciencia que la práctica de una piedra.

Tuvo que ser el propio azar el que le dejo más vida que la siete de los gatos. Una pequeña conciencia. La primera oscilación de unos pulmones inexistentes. El llanto silencioso con el que un infante cobra vida en sus primeros segundos fuera del útero, solo que esta vez el tejo rompió a roncar en la palma de mi mano, estrechado contra los tres dedos y protegido por un pulgar sin armadura. Roncó y yo también empecé a cabecear movido por la oscilación de los recuerdos.

Recuerdo el verde murmullo de las olas. La ría despierta. El embarcadero de madera. La silueta de uno de los pocos puentes colgantes que sobreviven en todos los continentes. La soledad en paradero desconocido. Una mañana espléndida, como las que suele propiciar el sueño de la madrugada en la que el sol es como el paraíso de un truque.

Ella se acercó despacio. A paso de mariposa. Presurosa pero con una dirección bien definida. Apoyó sus manos en la baranda blanca. Estiró sus hombros hasta donde pudo y un suspiro arrancó el silencio de donde estaba, bien parado como un cormorán en uno de los postigos de madera que sobresalen de la marea.

Supongo que miró hacia arriba. No hay alondras allá en el cielo. Tampoco vendedores ambulantes de camarón y corvina con su cubo plástico, de esos que gritan también que venden carne para la sopa con una bicicleta oxidada. Ni siquiera rostros envejecidos que observan lentamente los choclos que desmenuzan, pues el cielo está demasiado cerca del mar en aquellos muelles como para que un domingo por la mañana venga un proveedor de marisco con un vehículo de dos ruedas desinfladas y un con delantal oscuro que le protege los muslos y el pecho de las dentelladas de los hambrientos vecinos.

Allá arriba debe haber rayuelas. Eso es lo que pensó ella. Debe hacer más rayuelas que en mi isla. Rayuelas tan azules como el beso de un espejo. Redondas. De metal o de piedra. De cristal claro. Del mismo tenor que el ladrillo. De esas con que jugaba cuando era niña, en las calles desconchadas, junto al malecón, con todos aquellos críos de los primeros tiempos de la revolución. De esos que aquí mi hija los llama panas y en otra parte cualquiera los acoge como amigos, camaradas, compañeros de juego o leones de larga melena.

Rayuelas que, imaginadas o no, el cielo sabe mucho de ellas y es en invierno, cuando a los guajiros que viven allá arriba también, les da por practicar el juego de la chita y arman tal estruendo que enseguida todo se oscurece y las nubes manifiestan un enfado del carajo. Es entonces cuando los guajiros corren despavoridos, en tropel y se refugian en las pocas aristas de la tierra que las nubes han tenido la poca carestía de tapar con sus barbas. Son los truenos. El pisar de forajidos tan juguetones y pasmados. Truenos que no toman el ascensor para nada. Ni escaleras. Ni patio de vecindad. Solo la violencia del vacío. El vértigo de no hallar peldaño del cielo a la cordillera.

Cuando tan apabullante zapateo de pies desaparece el cielo manifiesta su húmeda cólera. LLueve. Agujas de agua. Espinas gruesas. Afiladas garras. El color transparente de una lanza contra el polvo del camino. Rayuelas en versión nubosa. Rayuelas que juegan a la tormenta y buscan en los campos, en las ciudades, en las chimeneas, en las fachadas de las viejas casas coloniales, o en los anchos páramos de la plaza donde todos los años se conmemora no se qué aniversario. Rayuelas que disparan recuerdos.

Eso es lo que debía imaginar la mujer que tenía ante mis ojos. En los recuerdos. En uno de esos paseos que los pies incorporan a la vida. Un mediodía de cualquier invierno. De un cabello que le llegaba más allá de los hombros debilitados por una blusa. Una piel que no llegaba a blanca pero que tampoco se tornaba oscura. Los ojos puestos allá arriba. Con una quietud apabullante. Contando rayuelas que era imposible que cayeran del cielo porque estaba absolutamente despejado.

Estoy seguro de que no las cambiaría ni por una bicicleta. Ella seguía imaginando lo mismo que yo recordaba. Que son de metal o de piedra. Que lo mismo están en el bolsillo de un niño que en la volqueta de un camión que compra chatarra. Lo mismo en una superficie oscura de una madrugada que en la hoja de ejercicios de un estudiante de Décimo de Básica. Lo mismo en un beso dilatado que en una noche en que ella de desnudaba temprano. Rayuelas del azar. Rayuelas del amor. Rayuelas del exilio. Rayuelas de la emigración costosa. Rayuelas de los tiempos difíciles. Rayuelas de temblar sola ante la dura corteza de la ciudad.

Rayuelas de dos ojos fértiles que dejaron una isla tan grande como un silo de grano. Solo que en vez de cereal alberga hermanos, madre, dislocada abuela, poetas sin ton ni son y músicos con mucho son. Isla que allí sigue pero en la que ella no está. Isla en la que los machetes siguen cortando caña y recordando los cimarrones que aplastaban los terruños de barro temerosos del látigo del patrono pero que, para bien de los tiempos, hace mas años que Matusalén que los sanguinarios practicantes de la esclavitud ya no existen pero sí subsisten disfrazados de otras injusticias que nadie quiere advertir, porque son como las meigas en Galicia, que no sabemos si creer en ellas pero haberlas haylas.

Sus labios sonríen sin dejar de observar el cielo quito. El placentero azul que se esconde tras los montes. Todo es bello aquí. Pero también bello allí de donde ella se fue. Menos mal que la belleza es el consuelo del que se va. Como las palabras de aquel William Wordsworth acerca del esplendor de la hierba. Es mejor recordar con una sonrisa la belleza del pasado que regocijarse demasiado en una nostalgia que solo cumple el papel de evocadora. Así es la vida. Una constante en continua ecuación. La hierba no le va a devolver el esplendor de su infancia ni el coraje de su primera adolescencia. Por eso es mejor sonreír y buscar rayuelas en el cielo. Como una que le regaló su madre antes de partir y le dijo que la tomara cada vez que sintiera la densidad de momentos que se han ido con la misma pesadez que un bandoneón interna la melodía de su tango en nuestros oídos.

Sé que la mujer se irguió nuevamente y dejó descansar sus brazos. Otro suspiro. El viento se llevó una porción de cabello en busca del mismo vacío del aire. Y se llevó la mano izquierda a uno de los bolsillos de su falda blanca. La mano desapareció. Un martes. Y se dio cuenta de que la había estado mirando. Mirando fijamente como se mira a alguien en quien no puedes desviar la mirada porque sería el sacrilegio de un ritual. Y sin saber el porqué, se acercó a mí. A mí. A mí.

Y yo inconscientemente tendí la mano y abrí la palma izquierda. La palma con la que escribo y beso y toco y padezco. Y me dejó una rayuela. Un insólito pedacito de vida. Gris. Parduzco. Suave. Tan tierno como la infancia. Y la mujer desapareció. Y no era carnaval para darse cuenta de que las mañanas presentaran disfraz femenino. Nadie alrededor. Todos tierra adentro. Y cerré los tres dedos contra mi palma. Y la rayuela comenzó a dormir. A vivir. A roncar. A debilitarse. A soñar. A contarme su historia. A hacerme temblar de miedo. A despertarme. A relatarme su crónica. La memoria de la mujer que dejó una isla y miraba al cielo en busca de más rayuelas parecidas a todas las que había dejado atrás.

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2 comentarios el “CRÓNICAS DE UNA RAYUELA

  1. Shi dice:

    A los buenos días:
    No hace mucho, pero nevó y el frío era impresionante. Cerca de donde vivo hay personas que se niegan a ir a refugios, y con el frío reinante les llevé café y una galletas en plena noche. Acabamos jugando a las piedras, así llamamos aquí a las rayuelas.Y seguramente, la piedra que usamos, se quedó con un millón de sensaciones, creo que la despertamos.
    Cienes de besitos pal andando y cienes de y pico de abrazos.
    Shi

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  2. De pronto me parece que mis palabras romperían un encanto…y me deslizo leyendo desde el principio al fin como si fuera suavemente tocando los objetos de tu imaginación..y descubro que allí en el azar hay un nacimiento, real o ficticio, pero está junto al llanto de un niño..y los recuerdos parecen un oleaje incesante….de olas, de puentes colgantes y de sol… pero no cualquier sol..sino uno que parece un paraíso. Aparecen las mariposas y los suspiros en una mujer que desaparece como si fuera un fantasma. La mujer te dejó una rayuela casi como si fuera un hijo…te dejó sus experiencias paridas junto con sus sentimientos…y sensaciones de la rayuela mágica…y ahí estás tú que eres lo más importante…sintiendo toda la vida que te rodea…

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