CRÓNICAS DEL MAR

 

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El mar no tiene dedos. Alguna vez los quise contar. Pero nada. Solo llegué a un breve enunciado. No hallé los dedos por ninguna parte. Ni en sentido ascendente ni en descendente. No había dedos en el cielo. Tampoco más allá de la tierra salada o por debajo de la arena freática que esconde el agua en las olas.

Es una conclusión a la que llegué dormido. En el sueño más absoluto. En las cavernas más oscuras del temor. Será que fue entonces una tesis adoptada por la unanimidad de la inconsciencia. Que el mar no tiene dedos. Lo mismo que no tiene piernas. Ni largas ni patizambas ni esbeltas. No tiene piernas. Lo mismo que no calza ningún número de pie. Ni el cuarenta y dos ni el empeine.

Que el mar no tenga dedos no es una novedad. Novedad desde el punto de vista del hombre moderno, poco acostumbrado a soñar. Pero es es una brutal novedad, una cruel transformación, una desventurada desgracia desde el punto de vista de los mitos de la antigüedad, pues hace milenios, lustros, décadas o quizás un par de horas, el mar era capaz de darnos donde más nos duele: en la propia fragilidad del sueño.

Son famosas esas crónicas donde alguna vez el mar fue para el hombre como el desierto para Gilgamesh. Una vasta y ancha población. Alguna vez le tocó a Simbad adjetivarse como el mar u, en otra santa ocasión, la barca en la que presuntamente navegaba la virgen María se poso levemente en los acantilados de Muxia y desde entonces, uno puede subirse a a su planta y oscilar, para recordarnos que alguna vez la piedra varada fue una goleta divina.

Tan famosas las crónicas en las que el mar aparecía detallado, descrito en profundidad, con un silencio roto únicamente por la vanidad del viento que, ahora, cuando veo a todo ese puñado de tecnócratas, agencias de calificación, algunos infiltrados en la globalidad de los indignados, los filósofos parlamentarios del tres a cuarto, la alumna que vocifera que un profesor les pone contenidos de dudoso contenido y al mismo tiempo opina en un ensayo que el aborto es una comida típica de no sé dónde, al mar se le ponen los pelos de punta, aunque no los tenga. Se le pone la piel de gallina al mar porque es incapaz de pensar en lo abundante que es el alga de la ignorancia. Lo alargada que es la sombra de la estupidez. Lo extensa que viste la llanura de la carencia más absoluta de valores.

Toda ese monopolio de la estupidez drena la capacidad del mar para devolvernos a los tiempos en que él, o ella -según se mire- eran los orígenes del mundo. El vaso donde uno podía beber a su libre albedrío. Las olas entre las que nadaba Beowulf. El lejano espejo donde Rodrigo Díaz de Vivar se mesaba la barba, allá en los destierros de Castilla, porque lo vería camino del Mediterráneo. La misma orilla en la que un polémico Cristobal Colón clavó su estandarte patrio y ahí comenzó, para unos la historia del nuevo mundo y para otra inmensa mayoría, una aculturización cruel y a cosa de los indígenas, pero así fue la historia la fin y al cabo y le debemos más aliento que rencores. El mismo mar en el que Magallanes templó el último aliento y cedió el testigo a otros muelles. El mar que con tanta cortesía y rotundidad ha contado Francisco Coloane, para quien los palafitos o las estacas hundidas sobre la fresca humedad de la Patagonia eran como un enorme y pesado barco de madera, varado en alguna parte entre Chiloé y Concepción.

No se imagina el mar lo inimaginable. Que la estupidez del siglo XXI ha sido capaz de limar las amarras de todas esas ideas locas, sustraidas del imaginario del hombre, y al romperse las maromas, se han ido al garete de lo invisible. Se han desvanecido sin decir a dónde fueron a parar. Y ahora, nos encontramos con que el mar no tiene dedos, ni piernas, ni dientes en los que asir un buen mordisco. Lo que más tiene son gruesos granos de capitalismo salado. Dólares en vez de olas. Baratijas en vez de mitos. Descréditos que no valen ni un céntimo de espíritu. Si Poseidón levantara la cabeza más temprano ¡cuántos irían clavados en su tridente, víctimas de la ira del anciano dios de los mares! ¡cuántas sirenas se declararían en huelga ante la falta de verdaderos Ulises!

Así es que el mar no tiene dedos. En principio. Gracias a la constitución del alma del hombre moderno. Un mar áspero. Destinado a traer y llevar pasajeros. A ser la empanada sobre la que sobrevuelan lejanos aviones que no son de lacón y queso, sino orondos, con potentes reactores y que son capaces de olvidarse de lo que llevan debajo de su panza en las nueve horas que dura el océano Atlántico, por ejemplo.

El mar dura nueve horas. Esa es la máxima filosófica del nuevo siglo. La tesis más efectiva, breve e irrefutable. Nadie lo puede negar. Basta con subirse a un avión y ahí disponen de un argumento de autoridad sin parangón. Que venga cualquiera a demostrar lo contrario. Que nos den con cartuchos de sal si otra cosa es más evidente que la mencionada. Te sientas cómodamente, esperas a que el monstruo metálico adopte su posición acelerada y en cuanto asciende a la nada, en menos de media hora de sacudida aérea sobrevolando la península, el mar viene a tu encuentro pero el avión huye de él. Y el mar, que tan infinito parecía en la Edad Media, o aún en las postrimerías del siglo XX, ahora no es más que una bajara de naipes, que uno corta y mantiene en secreto y después de las nueve horas de rigor, la partida ha concluido y a través de la ventanilla asoma la cremallera de otro continente.

Entonces, el mar cabe en un reloj. La segunda tesis. La menos extraordinaria por cuanto parece que las olas puede reducirse a una esfera de cristal. A un armazón de acero inoxidable y de complejos mecanismos minimalistas. El mar ya no es un asunto de vuelos intercontinentales. Basta con cerrar los ojos mientras vuelas. Es suficiente con pensar que viajas en una aureola de insomnio. Que cerraste las ventanas de tu alma a las diez y media del mediodía y que al subir las persianas de nuevo, observas que el reloj ha avanzado nueve horas y que el mar ha desaparecido del reflejo, y que tienes que cambiar de sentido y precipitación las manillas porque estamos en otro continente y el tiempo ha retrocedido siete horas.

En tercer lugar, podría no existir el mar. Ya no una tesis. Sino la conclusión más definitiva de la condición humana. El mar es una utopía. Un paisaje aburrido. Una saliva mal tragada. Un cuello oscilante. Una miseria de la imaginación. Una masa de agua donde los cuerpazos, los buenos cueros a golpe de estética, gozan de la húmedad igualmente estética. Una simple masa de agua que solo cobra protagonismo en los sistemas de alerta temprana que muchas organizaciones se inventan para atraer dinero público y decir que reducen el riesgo de una amenaza.

¿Es que el mar amenaza? ¿pero no es el hombre la mayor amenaza del mar? ¿ no tendrían que poner un pluviómetro o un sismógrafo en el despacho de muchos dirigentes o en el corazón podrido de unos cuantos personajes? ¿no deberían colocar un sistema de monitoreo en las mesas de trabajo de algunas organizaciones de tinte humanitario, de llamativo rojo solidario? Es entonces cuando se descubriría que el hombre es el verdadero antropófago del mar. El que lleva a la extinción sus crónicas. El que aniquila los aposentos de los arrecifes. El que asesina con sus discursos toda razón contraria a su ferrero control de las masas.

El hombre decapitó a todos los dedos del mar. A todas las piernas. Las guillotinó sin piedad. Y así se quedó el mar. Estúpido. Ignorante. Taimado. Sin valores. Sin interés alguno por las cuestiones del más allá o del más acá. Así es como quieren que crezca el mar. Que se limite a ser la salsa de los buques mercantes. El desagüe de los petroleros. Las fauces del ocaso. La debilidad de los emigrados. El cementerio de unos pocos marineros que se atreven a salir con el temporal. El naufragio de las odiseas.

Un mar sin dedos no puede existir. No es viable. Es imposible. Es una "contrautopía". Y éstas, al igual que las utopías, son extremos cuya materialización es un ideal. Pensemos entonces en la aberración que ha cometido el hombre con el mar: ha querido matarlo, implementar sobre él una política de aniquilación completa, hasta el extremo de una utopía al revés. Ha querido el hombre ir más allá de sus posibilidades, negando al mar toda posibilidad de extremidad mediática.

Menos mal que el mar tiene mucho fondo. Más fondo de lo que se piensa. Donde se quedaron desterrados todos los mitos a quienes no les interesa las profecías tan inauditas que corren ahora mismo sobre su azulado paisaje. Allí andan jugando al mus Camilo José Cela, Gabriel Celaya, Nelson Estupiñan Bass, Reinaldo Arenas, Lezama Lima y hasta un recién llegado Carlos fuentes para quienes el mar es toda una vida. Entre envido y envido. Les sirven las copas de licor nada más y nada menos que Julio Verne, que viaja en submarino. Les invita la reina de Saba, harta de tanta pelotera desértica. También Simón el Mago, que después de enfrentarse a Dios ahora le va por levitar a diferentes niveles de la profundidad. Y Simón Bolivar, a caballo marino y galope pelado, queriendo unificar varias fosas en una sola República. Incluso Platón, afeitándose con una raspa de coral antes de volver a no sé qué Ágora para recitar la versión subterránea del mito de la caverna. Baudelaire anclado en sus flores del mal. Rubén Darío empeñado en la búsqueda de otras torres de marfil. Mariano Azuela engatusado por "los de abajo". La condesa Bathory apresada por la angustia de la carencia de sangre de vírgenes. Hasta Zaratustra, que intenta levantar un nuevo templo en honor a los dioses ya jubilados. Freud reclamando cita para someter al mar a un fiero psicoanálisis y decirles a todos los presentes que su vida no es más que producto de la represión del mar, que a altas profundidades somete a voluntad los cuerpos e impide que el inconsciente ascienda a la superficie. Miguel de Unamuno, mesándose la barba y su escaso pelo cano, escribiendo cartas en la que el destino no se escribe sino que se diluye en el agua marina. Y un par de vasijas de barro, por si acaso, pues hubo dos ecuatorianos que escribieron una canción acerca de que cuando murieran querían ser enterrados como sus antepasados, en el útero de una cerámica, pero incluso tan insólitos antepasados, acá se los llevaron, a salvo de la codicia de ahí arriba,a  otro árbol de la vida donde los mitos, mitos son.

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CRÓNICAS DE LA PROFUNDIDAD

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El cielo suele ser profundo. Es algo que no obedece a las estaciones. Ni a la oscuridad. Es algo inevitable. Próximo. Ágil. La tierra que se pisa es igual que el cielo en ese instante. También es profunda y se agarra a la bota con la misma inmensidad que el cielo. Lo cual tampoco obedece a las estaciones. Cielo y tierra constituyen algo muy simple. Una unión íntima. Una relación sencilla pero a la vez indispensable. Un trasiego donde ambos extremos se comunican. En medio están mis ojos. Ávidos. Caminantes. Recordatorios. Testamento de cada día. Frágiles. Muy silenciosos. También profundos. Inmensos. Ni por continente ni por contenido sino por lo que callan. Por lo que aguardan. Por lo que caminan. Por lo que emigran. A salvo de las imposiciones de la geografía.

En ambos casos, y aún en el tercero, la profundidad se manifiesta en su propia estratagema. En invierno es una profundidad fría y diáfana. En el cielo queda un inmenso vaho que se diluye muy lentamente y en mediodía alcanza una debilidad terrible como si algún caballero desterrado fuera a aparecer de nuevo con su caballería en la inmensidad de los páramos y se vuelve a hundir el cielo en su propia agonía blanca. La tierra puede que rebusque en sus propias huellas y deje un calzado de herradura. Húmeda. Conectada a la luz del cielo. Disuelta en campesinos inexistentes y en caminos de dura factura. Fragmentada en vados secos e innumerables labrantíos abandonados. Así es el campo que la une. Lo llaman campo. Tierra de Campos. Las soledades perdidas de Castilla. La última penumbra de Burgos antes de irse a la profundidad de Palencia. La profundidad geográfica que también se hunde en los ojos que la miran. De los ojos que se entretienen cada vez que regresan allá. El monte Vizmalo. El pueblo aparentamente inmenso. Dejo que corra el aire. Una inmensidad vacía y profunda. Doblegada por la ausencia de los habitantes de antaño. Los Balbases. El último reducto de Burgos. De tonos verdes y bermejos. Tan bermejo que tal cualidad corrió por la mayor parte de los apellidos de sus habitantes. Casas agrupadas en torno a dos barrios y a su vez apiñadas en la colina e iglesia de cada uno. Algunos otros los llaman Barrio Mayor y Menor respectivamente. Otros como sus cerros: Carrapampliega y Marrasca. Profundidad hasta en los barrios. Hasta en los cerros. Hasta en la carretera todavía jalonada por viejos árboles que llevan hasta las ruinas de la antigua estación, por donde solo restan los raíles como narradores omniscientes de la novela que es esta profundidad enfrentada con el tiempo.

Profundidad que, al llegar a los ojos, ya no aparece viciada por los rayos del sol. Profundidad azul en los ojos negros. Prematura. No tan distante del cielo como de la tierra. A medio camino. Sin grandes surcos. La única claraboya que tiene el baúl de la memoria, por donde entra la luz que voy viendo. Que voy sintiendo. Que voy escuchando. A la que voy gritando y dotando de una lenta infraestructura de recuerdos pasados y presentes. Hasta de lentos futuros que invaden mi deseo. Una laguna de experiencias que se sedimentan en el fondo y tosen de vez en cuando. O se trata de un estornudo profundo. Para que el aire sea expulsado violentamente hacia el exterior del paisaje. Más los ojos enseguida recuperan la misma postura.

Recuerdos. También azules. Algunos desesperados. Como aquella vez que me detuve en silencio, en algún momento del otoño de tantos años, en una suerte de apeadero hacia una larga jornada de viaje hasta Monforte de Lemos en la provincia gallega de Orense. Cielo azul pero extraño. Impetuoso pero bien sonado. Acecho de tormenta y, en un trigal, un maullido alargado y correoso. Una cría de gato cuyo bufido parecía estar en relación directa con los recortes del actual gobierno y dejaba sospechar que hasta los animales tienen la cordura de protestar contra la gente. Aguanté tan vieja canción, la de los bufidos bajo sospecha de conspiración, y tan cabreado gatito llegó hasta Amandi, en ciernes de la medianoche, y aguantó sin probar ni una sola gota de leche porque no le apetecía, pero su hambre era tan profunda como el paisaje, el cielo, la tierra y mis ojos. Hambre que tuvimos que separar de la presencia de dos o tres canes, tradicionalmente poco amigos de los gatos hasta que, al día siguiente, carente del más mínimo de los agradecimientos, lo dejé a cargo de una veterinaria de Sober, quien me imagino que solventaría, con la misma profundidad que yo lo traje, la cuestión de su mal humor. En todo caso, una oportunidad más para que sus bufidos disfrutaran de la profundidad de la vida con la calma que se merecen.

Y después, silencio. Silencio igual de profundo. El ser que allí habitaba desapareció en la misma profundidad de la vida. En el silencio mencionado. Absoluto. Quebrado. Igual de profundo. Irresoluto. Irreversible. En la proa de una enfermedad que es capaz de consumirnos en un abrir y cerrar de ojos. Silencio con el que volví a las tierras bermejas y canas. A las tierras en las que el azul profundo del invierno se transforma en un azul seco e irremediablemente profundo del estío. Un calor seco y amable que adelanta los rigores de la próxima pero lejana estación fría. Campos amarillos o cortados a ras como una esquiladora. Como un quinto que recién va a jurar la bandera. Como la llanura de la pared de un frontón. Con los recuerdos de los que voy y vengo y me detengo en medio. Con maullidos. Con ausencias. Con tallos que tiemblan. Con la sabia subjetividad de la autobiografía. Que mi apellido también es el mismo. Que el agua de mis abuelos también manaba por sus aceñas. Viejas glorias. El aire perdido. El horizonte limpio. Una vieja casona en ruinas que siempre perteneció a varios propietarios y en la que también vagaron algunas sombras de Caín por lo que siempre contaba mi abuelo, tanto de viva voz como de puño y letra. Cosas de la guerra. Profundidades de las que nunca más quiso volver a saber.

Todo es profundo. Da igual como se mire. La tierra. El cielo. Los ojos. Las ruinas. Las deshabitaciones. El tiempo. El gatito. La madre de mi amigo. Los perros. La sabiduría. Los cántaros. Las manipulaciones. Los exilios. La geografía. Hasta un cuerpo desnudo  donde la profundidad es una fábula y en el vientre alcanza su máxima expresión. Todo es profundo. Las cápsulas. Los arados. Las bodegas. Los pretiles. Los lagares. Los ladridos. La esperanza. Los vanos. Los ábsides. El viejo cementerio. Los apellidos. Las matas de brezo. La greda. Los viejos muros. También los pechos donde la penumbra suele ser síntoma de exuberancia. Todo es profundo. Los huesos de los olmos. Las alas de una mariposa. La orientación hacia el sur de las viejas casas. Las tenadas. La autovía. La ribera. La meseta. Los idilios. El pasaporte. El viaje. los regresos. El bostezo. La siesta. Incluso tu pelo desmontándose de su peinado y que aguarda a que yo lo desordene todavía más. Todo es profundo. La distancia. El temor. Los aeropuertos. El pueblo vago y perezoso. El diálogo. La descripción. El sur. La capital. El norte. La escopeta. El bigote de un jubilado. La paleta de un albañil. La sonrisa de una ama de casa. La caña de pescar del padre. El jubiloso olvido de un hermano. La concatenación de una cuñada. La rueda. Un barco. La total perseverancia de un muslo que se enfrenta contra otro en el fervor de la primavera. Todo es profundo. Más aquí, en esta tierra, en este cielo, en estos ojos, donde lo mismo y lo distinto son tan profundos que no subyace la más mínima diferencia entre ambos polos opuestos. Los Balbases

IDA Y VUELTA

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Parece que los que se van
son mucho más que los que se regresan
naciendo

como si los que se fueran dejaran tras de sí
un largo camino de palabras

como si los que se quedan no supieran qué hacer
con tanto capítulo que unos pocos muertos
dejaron

los que se van abandonaron un largo trasiego
de fosas, auras, trincheras y geografías
tras de sí

los que vienen hay noches en que aúllan
y lanzan sus gomas de mascar por las azoteas
aún brillantes del crepúsculo

aparentemente
una cuestión de simple trueque con la vida
un zapato que se desbarata porque ya no tiene camino
un grito emprendedor que gira hacia la luz de una claraboya
el bostezo de dos amantes que concluyeron su cópula inmortal
la voracidad de la carne que se pudre tierra adentro
el largo tedio de las tardes en que no ladra la esperanza
un pecho que me observa después de haberlo deseado
tú que estás delante de mis ojos sentenciados
a apagarse en una de estas demoras

se desencadena el caos de la vida
en una ignorancia absoluta, en la más absurda indigencia
del azar

cuanto sé lo he aprendido despacio
cuanto aprendo también huye progresivamente de la memoria

y lo que parece que se va y regresa
no es más que una versión a pequeña escala del olvido
con un cordura vestida de paisano
con una golondrina que vuela libre de todo exilio
con una corriente que gira hacia los páramos
con la apariencia de que en los adoquines donde vivo
no levanto sospecha alguna
no revelo ningún nombre

mi libertad es oscura
y se camufla con la opacidad verde de los eucaliptos
con las suaves termitas de agua que golpean los volcanes
con el rayo vertical que me quema las sienes
con las poderosas formas que me sugiere una blusa
con las nubes que ascienden impetuosas
como si ellas fueran estas manos y las laderas
no más que tus muslos francos

éste dulce pecado
de carne, de humedad, de acero
parece que me queda entre tanta ida y vuelta

CRÓNICA DEL SUEÑO

 

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Soñamos que hemos soñado. Que el sueño es una vereda alternada en dos raíles. Soñamos que el sueño es como una paridera verde. Paridera donde ya no remontan ni los pastores ni las debilitadas ovejas. Soñamos que la tarde está en ciernes y que cualquier paso es como un ronquido que nos va despertando de forma poco educada.

Soñamos con sigilo. En soledad. En cualquier paisaje que nos haga falta. Soñamos en verdad. Que estamos caminando. Que el camino oscila entre una línea recta y, de repente, una curva delicada que se afana en pasar desapercibida. Curva que lleva hasta una hacienda en ruinas, aunque soñemos que está habitada o que de la ruina emerge una antigua historia que se revela ante la maleza invisible o el campo tapizado de ese verde tan absoluto de la primavera.

Soñamos con cierta esperanza. Con promesas inciertas. Con raros vestigios. Con cautela. En busca de quién sabe qué premoniciones. Quizás busquemos instinto en los sueños o una forma de que se manifiesten nuestros más recónditos deseos. También puede que hallemos exenciones a la condicionalidad que sí están presentes en la vida real y que en los sueños nos permitimos obviarlas. Sea porque en la cruel cotidianeidad son imposibles de realizar, van en contra de nuestros compromisos personales o, simplemente, el sueño es el único reducto de libertad que nos queda. Soñar para no ser esclavos de cientos de condicionamientos parapetados en cuanto despertamos.

Soñamos para que nos den más. Más sueño. Más caminos. Más números de teléfono. Más tinajas. Más viñedos. Más ruinas en las que clasificar el transcurso del tiempo. Más valentía. Más fugacidad. Más argumentos contra el azar. Soñamos para más. Más desnudez. Más volumen. Más laderas. Más territorios escondidos. Soñamos para que todo ello se vuelque en la cabeza, y después en el corazón, y seguidamente en todas las extremidades, en la totalidad del sistema nervioso y hasta en la lengua que dormita y no se entera de nada mientras soñamos.

Soñamos para que la noche sea un hervidero. Una olla donde hierve el agua con los recuerdos. O el caldo con el ansia. O la legumbre con una amante desnuda. Para que la vida se condimente y nos dejé sudorosos. Para que el sueño nos revele lo sediciosa que puede llegar a ser la alevosía de la nocturnidad. Para allanar una morada. Para que tiemblen los desvanes. Soñamos para todo eso y más.

Soñamos para despertar. Para abrir los ojos y volver a la realidad. Para que la realidad nos permita volver a soñar en cuanto los volvamos a cerrar. Para que el sueño nos acerque a la muerte pero que a diferencia del sueño mismo no nos hemos de enterar de nada. Soñamos para parecernos a otros estadios y otras energías y otras rebeliones que son similares pero no iguales. Soñamos para que acontezca todo lo que hemos soñado al levantarnos y poner el pie sobre la alfombra.

Soñamos para irnos. Pero también para regresar. Para decir que estamos aquí. Para congregarnos. Para reivindicar una presencia. Para reincidir en el sueño mismo. Para aprendernos de memoria todas las preposiciones. Para hacer testamento el martes que viene. Para recordar a los ausentes. Para postergar la nostalgia. Para delimitar la frontera con nuestra propia culpa. Para examinarnos el cuerpo. Para proteger las manos. Soñamos para dinamitarnos por dentro y salvarnos por fuera. Soñamos para vivir y para morir. Soñamos de esta manera y a la inversa. Sueño contigo. Sueñas conmigo. Sueño así. Sueño asá. El sueño del melancólico. El sueño del amable. El sueño del soñador. El sueño del dormido. El perro que ladra. El sueño que concluye abruptamente. La niebla que se disipa. La madrugada que late. Un sueño que termina y un día que empieza a transcurrir. Nunca renunciemos al sueño. Ni siquiera despiertos

EL SILENCIO

 

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El silencio es como una llama oscura
una comparación la sombra mediante
un monólogo que enciende la luz
y se asombra de sí mismo al sentir
la distancia en su propio cuello.
De la llama surge una rama encendida.
De una ladera carcomida por la ciudad
avanza la lengua de mi beso urbano.
Dirán que cargada de epítetos pasados
de moda, de monóxido de carbono porque
atraviesa la carrocería de los autobuses,
de azoteas porque engulle los rascacielos
y de hambre porque es voraz y voraz,
y se repite, y se congrega, y se adivina
con el milagro específico de un verso.
Con premura ha de llegar a donde
se halla el silencio, levantar su músculo
poderoso y ágil, pensarte despacio y
encontrar un lugar preciso para despertar.

ÉTICA PARA LOS BUENOS LOCOS

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Cuando me dicen que defina lo que es un ensayo, en días como hoy, no sé prácticamente qué decir. Que fue un género relativamente moderno. Que si Montaigne o su primo que vivía en el mismo castillo de Perigord lo utilizaron etimológicamente por primera vez… Parece que no le interesa a nadie. A nadie en su sano juicio. En el sano juicio de un adolescente. En el corazón de un joven preocupado por otras cosas mas trascendentes. Por el chisme virtual, por ejemplo. Por el último mensaje que recibió en su moderna términal celular, sin ir más lejos. No sé si son psicologías que no entendemos. O si son la excelente simiente que un día nos ha de suceder en las generaciones.
Muchas veces pienso en voz alta, con tanta enjundia que exclamo: ¡han de ser estos jóvenes, tan hábiles y tan jóvenes, tan despiertos y tan despiadados, tan inteligentes y tan sobrios, y a la vez tan vacíos de contenido! Y después me pregunto, con razón o sin ella, a quién se debe y le corresponde la responsabilidad de hacerles comprender, de entenderse con ellos, de ponerse en su lugar, de intentar direccionarles en un mínimo en el que ellos se reconozcan y puedan elegir con libertad su propio rumbo. Es esto último asunto de dejarles unas pautas. Unas enseñanzas. Unos motivos. Unas emergencias. Unas diligencias que no admitan dilaciones. Un par de ojos. Una visión sin ceguera. Una responsabilidad antes que unos derechos. Un sigilo antes que un decir sin pensar.

Todas esas voluntades se me ocurren al mismo tiempo, en tiempos difíciles, a los tiempos que corren, a tiempo de estar todavía, de alcanzar con ellos la misma canasta o parecidos embargos. A intentar descifrar qué manecillas hay detrás de tamaña inquietud. De quién es finalmente la responsabilidad final de dejarles bien preparados.

¿De la maldita televisión? ¿de unos medios en franco retroceso? ¿de un abandono de la educación? ¿quién asume el papel esencial? ¿la arpillera del desván? ¿la empleada que se acerca un par de horas a mediodía? ¿la abuela quien se queda a cargo de los más pequeños? ¿las aplicaciones Android? ¿el último mensaje del blackberry? ¿la pelota de basket? ¿la Barbie con el último modelo de Versace en miniatura? ¿un adulto? ¿Peter Pan? ¿el último mohicano? ¿tal vez Harry Potter? ¿o una mariposa a punto de suicidarse? ¿un profesor? ¿los padres? ¿su conciencia? ¿las zapatillas de deporte? ¿las lentes contra el mal reflejo del sol? ¿la cordillera? ¿o ellos mismos?

Tal vez sean ellos los que tengan esa última responsabilidad. La de tomar el pulso a la vida por sí mismos. Myself. Yourself. Como afirman en inglés. Con un do de pecho ¿Malos tiempos para la lírica? ¿derechos sí pero obligaciones no? ¿ladridos sí pero dentelladas no? ¿qué está haciendo el futuro que tiembla a cuatro patas y enseña que la vida sólo es una versatilidad económica? ¿han cambiado los jóvenes de una y otra generación? Todo avanza. El tiempo es implacable pero cada vez los cambios se gestan en un término temporal más breve. Se gesta en un instante. En la milésima en la que un átomo arroja una lágrima. Obviamente en mucho menos que canta un gallo. Es decir, que hasta los refranes en los que el tiempo es tratado con cortesía y brevedad perderían toda razón de ser.

Es probable que casi ninguno de ellos sepa que los escalones de piedra y las calles recónditas siguen existiendo en alguna parte de las apartadas villas. O que por las laderas de la cordillera andina corre el agua vertiginosamente. Puede que también les importe un rábano el número de gotas de rocío impregnadas en un sillón abandonado. Y lo propio con el nombre de Iguapele,, que no saben si sería una isla perdida en medio del Mediterraneo o el nombre del colmillo izquierdo de Drácula una vez que éste contrató los servicios de una agencia de viajes y le dieron una vuelta completa por la sorprendente Cuba del siglo XXI.

Entonces, la definición de ensayo ya no será tan abierta como su visión, que es extensa, generosa y ávida de aprendizaje. Cualquier ensayo será para ellos una duda en curso, pues ellos mismos son el ensayo de lo que serán dentro de unos pocos años y, si es que la necesidad genera oportunidades y la carencia de recursos lleva aparejada la virtud del esfuerzo, se habrá de confiar más en aquellos jóvenes que no lo han tenido fácil en la vida y han salido adelante con pundonor y buen corazón. Es decir, el reverso de una multitud de ellos que lo tienen todo y no saben apreciarlo. Es más, no saben ni siquiera lo que tienen dentro.

Menos mal que no pienso a rajatabla eso de que no hay que dar margaritas a los cerdos, como reza la naturaleza sabia de lo popular. Hay que darles una oportunidad. Una camiseta. Un buen vivir. Una mirada cautivadora. Una simple llave para que ellos averigüen la puerta a la que lleva. Aunque otras veces el trapecio cae encima de mi cabeza y no me apetece nada lidiar allá arriba, suspendido en el aire, sobre una débil cuerda que brilla y con el riesgo de pegarme el trompazo padre.

¿Hay que tenerlos bien puestos? ¿Eso que llaman huevas o cojones en alguna parte? Tampoco lo creo así a pies juntillas. Pero hay días en que miras alrededor, y dan ganas de salir corriendo, lo cual no es asunto ni de cobardía ni de inspiración, sino una sencilla cuestión de supervivencia. Solo puedo decir, en ciernes, en medio, en conclusión, que cada día es un ensayo que no se escribe, sino que se hace solico, con un bolígrafo invisible y desigual estilo. Unos días sale redondo y magnífico y otros, aturdido y silencioso. Vida en la que nos fundimos como fruta madura, al fin y al cabo. Bendita naturaleza.