ÉTICA PARA LOS BUENOS LOCOS

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Cuando me dicen que defina lo que es un ensayo, en días como hoy, no sé prácticamente qué decir. Que fue un género relativamente moderno. Que si Montaigne o su primo que vivía en el mismo castillo de Perigord lo utilizaron etimológicamente por primera vez… Parece que no le interesa a nadie. A nadie en su sano juicio. En el sano juicio de un adolescente. En el corazón de un joven preocupado por otras cosas mas trascendentes. Por el chisme virtual, por ejemplo. Por el último mensaje que recibió en su moderna términal celular, sin ir más lejos. No sé si son psicologías que no entendemos. O si son la excelente simiente que un día nos ha de suceder en las generaciones.
Muchas veces pienso en voz alta, con tanta enjundia que exclamo: ¡han de ser estos jóvenes, tan hábiles y tan jóvenes, tan despiertos y tan despiadados, tan inteligentes y tan sobrios, y a la vez tan vacíos de contenido! Y después me pregunto, con razón o sin ella, a quién se debe y le corresponde la responsabilidad de hacerles comprender, de entenderse con ellos, de ponerse en su lugar, de intentar direccionarles en un mínimo en el que ellos se reconozcan y puedan elegir con libertad su propio rumbo. Es esto último asunto de dejarles unas pautas. Unas enseñanzas. Unos motivos. Unas emergencias. Unas diligencias que no admitan dilaciones. Un par de ojos. Una visión sin ceguera. Una responsabilidad antes que unos derechos. Un sigilo antes que un decir sin pensar.

Todas esas voluntades se me ocurren al mismo tiempo, en tiempos difíciles, a los tiempos que corren, a tiempo de estar todavía, de alcanzar con ellos la misma canasta o parecidos embargos. A intentar descifrar qué manecillas hay detrás de tamaña inquietud. De quién es finalmente la responsabilidad final de dejarles bien preparados.

¿De la maldita televisión? ¿de unos medios en franco retroceso? ¿de un abandono de la educación? ¿quién asume el papel esencial? ¿la arpillera del desván? ¿la empleada que se acerca un par de horas a mediodía? ¿la abuela quien se queda a cargo de los más pequeños? ¿las aplicaciones Android? ¿el último mensaje del blackberry? ¿la pelota de basket? ¿la Barbie con el último modelo de Versace en miniatura? ¿un adulto? ¿Peter Pan? ¿el último mohicano? ¿tal vez Harry Potter? ¿o una mariposa a punto de suicidarse? ¿un profesor? ¿los padres? ¿su conciencia? ¿las zapatillas de deporte? ¿las lentes contra el mal reflejo del sol? ¿la cordillera? ¿o ellos mismos?

Tal vez sean ellos los que tengan esa última responsabilidad. La de tomar el pulso a la vida por sí mismos. Myself. Yourself. Como afirman en inglés. Con un do de pecho ¿Malos tiempos para la lírica? ¿derechos sí pero obligaciones no? ¿ladridos sí pero dentelladas no? ¿qué está haciendo el futuro que tiembla a cuatro patas y enseña que la vida sólo es una versatilidad económica? ¿han cambiado los jóvenes de una y otra generación? Todo avanza. El tiempo es implacable pero cada vez los cambios se gestan en un término temporal más breve. Se gesta en un instante. En la milésima en la que un átomo arroja una lágrima. Obviamente en mucho menos que canta un gallo. Es decir, que hasta los refranes en los que el tiempo es tratado con cortesía y brevedad perderían toda razón de ser.

Es probable que casi ninguno de ellos sepa que los escalones de piedra y las calles recónditas siguen existiendo en alguna parte de las apartadas villas. O que por las laderas de la cordillera andina corre el agua vertiginosamente. Puede que también les importe un rábano el número de gotas de rocío impregnadas en un sillón abandonado. Y lo propio con el nombre de Iguapele,, que no saben si sería una isla perdida en medio del Mediterraneo o el nombre del colmillo izquierdo de Drácula una vez que éste contrató los servicios de una agencia de viajes y le dieron una vuelta completa por la sorprendente Cuba del siglo XXI.

Entonces, la definición de ensayo ya no será tan abierta como su visión, que es extensa, generosa y ávida de aprendizaje. Cualquier ensayo será para ellos una duda en curso, pues ellos mismos son el ensayo de lo que serán dentro de unos pocos años y, si es que la necesidad genera oportunidades y la carencia de recursos lleva aparejada la virtud del esfuerzo, se habrá de confiar más en aquellos jóvenes que no lo han tenido fácil en la vida y han salido adelante con pundonor y buen corazón. Es decir, el reverso de una multitud de ellos que lo tienen todo y no saben apreciarlo. Es más, no saben ni siquiera lo que tienen dentro.

Menos mal que no pienso a rajatabla eso de que no hay que dar margaritas a los cerdos, como reza la naturaleza sabia de lo popular. Hay que darles una oportunidad. Una camiseta. Un buen vivir. Una mirada cautivadora. Una simple llave para que ellos averigüen la puerta a la que lleva. Aunque otras veces el trapecio cae encima de mi cabeza y no me apetece nada lidiar allá arriba, suspendido en el aire, sobre una débil cuerda que brilla y con el riesgo de pegarme el trompazo padre.

¿Hay que tenerlos bien puestos? ¿Eso que llaman huevas o cojones en alguna parte? Tampoco lo creo así a pies juntillas. Pero hay días en que miras alrededor, y dan ganas de salir corriendo, lo cual no es asunto ni de cobardía ni de inspiración, sino una sencilla cuestión de supervivencia. Solo puedo decir, en ciernes, en medio, en conclusión, que cada día es un ensayo que no se escribe, sino que se hace solico, con un bolígrafo invisible y desigual estilo. Unos días sale redondo y magnífico y otros, aturdido y silencioso. Vida en la que nos fundimos como fruta madura, al fin y al cabo. Bendita naturaleza.

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Un comentario el “ÉTICA PARA LOS BUENOS LOCOS

  1. Jorge morales dice:

    Excelente Aitor. ¡
    Eres un gran educador!

    Me gusta

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