CRÓNICA DEL SUEÑO

 

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Soñamos que hemos soñado. Que el sueño es una vereda alternada en dos raíles. Soñamos que el sueño es como una paridera verde. Paridera donde ya no remontan ni los pastores ni las debilitadas ovejas. Soñamos que la tarde está en ciernes y que cualquier paso es como un ronquido que nos va despertando de forma poco educada.

Soñamos con sigilo. En soledad. En cualquier paisaje que nos haga falta. Soñamos en verdad. Que estamos caminando. Que el camino oscila entre una línea recta y, de repente, una curva delicada que se afana en pasar desapercibida. Curva que lleva hasta una hacienda en ruinas, aunque soñemos que está habitada o que de la ruina emerge una antigua historia que se revela ante la maleza invisible o el campo tapizado de ese verde tan absoluto de la primavera.

Soñamos con cierta esperanza. Con promesas inciertas. Con raros vestigios. Con cautela. En busca de quién sabe qué premoniciones. Quizás busquemos instinto en los sueños o una forma de que se manifiesten nuestros más recónditos deseos. También puede que hallemos exenciones a la condicionalidad que sí están presentes en la vida real y que en los sueños nos permitimos obviarlas. Sea porque en la cruel cotidianeidad son imposibles de realizar, van en contra de nuestros compromisos personales o, simplemente, el sueño es el único reducto de libertad que nos queda. Soñar para no ser esclavos de cientos de condicionamientos parapetados en cuanto despertamos.

Soñamos para que nos den más. Más sueño. Más caminos. Más números de teléfono. Más tinajas. Más viñedos. Más ruinas en las que clasificar el transcurso del tiempo. Más valentía. Más fugacidad. Más argumentos contra el azar. Soñamos para más. Más desnudez. Más volumen. Más laderas. Más territorios escondidos. Soñamos para que todo ello se vuelque en la cabeza, y después en el corazón, y seguidamente en todas las extremidades, en la totalidad del sistema nervioso y hasta en la lengua que dormita y no se entera de nada mientras soñamos.

Soñamos para que la noche sea un hervidero. Una olla donde hierve el agua con los recuerdos. O el caldo con el ansia. O la legumbre con una amante desnuda. Para que la vida se condimente y nos dejé sudorosos. Para que el sueño nos revele lo sediciosa que puede llegar a ser la alevosía de la nocturnidad. Para allanar una morada. Para que tiemblen los desvanes. Soñamos para todo eso y más.

Soñamos para despertar. Para abrir los ojos y volver a la realidad. Para que la realidad nos permita volver a soñar en cuanto los volvamos a cerrar. Para que el sueño nos acerque a la muerte pero que a diferencia del sueño mismo no nos hemos de enterar de nada. Soñamos para parecernos a otros estadios y otras energías y otras rebeliones que son similares pero no iguales. Soñamos para que acontezca todo lo que hemos soñado al levantarnos y poner el pie sobre la alfombra.

Soñamos para irnos. Pero también para regresar. Para decir que estamos aquí. Para congregarnos. Para reivindicar una presencia. Para reincidir en el sueño mismo. Para aprendernos de memoria todas las preposiciones. Para hacer testamento el martes que viene. Para recordar a los ausentes. Para postergar la nostalgia. Para delimitar la frontera con nuestra propia culpa. Para examinarnos el cuerpo. Para proteger las manos. Soñamos para dinamitarnos por dentro y salvarnos por fuera. Soñamos para vivir y para morir. Soñamos de esta manera y a la inversa. Sueño contigo. Sueñas conmigo. Sueño así. Sueño asá. El sueño del melancólico. El sueño del amable. El sueño del soñador. El sueño del dormido. El perro que ladra. El sueño que concluye abruptamente. La niebla que se disipa. La madrugada que late. Un sueño que termina y un día que empieza a transcurrir. Nunca renunciemos al sueño. Ni siquiera despiertos

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