CRÓNICAS DE LA PROFUNDIDAD

Los BalbasesRed

El cielo suele ser profundo. Es algo que no obedece a las estaciones. Ni a la oscuridad. Es algo inevitable. Próximo. Ágil. La tierra que se pisa es igual que el cielo en ese instante. También es profunda y se agarra a la bota con la misma inmensidad que el cielo. Lo cual tampoco obedece a las estaciones. Cielo y tierra constituyen algo muy simple. Una unión íntima. Una relación sencilla pero a la vez indispensable. Un trasiego donde ambos extremos se comunican. En medio están mis ojos. Ávidos. Caminantes. Recordatorios. Testamento de cada día. Frágiles. Muy silenciosos. También profundos. Inmensos. Ni por continente ni por contenido sino por lo que callan. Por lo que aguardan. Por lo que caminan. Por lo que emigran. A salvo de las imposiciones de la geografía.

En ambos casos, y aún en el tercero, la profundidad se manifiesta en su propia estratagema. En invierno es una profundidad fría y diáfana. En el cielo queda un inmenso vaho que se diluye muy lentamente y en mediodía alcanza una debilidad terrible como si algún caballero desterrado fuera a aparecer de nuevo con su caballería en la inmensidad de los páramos y se vuelve a hundir el cielo en su propia agonía blanca. La tierra puede que rebusque en sus propias huellas y deje un calzado de herradura. Húmeda. Conectada a la luz del cielo. Disuelta en campesinos inexistentes y en caminos de dura factura. Fragmentada en vados secos e innumerables labrantíos abandonados. Así es el campo que la une. Lo llaman campo. Tierra de Campos. Las soledades perdidas de Castilla. La última penumbra de Burgos antes de irse a la profundidad de Palencia. La profundidad geográfica que también se hunde en los ojos que la miran. De los ojos que se entretienen cada vez que regresan allá. El monte Vizmalo. El pueblo aparentamente inmenso. Dejo que corra el aire. Una inmensidad vacía y profunda. Doblegada por la ausencia de los habitantes de antaño. Los Balbases. El último reducto de Burgos. De tonos verdes y bermejos. Tan bermejo que tal cualidad corrió por la mayor parte de los apellidos de sus habitantes. Casas agrupadas en torno a dos barrios y a su vez apiñadas en la colina e iglesia de cada uno. Algunos otros los llaman Barrio Mayor y Menor respectivamente. Otros como sus cerros: Carrapampliega y Marrasca. Profundidad hasta en los barrios. Hasta en los cerros. Hasta en la carretera todavía jalonada por viejos árboles que llevan hasta las ruinas de la antigua estación, por donde solo restan los raíles como narradores omniscientes de la novela que es esta profundidad enfrentada con el tiempo.

Profundidad que, al llegar a los ojos, ya no aparece viciada por los rayos del sol. Profundidad azul en los ojos negros. Prematura. No tan distante del cielo como de la tierra. A medio camino. Sin grandes surcos. La única claraboya que tiene el baúl de la memoria, por donde entra la luz que voy viendo. Que voy sintiendo. Que voy escuchando. A la que voy gritando y dotando de una lenta infraestructura de recuerdos pasados y presentes. Hasta de lentos futuros que invaden mi deseo. Una laguna de experiencias que se sedimentan en el fondo y tosen de vez en cuando. O se trata de un estornudo profundo. Para que el aire sea expulsado violentamente hacia el exterior del paisaje. Más los ojos enseguida recuperan la misma postura.

Recuerdos. También azules. Algunos desesperados. Como aquella vez que me detuve en silencio, en algún momento del otoño de tantos años, en una suerte de apeadero hacia una larga jornada de viaje hasta Monforte de Lemos en la provincia gallega de Orense. Cielo azul pero extraño. Impetuoso pero bien sonado. Acecho de tormenta y, en un trigal, un maullido alargado y correoso. Una cría de gato cuyo bufido parecía estar en relación directa con los recortes del actual gobierno y dejaba sospechar que hasta los animales tienen la cordura de protestar contra la gente. Aguanté tan vieja canción, la de los bufidos bajo sospecha de conspiración, y tan cabreado gatito llegó hasta Amandi, en ciernes de la medianoche, y aguantó sin probar ni una sola gota de leche porque no le apetecía, pero su hambre era tan profunda como el paisaje, el cielo, la tierra y mis ojos. Hambre que tuvimos que separar de la presencia de dos o tres canes, tradicionalmente poco amigos de los gatos hasta que, al día siguiente, carente del más mínimo de los agradecimientos, lo dejé a cargo de una veterinaria de Sober, quien me imagino que solventaría, con la misma profundidad que yo lo traje, la cuestión de su mal humor. En todo caso, una oportunidad más para que sus bufidos disfrutaran de la profundidad de la vida con la calma que se merecen.

Y después, silencio. Silencio igual de profundo. El ser que allí habitaba desapareció en la misma profundidad de la vida. En el silencio mencionado. Absoluto. Quebrado. Igual de profundo. Irresoluto. Irreversible. En la proa de una enfermedad que es capaz de consumirnos en un abrir y cerrar de ojos. Silencio con el que volví a las tierras bermejas y canas. A las tierras en las que el azul profundo del invierno se transforma en un azul seco e irremediablemente profundo del estío. Un calor seco y amable que adelanta los rigores de la próxima pero lejana estación fría. Campos amarillos o cortados a ras como una esquiladora. Como un quinto que recién va a jurar la bandera. Como la llanura de la pared de un frontón. Con los recuerdos de los que voy y vengo y me detengo en medio. Con maullidos. Con ausencias. Con tallos que tiemblan. Con la sabia subjetividad de la autobiografía. Que mi apellido también es el mismo. Que el agua de mis abuelos también manaba por sus aceñas. Viejas glorias. El aire perdido. El horizonte limpio. Una vieja casona en ruinas que siempre perteneció a varios propietarios y en la que también vagaron algunas sombras de Caín por lo que siempre contaba mi abuelo, tanto de viva voz como de puño y letra. Cosas de la guerra. Profundidades de las que nunca más quiso volver a saber.

Todo es profundo. Da igual como se mire. La tierra. El cielo. Los ojos. Las ruinas. Las deshabitaciones. El tiempo. El gatito. La madre de mi amigo. Los perros. La sabiduría. Los cántaros. Las manipulaciones. Los exilios. La geografía. Hasta un cuerpo desnudo  donde la profundidad es una fábula y en el vientre alcanza su máxima expresión. Todo es profundo. Las cápsulas. Los arados. Las bodegas. Los pretiles. Los lagares. Los ladridos. La esperanza. Los vanos. Los ábsides. El viejo cementerio. Los apellidos. Las matas de brezo. La greda. Los viejos muros. También los pechos donde la penumbra suele ser síntoma de exuberancia. Todo es profundo. Los huesos de los olmos. Las alas de una mariposa. La orientación hacia el sur de las viejas casas. Las tenadas. La autovía. La ribera. La meseta. Los idilios. El pasaporte. El viaje. los regresos. El bostezo. La siesta. Incluso tu pelo desmontándose de su peinado y que aguarda a que yo lo desordene todavía más. Todo es profundo. La distancia. El temor. Los aeropuertos. El pueblo vago y perezoso. El diálogo. La descripción. El sur. La capital. El norte. La escopeta. El bigote de un jubilado. La paleta de un albañil. La sonrisa de una ama de casa. La caña de pescar del padre. El jubiloso olvido de un hermano. La concatenación de una cuñada. La rueda. Un barco. La total perseverancia de un muslo que se enfrenta contra otro en el fervor de la primavera. Todo es profundo. Más aquí, en esta tierra, en este cielo, en estos ojos, donde lo mismo y lo distinto son tan profundos que no subyace la más mínima diferencia entre ambos polos opuestos. Los Balbases

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Un comentario el “CRÓNICAS DE LA PROFUNDIDAD

  1. …Dicen que el silencio es profundo…tal vez porque nos permite oir los sonidos más pequeños y más lejanos…Pienso que también nuestra alma es profunda porque tenemos que bucear en ella para encontrar los más antiguos recuerdos…Y creo que el espacio también puede ser profundo allá donde el brillo de las estrellas se pierde…y existe la profundidad de campo en fotografía, donde las imágenes son nítidas…

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