CRÓNICAS DEL MAR

 

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El mar no tiene dedos. Alguna vez los quise contar. Pero nada. Solo llegué a un breve enunciado. No hallé los dedos por ninguna parte. Ni en sentido ascendente ni en descendente. No había dedos en el cielo. Tampoco más allá de la tierra salada o por debajo de la arena freática que esconde el agua en las olas.

Es una conclusión a la que llegué dormido. En el sueño más absoluto. En las cavernas más oscuras del temor. Será que fue entonces una tesis adoptada por la unanimidad de la inconsciencia. Que el mar no tiene dedos. Lo mismo que no tiene piernas. Ni largas ni patizambas ni esbeltas. No tiene piernas. Lo mismo que no calza ningún número de pie. Ni el cuarenta y dos ni el empeine.

Que el mar no tenga dedos no es una novedad. Novedad desde el punto de vista del hombre moderno, poco acostumbrado a soñar. Pero es es una brutal novedad, una cruel transformación, una desventurada desgracia desde el punto de vista de los mitos de la antigüedad, pues hace milenios, lustros, décadas o quizás un par de horas, el mar era capaz de darnos donde más nos duele: en la propia fragilidad del sueño.

Son famosas esas crónicas donde alguna vez el mar fue para el hombre como el desierto para Gilgamesh. Una vasta y ancha población. Alguna vez le tocó a Simbad adjetivarse como el mar u, en otra santa ocasión, la barca en la que presuntamente navegaba la virgen María se poso levemente en los acantilados de Muxia y desde entonces, uno puede subirse a a su planta y oscilar, para recordarnos que alguna vez la piedra varada fue una goleta divina.

Tan famosas las crónicas en las que el mar aparecía detallado, descrito en profundidad, con un silencio roto únicamente por la vanidad del viento que, ahora, cuando veo a todo ese puñado de tecnócratas, agencias de calificación, algunos infiltrados en la globalidad de los indignados, los filósofos parlamentarios del tres a cuarto, la alumna que vocifera que un profesor les pone contenidos de dudoso contenido y al mismo tiempo opina en un ensayo que el aborto es una comida típica de no sé dónde, al mar se le ponen los pelos de punta, aunque no los tenga. Se le pone la piel de gallina al mar porque es incapaz de pensar en lo abundante que es el alga de la ignorancia. Lo alargada que es la sombra de la estupidez. Lo extensa que viste la llanura de la carencia más absoluta de valores.

Toda ese monopolio de la estupidez drena la capacidad del mar para devolvernos a los tiempos en que él, o ella -según se mire- eran los orígenes del mundo. El vaso donde uno podía beber a su libre albedrío. Las olas entre las que nadaba Beowulf. El lejano espejo donde Rodrigo Díaz de Vivar se mesaba la barba, allá en los destierros de Castilla, porque lo vería camino del Mediterráneo. La misma orilla en la que un polémico Cristobal Colón clavó su estandarte patrio y ahí comenzó, para unos la historia del nuevo mundo y para otra inmensa mayoría, una aculturización cruel y a cosa de los indígenas, pero así fue la historia la fin y al cabo y le debemos más aliento que rencores. El mismo mar en el que Magallanes templó el último aliento y cedió el testigo a otros muelles. El mar que con tanta cortesía y rotundidad ha contado Francisco Coloane, para quien los palafitos o las estacas hundidas sobre la fresca humedad de la Patagonia eran como un enorme y pesado barco de madera, varado en alguna parte entre Chiloé y Concepción.

No se imagina el mar lo inimaginable. Que la estupidez del siglo XXI ha sido capaz de limar las amarras de todas esas ideas locas, sustraidas del imaginario del hombre, y al romperse las maromas, se han ido al garete de lo invisible. Se han desvanecido sin decir a dónde fueron a parar. Y ahora, nos encontramos con que el mar no tiene dedos, ni piernas, ni dientes en los que asir un buen mordisco. Lo que más tiene son gruesos granos de capitalismo salado. Dólares en vez de olas. Baratijas en vez de mitos. Descréditos que no valen ni un céntimo de espíritu. Si Poseidón levantara la cabeza más temprano ¡cuántos irían clavados en su tridente, víctimas de la ira del anciano dios de los mares! ¡cuántas sirenas se declararían en huelga ante la falta de verdaderos Ulises!

Así es que el mar no tiene dedos. En principio. Gracias a la constitución del alma del hombre moderno. Un mar áspero. Destinado a traer y llevar pasajeros. A ser la empanada sobre la que sobrevuelan lejanos aviones que no son de lacón y queso, sino orondos, con potentes reactores y que son capaces de olvidarse de lo que llevan debajo de su panza en las nueve horas que dura el océano Atlántico, por ejemplo.

El mar dura nueve horas. Esa es la máxima filosófica del nuevo siglo. La tesis más efectiva, breve e irrefutable. Nadie lo puede negar. Basta con subirse a un avión y ahí disponen de un argumento de autoridad sin parangón. Que venga cualquiera a demostrar lo contrario. Que nos den con cartuchos de sal si otra cosa es más evidente que la mencionada. Te sientas cómodamente, esperas a que el monstruo metálico adopte su posición acelerada y en cuanto asciende a la nada, en menos de media hora de sacudida aérea sobrevolando la península, el mar viene a tu encuentro pero el avión huye de él. Y el mar, que tan infinito parecía en la Edad Media, o aún en las postrimerías del siglo XX, ahora no es más que una bajara de naipes, que uno corta y mantiene en secreto y después de las nueve horas de rigor, la partida ha concluido y a través de la ventanilla asoma la cremallera de otro continente.

Entonces, el mar cabe en un reloj. La segunda tesis. La menos extraordinaria por cuanto parece que las olas puede reducirse a una esfera de cristal. A un armazón de acero inoxidable y de complejos mecanismos minimalistas. El mar ya no es un asunto de vuelos intercontinentales. Basta con cerrar los ojos mientras vuelas. Es suficiente con pensar que viajas en una aureola de insomnio. Que cerraste las ventanas de tu alma a las diez y media del mediodía y que al subir las persianas de nuevo, observas que el reloj ha avanzado nueve horas y que el mar ha desaparecido del reflejo, y que tienes que cambiar de sentido y precipitación las manillas porque estamos en otro continente y el tiempo ha retrocedido siete horas.

En tercer lugar, podría no existir el mar. Ya no una tesis. Sino la conclusión más definitiva de la condición humana. El mar es una utopía. Un paisaje aburrido. Una saliva mal tragada. Un cuello oscilante. Una miseria de la imaginación. Una masa de agua donde los cuerpazos, los buenos cueros a golpe de estética, gozan de la húmedad igualmente estética. Una simple masa de agua que solo cobra protagonismo en los sistemas de alerta temprana que muchas organizaciones se inventan para atraer dinero público y decir que reducen el riesgo de una amenaza.

¿Es que el mar amenaza? ¿pero no es el hombre la mayor amenaza del mar? ¿ no tendrían que poner un pluviómetro o un sismógrafo en el despacho de muchos dirigentes o en el corazón podrido de unos cuantos personajes? ¿no deberían colocar un sistema de monitoreo en las mesas de trabajo de algunas organizaciones de tinte humanitario, de llamativo rojo solidario? Es entonces cuando se descubriría que el hombre es el verdadero antropófago del mar. El que lleva a la extinción sus crónicas. El que aniquila los aposentos de los arrecifes. El que asesina con sus discursos toda razón contraria a su ferrero control de las masas.

El hombre decapitó a todos los dedos del mar. A todas las piernas. Las guillotinó sin piedad. Y así se quedó el mar. Estúpido. Ignorante. Taimado. Sin valores. Sin interés alguno por las cuestiones del más allá o del más acá. Así es como quieren que crezca el mar. Que se limite a ser la salsa de los buques mercantes. El desagüe de los petroleros. Las fauces del ocaso. La debilidad de los emigrados. El cementerio de unos pocos marineros que se atreven a salir con el temporal. El naufragio de las odiseas.

Un mar sin dedos no puede existir. No es viable. Es imposible. Es una "contrautopía". Y éstas, al igual que las utopías, son extremos cuya materialización es un ideal. Pensemos entonces en la aberración que ha cometido el hombre con el mar: ha querido matarlo, implementar sobre él una política de aniquilación completa, hasta el extremo de una utopía al revés. Ha querido el hombre ir más allá de sus posibilidades, negando al mar toda posibilidad de extremidad mediática.

Menos mal que el mar tiene mucho fondo. Más fondo de lo que se piensa. Donde se quedaron desterrados todos los mitos a quienes no les interesa las profecías tan inauditas que corren ahora mismo sobre su azulado paisaje. Allí andan jugando al mus Camilo José Cela, Gabriel Celaya, Nelson Estupiñan Bass, Reinaldo Arenas, Lezama Lima y hasta un recién llegado Carlos fuentes para quienes el mar es toda una vida. Entre envido y envido. Les sirven las copas de licor nada más y nada menos que Julio Verne, que viaja en submarino. Les invita la reina de Saba, harta de tanta pelotera desértica. También Simón el Mago, que después de enfrentarse a Dios ahora le va por levitar a diferentes niveles de la profundidad. Y Simón Bolivar, a caballo marino y galope pelado, queriendo unificar varias fosas en una sola República. Incluso Platón, afeitándose con una raspa de coral antes de volver a no sé qué Ágora para recitar la versión subterránea del mito de la caverna. Baudelaire anclado en sus flores del mal. Rubén Darío empeñado en la búsqueda de otras torres de marfil. Mariano Azuela engatusado por "los de abajo". La condesa Bathory apresada por la angustia de la carencia de sangre de vírgenes. Hasta Zaratustra, que intenta levantar un nuevo templo en honor a los dioses ya jubilados. Freud reclamando cita para someter al mar a un fiero psicoanálisis y decirles a todos los presentes que su vida no es más que producto de la represión del mar, que a altas profundidades somete a voluntad los cuerpos e impide que el inconsciente ascienda a la superficie. Miguel de Unamuno, mesándose la barba y su escaso pelo cano, escribiendo cartas en la que el destino no se escribe sino que se diluye en el agua marina. Y un par de vasijas de barro, por si acaso, pues hubo dos ecuatorianos que escribieron una canción acerca de que cuando murieran querían ser enterrados como sus antepasados, en el útero de una cerámica, pero incluso tan insólitos antepasados, acá se los llevaron, a salvo de la codicia de ahí arriba,a  otro árbol de la vida donde los mitos, mitos son.

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2 comentarios el “CRÓNICAS DEL MAR

  1. Begoña Eguiluz dice:

    Aitor, soy Begoña, la prima de Chiqui. Leí tu comentario en mi blog. Estoy echándole una ojeada al tuyo que me parece de “largo aliento”. Tu estilo me parece interesante pero necesito tener más tiempo para leer ya que es denso y no se aprehende a la primera…Un saludo desde San Sebastián.

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  2. Siempre me ha gustado el mar,,,y no recuerdo cuando fue la primera vez que lo vi..pero siempre me ha gustado esa inmensidad que se pierde en el horizonte y parece juntarse con un cielo azul y transparente. El mar tan plácido al atardecer, especialmente cuando baja la marea…y que en noches de luna llena la refleja en el agua, mientras las noctilucas iluminan los sedales de los pescadores nocturnos…El mar que parece acunar al bote de remos donde una pareja podría hacer el amor…el mar cuyo incesante oleaje mueve los huiros..el mar que revienta contra las rocas de las orillas y salpica de espuma blanca a los que miran…El mar que es vitalizador contra el cuerpo semidesnudo de los bañistas…El mar repleto de pequeños y a veces extraños seres vivos..pequeños cangrejos entre las rocas, estrellas y soles del mar, lágrimas del mar que no son otra cosa que medusas muertas, moluscos adosados a las rocas…caracoles de mar…de todos colores..el mar que decolora los cabellos y que cuando son castaños los deja con hilos dorados como si los rayos del sol hubiesen descendido a posarse sobre las cabezas de algunas personas…El mar impetuoso en la tormenta que brama junto con el viento…el mar…

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