CRÓNICAS DEL PRINCIPITO

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La semana pasada recibí una carta. Una carta pesada. Con olor a pólvora. Una carta con toda la densidad del desierto. Una carta que había cruzado el mar con su par de piernas, ni más ni menos. Una carta amarillenta, en la que la brisa se sujetaba con oraciones cada vez más cortas. Una carta esencial pero, eso sí, bien visible. Bien visible porque la tenía ante mis ojos como si mi madre la hubiera parido. Una carta cuyos vértices eran como dunas en las que se incrustaba una arena atlántica.

Vino la carta por su propio pie y pegó un timbrazo de los que hacen época. Sonó en todo el valle y luego el eco se repitió no de peña en peña como en la Laguna Negra, sino de volcán en volcán, porque es menester en estas tierras donde me hallo sentirme en correspondencia con el paisaje. Se repitió y cuando volvió, más ligero que una lámina de seda, se plantó en medio de la puerta, bien parada, pero parada de verdad, es decir, inmóvil, no parada como se piensa en algunas circunstancias en que lo que se para no se otra cosa que el estilete porque nos absorbe tal cantidad de feromonas que no podemos resistir en la órbita de la indiferencia.

El caso es que la carta se paró delante mío y claro, sin cartero, sin vituallas, sin bicicleta, sin zurrón de cuero donde se oculta toda la habitual correspondencia y sin cinturón de seguridad. Sin esto último a pesar de que la presunta normativa de los viajes imaginarios estipula que ninguna carta puede traspasar una tormenta atlántica obviando la obligación de ponerse un cinturón de nubes delante del pecho para que, en caso de colisión con alguna estrella, no se quede con la cabeza virada, o chumada por el grado alcohólico de semejante impacto.

La carta vino serena y por eso se paró delante mío sin celeridad. Sin que estrella alguna hubiera hecho acto de presencia en su sentido del equilibrio. Se paró y en el momento en que había abierto la puerta, sin hache, sin conjeturas, sin azares, sin predominancias, sin chaquetas de cuero, sin apresuraciones, sin mandamiento, sin soberbia, sin categorizaciones, levantó la solapa y me advirtió de una hoja blanca en su interior. Una hoja tan blanca como la comisura de los labios de una copa de cristal. Bien blanca. Apoteósicamente blanca. Alba para los cultos de la poesía. Mansamente alba para los amantes de los epítetos. Cual destello de la cazadora Diana para los seguidores de Góngora. Como el ala tardía de una cigarra para los modernistas y como la alocada saliva del mar Cantábrico para mis recuerdos.

Así es como abrió su solapa. Sonrío. Buenas tardes tenga usted. Aquí le traigo lo que le traigo. Aquí tiene lo que le regreso. Aquí dispone de lo que ignora. Aquí le entrego lo esencial. También lo visible. Asimismo lo extraordinario. Lo veraz. Lo objetivo. Lo que usted percibe por los sentidos. Lo sagaz. Aquí tiene. Puede desdoblarla. Bien blanca es. Blanca y transparente. Como la arena del desierto antes de que el sol rompa sus raíces sobre ella. Tómela. Es suya, pues soy una carta sumamente respetuosa con los encargos que me hacen y después de tan largo viaje, Quito bien vale una misa, ¿o era París con alguno de los Luíses? En fin, que fueron muchas horas sobre la enorme manta azul del océano y no soy como ese aviador, que se topó con los más importantes refrendos geográficos y que, gracias a los mayores, dejó de pintar porque mira que le confundieron una boa comiéndose un elefante con un sombrero. Por eso viaje como lo solemos hacer. De noche. Sin que nadie me encuentre. Por encima de las cejas de todos los habitantes que duermen. Bailando. Cosiendo. Tejiendo velas. Desatendiendo las redes de los pescadores. Atravesando mercantes. Huyendo de cuantos toques quieran propinarme. Así un puñado de horas interminables, hasta que divisé las primeras estribaciones de un río tan grande como la alcancía de un obispo. Supongo que el Amazonas, porque luego fue todo una brillante oscuridad verde. Una sucesión de culebras oscuras. Algún aullido veloz. y apenas de enteré de las abruptas selvas porque, no sé a qué hora peculiar de la madrugada, un viento insólitamente frío me precipitó nuevamente a las alturas, a unas laderas arrugadas y que crecían en sentido ascendente, con algunos cráteres como esos con los que convivía el amigo del aviador del que te hablaba. Y apenas con los primeros rayos de luz, aquí me paré, en estas lomas de hormigón, azoteas grises y ropa tendida hasta que llueve. Primeros de junio. Sin que las gotas venideras hayan hecho aparición en la última semana. Aquí tiene su blanca hoja. Escrita a mano. Con la caligrafía ligeramente inclinada hacia la derecha. Letra de tintero y pluma. Negra. Con el rastro del perfil en la superficie de la hoja.

La carta hizo ademán de que doblara la mano y la extendiera con la palma extendida hacia arriba. Un desierto de carne en versión más reducida. Algunas líneas que serían del agrado de la quiromancia para hallarme los intrépidos resortes del destino. Aquí tenía la carta. La que decía que me pertenecía. Y la desdoblé con ambas manos. Con la querencia de que los dedos habitaran en las letras. Con la pertinencia que se debe a algo venido de tan lejos. Una carta del otro lado. Una carta singular. Una carta que es algo así como una vasija de barro pero con letras en vez de cenizas. La abrí y me llevé las letras a los ojos. Las sílabas a las pupilas y la inclinación a las pestañas.

Granville, 45 de agosto del año que me de la gana. Querido amigo. Te escribo desde los confines más desbordados del mar. Desde esa imaginación de la que carecen los mayores y desde esa maravillosa honradez que caracteriza a los niños pero de la que han escapado multitud de generaciones públicas. Cuánto tiempo hace. Cuánto hace que no escribo ni dibujo corderos. Cuánto hace que terminé de arreglar la avioneta, ésta que tiene un motor con más cilindros que el pedal de una bicicleta angustiosa. Cuánto hace que al arreglarla también me despedí de alguien que me hizo volver a dibujar un cordero de los buenos. Uno de esos que si lo viera un pastor castellano le otorgaría pedigrí de oveja churra o merina. El caso es que ahora la vista, con la experiencia de los años, me alcanza hasta lo inimaginable. Te acordarás que, una vez, me dijeron que lo esencial era invisible a los ojos. Qué razón tenía. Una verdad de las que se ponen ante el tapete de una mesa. Que lo esencial está donde uno cierra los ojos. Pero pasé las de Caín al principio, para intentar comprender el significado de esta alocución, pues en mis momentos de angustia llegué a creer que lo esencial se manifestaba cuando, en efecto, cerrabas los ojos y te ibas a la otra parte. Al más allá. Al botadero. A los huesos. A la ruina. A ese presunto paraíso del que hablan tanto pero nadie es capaz de describirlo. A las abotonaduras de la tierra. A las llamas de ese edén en cuyo nombre se han cometido más tropelías por metro cuadrado que no caben ni en un solo tomo de biblioteca. Pensé así que lo esencial estaba contenido en una suerte de Enciclopedia de los Muertos. En uno de esos grandísimos cementerios de páginas que algún descuidado toma por inexistentes. Así estimé que la esencialidad quedaba escriba para siempre en esos siniestros archivos donde nuestras vidas están escritas desde el más mínimo detalle. Así llegué a concluirlo después de ver cómo el viento quemaba las hojas de un libro que salió despedido en uno de mis vuelos. Nuestras vidas sujetas a un finísimo hilo que, cuando se rompe, el cabo roto va a parar a esos anales. A la Enciclopedia de los Muertos. En mi agonía dispersa. En mi talud mortal. En mi semblante pálido. Una vida inservible y poco esencial que recobraría su esencialidad cuando ya no fuera consciente de ello. Así lo creí a pies juntillas hasta que, nuevamente, miré al cielo. Y observé estrellas. Y detrás de las estrellas balones. Y detrás de los balones un silencio diáfano. Y detrás del silencio diáfano un camino. Y detrás del camino un par de piernas. Y sobre el par de piernas un universo. Y contra el universo mis ojos dóciles. Y sobre mis ojos dóciles un olfato venidero. Miré allá y sentí que la esencialidad también estaba más acá. Que no todo era cuestión de angustia. Y menos de dioses. Puede que Apolo, Zeus o Marte. Pero poco más. Puede que el talón de Aquiles o la extremada inteligencia de Ulises. Pero poco más. La esencialidad resulta que estaba en eso que había leído en las líneas de un compañero. En los párrafos de un norteamericano que le gustaron sobremanera las grietas del Magreb y allí se quedó hasta el último de sus días. Un buen gringo que escribió que sentarse a pie de duna en la nocturnidad era tanto como lo que yo sentía mirando a alguna parte del cóncavo cielo. Un bautismo de soledad. Una reintegración. Una ecuación no matemática. Una vuelta a la esencialidad. Así que, lo esencial se convirtió en una cuestión de explosión solitaria y determiné que lo esencial es invisible a los que no se sientan en una duna y a los que no miran allá arriba. Y por allá arriba entiendo no solo el volquete negro de la noche, sino también las cumbres que se encaraman hacia él. Así que además de mirar al cielo con la boca abierta, también me senté sobre una duna, sobre una de esas que pueblan la imaginación. Obtuve la esencialidad completa. La visible y al invisible. Y recordé a aquel amistoso crío que me habló del lugar de donde venía. De los planetas con que se había cruzado antes de detenerse a un palmo de mis narices. El grueso asteroide de un vanidoso. El archivo terráqueo de un geógrafo. La empresa estelar de un negociante al que solo importaba el tiempo. El rey de un reino habitado por él mismo. El cráter de un farolero. Y así unos cuántos planetas más que podría contar lentamente con los dedos de mis manos. Que el venía concretamente de uno donde vivía. Obvio. De uno donde vivía pero que era tan pequeño que con un par de zancadas alcanzaba las antípodas. Que en ese hogar pedregoso creció una rosa de la que debió hacerse responsable como es debido y que por eso volvía. Por eso regresaba. A la esencialidad de la rosa. A la puridad de sus pétalos. Y por eso te lo cuento. Porque hoy es uno de esos aniversarios en que el chico dejó sus huellas tal que aquí, en este desierto que es mi imaginación porque ya no vivo en ella sino que estoy ausente en la memoria de los que no estamos presentes. Que al chico no le he vuelto a ver, pero cuya existencia es más cierta que la de todos los santos que visten con sandalias. Lo sé porque no solo es una cuestión de fe. Es una cuestión de esencialidad, que es como una fe en mayúsculas. Y no solo por eso, sino porque ayer mismo, se paró una carta ante el porche de mi casa. Se paró bien parada. Como se te ha parado a ti. A la carta me refiero. Se paró bien parada. Bien detenida. Se abrió y me tendió una hoja blanca que decía. Granville, 45 de agosto del año que me da la gana. Querido amigo. Si resulta que el aviador soy yo mismo.