SI LES PIERRES POUVAIENT PARLER (Crónicas del desembarco de Normandía)

El desembarco de Normandía se produjo un 6 de junio de 1944. Acontecimiento que cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial y el inicio del derrumbamiento del régimen nazi. Todos lo han estudiado en historia, revivido en películas más o menos patrióticas, recuperado a través de la lectura de obras o, simplemente sabido, por ser una cuestión esencial en la historia mundial contemporánea.

Esta crónica revela muchos de los paisajes que fueron testigos improbables del desembarco por parte de las tropas aliadas en un arco que va desde Cherbourg hasta Le Havre. Crónica que al final sobrepasó sus propios límites para ser una buena candidata a reportaje, por los contenidos de que dispone y la cualidad de lo reflejado.

CRÓNICAS DEL DESEMBARCO

La guerra. Esa palabra maldita. Esa cuestión incompatible con la vida humana. Un término donde el hombre se consume a sí mismo, o un solo ser humano, con nombre y apellidos, con una megalomanía de caballo, es capaz de elucubrar y poner en práctica  otra palabra que me gusta menos: exterminio.

Guerras las ha habido. Las hay. Las habrá. Casi siempre motivadas por intereses políticos. Casi nunca por cuestiones meramente territoriales o por la recuperación de una libertad maltratada y, aún en el caso de que así sea y parece que está dotada de cierta legimitidad, por desbancar del poder a un tirano o por tirarle de las orejas a un maldito genocida, siempre habrá unos grupos interesados en meterle, como sardinas en una lata, unos cuantos intereses políticos, económicos y estratégicos de por medio. Eso lo sabemos todos. Hasta el más idiota, aunque bien que nos llegamos a creer aquel argumento tan sobrio como las armas de destrucción masiva.

Guerras las hubo. De esas que nadie desea y en las que se levanta la turba contra un poder democrático o legítimo. Eso también lo sabemos todos, aunque los discursos, después de setenta y cinco años, parece que todavía sigan vigentes, sin allanar las diferentes, unos en justificar lo que también sabemos  -una horrorosa represión, un exilio inimaginable o una cárcel con gruesos barrotes para los presos políticos, o un gatillo fácil y de madrugada- y otros en tratar de restarle importancia a cuestiones tan evidentes como el proceso de recuperación de la memoria histórica. Pero en fin, la guerra tan distinta para vencedores y vencidos, como para legítimos y sublevados. Distinta, diferente e incomparable, aunque la casi peor parte de todo se la lleven, vino en bota, cuando coinciden las categorías de vencidos, legítimos, exiliados, presos y metidos en una fosa.

La casi peor parte porque la peor de todas se la llevan los muertos. Los muertos de toda clase, sin categoría ni distinción, pero que, mayormente, coinciden con civiles, soldados rasos que no sobrepasan la veintena, desaparecidos, anónimos sin identificación, olas, ollas, cascos agujereados, zapatos vueltos del revés, tapias de cementerios como si fueran coladores para cernir la leche, cunetas con ligeras elevaciones y tierra húmeda a pie de terreno, viejos tubulares de cañón, cascotes, esquirlas de cemento u hormigón, algún hueso blanco y a medio enterrar entre la hierba, cementerios con cruces blancas interminables, arena que nada sabe de lo que sucedió tiempo atrás, acantilados frágiles, recuerdos de estas y otras guerras, testimonios tan antiguos como la hiedra que trepa por la pared de aquella mainson, cébadas que ignoran los cañonazos y se prender de su propia mecha dorada, los antiguos cráteres de las bombas, el silencio masivo o en fin, cualquier mirada invisible que el viento me traiga, a salvo de la torpeza de los turistas que invaden estos espacios sin preocuparse nada más que por la anécdota y no por lo terrible.

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Guerra. Palabra mascullada como el peor de los tabacos. De la que me acuerdo por algunas alusiones que no son las mías ni tampoco las de mis mayores, porque ya no están, porque ya se fueron y porque prefirieron guardar algo de silencio para -decían ellos- evitarnos complicaciones si en un futuro volvía a repetirse la misma pendejada o, más simplemente, para olvidar, porque recordar era tanto o más doloroso que olvidar, y olvidar les permitía hacer más llevadera la vida posterior, aunque olvidar -y es la cuarta vez que lo repito con insistencia- no fuera lo más recomendable para evitar recaer en los mismos errores. Y eso sucedió en nuestra península a finales de los treinta. Y casi diez años después se avino en masa, en una dimensión mayor, en la irrupción perversa del régimen nazi. Y ahí estallaron todos los recuerdos. Todos los recuerdos sobre los que mis pies caminaban. Tierra de muertos. Tierra de bombardeos. Tierra de desembarco y liberación. Liberación con la boca bien pequeña, porque nada se libera en la violencia, pero aquella vez sí que debió liberarse lo que así debía terminar, la abominable máquina de matar que se había instalado en la vieja Europa.

Sé que los lugares, si no destacan por los fantasmas y su superchería, sí lo hacen por su energía. Las rocas de granito rosa de Ploumanach, en su soberbia belleza, transmitían una paz y nobleza intensas, pero en el cementerio alemán de Orglandes el silencio era ensordecedor con las más de diez mil tumbas de soldados alemanes que cayeron como gotas de lluvia, durante aquellos combates. Orglandes es una pequeña localidad situada
en tierras del interior de Normandía y relativamente cercanas a las playas del desembarco de los aliados, el 6 de junio de 1944, y como a otras de aquellos territorios, le precede la presencia de un cementerio militar donde las cruces son las únicas menciones sobre la hierba. Y si más de diez mil tumbas no pone la piel de gallina, supongo que se le puede añadir la suma de las casi diez mil almas norteamericanas del cementerio de Colleville-Sur-Mer, que domina la playa de Omaha, una de las presentes en el desembarco. Y así seguiría mencionando como en una libreta de matemáticas: las casi cuatro mil quinientas tumbas del cementerio americano de Saint-James; el cementerio canadiense de Cintheaux; los cementerios británicos de Bayeux, Banneville-Sannerville, Hottot-Les-Bagues, Ranville o Saint-Manvieu-Norrey; el interminable cementerio alemán de La Cambe, con más de veinte mil tumbas censadas; el cementerio polaco de Urville-Langannerie y el resto de los que se me pierden en la lista para no terminar de forma dramática esta relación.

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Mis primeros pasos por aquellas tierras se trasladaron al cementerio alemán de Orglandes. Poco antes de llegar a Valognes, para luego iniciar el periplo desde los acantilados de Gatteville y las marismas de Tatihou. Cruces que agrupaban a seis caídos, tres por cada lado de la misma. Muchos caídos sin identificar. Otros con su grado. Casi todos ellos con la edad. Significativo que la considerable cifra se refiriera a soldados que cayeron con apenas veinte años de edad. Descorazonador. Un silencio que da para la redacción de un reportaje que se extendiera más allá de la última marea. Algo que ameritaba mayor atención que el transcurso de un breve paseo, pero no quedaba otro remedio si se trataba de sentir en un solo día la mayor cantidad y cualidad posible de aquellos escenarios y así es como, al término de la tarde, ya no entrar a honrar la memoria de los soldados americanos que cayeron de bruces contra los acantilados de Point de Hoc o en las playas de Utah u Omaha Beach, en una colina de Colleville-Sur-Mer sobre la que se adivina toda la línea de costa de oeste a este, hasta los restos del puerto de Arromanches.

Después de todo esto, poco importa la dureza de las baterías de Azzeville o Crisberg, que todavía se conservan tal y como la guerra las parió y deshizo y, en algunos casos, se hayan recuperado para cobrarte una entrada de cinco euros y decir esto y lo otro ha pasado, pero no para un digno aprendiz de historia, sino para un turista de tomo y lomo del que esperan admiración, contribución económica y soberbia exclamación, que no es el caso de otros que estamos más interesados en el perfil emocional que hay detrás de todos estos restos. Así que, en vez de pagar y recurrir a las referencias de la guía turística, enfocada en aquellos lugares presuntamente rehabilitados y sujetos a un considerable desembolso económico, era paradójico como, por ejemplo, enfrente de las baterías de Crisbecq, dispuestas sobre una elevación en el terreno, con el punto de mira hacia el mar, acondicionaron la mayor parte de las instalaciones para que los visitantes abrevaran como ovejas. Y enfrente, a la vista de todas ellas, y sin apenas una recepción de balidos, otra batería intacta, sin ninguna mención, y con la correspondiente prohibición ¿de acceso?. El mismo bunker que el sujeto al pago de la entrada, pero sin el cuchicheo, sin las luces artificiosas, con la oscuridad intacta y las estancias marcadas por el silencio y en el que, para los interesados en cuestiones de arquitectura militar de la época o en el conocimiento de la arqueología, se podían adivinar todos aquellos elementos posibles.

Y la relación no concluye. En unos lugares se levantan memoriales para el reconocimiento de todas las tropas el desembarco. Que es necesario, pero no ya levantar museos de contenido liviano, ligero como un trapo, que en vez de divulgar y mantener vigente una memoria, la desvirtuan y convierten en catálogo y merchandising. Menos mal, que el que quiere silencio, y recordar el verdadero trasfondo, se va a Mont Canisy, al emplazamiento Hillman, a las baterías de Longues-Sur-Mer o, sobre todo, a La Pointe Du Hoc, uno de los escenarios más crudos y reveladores del desembarco de Normandía. Una fortificación situada en el borde de un acantilado y por los que un número considerable de Rangers del Segundo Batallón perdieron la vida al escalar por los resbaladizos muros con sus cuerdas. Eso dice la historia y también lo señala el pesado viento, con el terreno circundante sembrado de los embudos producidos por el bombardeo. 

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Así es una mínima porción de la guerra. La más salvable para el pensamiento. Una relación de hechos históricos tratados con más objetividad y ánimo de crónica, con la narración en primera persona, cuando no debiera ser así. No debería ser tratado como una narración cualquiera, como una novela para entretener, como una quimera o como una sota de espadas. Una guerra no es tanto un atributo de información como una cuestión más seria, pero por una vez aprendí a pensar, a guardar silencio y no exhibir emociones sin relación con el respeto que se debe.

Una guerra que empecé a entender desde la lectura de diferentes puntos de vista. Desde el polémico, duro y limpio de Gunther Grass en “Pelando la cebolla”, una casi autobiografía donde revela sus recuerdos como soldado alemán y a su vez prisionero de guerra de los aliados. Hasta el atroz y crudo de unos pocos judíos supervivientes de los campos de concentración, siendo el que más me puso los pelos como escarpias la trilogía de Primo Levi. No pudiera irme, sin más. Sin la traducción que me ofrecieron de un documento breve, puesto a disposición de los visitantes, “si les pierres pouvaient parler”. Si las piedras hablaran. La historia personal que hubo detrás de algunos caídos. Ein unbekannter soldat. If the stones could talk. Hasta la arena de Omaha Beach, más allá del cementerio americano de Coleville, que después de las seis de la tarde estaba cerrado a cal y canto, pero la breve carretera asfaltada continuada más allá de lo señalizado con fines turísticos, así que por ella discurría un serpenteante descenso por una de las excepciones a lo abrupto de los acantilados. Un acceso a los mismos que pudo ser el mismo de aquel desembarco. Hasta una alargada pero estrecha lengua de guijarros a pie de los acantilados. Lengua que llegaba hasta el puerto de Arromanches. Nadie a la vista. Nadie. Nada más que el fragor de las olas estrellándose contra el empedrado. Contra la misma superficie donde hubo tanta sangre como olas.

CRÓNICAS DEL SILENCIO

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Las siete de la tarde. Las campanas de San Nicolás son la referencia más cercana. Ausencia de relojes. Falta de manecillas. Orientación basada en el sonido. La campana se aleja a medida que el motor de un vehículo pesado se acerca y me traduce los decibelios a través de la ventana hasta el interior de la estancia. Las campanas no concluyen. Deviene un silencio pacífico. La armonía que tantos compositores de música desean hallar pero que en otros ámbitos artísticos se convierte más en un sentimiento que en una expresión musical. Silencio que me ha costado muchas veces de hallar. Por diferentes motivos, pero entre los principales aquellos atinentes a ladridos incómodos, la megafonía de la camioneta con sus cilindros de gas, la apretura del tránsito o la presencia incolora de otros usos horarios. Por eso, mi silencio, el de ahora, es como un bien sumamente preciado. Un silencio no absoluto. Un silencio prematuro. Un silencio en el que el canto de la cigarra no es una molestia sino una suma más dentro de la armonía de la belleza. La belleza del silencio. Pero aquí no hay cigarras, ni grillos ni otros transeúntes del verano de mi península. Estoy a orillas del mar, mucho más al norte que de costumbre, haciendo como hacía George Oppen, pero no tan a la adivinanza, pues a él le dio por errar sin rumbo por el interior de Europa y quedarse un buen tiempo con Ezra Pound, más yo no me he aficionado a ningún escritor o poeta más que en la lectura de sus obras y en la visión cercana de sus obras, tal vez por mantenerme al margen de muchos presupuestos o dejar bien claro que la identificación o asimilación de otras ideas va por otras batallas.

El silencio también transcurre por otras batallas. Este silencio es distinto y se inserta en mis pabellones con la ligereza de una hoja de roble. Un silencio no exento de polémica. Un silencio que no es insípido ni sale ileso del interior del mar, porque se trata de un silencio que en otras décadas se exilió hasta lo más profundo de las corrientes. Hubo épocas en que el silencio de Granville, al igual que el silencio de las proximidades, no fue más que una grieta, una ráfaga de muerte y trincheras, una oscura nube de espanto, un lienzo de sangre que ahora permanece quieto en la oscura penumbra del hormigón abandonado.

Silencio que en no tan lejanas playas dio a un desembarco multitudinario y eso es decir poco, pero sé que por Uta Beach y otras arenas dejaron sus botas puestas muchos soldados anónimos, en una época en la que la guerra, al menos esta guerra, ni más ni menos espantosa que el resto, dejó tantos cadáveres como olas. Y por eso, odio profundamente las guerras y dejo los cadáveres para el devenir natural de nuestro fallecimiento, y no para el libre albedrío de unos pocos para quienes la vida es un instrumento de juego de mesa, aunque tampoco niego que en aquellos tiempos fuera quizás la última forma de detener un holocausto. Silencio que ojalá sirviera para aprender de errores del pasado, para aparcar intereses privativos de unos y excluyentes de los demás, ahora que algunos países son un descalabro, en gran parte por la ignominia de unos pocos que se quedan con todo a costa de unos muchos que tampoco hace mucho por revertir la situación, tal vez por miedo, por cansancio, por descrédito o porque la bomba de relojería estallará después, pero sé que mientras el barco zozobra y la proa se va a pique, si siquiera los que en teoría están destinados a llevar la responsabilidad del rumbo hacen lo que debieran.

Mi silencio asiste entonces a un espectáculo cirquense. A una nueva tipología de la estupidez humana. A una aberrante tolerancia. A una desvergüenza en la que tenemos culpa quienes roban a vista de todos y quienes contemplan con una resignada aceptación esa impunidad. Un círculo vicioso sobre el que si Emile Cioran levantara la cabeza les iba a dedicar un terrible aforismo y si Sthendal hiciera lo propio el desasogiego que sufriera iba a ser mayor. Es por eso que mi silencio también está un poco triste. Triste que no desconsolado. Es una tristeza fundada en aquello a lo que mis ojos asisten y en qué tampoco he de quedarme inmóvil mientras tenga manos o lapicero para algo. Tristeza como sinónimo de congoja. Y sigo pensando en ella. En la tristeza como un fenómeno natural que tiene muchas mas connotaciones que el pesar, el desasosiego o la oscuridad, porque mi tristeza no tienen nada que ver con el desamor, la fatiga, el desarraigo o la lejanía de las cumbres. No. Mi tristeza es como una especie de alegría difusa, de pertenencia, de bolsillo, de collar, de reflexión, de pensamiento, en donde mi idealismo se transforma en un optimismo con matices. Con matices en estrecha relación con las calles, con el mundo en que vivo, con las vacaciones de acción, con los imprevistos, con los besos en que he de clavar mi lengua, con el cuerpo en que he mover mis dientes, con los labios en los que meteré mi luz, con la zozobra del destino, con las teorías de la relatividad marina, con los cabos sueltos y con la duración de la batería de los móviles.

Se puede decir que mi tristeza es como una canción que acompaña al silencio de hoy y que no termina porque la letra es una ola que se alarga hasta el infinito. Quién ha visto una tristeza alegre no lo sé, pero así es la mía. Y quién ha cosechando una alegría con alguna tristeza también lo desconozco, pero también es un poco la mía, pues puede que para muchos la felicidad no sea un absoluto lo mismo que para mí sucede de la misma manera, o puede que la felicidad para muchos no sea más que sinónimo de la potencia de su vehículo o de la largura y experiencia de su miembro viril con respecto al sexo opuesto o el número de inmuebles de los que es propietario o de la cualidad profesional que ostente, mientras que para mí la felicidad puede que tenga algo de lo mencionado pero también mucho de lo que no se nombra y pertenece a otros ámbitos mucho más alejados, íntimos y sagrados. Vivir como quiera, o como desee, pero sin permanecer ajeno a estas circunstancias que me duelen como si me clavaran un hierro candente, a estas alturas de la globalización, cuando una sola trinchera, casamata o visión del ceño de hierro en el acceso a un bunker me recuerda la imagen precisa de muertos, balas, guerras y reciente totalitarismos, como si el hombre todavía no hubiera aprendido de su propia crueldad y es el único animal que tropieza varias veces en la misma piedra y se reitera en los mismos látigos sostenidos en diferentes generaciones.

No es suficiente que mi silencio sea un silencio solitario e indefenso. Es necesario que el silencio se alíe con el viento, con la vibración que el aire sostiene en no sé dónde, pues viento o aire, tramontana o cierzo -el que aquí fuere-, las ráfagas contienen no solo la energía de su fenómeno, sino también la del lugar. Y es así como mi silencio llegan las irradiaciones de otros tiempos y momentos. Fuere el de las ametralladoras o el de las palabras de Maupassant, o el de los jardines de Christian Dior cuya villa aún se mantiene en pie en esta ciudad.

Silencio que nunca ha de ser grotesco, sino en todo respetuoso. Silencio preciso y extraordinario. Nunca ruta sino en ebullición constante. Silencio en el que los sonidos de la ciudad se circunscriben a los mismos recuerdos. Silencio por las calles. Por las ventanas. Por los muros de la vieja muralla pero no tan vieja comparadas con otras como las de las antiguas fortalezas normandas. El silencio de una librería de segunda mano en donde me he acostumbrado tardíamente -porque en breve me tendré que volver a los Andes- a rebuscar autores y referencias. De donde salgo después de media hora de búsqueda infructuosa y me detengo más adelante, unos pocos metros, ante la visión de un estudio, o lo que parece el taller y residencia de un pintor, ante dos sillas casi gemelas, y una siesta invisible que es como un abandono, y un silencio parecido al que yo estoy sintiendo, y describiendo, y precisando con desorden. Taller del que después, en el mismo sitio donde he parqueado el carro, con esa falta de concisión lingüística que da el vivir en diferentes, me dicen de quién es. Quién es el pintor, con nombre y apellidos. Con esa gentileza que el buen francés hace uso de ella cuando un extranjero se esfuerza en manifestar dos o tres palabras en una lengua que desconoce. Y así dejé apuntada la referencia en una tarjeta de visita que espero revisar y traducir en ella mi propia gestión del silencio.

CRÓNICAS DE JACQUES PREVERT

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De un poeta se empieza a hablar desde su muerte. Es lo que más me ha acreditado la experiencia y puede que yo también me harte de que el mundo no tenga nada más que descubrir que todo muere cuando todo muere conmigo. Puede que hace años me inquietaran todos estos presuntos milagros y el margen tan ancho que se da a la muerte, que parece que no es más que un lodo inmenso, un cielo donde arrasan los artículos sobre la paz del paraíso, las salvaciones in situ y el perdón de todos nuestros pecados. El caso es que no podía ver un cementerio y hace caso bien omiso de las desapariciones que se iban produciendo. Las más lejanas como si no me inquietaran y las más cercanas como si su hubieran subido al autobús de línea para hacer un viaje donde se iban a ausentar un tiempo más de lo normal. Ese era para mí el destino del hombre: una ausencia atrancada por ideas de lo más dispares acerca de la muerte.

Pero supongo que todo cambia. Tanto la visión de la muerte como el momento en que se empieza a hablar de los poetas. Porque recuerdo que cuando leía a Mario Benedetti en uno de sus viejos poemas se refería a la muerte de una forma más cercana en cada párrafo y, al final, la muerte que tanto nos acecha le llegó a él, cumplida la voluntad de irse detrás de la su mujer, con la que había pasado media vida y en los últimos momentos, se había derrumbado producto de la ausencia completa de memoria, la más cruel de las emboscadas vitales. También se me fue la Negra y la incineraron y sus cenizas se esparcieron por todo el Paraná, aunque así no fuera pero porque me apetece decirlo así. Se fue la Mercedes Sosa y con ella toda mi nostalgia de no haberla visto nunca, para haberle cantado delante, no ya mi admiración, sino la aseveración profunda de todo lo que ella, su voz, sus ramas y sus violetas me han acompañado aquí y allá, en los acantilados más acorazados, en la selva de los propósitos más verdes, en los amores más macizos y evidentes, en la soledad más íntima, en los peores momentos que me ha tocado vivir como emigrante, en las cartas de papel que nunca he escrito y hasta en la baraja que siempre he repartido con mis padres para ver quién de los tres, los cuatro o los cinco nos llevábamos los chinos del juego.

Pero también se fue José Antonio Labordeta, un tantos de septiembre de hace casi dos años y ahí el temor también se marchó sin violencia alguna, pues el viento también le había visto, como yo, en algunas ocasiones. En un homenaje a Blas de Otero, unos años atrás, en que se plantó con su guitarra en el salón de actos de la Biblioteca de Bidebarrieta y le dejé el único poemario que me quedaba. Unos pocos versos con el ánimo del que espera una lectura y buena crítica. Siempre aparentemente huraño, como buen aragonés. Paciente con el gentío pero menos con los políticos. Férreo, severo, profundamente crítico y las verdades como son las decía, sin pelos en la comisura de los labios, cuando sé que en Quito esto solivianta los ánimos de cualquier sentado en una silla, porque parece que la actitud frontal es como un puño sobre la mesa, que ilumina demasiado la luna. El caso es que el poeta aragonés se fue y no dijo nada. Se fue como quien dice. Como si fuera una muerte anunciada porque solo era cuestión de tiempo. Del tiempo al que la muerte no nos aventura absolutamente nada. Ella es la que decide y nadie vuelve para decir cómo es aquello. Y así ha sido durante milenios y cuando el río suena agua lleva, pero si no suena es que no lleva agua, por mucho que le atribuyan la santidad de una corriente asombrada. El tampoco vino después y sé que la mitad de sus cenizas se fueron con Joaquín Costa, uno de sus más admiradores pensadores.

Poco después se marchó Enrique Morente, otro poeta pero de voz más que de pluma. Poeta del canto oscuro. De Granada. De las mismas colinas que Federico García Lorca. Como un relámpago. Como si su voz, cuando unas semanas antes había hecho temblar las murallas de Buitrago de Lozoya, en la provincia de Madrid, no hubiera terminado de partir. Pero así fue. Partió como el colmillo de un elefante. Hacia el marfil de la muerte. Hacia el cuchillo de los ataudes. Hacia el silencio. Hacia la otra parte del mar que nadie se atreve a pensar en él más allá de lo que le está permitido al buen pensamiento.

Y por supuesto, también le tocó el turno a Saramago. Y a Tabucchi. Y a cientos de gotas de lluvia. A los más lejanos. A los que antes tuvieron vida. Y a cada uno se le van los suyos, como si los demás fueran también un poco de esa parte que les abandona. Así se fue también mi abuela. La primera mención en este calendario de ausencias marchitas porque es la primera a la que asistí con todas las de la ley, que no con todas las olas. Se fue pero mucho antes que los anteriores, en esa peligrosa línea en la que nace la muerte cuando ella sobresale y el muerto al hoyo y el vivo al bollo, pues para los refraneros todo es irrefutable.
Pero ahora, para mí, la muerte no es más que un trayecto. Un itinerario previsto. Un margen de confianza que te da la vida. Y eso es todo. No sé qué tantos santos estén esperando a que llegue. No sé qué olas me encuentre. No sé si serán los troncos quemados del alto Empordá o si habrá recortes sociales. Si tendré la misma taza o el mismo rollo de papel higiénico. Lo ignoro completamente y es más, ni siquiera una de mis bisabuelas me ha escrito. Una que según afirman en el ámbito doméstico, nos iba a mandar una postal en caso de que algo hubiera, de su puño y letra, y con el matasellos de San Mamés en medio, pues es quien se encarga de las puertas por allá arriba, un poco más arriba de las faldas del Gorbea y tanto más al occidente que el cráter del Imbabura. Pero mi bisabuela no escribió y todos nos quedamos con las ganas. Será que la carta se extravió o algún usurero de la censura se la quedó emulando sin duda alguna sus responsabilidades de cuando estaba aquí abajo, en alguna dictadura que llevaba al lado del pecho. No escribió y así quedó, como una despedida de la que nadie se olvida por dictamen de medidas.

Y si la muerte es un trayecto permitido, también el sudor lo es. El sudor que resbala por la frente cuando uno piensa en ello o se tropieza con cualquier cementerio de naturaleza decimonónica y bien cuidada. Así son muchos cementerios franceses. Porque el primero que contemplé y sentí fue aquel donde descansan los restos de Antonio Machado en Collioure, al otro lado de la frontera de Portbou, justo donde ahora todo se está quemando y aún se baja monte abajo y pide auxilio al mar porque les amenaza la lengua del fuego. Un cementerio silencioso. Como todos. Pero más silencioso aún. Soleado. Con un peso para nada opaco y opresivo. Y por aquí, en la vieja Normandía francesa, aún están rodeados de su iglesia románica, con epitafios de últimos del siglo XIX, con un fondo marítimo, y así es como encontré a Jacques Prevert, pues como dije de los poetas se empieza a hablar después de su muerte.

Jacques Prevert falleció un 11 de abril de 1977. Eso es lo único que dirán todas las biografías. Pero ahí se quedan. Y es más, pues siendo como es en Francia, y en toda la órbita cultural en lengua francesa, nada sobre él hay en lengua castellana, al menos en los últimos treinta años, salvo algunos tímidos reflejos. Y nada de sabe salvo su actividad literaria, cinematográfica y artística. Nada porque nos ha quedado su carácter rebelde, independiente, popular y poco amigo de cualquier complejo literario sectario. Así es como debe ser. Sencillo hasta la saciedad. Por eso, quienes lean o sientan acerca de él, pues les quedará la imagen que se da en toda bibliografía o conocimiento. Y qué puñetas. Qué carajos. Qué aburrido. Qué insuficiencia. Qué bostezo. Y hay que perderse en la vieja Normandía para poder averiguar algo más. Y alguien tiene que dedicarse a auscultar las olas de la Hague para que algo nos enseñen.

Me enseñaron que Jacques Prevert nació un 4 de febrero de 1900. Que después de la Primera Guerra Mundial se afilió a las locas ideas de André Bretón. Al propio surrealismo. A un grupo muy activo donde confluían Raymon Queneau y Marcel Duhamel. Que pronto se marchó con lo puesto, porque parece ser que no creía en las ideologías elitistas que son propias de la literatura. Que todos denostaron su valía literaria por esa misma cuestión y porque era un poeta popular y siempre andaba con su cigarro en la boca. Y así el he visto en un documental, sentado en una de las estancias de su sencilla casa en Omonville La Petite. De principios de los sesenta, un arqueo de cejas, el cigarro siempre prendido en el extremo derecho de su boca, exhalando humo mientras se refiere en un francés excelente pero ininteligible para mí que no lo conozco ni práctico pero algo entiendo. Sencillez. Nada de arrogancia. Practicidad. Buen amigo de Picasso, que le inculcó el gusto por andar practicando el arte del collage y así otras estancias están repletas de las contribuciones artísticas.

Las biografías siguen siendo escuetas y observo a simple vista que incluso el cigarrillo y su expresión están ausentes tanto como las muertes a las que me referí. Que trabajó intensamente con su hermano Pierre en el ámbito del teatro. Que escribió muchísimos guiones cinematográficos para el Marcel Carné. Que durante la Segunda Guerra Mundial parece que se desplazó al sur, huyendo del nazismo, con un amigo fotógrafo de origen judío. Que después de la contienda publicó su poemario “Paroles”, en pleno 1946, constituyendo un grandísimo éxito. Que en el mismo documental aparece el propio Yves Montad, con sus larguísimas orejas pero también con su excelente voz, refiriéndose al poeta cuyos trabajo musicalizó, al igual que otros importantes exponentes de la canción mo Joseph Kosma, que no sé por qué me llama la atención, justamente por la relevancia de su apellido, que me parece venido de las tierras de Rumanía.

Que sus poemas se enseñan en todas partes. En todos aquellos faros donde se asome la lengua francesa. En todos aquellos libros donde haya un renglón dedicado a la poesía francesa, que va mucho más allá de Mallarmé, Baudelaire y Rimbaud, porque poesía francesa hay y para rato. Que es querido por parecidas cuestiones a las de Machado: bondad y naturalismo. Y las biografías se siguen deteniendo. Omonville la Petite no existe en el mapa. Carece de espíritu para cualquier información. La carretera poblada de rosales en uno de sus márgenes tampoco. El aire que templa las altas temperaturas lo mismo. Los participios verdes no existen. Todo carece de relevancia. Por eso tuve que ir. Fui y me adelanté a cualquier presupuesto. No sé si hice lo que debía, pero debía hacerlo. Y referirme a él. A la segunda planta donde se conserva lo poco que parecía tener. El atelier. Una grandisima estancia que hace las veces de salón. Una mesa que más parece el departamento de cirugía de una ballena literaria, por la amplitud de sus dimensiones y plenitud de los objetos. Nada que ver, en absoluto, con la multiplicación de objetos de Pablo Neruda, ávido coleccionista pero también recordemos que con antecedentes de desempeño diplomático y facilidad de acceso a los mejores niveles de vida, sin restarle el mérito que le corresponde como vate chileno. Nada que ver, en fin, con mi estimado chileno al que tanto admiro por otra parte y con el que comparte, no obstante, esa similitud de referirse a las cosas con sencillez, por su nombre y por sus características naturales.

El caso es que la casa de Jacques Prevert huele a cotidianeidad. No hay mucho que ver la verdad sea dicha pero sí hay mucho que contar, sentir y examinar. Y darse cuenta. Y como decía, que al principio podría resultar decepcionante pero hay que darse cuenta de que tenemos que acostumbrarnos a como se nos presenta la realidad. Y quizás el poeta francés a que tanto aman Edith Piaf y cuantos alumnos de lengua y literatura francesa le otean quiso darnos con ello un buen ejemplo de su personalidad.

Lo mismo sucedió a la hora de preguntar por su lugar de enterramiento. Y por sus cuestiones de amor. Por su mujer. Porque las biografías también corren un tupido velo. Como si no las hubiera tenido. Porque en el documental sobresale la imagen de un Jacques anciano con una diminuta niña a la que frota la nariz como si fueran gemelos a los que solo les diferencia el surrealismo de la edad. Porque nos comentan que, efectivamente, su tumba está en el propio cementerio del pueblo y, para sorpresa de cada quien, además de ser la que primero destaca por la abundancia de vegetación, me recordó a la contundencia rocosa de un megalito, de esos que tantos abundan por la Bretaña, allá por Carnac. Y encima se dio la circunstancia de que descansan allí tres puntas de la misma estrella: esposa, hija y poeta. Así que aquí me hice un gran silencio. Y me olvidé de todo. Y me detuve y terminé de escribir porque cerré los ojos e imaginé su semblante, después de escribir este poema traducido de la lengua francesa procedente de Soleit de nuit, en la editorial Gallimard, y que se refiere precisamente a las hojas muertas

Cuánto me gustaría que te acordaras
de los felices días de cuando éramos amigos
En aquel tiempo la vida era más bella
y el sol más abrasador que ahora
Las hojas muertas se juntan a montones…
Los recuerdos y las añoranzas también
y el viento del norte se los llevaba
en la noche fría del olvido
No he olvidado la canción
que tú me cantabas
Es una canción que nos une
Tú me amabas
y yo te amaba
y vivíamos los dos juntos
tú que me amabas y yo que te amaba.
Pero la vida separa a los que se aman
muy despacio
sin hacer ruido
y el mar borra en la arena
los pasos de los amantes separados
Las hojas muertas se juntan a montones…
los recuerdos y las añoranzas también
Pero mi amor callado y fiel
siempre sonríe y da gracias a la vida.
Te amaba tanto eras tan bonita
Cómo quieres que te olvide.
En aquel tiempo la vida era más bella
y el sol más abrasador que ahora
Tú eras mi dulce amiga…
Pero no tengo que tener recuerdos tristes
Y la canción que cantabas
siempre siempre la oiré
Es una canción que nos une
Tú que amabas
y yo que te amaba.
y los dos juntos vivíamos
Tú que amabas
y yo que te amaba
Pero la vida separa a los que se aman
muy despacio
sin hacer ruido
y el mar borra en la arena
los pasos de los amantes separados.

El mismo mar que canta a unos pocos kilómetros. El mar de Granville. Las olas de Regneville Sur Mer. La colina de Donville. La leyenda de Gratot. La larga estela de la isla de Jersey. El cigarrillo del poeta. Lo que me resta por aprender de este autor del que no pienso desprenderme porque así lo decidí. De lo poco que me queda por elegir porque parece que el resto viene solo, andando, caminando, sobre el agua o sobre el viento y les doy la bienvenida, aunque lo más extraño del día de hoy es que la muerte no es una cuestión que viene y se va, es algo que permanece de forma diligente ahí mismo, delante del mismo bote de zumo de uva, haciéndome sombra como una hoja muerta aunque, de momento, estoy vivo y coleando. Así que salvemos a la sombra de su propio olvido y reclamemos algo de mar, algo de luz para un poeta francés del que se conoce mucho y no se conoce nada.

Aitor Arjol Bermejo
24 de julio de 2012
Omonville la Petite (Francia)