CRÓNICAS DE JACQUES PREVERT

image

De un poeta se empieza a hablar desde su muerte. Es lo que más me ha acreditado la experiencia y puede que yo también me harte de que el mundo no tenga nada más que descubrir que todo muere cuando todo muere conmigo. Puede que hace años me inquietaran todos estos presuntos milagros y el margen tan ancho que se da a la muerte, que parece que no es más que un lodo inmenso, un cielo donde arrasan los artículos sobre la paz del paraíso, las salvaciones in situ y el perdón de todos nuestros pecados. El caso es que no podía ver un cementerio y hace caso bien omiso de las desapariciones que se iban produciendo. Las más lejanas como si no me inquietaran y las más cercanas como si su hubieran subido al autobús de línea para hacer un viaje donde se iban a ausentar un tiempo más de lo normal. Ese era para mí el destino del hombre: una ausencia atrancada por ideas de lo más dispares acerca de la muerte.

Pero supongo que todo cambia. Tanto la visión de la muerte como el momento en que se empieza a hablar de los poetas. Porque recuerdo que cuando leía a Mario Benedetti en uno de sus viejos poemas se refería a la muerte de una forma más cercana en cada párrafo y, al final, la muerte que tanto nos acecha le llegó a él, cumplida la voluntad de irse detrás de la su mujer, con la que había pasado media vida y en los últimos momentos, se había derrumbado producto de la ausencia completa de memoria, la más cruel de las emboscadas vitales. También se me fue la Negra y la incineraron y sus cenizas se esparcieron por todo el Paraná, aunque así no fuera pero porque me apetece decirlo así. Se fue la Mercedes Sosa y con ella toda mi nostalgia de no haberla visto nunca, para haberle cantado delante, no ya mi admiración, sino la aseveración profunda de todo lo que ella, su voz, sus ramas y sus violetas me han acompañado aquí y allá, en los acantilados más acorazados, en la selva de los propósitos más verdes, en los amores más macizos y evidentes, en la soledad más íntima, en los peores momentos que me ha tocado vivir como emigrante, en las cartas de papel que nunca he escrito y hasta en la baraja que siempre he repartido con mis padres para ver quién de los tres, los cuatro o los cinco nos llevábamos los chinos del juego.

Pero también se fue José Antonio Labordeta, un tantos de septiembre de hace casi dos años y ahí el temor también se marchó sin violencia alguna, pues el viento también le había visto, como yo, en algunas ocasiones. En un homenaje a Blas de Otero, unos años atrás, en que se plantó con su guitarra en el salón de actos de la Biblioteca de Bidebarrieta y le dejé el único poemario que me quedaba. Unos pocos versos con el ánimo del que espera una lectura y buena crítica. Siempre aparentemente huraño, como buen aragonés. Paciente con el gentío pero menos con los políticos. Férreo, severo, profundamente crítico y las verdades como son las decía, sin pelos en la comisura de los labios, cuando sé que en Quito esto solivianta los ánimos de cualquier sentado en una silla, porque parece que la actitud frontal es como un puño sobre la mesa, que ilumina demasiado la luna. El caso es que el poeta aragonés se fue y no dijo nada. Se fue como quien dice. Como si fuera una muerte anunciada porque solo era cuestión de tiempo. Del tiempo al que la muerte no nos aventura absolutamente nada. Ella es la que decide y nadie vuelve para decir cómo es aquello. Y así ha sido durante milenios y cuando el río suena agua lleva, pero si no suena es que no lleva agua, por mucho que le atribuyan la santidad de una corriente asombrada. El tampoco vino después y sé que la mitad de sus cenizas se fueron con Joaquín Costa, uno de sus más admiradores pensadores.

Poco después se marchó Enrique Morente, otro poeta pero de voz más que de pluma. Poeta del canto oscuro. De Granada. De las mismas colinas que Federico García Lorca. Como un relámpago. Como si su voz, cuando unas semanas antes había hecho temblar las murallas de Buitrago de Lozoya, en la provincia de Madrid, no hubiera terminado de partir. Pero así fue. Partió como el colmillo de un elefante. Hacia el marfil de la muerte. Hacia el cuchillo de los ataudes. Hacia el silencio. Hacia la otra parte del mar que nadie se atreve a pensar en él más allá de lo que le está permitido al buen pensamiento.

Y por supuesto, también le tocó el turno a Saramago. Y a Tabucchi. Y a cientos de gotas de lluvia. A los más lejanos. A los que antes tuvieron vida. Y a cada uno se le van los suyos, como si los demás fueran también un poco de esa parte que les abandona. Así se fue también mi abuela. La primera mención en este calendario de ausencias marchitas porque es la primera a la que asistí con todas las de la ley, que no con todas las olas. Se fue pero mucho antes que los anteriores, en esa peligrosa línea en la que nace la muerte cuando ella sobresale y el muerto al hoyo y el vivo al bollo, pues para los refraneros todo es irrefutable.
Pero ahora, para mí, la muerte no es más que un trayecto. Un itinerario previsto. Un margen de confianza que te da la vida. Y eso es todo. No sé qué tantos santos estén esperando a que llegue. No sé qué olas me encuentre. No sé si serán los troncos quemados del alto Empordá o si habrá recortes sociales. Si tendré la misma taza o el mismo rollo de papel higiénico. Lo ignoro completamente y es más, ni siquiera una de mis bisabuelas me ha escrito. Una que según afirman en el ámbito doméstico, nos iba a mandar una postal en caso de que algo hubiera, de su puño y letra, y con el matasellos de San Mamés en medio, pues es quien se encarga de las puertas por allá arriba, un poco más arriba de las faldas del Gorbea y tanto más al occidente que el cráter del Imbabura. Pero mi bisabuela no escribió y todos nos quedamos con las ganas. Será que la carta se extravió o algún usurero de la censura se la quedó emulando sin duda alguna sus responsabilidades de cuando estaba aquí abajo, en alguna dictadura que llevaba al lado del pecho. No escribió y así quedó, como una despedida de la que nadie se olvida por dictamen de medidas.

Y si la muerte es un trayecto permitido, también el sudor lo es. El sudor que resbala por la frente cuando uno piensa en ello o se tropieza con cualquier cementerio de naturaleza decimonónica y bien cuidada. Así son muchos cementerios franceses. Porque el primero que contemplé y sentí fue aquel donde descansan los restos de Antonio Machado en Collioure, al otro lado de la frontera de Portbou, justo donde ahora todo se está quemando y aún se baja monte abajo y pide auxilio al mar porque les amenaza la lengua del fuego. Un cementerio silencioso. Como todos. Pero más silencioso aún. Soleado. Con un peso para nada opaco y opresivo. Y por aquí, en la vieja Normandía francesa, aún están rodeados de su iglesia románica, con epitafios de últimos del siglo XIX, con un fondo marítimo, y así es como encontré a Jacques Prevert, pues como dije de los poetas se empieza a hablar después de su muerte.

Jacques Prevert falleció un 11 de abril de 1977. Eso es lo único que dirán todas las biografías. Pero ahí se quedan. Y es más, pues siendo como es en Francia, y en toda la órbita cultural en lengua francesa, nada sobre él hay en lengua castellana, al menos en los últimos treinta años, salvo algunos tímidos reflejos. Y nada de sabe salvo su actividad literaria, cinematográfica y artística. Nada porque nos ha quedado su carácter rebelde, independiente, popular y poco amigo de cualquier complejo literario sectario. Así es como debe ser. Sencillo hasta la saciedad. Por eso, quienes lean o sientan acerca de él, pues les quedará la imagen que se da en toda bibliografía o conocimiento. Y qué puñetas. Qué carajos. Qué aburrido. Qué insuficiencia. Qué bostezo. Y hay que perderse en la vieja Normandía para poder averiguar algo más. Y alguien tiene que dedicarse a auscultar las olas de la Hague para que algo nos enseñen.

Me enseñaron que Jacques Prevert nació un 4 de febrero de 1900. Que después de la Primera Guerra Mundial se afilió a las locas ideas de André Bretón. Al propio surrealismo. A un grupo muy activo donde confluían Raymon Queneau y Marcel Duhamel. Que pronto se marchó con lo puesto, porque parece ser que no creía en las ideologías elitistas que son propias de la literatura. Que todos denostaron su valía literaria por esa misma cuestión y porque era un poeta popular y siempre andaba con su cigarro en la boca. Y así el he visto en un documental, sentado en una de las estancias de su sencilla casa en Omonville La Petite. De principios de los sesenta, un arqueo de cejas, el cigarro siempre prendido en el extremo derecho de su boca, exhalando humo mientras se refiere en un francés excelente pero ininteligible para mí que no lo conozco ni práctico pero algo entiendo. Sencillez. Nada de arrogancia. Practicidad. Buen amigo de Picasso, que le inculcó el gusto por andar practicando el arte del collage y así otras estancias están repletas de las contribuciones artísticas.

Las biografías siguen siendo escuetas y observo a simple vista que incluso el cigarrillo y su expresión están ausentes tanto como las muertes a las que me referí. Que trabajó intensamente con su hermano Pierre en el ámbito del teatro. Que escribió muchísimos guiones cinematográficos para el Marcel Carné. Que durante la Segunda Guerra Mundial parece que se desplazó al sur, huyendo del nazismo, con un amigo fotógrafo de origen judío. Que después de la contienda publicó su poemario “Paroles”, en pleno 1946, constituyendo un grandísimo éxito. Que en el mismo documental aparece el propio Yves Montad, con sus larguísimas orejas pero también con su excelente voz, refiriéndose al poeta cuyos trabajo musicalizó, al igual que otros importantes exponentes de la canción mo Joseph Kosma, que no sé por qué me llama la atención, justamente por la relevancia de su apellido, que me parece venido de las tierras de Rumanía.

Que sus poemas se enseñan en todas partes. En todos aquellos faros donde se asome la lengua francesa. En todos aquellos libros donde haya un renglón dedicado a la poesía francesa, que va mucho más allá de Mallarmé, Baudelaire y Rimbaud, porque poesía francesa hay y para rato. Que es querido por parecidas cuestiones a las de Machado: bondad y naturalismo. Y las biografías se siguen deteniendo. Omonville la Petite no existe en el mapa. Carece de espíritu para cualquier información. La carretera poblada de rosales en uno de sus márgenes tampoco. El aire que templa las altas temperaturas lo mismo. Los participios verdes no existen. Todo carece de relevancia. Por eso tuve que ir. Fui y me adelanté a cualquier presupuesto. No sé si hice lo que debía, pero debía hacerlo. Y referirme a él. A la segunda planta donde se conserva lo poco que parecía tener. El atelier. Una grandisima estancia que hace las veces de salón. Una mesa que más parece el departamento de cirugía de una ballena literaria, por la amplitud de sus dimensiones y plenitud de los objetos. Nada que ver, en absoluto, con la multiplicación de objetos de Pablo Neruda, ávido coleccionista pero también recordemos que con antecedentes de desempeño diplomático y facilidad de acceso a los mejores niveles de vida, sin restarle el mérito que le corresponde como vate chileno. Nada que ver, en fin, con mi estimado chileno al que tanto admiro por otra parte y con el que comparte, no obstante, esa similitud de referirse a las cosas con sencillez, por su nombre y por sus características naturales.

El caso es que la casa de Jacques Prevert huele a cotidianeidad. No hay mucho que ver la verdad sea dicha pero sí hay mucho que contar, sentir y examinar. Y darse cuenta. Y como decía, que al principio podría resultar decepcionante pero hay que darse cuenta de que tenemos que acostumbrarnos a como se nos presenta la realidad. Y quizás el poeta francés a que tanto aman Edith Piaf y cuantos alumnos de lengua y literatura francesa le otean quiso darnos con ello un buen ejemplo de su personalidad.

Lo mismo sucedió a la hora de preguntar por su lugar de enterramiento. Y por sus cuestiones de amor. Por su mujer. Porque las biografías también corren un tupido velo. Como si no las hubiera tenido. Porque en el documental sobresale la imagen de un Jacques anciano con una diminuta niña a la que frota la nariz como si fueran gemelos a los que solo les diferencia el surrealismo de la edad. Porque nos comentan que, efectivamente, su tumba está en el propio cementerio del pueblo y, para sorpresa de cada quien, además de ser la que primero destaca por la abundancia de vegetación, me recordó a la contundencia rocosa de un megalito, de esos que tantos abundan por la Bretaña, allá por Carnac. Y encima se dio la circunstancia de que descansan allí tres puntas de la misma estrella: esposa, hija y poeta. Así que aquí me hice un gran silencio. Y me olvidé de todo. Y me detuve y terminé de escribir porque cerré los ojos e imaginé su semblante, después de escribir este poema traducido de la lengua francesa procedente de Soleit de nuit, en la editorial Gallimard, y que se refiere precisamente a las hojas muertas

Cuánto me gustaría que te acordaras
de los felices días de cuando éramos amigos
En aquel tiempo la vida era más bella
y el sol más abrasador que ahora
Las hojas muertas se juntan a montones…
Los recuerdos y las añoranzas también
y el viento del norte se los llevaba
en la noche fría del olvido
No he olvidado la canción
que tú me cantabas
Es una canción que nos une
Tú me amabas
y yo te amaba
y vivíamos los dos juntos
tú que me amabas y yo que te amaba.
Pero la vida separa a los que se aman
muy despacio
sin hacer ruido
y el mar borra en la arena
los pasos de los amantes separados
Las hojas muertas se juntan a montones…
los recuerdos y las añoranzas también
Pero mi amor callado y fiel
siempre sonríe y da gracias a la vida.
Te amaba tanto eras tan bonita
Cómo quieres que te olvide.
En aquel tiempo la vida era más bella
y el sol más abrasador que ahora
Tú eras mi dulce amiga…
Pero no tengo que tener recuerdos tristes
Y la canción que cantabas
siempre siempre la oiré
Es una canción que nos une
Tú que amabas
y yo que te amaba.
y los dos juntos vivíamos
Tú que amabas
y yo que te amaba
Pero la vida separa a los que se aman
muy despacio
sin hacer ruido
y el mar borra en la arena
los pasos de los amantes separados.

El mismo mar que canta a unos pocos kilómetros. El mar de Granville. Las olas de Regneville Sur Mer. La colina de Donville. La leyenda de Gratot. La larga estela de la isla de Jersey. El cigarrillo del poeta. Lo que me resta por aprender de este autor del que no pienso desprenderme porque así lo decidí. De lo poco que me queda por elegir porque parece que el resto viene solo, andando, caminando, sobre el agua o sobre el viento y les doy la bienvenida, aunque lo más extraño del día de hoy es que la muerte no es una cuestión que viene y se va, es algo que permanece de forma diligente ahí mismo, delante del mismo bote de zumo de uva, haciéndome sombra como una hoja muerta aunque, de momento, estoy vivo y coleando. Así que salvemos a la sombra de su propio olvido y reclamemos algo de mar, algo de luz para un poeta francés del que se conoce mucho y no se conoce nada.

Aitor Arjol Bermejo
24 de julio de 2012
Omonville la Petite (Francia)

Anuncios

8 comentarios el “CRÓNICAS DE JACQUES PREVERT

  1. lenny dice:

    me gusta tu poema

    Me gusta

  2. Las hojas muertas son la letra de una cancion francesa que a mi me gustaba mucho, siempre me gustaron las canciones francesas y esa dulce y sensual.lengua.. No soy persona que se entregue a la idea del amor,mas bien aqui el amor es inexistente..aunque siempre digo que las personas importan aunque no siempre podamos amarlas como ellos esperan o no siempre nos amen como nosotros quisieramos. Y la muerte aqui no es nada,es simplemente el descanso o el sueño eterno al final de todo.por decirlo en forma algo poetica. No creo en la resurreccion y si llegara a existir me sorprenderia mucho asimismo si hubiera otra vida mas alla. Por eso cada dia es muy importante para mi. Ayer ya no existe y el futuro todavia no esta..Me gusta lo que uno siente en el momento mismo que lo siente…

    Me gusta

  3. german castillo dice:

    Tú me amabas
    y yo te amaba

    este cambio es del poema verdad?

    Tú que amabas
    y yo que te amaba

    Me gusta

  4. german castillo dice:

    Que maravilla descubrir a este poeta francés Jacques Prevert, y que acertada la captura de este poema de tu parte Aitor, acompañado de tu elocuente,interesante,fascinante manera de llenar nuestro mundo con tu manera de escribir…..un abrazo

    Me gusta

  5. Hermoso, pero un poquitin extenso. O tal vez el amor sea largo para describirlo o uno demasiado corto de vista para entenderlo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s