CRÓNICAS DEL SILENCIO

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Las siete de la tarde. Las campanas de San Nicolás son la referencia más cercana. Ausencia de relojes. Falta de manecillas. Orientación basada en el sonido. La campana se aleja a medida que el motor de un vehículo pesado se acerca y me traduce los decibelios a través de la ventana hasta el interior de la estancia. Las campanas no concluyen. Deviene un silencio pacífico. La armonía que tantos compositores de música desean hallar pero que en otros ámbitos artísticos se convierte más en un sentimiento que en una expresión musical. Silencio que me ha costado muchas veces de hallar. Por diferentes motivos, pero entre los principales aquellos atinentes a ladridos incómodos, la megafonía de la camioneta con sus cilindros de gas, la apretura del tránsito o la presencia incolora de otros usos horarios. Por eso, mi silencio, el de ahora, es como un bien sumamente preciado. Un silencio no absoluto. Un silencio prematuro. Un silencio en el que el canto de la cigarra no es una molestia sino una suma más dentro de la armonía de la belleza. La belleza del silencio. Pero aquí no hay cigarras, ni grillos ni otros transeúntes del verano de mi península. Estoy a orillas del mar, mucho más al norte que de costumbre, haciendo como hacía George Oppen, pero no tan a la adivinanza, pues a él le dio por errar sin rumbo por el interior de Europa y quedarse un buen tiempo con Ezra Pound, más yo no me he aficionado a ningún escritor o poeta más que en la lectura de sus obras y en la visión cercana de sus obras, tal vez por mantenerme al margen de muchos presupuestos o dejar bien claro que la identificación o asimilación de otras ideas va por otras batallas.

El silencio también transcurre por otras batallas. Este silencio es distinto y se inserta en mis pabellones con la ligereza de una hoja de roble. Un silencio no exento de polémica. Un silencio que no es insípido ni sale ileso del interior del mar, porque se trata de un silencio que en otras décadas se exilió hasta lo más profundo de las corrientes. Hubo épocas en que el silencio de Granville, al igual que el silencio de las proximidades, no fue más que una grieta, una ráfaga de muerte y trincheras, una oscura nube de espanto, un lienzo de sangre que ahora permanece quieto en la oscura penumbra del hormigón abandonado.

Silencio que en no tan lejanas playas dio a un desembarco multitudinario y eso es decir poco, pero sé que por Uta Beach y otras arenas dejaron sus botas puestas muchos soldados anónimos, en una época en la que la guerra, al menos esta guerra, ni más ni menos espantosa que el resto, dejó tantos cadáveres como olas. Y por eso, odio profundamente las guerras y dejo los cadáveres para el devenir natural de nuestro fallecimiento, y no para el libre albedrío de unos pocos para quienes la vida es un instrumento de juego de mesa, aunque tampoco niego que en aquellos tiempos fuera quizás la última forma de detener un holocausto. Silencio que ojalá sirviera para aprender de errores del pasado, para aparcar intereses privativos de unos y excluyentes de los demás, ahora que algunos países son un descalabro, en gran parte por la ignominia de unos pocos que se quedan con todo a costa de unos muchos que tampoco hace mucho por revertir la situación, tal vez por miedo, por cansancio, por descrédito o porque la bomba de relojería estallará después, pero sé que mientras el barco zozobra y la proa se va a pique, si siquiera los que en teoría están destinados a llevar la responsabilidad del rumbo hacen lo que debieran.

Mi silencio asiste entonces a un espectáculo cirquense. A una nueva tipología de la estupidez humana. A una aberrante tolerancia. A una desvergüenza en la que tenemos culpa quienes roban a vista de todos y quienes contemplan con una resignada aceptación esa impunidad. Un círculo vicioso sobre el que si Emile Cioran levantara la cabeza les iba a dedicar un terrible aforismo y si Sthendal hiciera lo propio el desasogiego que sufriera iba a ser mayor. Es por eso que mi silencio también está un poco triste. Triste que no desconsolado. Es una tristeza fundada en aquello a lo que mis ojos asisten y en qué tampoco he de quedarme inmóvil mientras tenga manos o lapicero para algo. Tristeza como sinónimo de congoja. Y sigo pensando en ella. En la tristeza como un fenómeno natural que tiene muchas mas connotaciones que el pesar, el desasosiego o la oscuridad, porque mi tristeza no tienen nada que ver con el desamor, la fatiga, el desarraigo o la lejanía de las cumbres. No. Mi tristeza es como una especie de alegría difusa, de pertenencia, de bolsillo, de collar, de reflexión, de pensamiento, en donde mi idealismo se transforma en un optimismo con matices. Con matices en estrecha relación con las calles, con el mundo en que vivo, con las vacaciones de acción, con los imprevistos, con los besos en que he de clavar mi lengua, con el cuerpo en que he mover mis dientes, con los labios en los que meteré mi luz, con la zozobra del destino, con las teorías de la relatividad marina, con los cabos sueltos y con la duración de la batería de los móviles.

Se puede decir que mi tristeza es como una canción que acompaña al silencio de hoy y que no termina porque la letra es una ola que se alarga hasta el infinito. Quién ha visto una tristeza alegre no lo sé, pero así es la mía. Y quién ha cosechando una alegría con alguna tristeza también lo desconozco, pero también es un poco la mía, pues puede que para muchos la felicidad no sea un absoluto lo mismo que para mí sucede de la misma manera, o puede que la felicidad para muchos no sea más que sinónimo de la potencia de su vehículo o de la largura y experiencia de su miembro viril con respecto al sexo opuesto o el número de inmuebles de los que es propietario o de la cualidad profesional que ostente, mientras que para mí la felicidad puede que tenga algo de lo mencionado pero también mucho de lo que no se nombra y pertenece a otros ámbitos mucho más alejados, íntimos y sagrados. Vivir como quiera, o como desee, pero sin permanecer ajeno a estas circunstancias que me duelen como si me clavaran un hierro candente, a estas alturas de la globalización, cuando una sola trinchera, casamata o visión del ceño de hierro en el acceso a un bunker me recuerda la imagen precisa de muertos, balas, guerras y reciente totalitarismos, como si el hombre todavía no hubiera aprendido de su propia crueldad y es el único animal que tropieza varias veces en la misma piedra y se reitera en los mismos látigos sostenidos en diferentes generaciones.

No es suficiente que mi silencio sea un silencio solitario e indefenso. Es necesario que el silencio se alíe con el viento, con la vibración que el aire sostiene en no sé dónde, pues viento o aire, tramontana o cierzo -el que aquí fuere-, las ráfagas contienen no solo la energía de su fenómeno, sino también la del lugar. Y es así como mi silencio llegan las irradiaciones de otros tiempos y momentos. Fuere el de las ametralladoras o el de las palabras de Maupassant, o el de los jardines de Christian Dior cuya villa aún se mantiene en pie en esta ciudad.

Silencio que nunca ha de ser grotesco, sino en todo respetuoso. Silencio preciso y extraordinario. Nunca ruta sino en ebullición constante. Silencio en el que los sonidos de la ciudad se circunscriben a los mismos recuerdos. Silencio por las calles. Por las ventanas. Por los muros de la vieja muralla pero no tan vieja comparadas con otras como las de las antiguas fortalezas normandas. El silencio de una librería de segunda mano en donde me he acostumbrado tardíamente -porque en breve me tendré que volver a los Andes- a rebuscar autores y referencias. De donde salgo después de media hora de búsqueda infructuosa y me detengo más adelante, unos pocos metros, ante la visión de un estudio, o lo que parece el taller y residencia de un pintor, ante dos sillas casi gemelas, y una siesta invisible que es como un abandono, y un silencio parecido al que yo estoy sintiendo, y describiendo, y precisando con desorden. Taller del que después, en el mismo sitio donde he parqueado el carro, con esa falta de concisión lingüística que da el vivir en diferentes, me dicen de quién es. Quién es el pintor, con nombre y apellidos. Con esa gentileza que el buen francés hace uso de ella cuando un extranjero se esfuerza en manifestar dos o tres palabras en una lengua que desconoce. Y así dejé apuntada la referencia en una tarjeta de visita que espero revisar y traducir en ella mi propia gestión del silencio.

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2 comentarios el “CRÓNICAS DEL SILENCIO

  1. A veces no se si realmente quieres que las personas te comenten o comentemos lo que escribes..a veces me imagino que sólo es una forma de ejercer tu libertad de expresión y sacar de tu alma infinitas cosas…que pueden transformarse en un libro escrito o no.. Las campañas de una iglesia..hace tanto tiempo que no escucho campanas de una iglesia porque está lejos de donde vivo y no se escuchan.. Lo único que se escucha desde mi casa es una sirena que indica el mediodía..o cuando hay un incendio..Me estimula leer tus crónicas aunque a veces no te deje comentarios..entiendo que estabas en París..El silencio del que hablas a mi me hace pensar en el interior de una iglesia cuando no hay gente..o el silencio de la noche cuando se supone que todo el mundo duerme…otras veces es el silencio después del estruendo de alguna fiesta en una casa cercana, silencio sumamente apreciado que nos permite finalmente conciliar el sueño..Creo que el alma necesita del silencio para poder encontrarse y conversar consigo misma…El silencio de la noche que te permite escuchar el sonido del mar a lo lejos, creo que ese si es silencio..Tu hablas de la guerra, de la horrible guerra a la que odias y el silencio de los cadáveres, imagino yo, que ya no pueden hablar no pueden reclamar sus derechos ni su libertad…yo recuerdo el silencio de un campo de concentración nazi en Polonia, donde ahora sólo crecía un pasto verde..y el silencio fue profundo entre todos los que estábamos allí..aunque yo diría que era un silencio de la paz de los que ya no están…cuando las almas se fueron y los cuerpos se transformaron en polvo…ese era el silencio.. Tú hablas del silencio de “una librería de segunda mano” y yo pienso en el silencio que hay en las bibliotecas grandes donde los libros están encerrados en subterráneos y sólo los traen cuando los solicitas y se respeta la lectura de los usuarios en completo silencio.. Y de pronto hablas de tu silencio triste y que la tristeza es como una mezcla de congoja y alegría a la vez lo que para mi la transforma en una tristeza extraña.y me hace regresar a la adolescencia en que la tristeza estaba presente como parte de la existencia misma. Hoy no siento tristeza pero a veces si siento amargura..sin embargo también soy optimista y busco de lo malo siempre lo menos malo….Entiendo o creo que has superado la tristeza..que tengas una buena noche querido Aitor Arjol..!

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  2. Me deja una soledad compartida tu texto. Un entendimiento que nunca antes sentí, una tristeza por mi hijo que siempre que le veo, tiene también que volver a cruzar el mar para alejarse…

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