SI LES PIERRES POUVAIENT PARLER (Crónicas del desembarco de Normandía)

El desembarco de Normandía se produjo un 6 de junio de 1944. Acontecimiento que cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial y el inicio del derrumbamiento del régimen nazi. Todos lo han estudiado en historia, revivido en películas más o menos patrióticas, recuperado a través de la lectura de obras o, simplemente sabido, por ser una cuestión esencial en la historia mundial contemporánea.

Esta crónica revela muchos de los paisajes que fueron testigos improbables del desembarco por parte de las tropas aliadas en un arco que va desde Cherbourg hasta Le Havre. Crónica que al final sobrepasó sus propios límites para ser una buena candidata a reportaje, por los contenidos de que dispone y la cualidad de lo reflejado.

CRÓNICAS DEL DESEMBARCO

La guerra. Esa palabra maldita. Esa cuestión incompatible con la vida humana. Un término donde el hombre se consume a sí mismo, o un solo ser humano, con nombre y apellidos, con una megalomanía de caballo, es capaz de elucubrar y poner en práctica  otra palabra que me gusta menos: exterminio.

Guerras las ha habido. Las hay. Las habrá. Casi siempre motivadas por intereses políticos. Casi nunca por cuestiones meramente territoriales o por la recuperación de una libertad maltratada y, aún en el caso de que así sea y parece que está dotada de cierta legimitidad, por desbancar del poder a un tirano o por tirarle de las orejas a un maldito genocida, siempre habrá unos grupos interesados en meterle, como sardinas en una lata, unos cuantos intereses políticos, económicos y estratégicos de por medio. Eso lo sabemos todos. Hasta el más idiota, aunque bien que nos llegamos a creer aquel argumento tan sobrio como las armas de destrucción masiva.

Guerras las hubo. De esas que nadie desea y en las que se levanta la turba contra un poder democrático o legítimo. Eso también lo sabemos todos, aunque los discursos, después de setenta y cinco años, parece que todavía sigan vigentes, sin allanar las diferentes, unos en justificar lo que también sabemos  -una horrorosa represión, un exilio inimaginable o una cárcel con gruesos barrotes para los presos políticos, o un gatillo fácil y de madrugada- y otros en tratar de restarle importancia a cuestiones tan evidentes como el proceso de recuperación de la memoria histórica. Pero en fin, la guerra tan distinta para vencedores y vencidos, como para legítimos y sublevados. Distinta, diferente e incomparable, aunque la casi peor parte de todo se la lleven, vino en bota, cuando coinciden las categorías de vencidos, legítimos, exiliados, presos y metidos en una fosa.

La casi peor parte porque la peor de todas se la llevan los muertos. Los muertos de toda clase, sin categoría ni distinción, pero que, mayormente, coinciden con civiles, soldados rasos que no sobrepasan la veintena, desaparecidos, anónimos sin identificación, olas, ollas, cascos agujereados, zapatos vueltos del revés, tapias de cementerios como si fueran coladores para cernir la leche, cunetas con ligeras elevaciones y tierra húmeda a pie de terreno, viejos tubulares de cañón, cascotes, esquirlas de cemento u hormigón, algún hueso blanco y a medio enterrar entre la hierba, cementerios con cruces blancas interminables, arena que nada sabe de lo que sucedió tiempo atrás, acantilados frágiles, recuerdos de estas y otras guerras, testimonios tan antiguos como la hiedra que trepa por la pared de aquella mainson, cébadas que ignoran los cañonazos y se prender de su propia mecha dorada, los antiguos cráteres de las bombas, el silencio masivo o en fin, cualquier mirada invisible que el viento me traiga, a salvo de la torpeza de los turistas que invaden estos espacios sin preocuparse nada más que por la anécdota y no por lo terrible.

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Guerra. Palabra mascullada como el peor de los tabacos. De la que me acuerdo por algunas alusiones que no son las mías ni tampoco las de mis mayores, porque ya no están, porque ya se fueron y porque prefirieron guardar algo de silencio para -decían ellos- evitarnos complicaciones si en un futuro volvía a repetirse la misma pendejada o, más simplemente, para olvidar, porque recordar era tanto o más doloroso que olvidar, y olvidar les permitía hacer más llevadera la vida posterior, aunque olvidar -y es la cuarta vez que lo repito con insistencia- no fuera lo más recomendable para evitar recaer en los mismos errores. Y eso sucedió en nuestra península a finales de los treinta. Y casi diez años después se avino en masa, en una dimensión mayor, en la irrupción perversa del régimen nazi. Y ahí estallaron todos los recuerdos. Todos los recuerdos sobre los que mis pies caminaban. Tierra de muertos. Tierra de bombardeos. Tierra de desembarco y liberación. Liberación con la boca bien pequeña, porque nada se libera en la violencia, pero aquella vez sí que debió liberarse lo que así debía terminar, la abominable máquina de matar que se había instalado en la vieja Europa.

Sé que los lugares, si no destacan por los fantasmas y su superchería, sí lo hacen por su energía. Las rocas de granito rosa de Ploumanach, en su soberbia belleza, transmitían una paz y nobleza intensas, pero en el cementerio alemán de Orglandes el silencio era ensordecedor con las más de diez mil tumbas de soldados alemanes que cayeron como gotas de lluvia, durante aquellos combates. Orglandes es una pequeña localidad situada
en tierras del interior de Normandía y relativamente cercanas a las playas del desembarco de los aliados, el 6 de junio de 1944, y como a otras de aquellos territorios, le precede la presencia de un cementerio militar donde las cruces son las únicas menciones sobre la hierba. Y si más de diez mil tumbas no pone la piel de gallina, supongo que se le puede añadir la suma de las casi diez mil almas norteamericanas del cementerio de Colleville-Sur-Mer, que domina la playa de Omaha, una de las presentes en el desembarco. Y así seguiría mencionando como en una libreta de matemáticas: las casi cuatro mil quinientas tumbas del cementerio americano de Saint-James; el cementerio canadiense de Cintheaux; los cementerios británicos de Bayeux, Banneville-Sannerville, Hottot-Les-Bagues, Ranville o Saint-Manvieu-Norrey; el interminable cementerio alemán de La Cambe, con más de veinte mil tumbas censadas; el cementerio polaco de Urville-Langannerie y el resto de los que se me pierden en la lista para no terminar de forma dramática esta relación.

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Mis primeros pasos por aquellas tierras se trasladaron al cementerio alemán de Orglandes. Poco antes de llegar a Valognes, para luego iniciar el periplo desde los acantilados de Gatteville y las marismas de Tatihou. Cruces que agrupaban a seis caídos, tres por cada lado de la misma. Muchos caídos sin identificar. Otros con su grado. Casi todos ellos con la edad. Significativo que la considerable cifra se refiriera a soldados que cayeron con apenas veinte años de edad. Descorazonador. Un silencio que da para la redacción de un reportaje que se extendiera más allá de la última marea. Algo que ameritaba mayor atención que el transcurso de un breve paseo, pero no quedaba otro remedio si se trataba de sentir en un solo día la mayor cantidad y cualidad posible de aquellos escenarios y así es como, al término de la tarde, ya no entrar a honrar la memoria de los soldados americanos que cayeron de bruces contra los acantilados de Point de Hoc o en las playas de Utah u Omaha Beach, en una colina de Colleville-Sur-Mer sobre la que se adivina toda la línea de costa de oeste a este, hasta los restos del puerto de Arromanches.

Después de todo esto, poco importa la dureza de las baterías de Azzeville o Crisberg, que todavía se conservan tal y como la guerra las parió y deshizo y, en algunos casos, se hayan recuperado para cobrarte una entrada de cinco euros y decir esto y lo otro ha pasado, pero no para un digno aprendiz de historia, sino para un turista de tomo y lomo del que esperan admiración, contribución económica y soberbia exclamación, que no es el caso de otros que estamos más interesados en el perfil emocional que hay detrás de todos estos restos. Así que, en vez de pagar y recurrir a las referencias de la guía turística, enfocada en aquellos lugares presuntamente rehabilitados y sujetos a un considerable desembolso económico, era paradójico como, por ejemplo, enfrente de las baterías de Crisbecq, dispuestas sobre una elevación en el terreno, con el punto de mira hacia el mar, acondicionaron la mayor parte de las instalaciones para que los visitantes abrevaran como ovejas. Y enfrente, a la vista de todas ellas, y sin apenas una recepción de balidos, otra batería intacta, sin ninguna mención, y con la correspondiente prohibición ¿de acceso?. El mismo bunker que el sujeto al pago de la entrada, pero sin el cuchicheo, sin las luces artificiosas, con la oscuridad intacta y las estancias marcadas por el silencio y en el que, para los interesados en cuestiones de arquitectura militar de la época o en el conocimiento de la arqueología, se podían adivinar todos aquellos elementos posibles.

Y la relación no concluye. En unos lugares se levantan memoriales para el reconocimiento de todas las tropas el desembarco. Que es necesario, pero no ya levantar museos de contenido liviano, ligero como un trapo, que en vez de divulgar y mantener vigente una memoria, la desvirtuan y convierten en catálogo y merchandising. Menos mal, que el que quiere silencio, y recordar el verdadero trasfondo, se va a Mont Canisy, al emplazamiento Hillman, a las baterías de Longues-Sur-Mer o, sobre todo, a La Pointe Du Hoc, uno de los escenarios más crudos y reveladores del desembarco de Normandía. Una fortificación situada en el borde de un acantilado y por los que un número considerable de Rangers del Segundo Batallón perdieron la vida al escalar por los resbaladizos muros con sus cuerdas. Eso dice la historia y también lo señala el pesado viento, con el terreno circundante sembrado de los embudos producidos por el bombardeo. 

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Así es una mínima porción de la guerra. La más salvable para el pensamiento. Una relación de hechos históricos tratados con más objetividad y ánimo de crónica, con la narración en primera persona, cuando no debiera ser así. No debería ser tratado como una narración cualquiera, como una novela para entretener, como una quimera o como una sota de espadas. Una guerra no es tanto un atributo de información como una cuestión más seria, pero por una vez aprendí a pensar, a guardar silencio y no exhibir emociones sin relación con el respeto que se debe.

Una guerra que empecé a entender desde la lectura de diferentes puntos de vista. Desde el polémico, duro y limpio de Gunther Grass en “Pelando la cebolla”, una casi autobiografía donde revela sus recuerdos como soldado alemán y a su vez prisionero de guerra de los aliados. Hasta el atroz y crudo de unos pocos judíos supervivientes de los campos de concentración, siendo el que más me puso los pelos como escarpias la trilogía de Primo Levi. No pudiera irme, sin más. Sin la traducción que me ofrecieron de un documento breve, puesto a disposición de los visitantes, “si les pierres pouvaient parler”. Si las piedras hablaran. La historia personal que hubo detrás de algunos caídos. Ein unbekannter soldat. If the stones could talk. Hasta la arena de Omaha Beach, más allá del cementerio americano de Coleville, que después de las seis de la tarde estaba cerrado a cal y canto, pero la breve carretera asfaltada continuada más allá de lo señalizado con fines turísticos, así que por ella discurría un serpenteante descenso por una de las excepciones a lo abrupto de los acantilados. Un acceso a los mismos que pudo ser el mismo de aquel desembarco. Hasta una alargada pero estrecha lengua de guijarros a pie de los acantilados. Lengua que llegaba hasta el puerto de Arromanches. Nadie a la vista. Nadie. Nada más que el fragor de las olas estrellándose contra el empedrado. Contra la misma superficie donde hubo tanta sangre como olas.

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2 comentarios el “SI LES PIERRES POUVAIENT PARLER (Crónicas del desembarco de Normandía)

  1. El famoso desembarco de Normandia o la gran batalla o el dia D. Yo era muy pequeña en esa fecha, tenia apenas 3 años y tu no habias nacido..!
    He visto ese famoso desembarco en peliculas donde miles y miles de soldados morian al desembarcar. Dicen que participaron en esa gran batalla 100.000 soldados del I ejercito estadoudinense; 58.000 del IV ejercito britanico y 17000 soldados del ejercito de Canada. Se sabia de antemano que la gran mayoria de ellos iba a morir en el desembarco, especialmente los primeros hombres murieron todos. Recordar todo eso en el tiempo se siente lejano pero no se ha borrado de mi mente esa idea. Es cierto, si las piedras hablaran cuantas cosas nos contarian, creo que el mar se tiño de rojo con los muertos..y seguramente muchos lloraron de dolor y de frio..otros avanzaron con valentia hasta tomar la playa..Creo que es impresionante hoy recorrer esos lugares donde se vivio la historia..seguramente deben haber muchos recordatorios..Algunos dicen que hay guerras justas y guerras injustas.. La guerra es la guerra, en toda guerra hay muertos, heridos y desaparecidos…La guerra que es la continuacion de la politica cuando se acaban los argumentos.. Si creo que ver 10.000 o 20.000 cruces que representan soldados muertos en el desembarco..impresionan. Sabemos que hay mas muertos y muchas otras consecuencias de las guerras mundiales que siempre nos van a impresionar..y m{as cuando sabemos con exactitud donde fueron las batallas o donde estaban los campos de concentracion por ejemplo donde hay otros restos de la guerra. Nunca olvidare los campos de concentracion nazi en Polonia. La fotografia que has puesto donde en medio del trigo o algo parecido semiescondidos estan los bunkers o refugios me hacen pensar en que son como tumbas de un cementerio..Me imagino que alli es muy silencioso.. Creo que tu cronica es excelente…logras conmover..

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