PHILLIP BEILLET LE BEHEREC: “El arte es como la belleza de una mujer

IMG_5637

Phillip Beillet le Beherec. Pintor francés al que también le golpeó Normandía con fuerza. Nacido en Fontainebleau en 1937. El tercero o cuarto de la larga lista de hermanos. Su padre era militar. Madre aficionada a la acuarela y que es de donde, principalmente, le devino su vocación artística. Nacido en Fontainebleau, una ciudad situada a poco más de cincuenta kilómetros de la capital francesa, que aloja uno de los castillos más bellos del país asimismo. Es decir, nacido en la reversa de los albores del nazismo y que apenas recuerda la ocupación alemana y la república de Vichy. En aquella ciudad transcurrió su primera infancia, hasta que a su padre le trasladaron a Poitiers.

Al término de la guerra y con los campos desolados, se trasladaron definitivamente a Versalles. Allí completó sus estudios de Bellas Artes y se puso al frente de un taller. Como él dice, más que ser profesor y enseñar, compartir. Ser preceptor, como añado yo. Allí se casó con la que es su actual mujer y con tres hijos en su larguísimo haber artístico, porque crear, educar y lanzar al mundo un hijo es un verdadero arte hoy en día. Desde entonces, maestro, ejecutor independiente e interpretador de la fuerte personalidad de la costa normanda.

Pintor de la cabeza a los pies. De trato sumamente personal y cercano a pesar de la distancia idiomática y cultural que nos separa. Lleva en Granville más de quince años, en el bajo de una vivienda cuyo uno de los extremos da a una de las dos calles del centro histórico de Granville, una en cada sentido permitido de la circulación y ambas, como las grietas de un particular grano de café, intramuros de la antigua ciudad. El otro de los extremos es una colorida ventana frente al mar, frente al eterno mar que protagoniza la mayor parte de sus cuadros y visión del mundo, de ese mundo marino, en invierno atenazado por los temporales, con la abundancia grisácea del tiempo asociado a la humedad y el recuerdo de lo que otrora, en las playas de más al norte, protagonizaron durante la cruel contienda de la Segunda Guerra Mundial, sobre la cual extiende una somera melancolía, una percepción severa, un imaginario que hace que muchos de sus cuadros queden impregnados de simbologías geométricas junto al mar. Le dije pues, que me recordaba a la difusa soledad de la pintura de William Turner, a aquella locomotora de uno de sus cuadros que se deshacía en la bruma, pero Philippe es igual de animoso con Reonir y Cezanne, a los que considera también como sujetos de su observación y aprendizaje.
Su taller es un conglomerado de objetos, dispuestos en ese orden y paciencia que caracterizan al buen francés, lejos de la empalagosa colección de objetos a que acostumbran muchos profesionales del arte escrito o pictórico. Un caballete junto a la puerta. Brochas. Abundancia de oleos. Chismes por doquier, como diría mi abuelo. Una chimenea sobre cuyo pedestal destaca su familia, así como la boda de su padre, en uniforme. Sus hijos. Uno de los nietos. Unos sofás desvencijados pero sumamente cómodos para escucharle atentamente. Escucharle aunque no le entienda de viva voz, pero en su mirada advierto la sinceridad y cierta convalecencia pacífica con la vida. Buen fumador. Atento. Capacitado para extraer conversación sin que se le pregunte, aunque necesité a amiga e intérprete, para que sirviera de cauce entre los tres.

Atelier de Philippe Beiller le Beherec

Me quedé absorto en su línea vital. En su percepción del arte. En su consideración de que la pintura es como una mujer a la que se admira con respeto y sumo cuidado, sin perder de vista el pensamiento. También con su lejanía de las camarillas artísticas, de ese batiburrillo de grupos o movimientos en los que a muchos intelectuales les gusta recaer, resguardarse y competir por la visibilidad. A salvo de ese reconocimiento que el artista busca con ahínco, no siempre con demasiada fortuna y que, en muchos casos, le conduce a la decepción y frustración.

No conoció en carne y huesos a pintores ya establecidos, porque no creo que los necesite. Antes de instalarse en Granville, ya era conocido porque frecuentaba la costa, debido a la proximidad de la residencia de la familia de su mujer y porque prontó empezó a exponer aquí y allá, tanto personalmente como de forma colectiva con otros profesionales del sector.
Pero siempre con un punto de mira. Con la quietud como síntoma. Con la naturaleza del pintor que no cree en la bohemia sino en el trabajo profundo. Al que le caracteriza, como es mi sentimiento, no el impacto de un cuadro, la agresividad del color, sino la reflexión que otorga su pintura, que no es un asunto de crítica mercantilista, sino una cuestión de esencia. De esencia. Eso mismo.

Pintor que un día se pasó por el cementerio de Colleville-Sur-Mer donde descansan unos cuantos miles de soldados americanos caídos durante el desembarco de Normandía. Cuestión que le causó un grandísimo choque estructural en el corazón. Igual que me sucedió a mí. Un golpe fortuito contra el alma. Y desde ese día no pudo respirar tranquilo hasta que concluyó una serie de cincuenta y pocos lienzos en los que trasladó el resultado de ese impacto. Por eso nos entendimos. Porque nuestra naturaleza en torno a ciertos aspectos de la memoria es notoriamente similar. En el respeto. En la importancia de no dar la espalda a un pasado del que no hay que renunciar sino aprender.

Supongo que Phillip Beillet le Beherec no es un pintor que haya sido entrevistado por español alguno, y menos por un extranjero que se quedó a vivir durante un tiempo relativamente breve en una localidad costera de la Normandía francesa, pero un pequeño rayo de esperanza me iluminó el día que, saliendo de una librería de viejo, en la esquina opuesta surgieron las ventanas de su estudio, y la puerta abierta, un cigarro solitario sin apagar en un cenicero decimonónico, el caballete, los sofás, la lejana ventana opuesta que daba al mar y la buena prestanza de la estancia. Me dije que algo había que hacer para que este hecho y un buen pintor no pasaran desapercibidos. Y así ha sido. Cuento con el material para que la entrevista se escriba y represente algo más que una anodina columna de opinión, sobre todo para que el arte esté donde merece.