CRÓNICAS DE LA COSA BLANCA QUE CAGABA Y DEL NIÑO QUE VIO LA ESPERANZA EN ELLA

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De esto hace unos cuantos años. Tantos que era tan niño como lo es ahora Mario. Un jovenzuelo que apenas sobrepasa los siete años de edad, pero que se da cuenta de las cosas. De las cosas que para él no son más que cosas, porque su vocabulario es aún demasiado imaginativo. Para él, todo lo que no conoce por su verdadero nombre son cosas. Cosas por aquí. Cosas por allá. Lo mismo que para mí cuando tenía su misma edad. Veía cosas por todas partes. Cosas grandes. Cosas pequeñas. Cosas que caminaban. Cosas con una cadena al cuello. Cosas sobre dos o cuatro ruedas. Pero hay cosas que enseguida aprendimos a llamarlas por su verdadero rostro. Y eran algunas cosas blancas. Unas cosas con pétalos que después de repetirlas un par de veces, supimos que se llamaban rosas. Unas hermosas rosas blancas.

Lo mismo le sucedió a Mario, que me recuerda al Mochuelo, aquel niño que era el alter ego de Miguel Delibes por las tenadas de las afueras de Ávila o Salamanca. Un día paseaba por Barcelona y me preguntó:

-¿Y qué es esa cosa blanca que está cagando?

Efectivamente, el niño apuntó indebidamente hacia una mesa. Hacia una mesa blanca cubierta con un mantel blanco, sobre el que había un papel higiénico igual de blanco, con un retrete blanquísimo, sobre el que alguien enteramente blanco está haciendo sus necesidades después de haberse bajado unos pantalones blancos, plegados sobre unos mocasines tan albos como blancos, sobre los que un cinturón blancuzco hace las veces de culebra y sobre cuyas blancas manos, el hombre blanco con canas blancas lee un discreto libro blanco.

-¡Qué cosa tan blanca! -exclamó tan sorprendido que sus cejas parecían la curvatura de un arco.

Aquel señor que Mario denominaba cosa blanca estaba ahí sentado. Permanecía perplejo. En una actitud tan pacífica que verdaderamente parecía que estaba cagando. Sin cadena por arriba. Sin cadena por abajo. Sin bañera al lado. Sin ducha. Sin las cortinas de rigor. Sin ambientador. Y todo blanco. Inmaculadamente blanco. Con una corbata blanca. Con una camisa igual de blanca. Con una americana también blanca. Y además era el blanco de la mirada de Mario, que observaba perplejo la escena, a una distancia prudencial, no fuera que el acabara también igual de blanco, tan blanco que al pasar por la claridad del sol no fuera a convertirse en un fantasma invisible, como esos que aparecen en los cuentos que leen en clase y se fascinan tanto.

-¡Y esa cosa blanca está cagando! -atinó de nuevo y esta vez le señaló con los dedos de ambas manos, como si quisiera inmortalizar la escena de esa cosa blanca.

Ciertamente estaba cagando. Pero no lo parecía. Porque al cagar se hace más ruido. Pero el señor en cuestión cagaba discretamente y sin que nada, absolutamente nada, le distrajera de esa pacífica sensación blanca. También guardaba una escobilla blanca al lado, por si al cagar se demoraba y tuviera que limpiar el interior del inodoro. Y mientras cagaba, o parecía que cagaba, seguía enfrascado en su lectura. Y así le contaba a Mario, que esa cosa blanca está cagando pero también leyendo.

-¿Y qué es estar enfrascado? -me preguntó.
-Estar enfrascado es una metáfora. Es como decir que eres un licor muy antiguo y permaneces en el interior de un frasco o botella, reposando por los siglos de los siglos, como si el coñac que se bebe tu abuelo en un santiamén se quedase dos o tres meses sin ser abierto -le expliqué.
-¿Y un santiamén qué es? -volvió a preguntarme con la debida curiosidad.
-¿Qué crees tú que es?
-¡Pues a mí me parece una cosa! -me respondió alegremente.

Esta vez le dije que el santiamén no era una cosa. Qué era algo más importante. Una expresión. Sí. Pero no una expresión cualquiera. Un dicho popular que viene de la etimología. Y si no sabía lo que era la etimología, le conté que era una palabra que usaba mucho en las misas de los tiempos del abuelo. Que todos los domingos iban a escuchar el sermón del párroco, y después a confesarse, y como rezaban rápidamente, para no demorarse más tiempo e irse a jugar a los bolos, en vez de decir “spiritus sancti amen” lo recortaban y dejaban en santiamén. Que es una forma de rapidez, de simultaneidad y de hacer algo al instante.

-Ahora lo entiendo, ¿pero crees que esa cosa también está cagando en un santiamén, o va despacio, como esa cosa mayor que está cruzando el paso de cebra?
-Pues no lo sé, Mario. Y esa cosa mayor no es una cosa mayor sino una señora de avanzada edad.

Y es que la anciana señora había aprovechado el receso de la circulación y cruzaba como podía. Alternando sus pasos entre el asfalto y las líneas del paso de cebra pintadas de un impoluto blanco, quién sabe si dejadas a primera hora de la mañana por el hombre de blanco que estaba tranquilamente cagando y leyendo sobre su blanca taza de váter. La anciana alcanzó la otra acera y con un pañuelo sorprendentemente blanco se restregó el sudor de la frente. Un sudor blanco y es de suponer que producto del esfuerzo de haber entablado semejante hazaña con el tránsito. Mario me sonrió discretamente y apretó un poco más la mano, tal vez asimilando que, en el día de hoy, muchas cosas estaban dejando de ser cosas para convertirse en algo más apropiado para el mundo diverso en que vivimos.
El señor blanco ahí seguía, mientras tanto, poco afecto a los sucesos y acontecimientos del entorno. Concentrado en su blanco libro. Sin haber pasado ni una sola página desde el momento en que nos detuvimos. Ni una sola mueca. Ni un solo desgarro. Un silencio blanco. Lo cual era interpretado por Mario como una señal inequívoca de pensamiento.

-Además de estar cagando, está pensando ¿pero qué pensará?
-No lo sé, Mario, pero podemos preguntarle en el momento en que se mueva.
-¡Ah, sí, pero si me acercó igual me vuelvo blanco y no me podrás ver más ni llevarme a casa de los abuelos!

Qué niño tan maduro y a la vez tan gentil con las creencias. Qué se iba a volver blanco si se acercaba. Que había señales. Que la señora había sacado un pañuelo blanco y si no que me fijara mejor en los alrededores. En la entrada del edificio de enfrente había carteles blancos. De los ocho niños que había visto, cinco de ellos iban en zapatillas blancas. El señor de mi izquierda llevaba un polo blanco. Las hojas de los diarios que se venden en la librería de atrás son blancas. La luz es blanca. Muchos taxis son blancos. En los parterres hay flores blancas. La piel es mamá es blanca, aunque no haya venido con nosotros, pero vive a tres manzanas y es posible que el señor blanco que está cagando tenga influencias blancas más allá de lo que nosotros pensamos.

Sin embargo, vencí su reticencia y le apalanqué la mano como pude. Prácticamente le llevé a leves tirones hasta que nos acercamos hasta el tipo que estaba cagando. Hasta los pelos de las piernas eran blancos. Y el retrete estaba limpísimo. Le dije a Mario que tan limpio como la patena. Y claro, al escuchar esa palabra otra vez con el mismo cuento.

-¿Qué es la patena?
-Oh, es cierto. La patena es como un plato de oro o plata donde antaño ponían las ostias consagradas en la misa.
-¿Es decir, que con la patena los curas te daban en la cabeza unas cuantas ostias?
-Claro que no, Mario, las ostias de allá son otra cosa bien diferente.

Le conté, con mucho desacierto, que no eran los mamporros que los protagonistas de la película se daban, ni tampoco lo que acostumbran a decir los vascos cada tres palabras, sino algo mucho más sagrado para los que iban allí, sobre todo en los tiempos del abuelo cuando se templaba el frasco de coñac en el santiamén al que me había referido hace un rato. Y si hablaba mucho del abuelo, es porque durante muchas tardes, Mario se quedaba con él, porque tanto su mamá como yo trabajamos mucho, demasiado y en silencio, por tan poco que apenas nos queda tiempo para ocuparnos del niño y que hay que dar las gracias al abuelo que está jubilado y siente como si fuera una paternidad renovada el hecho de pasear al nieto por las Ramblas y contarle todo lo habido y por haber, sobre todo porque el abuelo también hace uso de las cosas y se refiere a ellas por cosas para simplificar.

Y nos quedamos a pie de la mesa blanca. A un par de palmos del señor de blanco sobre el que yo también me hacía el cojudo porque sabía que era un mimo que estaba ejerciendo su arte de la ocultación artística, pero no quería que el niño perdiese la concepción del sueño, aunque tal vez fui yo el que perdió el sueño y Mario quien lo ganó definitivamente, porque el crío se acercó más que yo, una vez vencido el miedo y viendo que su piel no cambiaba de color y que su chaqueta seguía siendo de un rojo chistoso. Mario le agarró levemente de la pernera de la chaqueta blanca que llevaba el señor blanco pero su blancura no se movió. En silencio. Con el silencio de hace un rato. Con una expresión blanca en sus labios pero en silencio.

-Tienes que echarle una moneda a los pies -le sugerí.
-¿Y por qué, papá?
-Pues porque si no, esa cosa blanca no se va a mover nunca ni tampoco te contará qué es lo que hace ahí.
-Así que es como las máquinas tragaperras.
-En efecto, pero como una máquina con corazón.

Mario se echó la mano a los bolsillos y sacó una moneda de un euro. Una moneda era suficiente. De las pocas que le quedaban a el y de las pocas que nosotros le habíamos dado, después que el gobierno nos hubiera quitado las pocas que ganamos con lo tanto que nos quitan después de tantas reformas, tijeretazos y desmadres. Y le conté que la depositara a los pies del hombre blanco para que después le contara algo blanco sobre lo que estaba haciendo.

-Papá, pero si le doy la moneda ¿crees que me contará algo blanco?
-Sí, ya verás, y luego se lo contamos al abuelo.

El niño le dejó la moneda y el señor tan blanco como seguía le guiñó el ojo. Durante unos instantes, es decir, en el santiamén sobre el que Mario había aprendido el significado, la cosa blanca no se inmutó. Después, en un alarde de educación dejó su libro apoyado en las rodillas y con la mano derecha se quitó el sombrero y le hizo ademán de un saludo ceremonioso y gentil al niño. Llevó el sombrero a la altura de su pecho y le dijo:

-Soy el señor blanco que está cagando. Coge lo que hay dentro.

Mario alcanzó una perplejidad inaudita. Casi le da un espasmo. Se quedó dubitativo, entre salir corriendo y quedarse allí ante la cosa blanca que hablaba. Pero yo le empujé cariñosamente y finalmente metió sus dedos en el interior del bombín blanco. Agarró un sobre, igual de blanco que el todo y una vez lo asió y guardó entre su pecho, el hombre volvió a recobrar el sombrero en su postura inicial y le sonrió:

-No es blanco todo lo que parece, niño. Solo la esperanza de un libro será capaz de convertir en blanco todo este negro mundo.

Esta vez Mario sonrió. Sonrió sin que yo supiera por qué. Pero sonrío y abrió el sobre. Lo abrió y encontró un billete contante y sonante. Es decir, un billete de altísimo valor económico para él. Cien euros. Y un papel blanco que decía: “haz una buena obra con esta blanca esperanza”. Mario no tardó en comprender y se lo devolvió al señor que cagaba, no ya a la cosa que hacía algo guarro en mitad de las Ramblas. El señor rompió por última vez su inmovilidad y le preguntó:

-¿Y por qué me lo devuelves?
-Usted que dijo que haga algo bueno con esta esperanza. Usted antes era una cosa para todos. Ahora usted es alguien que hace algo en lo que cree y ayuda a los que paseamos a ver algo más que una cosa blanca que está cagando. Usted ve la esperanza en un libro.

CRÓNICAS DE LA DIOSA ELLA

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Me acuerdo que una vez existieron los grandes dioses. Dioses a los que llama grandes y les ponen el adjetivo antes del sustantivo para dotarlos de una mayor fuerza. Todos saben, pues, que cuando se altera ese orden no se produce un caos gramatical, sino que el adjetivo es como el pétalo del sustantivo y le otorga un poder mucho mayor al significado. Es así como a los dioses griegos les llamaron antes grandes que dioses. Los grandes dioses, para referirse a que tenían forma humana porque los griegos veían en el ser humano la perfección misma, y qué mejor forma de representar a los dioses otorgándoles dicha anatomía, la mejor que existía en los antiguos tiempos para vestirlos.

La cuestión de la vestimenta de los antiguos dioses, sin embargo, no es una tontería. Antes de que aparecieran los humanos, los dioses eran y caminaban como les daba la gana pero, en su mayor parte, adoptaban la constitución de su entorno. Si uno vivía en un arroyo, sus cabellos eran como la larguísima corriente del agua y sus labios estaban hechos de los cantos rodados y erosionado por la fuerza de la corriente. Por el contrario, si otro no era tan amigo del agua sino que prefería vivir en las cumbres más altas, su pelo era tan canoso y resbaladizo como el hielo y en vez de piernas adoptaba un par de gruesas y emplumadas alas. O el caso del dios que se dedicaba a la música en cuerpo y alma, al que era frecuente verle sentado a la sombra de un viejo roble, en una silla construida de sus mismas ramas. Tal dios, en minúscula porque le gustaba pasar desapercibido, se aposentaba con la guitarra en el regazo, colgaba un viejo transistor de uno de los nudos del árbol y a continuación, se dejaba llevar por las innumerables melodías que transmitía Radio Olimpo. No transcurría más de un rato hasta que él mismo arrancaba las mismas notas de su instrumento. Ignoro lo que tardaría y durante cuánto tiempo estaría interpretando y gozando de las notas musicales, porque el tiempo de los dioses era distinto de los humanos, por lo que si un determinado bosque se caracterizaba por la musicalidad de sus ramas, bien podría pensarse que ese dios tan musical no había dejado de tocar en los últimos siglos, además de ser perfectamente invisible, vestido de elegante juglar de la espesura, y con una guitarra cuyas cuerdas estaban hechas de hojas otoñales. Es decir, que había una perfecta mimetización entre la apariencia de los dioses y el lugar donde habían decidido echar raíces y que, después que llegaran los humanos con sus elegantes y viciosas chaquetas, con sus ponchos y sombreros, con sus gabardinas y talegas para guardar el oro, con sus medias de encaje y sus percheros, hubo dioses que se quedaron tal cual, haciendo caso omiso a las consideraciones de la moda, y mandaron al carajo a algunos intrépidos sastres que pretendían tomarles medida, mientras que otros, quizás más presuntuosos y olvidadizos con la esencia, se dejaron probar de todo: togas, capas, albornoces, sandalias, babuchas, tangas, zapatos, calcetines, cinturones de hebilla, camisetas de manga corta, pulseras de diamante, blusas transparentes, vestidos de noche, ternos de boda, calentadores, chompas, guerreras, americanas, lentes de contacto, anteojos de cristal oscuro, botijos, vasos de cerámica, bolsos de mano, maletas de poliuterano, serigrafías con el número de teléfono del cielo, birretes, hábitos, conchas, alhajas, aretes, cepillos de dientes, guantes, gorras de beisbol, chalecos, pajaritas, polos, auriculares de diseño, medias, hilos dentales, calzoncillos de pata larga, abrigos de visón, zapatillas de deporte, agendas de cuero, cajas de aspirinas, mochilas, medallas, jerseys, armaduras de hierro, micrófonos, sintetizadores, resmas de papel, afiches, agujas, máquinas de coser, llaveros, teléfonos, saxofones, copas, vasos de vino, pintalabios, gemelos, casacas, pelucas, escopetas, frascos de perfume, pitos arbitrales, redes de pescador, atriles de político, títulos nobiliarios y académicos, taparrabos, cerbatanas, gotas de lluvia, modernos celulares, llantas de aleación, óleos de Caravaggio, espejos, divanes, rulos, cremas hidratantes, constituciones políticas, corrupciones, declaraciones de independencia, genocidios, zurrones, plazas de toros, basílicas, colchones, orinales, implantes de silicona, preservativos, acordeones, porteros automáticos, rancheras, obituarios, cruceros de lujo, panteones, cardiganes, relojes de cuco, macetas de geranios, ramos de violetas, raquetas, vibradores, latas de refresco, hipocresías, bolígrafos, plumas estilográficas, billetes de metro, salas de espera, sacos de harina, norias, dinteles, barras de bar y sombra de ojos.

Todo eso y más se probaron todos los dioses. Y con todos me refiero a todos. Unos con desgana. Otros para que los hombres no se ofendieran y siguieran adorándolos. Dioses masculinos y dioses femeninos. Ahí se juntaron todos. En fila india. O en el más absoluto desorden. Unos agradecidos por la deferencia. Otros atraídos por la novedad del consumismo y por los anuncios de la televisión divina donde se instaba a los dioses a dejar de una vez por todas su forzosa desnudez y falta de atribuciones mundanas. Allá fueron todos. Unos cojeando. Otros corriendo de lo lindo. Zeus debió dejar su rayo para bajar arropelladamente las escaleras del Olimpo. Dionisio de desquitó de su borrachera pero se vino en un carro tirado por bueyes con unas cuantas barricas de tinto. Heracles hizo una pausa en su larga lista de hazañas y se puso al servicio de los ayudantes de los sastres, que también eran algo eunucos y estaban maravillados por ponerle la cinta de medir a lo largo del musculoso pecho del héroe al que la esposa de su padre persiguió durante toda la vida producto de las iras. Osiris también se percató de lo que sucedía y se hizo un viaje bien largo para llegar a la presentación tan ufana y misteriosa acerca de la moda de los hombres. La entundada también hizo un alto en sus capturas nocturnas, salió de la selva y se personó en los alrededores, hasta que dio con la larguísima lista de aperos, útiles, cacharrerías, aptitudes y procederes traídos por los humanos. Un carbunco, sin duda alentado por la entundada, vino detrás de ella, porque los carbuncos poseen un olfato extraordinario, y ya sea un cíclope, una grosella o un centauro, huelen todo como si estuviera encima de sus narices. Todos ellos vinieron a probarse todo y no dejaron nada sin ponérselo encima, de lado, en los pies o entre las cejas. Ahí es cuando el mundo verdaderamente estalló. Hubo peleas. Forjeceos. Los titanes aún quisieron llevarse los cacharros de mayor talla, aunque para ellos se quedó la maldad, los bajos instintos, la megalomanía, las llamaradas y todos aquellos trastos que, a voluntad de Zeus, hubieron de quedarse en su propiedad, porque de todos era sabido que habían acabado derrotados y sometidos a la autoridad de los dioses, por lo que no había nada que discutir aunque lo que les dejaran fuera lo peor que habían traído los humanos. Así hubo un titán que se llamaba Sambenito y cargó con las herejías de la Iglesia y otro que para poder llevarse el pato tuvo que pagar unas cuantas monedas de oro al labriego que las traía. De ahí los dioses tomaron buena nota y devienen expresiones como llevar el sambenito o pagar el pato. Pobres titanes.

En cuanto a los dioses, después del tumulto, hubo quienes sí, quienes no, quienes un poco, quienes otro tanto, quienes casi todo y los mas sensatos, quienes mandaron al carajo a todos aquellos humanos que traían no se sabe cuántas modas, comportamientos y objetos poco duraderos, haciéndoles creer que lo humano era lo mejor que se había visto en muchísimos kilómetros a la redonda del Olimpo, de la laguna Estigia, de la barca de Caronte, del Santiago Bernabeu, de Itchimbía, de la plaza de Neptuno, de la Gran Vía y de las arenas de Ereaga. De lo que sí todos se llevaron es de las atribuciones humanas y de su aspecto fornido y elegante, porque todos los dioses querían ser mejores y esa competividad la llevaban dentro de su sangre. En su más inmensa mayoría, adoptaron el aspecto humano, mientras que los que llegaron tarde, como Pan que se quedó con su semblante de cabra o los gentiles que se resignaron a conservar su gigantesca estatura, tuvieron que hacer de tripas corazón y se quedaron sin nada o, en el peor de los casos, arramplaron con las sobras, con lo peor del espíritu humano, y en esas es cuando se sucedieron dos acontecimientos de naturaleza extrema.

Por un lado, el caso del dios que más presumía de intuir la naturaleza de los mejores aspectos incluidos entre tanta mercadería humana. Una divinidad ladina, dotada del arte del convencimiento, de la persuasión y del noble oficio de representar a sus votados. Un dios que, llevando a la práctica sus poderes, se hizo con una caja que era como la de Pandora, pero como él era masculino no se iba a volver a dar el caso de que abriéndola iban a salir disparados todos los males de la humanidad, así que se la llevó pensando que aquel recipiente con incrustaciones de oro le iban a hacer más noble, poderoso e influenciador en la opinión pública del Olimpo. Aquel dios se llevó la caja a sus dominios y al abrirla, no es que salieran todos los males, sino que dieron a luz los atributos de la clase política y el dios se convirtió en ladrón, pendenciero, hipócrita, chorizo, choro, evasor de impuestos, malversador de conciencias, artista de la impunidad, catedrático de la deslealtad, habitante de los bajos fondos, chulo de playa, traficante de sonrisas, falsificador de expedientes de regulación de empleo, rector de la academia de pícaros sin remordimientos y devorador de derechos y libertades.

Después de aquel caso, todos los dioses cogieron un miedo horrible y desconfiaron tanto de los seres humanos que no volvieron a tomar mercadería alguna. Se sabe que el lugar donde se había celebrado la feria de atributos quedó un tanto desordenada, con el césped aplastado y algunos arbustos abombados producto del forjeceo, pero nadie reparó en un objeto que había quedado depositado en el suelo. Una simple nota que decía “son mis ojos”. Una nota de papel arrugada y pisoteada, sobre la que habían escrito aceleradamente, como si el autor hubiera tenido más prisa en deshacerse de ella que en poner por escrito algo bello. El caso es “son mis ojos” fue arrastrada por el viento. Rodando como una cabeza. Girando como una rueda, hasta dar con los pies de la diosa más fea, la menos querida, la que más aislada vivía, la más apartada del mundanal Olimpo, la menos observada, la que tenía los pechos tan caídos que parecían más una liana áspera que unos turgentes pezones, aquella cuyos muslos eran como el arrugado tallo de una vez y cuyos labios desprendían una savia amarga. Aquella que se vestía de tal. Aquella que no quería haber sabido nada de las incontinencias de Apolo, de Eros, de Hefesto, de Hermes, de Vulcano o de cualesquiera sobrenombres griegos o romanos. Aquella que se vistió de lo peor que pudo para que la dejaran en paz. “Son mis ojos” llegó a sus pies de piedra pómez y aquella dirigió sus ojos a aquella nota que nadie había querido. Aquella leyó “son mis ojos” y algo extraordinario sucedió. Ni la nota ni la frase llevaban autoría alguna tras de sí. Que de un poeta se trataba no cabe la menor duda. De uno de esos seres humanos caracterizados por hacer algo que no es práctico y andarse casi siempre por las ramas, en vez de dedicarse a ver escaparates, a vestirse con el mejor de sus trajes y mostrar la billetera para autoproclamarse el mayor de los galanes. Aquella leyó “son mis ojos” y un poderoso rayo le cegó súbitamente.

Lo extraordinario que sucedió inmediatamente después es insólito. Aquella ya no era aquella. Se había transformado en el ser femenino más bello que había pisado el Olimpo. Se tocaba. Se palpaba. Se pellizcaba la nariz. Pero era cierto. Aquella no era la presunción de aquella. Aquella era ella misma, una vez desprendida de los ropajes que llevaría hasta aquel cegador instante. Era ella, en efecto. De pechos sólidos. De muslos potentes. De brazos ingentes. De caderas atropelladamente carnales. De una sensibilidad precisa. Era ella. Ella y sus ojos. Se miró a la transparencia del río, el mismo río que ofrecía el reflejo de las ramas de la ribera además del de la diosa. Se observó y sintió sus ojos. Sus ojos verdes. Sus ojos fuertemente atados a la belleza. Así es como surgió ella. Ella, la diosa del instinto. La diosa que cuando uno cierra los ojos para escribir o para amar, se la puede sentir, como navega dentro, como digiere fuera, como atraviesa el pan, como te clava las uñas en la carne, ella y sus ojos de húmedo terciopelo. Ella, la que decide a quién y cómo mostrarse. La que desapareció del Olimpo y se perdió en la oscura naturaleza de la pasión humana. Ella es la que acostumbra a mostrarse cuando yo escribo.

CRÓNICAS DE QUITO Y VALPARAÍSO

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Supongo que lo que nos sucede no es producto del azar, pero también es el azar el que dispone lo que sucede en nuestras vidas. Quién se cruza delante nuestro en el momento en el que el semáforo ostenta su glorioso peatón verde, entre tanta pátina de tráfico, entre tanta saña de bocinazos y caras de mala leche, entre la larga cola de vehículos que se extiende por toda la Mariana de Jesús, entre algunas altísimas torres de departamentos y oficinas por donde el aire es más altivo e inapropiado, entre la amarga contaminación que nos propinan los tubos de escape y el humo de los incendios. Todo a mi alrededor está pues amarillento, caustico y seco. La larga temporada del verano así como uno de los dos únicos periodos en que se divide el año, mientras que el azar alcanza la acera y prosigue su camino, por calles que llevan el nombre de prohombres y el apellido de los susodichos. Calles en las que el país parece que traslada un poco de su joven identidad, de esa identidad que parece que nació para unos pocos a partir de los resabios de la independencia o para unos pocos menos durante los destellos de la época colonial, esa que unos cuantos países se inventaron para prolongar su preponderante arrogancia, hoy transformada pero que a ratos parece sobrevenir nuevamente con algunas políticas de cooperación al desarrollo de dudosa contribución, o con el levantamiento de resentimientos inútiles y poco prácticos a ambos lados del océano. Es el azar el que también sueña con esa sinrazón, con acallarla y procurarse otros propósitos, mientras alcanza el colorido y atestado mercado de Iñaquito, donde el precio de casi todos los productos es casi el mismo que en supermercado y, en todo caso, el doble que en la Ofelia, más caro que en la calle Galavis en la Floresta, o un escándalo económico si me acuerdo de las calles de Sangolquí, donde cualquier anciana, sonriente y con el rostro marcado por sus poderosas arrugas, sonreía y conseguía captar no ya el azar, sino mi atención y me acercaba consultando los precios de diferentes ramilletes de berros u otras heroicas hierbas de los páramos. Y mi azar y mi sonrisa también le correspondían y terminaba con un manojo de zanahorias, o con un pintalabios de cebollas, o con un bello manto de frejoles en el interior de una saca cosida que hacía las veces de bolsa de la compra.

Pero si es más o menos el azar el que calla y la casualidad la que entrega la boca, ya no sé más de ello. No sé más porque el azar no me calle, sino porque la boca guarda silencio, pero no el corazón. El corazón no guarda silencio cuando deja el mercado de Iñaquito y prosigue su alargada veta mineral por la avenida Amazonas, hasta la confluencia con Naciones Unidas. Un desamparo de hormigón y sin palmeras. La mastodóntica figura del edificio del Registro Civil por un lado. Dos dependencias donde te metes y te sacuden mas de mil dólares por una lavadora. Y un vastísimo conglomerado de establecimientos de comercio, de restauración y comida rápida donde la ciudadanía se apiña porque parece que es el único lugar a donde se puede ir para poder estar en paz consigo mismo, con los demás, con el sol, con Dios, con la vecina del quinto, con los ceviches de la Rumiñahui, con el poemario completo de Euler Granda, con la mirada cinematográfica de Ulises Estrella, con una taberna que no existe, con la madrugada entre tus muslos, con el enigmático hematólogo que fundó el Banco de Sangre, con una espléndida asesora de políticas públicas en Educación que un buen día se sentó conmigo y juntos le sacamos la madre a este mundo ingrato que a veces es la lentitud de no hacer nada para mejorar un poco, con la alegría de un pan de yuca a punto de salir del horno, con una sartén que aquí se llama paila en la que arde una aparatosa tortilla, con la lejanía de mis padres, con el propósito del tres de espadas, con una lista de cosas pendientes por hacer, con un club de lectura a medio hacer, con el ruiseñor que canta en las lomas de los páramos castellanos, con la mismísima Linares que me ilumina el intelecto, con la joven Priscila que va y viene de la radio para colaborar en los deportes, con los pueblos abandonados, con el puñal de la ignorancia, con el queso del Cerrato, con las llamadas de ultramar que me mantienen conciso y tranquilo, con las alargadas costas de Normandía, con una guitarra que carece de varias cuerdas, con una abuela de Machachi que se perdió en el semblante de otra vida arañada por la inconformidad de quedarme de brazos cruzados, en las faldas de un volcán hambriento, con el extenso beso que me diste en el taxi camino de los últimos barrios del norte, con el acelerón del autobús a las ocho de la mañana, con las páginas del libro abierto por donde me da la gana, con el Ecovía que viaja atestado de gente apelotonada como en un pabellón militar, con un niño chico que va de la mano de su madre mientras se esfuman por la esquina de la Reina Victoria, con un carpintero que detalla el lugar donde irá colocada la bisagra de la puerta, con el albañil que parlotea con otro compañero mientras lava su camioneta después de haber concluido la jornada y el edificio espera su especulación, con la saeta de una navaja, con el silencio de una letra, con el compás de una redacción, con la rúbrica de un examen y con la molestosa alarma que la pena que no se la pongo de auricular en las orejas de su apretujado dueño.

Pero no es el único lugar a donde ir para que al azar nos acompañe con esta interminable enumeración de detalles, ocasiones y réditos, aunque sí parece que lo es. Parece que el azar no sabe otra cosa que los pasillos repletos de mujeres emperifolladas con sus mejores maquillajes, de vitrinas donde se muestran los más gloriosos lujos del siglo veintiuno, con alfombras sobre las que descansa un carro, vehículo o toro motorizado que puedes adquirir a plazos y pasearlo de extremo a extremo por la Avenida de la Prensa, por Ponciano Alto, por Carcelén, por el Inca, por Monteserrín y por las narices de todo envidioso, para que vean que todo vale, hasta un azar con ruedas. Es como si al azar solo le importara el triunfo de un escaparate al que llevarse lo mejor de los ojos y lo peor del bolsillo como es una billetera poblada de dólares con los que trocar la satisfacción de una necesidad obligada, en el sentido de que es una necesidad que te predican y que no nace de ti, la obligación de comprar porque así lo dice en el intelecto publicitario, o hasta la inercia de una ética que consiste en comprarse una caja de pastillas en las que se promete una erección que durara una semana entera o una clínica de cirugía estética a la que acuden pechos en desacuerdo con su tamaño o glúteos sin representación diplomática para adquirir una mayor dote o una embajada en el país de la belleza. No sé si sean cosas del azar o no. O del hombre mismo, en fin, que hace que un centro comercial, una valla publicitaria o un par de esbeltas piernas lo sean todo, absolutamente todo en el matiz de la tarde.

Pero prosigo mi camino, envuelto en mis consideraciones, en franco diálogo con el azar, por ese pavimento por el que un alfarero se asustaría de tanto lamento grisáceo y que alguna vez suele albergar siniestras esculturas o magníficos portarretratos de lo que fue Quito antaño, cuando Juan Montalvo decía que la capital ecuatoriana era una firme candidata de la cordillera para soñar despierta o cuando Jorge Carrera Andrade se ponía ambas manos en su corazón porque sentía que venía de la tierra de la chirimoya. El azar de la historia. El desafío de un poeta. El diálogo de unos versos. La desesperación de un pasado que parece que alguna vez fue mejor pero también el afianzamiento de un presente que es tal cual como nuestros ojos lo imaginan despacio. Y no sé dónde se han ido los árboles que amaba tanto ¿quién coño se los llevó? ¿quién dejo parterres deshonestos donde antes cabía la sombra en toda su extensión? Parece que algún mago, con una hacha por varita, o con un camión por mágico petate. Sé que la ciudad les prestó el escenario y allí donde hubo ramas ahora queda un relámpago confuso. El eterno Quicentro. El hermano gemelo del otro centro comercial, del mismo olor, de parecido tenor, con suculentas viandas, con patio de comidas, con recios muros, con holografías al mas puro estilo del exitoso visitante al que los pelos se le estiran porque allí le espera un Cartier que marca las horas.

El caso es que me detengo y, efectivamente, el azar lo hace conmigo. Me detengo y cierro los ojos y parezco un extraño. Un extraño que escucha una alegría de Miguel Poveda y el llanto de Federico García Lorca. Un extraño que al abrir los ojos no desea más centros comerciales, más incendios y más hamburguesas de medio pelo, sino que quiere, desea y ama recordar la cintura de otros lugares. Y me vienen a la cabeza algunas olas. Las olas de la costa chilena. El recuerdo intacto. Tan intacto que el recuerdo es el presente y el pasado es el patio de comidas del centro comercial. Las olas van y vienen. Vienen de Isla Negra. Van a Viña del mar. Se detienen en Punta Tralca. Pasan por la tumba de Vicente Huidobro. Se estacionan en las campanas de Pablo Neruda. Aceleran hacia Santiago de Chile y después, finalmente, descienden por la llanura y se posan sobre el puerto de Valparaiso y, es que el azar también es ansia. Ansia de recordar. Pero también la tranquilidad de saber que el recuerdo existe. Recuerdo una familia. La sonrisa de un padre que será mucho más padre que ahora y que los años le han cargado de la salitrera de la experiencia. Recuerdo los ascensores hidráulicos y la vieja plaza del Mercado, con sus murales y su insufrible olor a pescado que es el que todas las plazas portuarias tienen, su firme reguero de lonja y cajas de hielo por donde esos aventurados habitantes del mar concluyen su funesta vida. Recuerdo las hojas de mi diario. Recuerdo que al azar se transformó en vida. Recuerdo que el dedo marcó el horizonte y se quedó bajo el sol, como indicando la frecuencia con que los rayos escriben sobre el mar. Recuerdo que hablamos allí. Que nos referimos a las sombras de Santiago, a la capital que queda a poco más de una hora de allí. A que prefería Valparaiso a la cercana Viña del Mar, pero por un capricho de la conciencia más que por una comparación mal hecha. Y me quedé con el puerto. Me quedé con el inevitable sueño de poder contarlo años más tarde, así que cuando cerré los ojos y los volví a abrir en el baile de los Andes desapareció el puerto, amaneció el hormigón y un autobús articulado tramitó mi despertar de una forma fugaz y poco retórica, volando por delante de mi vista, ocultando el Estadio Olímpico, como una libélula con prisa.

Lo cierto es que, sea el azar o no quien me lleva, al abrir los ojos Quito irrumpe sin compasión alguna, sin lamentos, sin excusas, sin pretensiones, alocado en algunas calles y solitario en otras tantas, donde un domingo cualquiera, lejos de los aspavientos del centro histórico, parece que el único camino posible es el descrito. Pero no, porque esta vez, salí a recorrer los caminos sin moverme de la mismísima silla, imaginando que voy por otros lados, frunciendo el ceño, escupiendo a la oscuridad, quitándome el barro que la ciénaga del olvido incrustó en mis botas y abriendo un viejo diario por una página en la que escribí “hasta que vuelvas a la marea hambrienta donde siempre te he convidado.

CRÓNICAS DE LA LIBERTAD

Esta mañana amaneció como debía. Temprano. A la misma hora. Con la salvedad de las nubes inclinadas sobre las laderas del Pichincha. Con la certidumbre del sol. Con la inquietud de la madrugada. Con una palabra más y una palabra menos. Con una palabra que suma y con otra que resta. Y con las unas y con las otras caminé en silencio por la amplia avenida. Por los murales de la capital que se desordena hacia todos los puntos cardinales. Por un salón de fitness que a las seis y media de la madrugada ya tiene en pie a todas las palomas del barrio. Por esa larga sensación de independencia e incertidumbre por la que camina un extranjero que ya no lo es tanto. Con esa libertad obligada de no estar en el mismo sitio pero hallarse en otro que de costumbre se hace sentir como propio, pero también con la libertad escogida, la de ser como quiero y como siento, y de escribir como me da la gana, sin seguir mayor consejo que el determinado por la lectura o por la experiencia humana y, sobre todo, por el coraje de ser ingenuo porque así tiene que ser, así deba escuchar que unos difieren, otros critican, algunos más canturrean, otros tantos se cuelgan de los arrayanes y alguna más me observe detenidamente y yo le observa a ella, que dice que tiene el día un poco agrio pero que, evidentemente, tiene una sonrisa tan clara como esos profundos ojos negros que la describen tan temprano.

Escribir porque creo en la libertad de la palabra. En la propia naturaleza de la cultura. En la sobriedad del mismo hecho de narrar, describir o dialogar con uno mismo, con los personajes, con el guardia que barre la orilla de la acera, con el camión desplegado en el fondo del talud donde están empezando a cimentar un futuro apartamento, con los labios calientes de una mujer a la que deseo, con la burla del aguacero que anda en bicicleta, con la enorme antena parabólica sujeta a un tejado y que parece que bosteza, con la certeza de que a la vez que escribo se generan una serie de pormenores que escapan más allá del asfalto y de los pocos autobuses que van saliendo hacia todas partes, unos para Santa Clara, otros para Versalles, ese para Carapungo, aquel para Camal y el que me ocupa para el Ejido donde las copas de los viejos árboles son como viejos camastros de intenso verde oscuro, donde despertar es como hacer que tiemble el cielo.

Así escribo a la vez que camino. Escribo en el pensamiento y nadie me dice lo que debo pensar, sino más bien es el pensamiento el que me dice lo que pienso, y es la convicción quien pone las palabras en los pies, y los hechos en las manos, y el escenario de una obra de teatro en el corazón, y la cercanía de un alejamiento en el pecho, y la suave luz del regreso en los ojos, y los intervalos de una conversación en los labios, y tus ojos negros en mis ojos del mismo tenor. Camino y pienso. Pienso y camino. Pienso en voz alta. Camino en silencio. En silencio pienso. Pienso en ti. Pienso en unos cuantos. Pienso en otros tantos. En los escritores que me zumban en los oídos. En las obras que me parecen más cómicas o con mayor impacto. En la novela que me golpea las sienes. En la sospecha de que si estoy a favor de uno o del otro siempre habrán otros sujetos que lo contrarresten. En la melancolía de que la cultura sigue siendo un asunto de corpúsculos que se tiran piedras. En la pasión de que no pertenecer a ningún lado es como pertenecer a uno mismo. En la diligencia de que una línea, dos líneas, tres líneas, cuatro o cinco párrafos, un preámbulo o un prólogo no son como me dicen el diablo, la buena conciencia o el buen samaritano, sino como me dicta el semblante del alma, porque esto de escribir, esto de soñar, esto de practicar, esto de repetir pronombres, esto de no claudicar a los incendios, esto de no meterse en politiquerías, esto de no apabullarse con nada, esto de no quemarme en los bosques sino en los brazos de una espléndida y esbelta mujer, es mucho mejor que atenerse a los zancudos que andan en la penumbra con ánimo de dejarte en el antebrazo una carpa de circo bien montada.

La libertad es un bien preciado en la palabra. Libertad bien entendida no para decir lo que te salga directamente del paladar. Libertad para observar con detenimiento los sucesos de la realidad más cercana, tal y como la he previsto en mi intuición y no como la exigen quienes piensan que es un asunto de objetividad, pues la verdad, lo que se dice la verdad, la verdad solo existe en su propia definición y cada uno cuenta las cosas como así las percibe, y las lee como así las lee y las interpreta dependiendo del pie con el que se ha levantado antes que yo, al mismo tiempo o después si tenía sueño y no debía irse a trabajar. Así que si yo digo que el sol es amarillo, pues es amarillo y luce un collar de coral de río, y sus rayos me parecen tiernos, y su calor como una especie de caja acorazada donde no guardan sino lingotes de buena temperatura, aunque luego sé que unos cuántos vengan a decirme que el sol no hace nada, que el sol es un ladrón de oscuridad, que el sol es un cojudo y que la luna tiene un intelecto mucho más apropiado. Me importa francamente un carajo, porque tanto el sol, como otro sol del siguiente, o como la luna de la noche anterior, son parte del mismo espejo. Qué me debe importar si el sol es para unos de un tenor y para otros de otro matiz, pues más me importa que alguien esté triste porque a su regreso ya no tiene a uno de sus dos perros negros con nombre de héroe griego. Aunque no me debería importar pero me importa. Me importa porque vivo y porque escribo. Y por lo que me importa es así como la libertad discurre con mis andares, con mis presupuestos llenos de bolsillos cargados de la experiencia de dos continentes y con la grave inteligencia de la piedra, unas veces fría, otras diáfana y ahora, en la rotundidad nocturna, apartada de mis ojos porque permanezco en casa, pendiente de unos cuántos recuerdos, atusándome una barba que no poseo, rascándome la oreja despacio y sintiendo que la distancia es más relativa que un candil encendido.

Esta es la libertad. La libertad más precisa por la que camino. La libertad que es la ventana a través de la cual la mirada capta otras miradas. Otras miradas acerca de las que no tengo mayor conocimiento que mi observación y que mi sentimiento y que como tales han de poder equivocarse porque la observación no es más perfecta que un hoja barrida por el viento. La libertad de discernir pero también de errar. La libertad de desear y asimismo de llevar a la práctica el deseo al que atribuyo todos los males de mi felicidad y todos los bienes de esta energía que está a punto de reventar en mil pedazos no ya me digan que no se trata de que reventar sino que es más propio que se rompan en pedazos de la misma cantidad señalada, pero para mí es reventar y no otra cosa. Reventar desde dentro. Reventar en el aire. Irme contigo y aparecer después que algún sombrío nos señala con el dedo y nos dice que no debemos reventarnos el uno con el otro, porque eso de reventar es una parsimonia, una flojera, una falta de estímulo, un cordón sin nudo, una rama sin tronco, un parque sin fundamento y una rueda que no da vueltas. Así porque lo dice él, que no le gusta el verbo ese que revienta sino otro, y que soy más inocente que el Espíritu Santo y carezco de la más mínima noción de realidad. Pues voy y reviento. Y aquí está el producto del verbo que tanto odia. Un reventón de los de órdago. El reventón de la libertad. El reventón del amor. El reventón que camina, toma el autobús, se marcha a trabajar, regresa y se sienta a reventar ideas, a escribir y a recordar una tarde en que mi corazón revento con una más de tantas semillas, de uno de los minúsculos tallos de los que se nutre la belleza de otra cultura en la que no nací pero en la que desperté a mi manera. En la libertad más absoluta.

CRÓNICAS DE QUITO

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Una vez soñé que soñaba que seguía soñando y me desperté en cualquier parte del sueño. Abrí los ojos. Vi ante mi un camino. Un camino preciso. Solitario. Un camino que se abría ante los ojos de par en par, como ese abanico que la vieja de la fuente usa en las horas más cálidas del verano para protegerse del aire o del calor o del agostamiento de la sombra. El camino se abría de par en par quizás recordándome que la vida tiene un sesgo inmediato y similar. La vida se abre ante uno y se va cerrando detrás del mismo uno. Quien permanece en medio es el que, precisamente, toma muy buena nota de lo que está sucediendo ante y detrás de sus ojos. Por eso, aquella que soñé que soñaba que seguía soñando en medio del sueño, sé que me desperté y que no soñaba porque el camino ahí estaba.

Un camino ante el que el viento se detiene y permanece inmóvil y se pregunta dónde han quedado todos. Todos los que en otra parte caminan incesantemente. Todos los que en otro continente son capaces de agigantarse un domingo a mediodía. Un domingo en que, en el mercado de Iñaquito, a cada tendera, a cada caserita, a cada encargada, a cada representante de chorizo de Ambato, a cada cestero, a cada licorero, a cada alcalde de su propia mesa donde se huele el tostado o la fritada, a cada intelectual de su afamada cesta de huevos, a cada hijo de va de la mano de su padre o de su madre, a cada taxi que se detiene para recoger el carro de la compra con tantas bolsas como en una rifa de navidades, a cada semblante arrugado por el tiempo, a cada piel oscurecida por el matiz del sol, a cada cuadro que el negro Reinoso deja a la intemperie en el Ejido, a cada abucheo por tal o cual designación, a cada autobús que se para donde le levantas la mano o el pie, a cada uno de ellos le corresponde una parte de la ausencia con la que sueño, pues bien es sabido que por los caminos siempre han volado los sueños, y por los cielos los caminos siempre han estado robando nubes, por si acaso a los sueños les hacía falta algo de vuelo, así como por los rumores siempre han estado tomando prestado algún chisme por si a los sueños les era menester también un poco de revuelo.

El caso es que el camino que se abre ante mí parece que no tiene nada de particular. Es un camino amplio. Tal vez de carretas. De yuntas. De vehículos de delgadas llantas. De perseveraciones. De ayunos. De campesinos que se levantaban a las cinco de la mañana para llegar al pie de la amanecida a su parcela donde entrega el sudor y los hombros para que el campo no tuviera nada que decir acerca de lo que proveía. Y por qué en ese camino no resta nada y por qué el abandono es tan terrible en esas circunstancias y por qué donde ahora estoy hay tanta gente y tan diversa y tanto beneplácito y tanta paráfrasis no lo sé. No lo sé porque el camino se fue cuando yo me marché de él. Se fue de mí pero sé que se quedó allí donde está. En algún lejano villorrio de la provincia de Soria. Entre tapiales tan caídos como el pellejo de un nonagenario. Entre piedras que aún justifican su presencia ante mis ojos porque no les queda más remedio que vivir en medio de la ruina. Todo lo que allí no existe aquí se da de otra forma, pero me recuerda la angustiosa ambigüedad de la distancia. La distancia es al recuerdo lo que el camino es a la propia acción de carretear por los senderos.

Y sé que los caminos son los sueños de la tierra. Cuando la tierra sueña es que algún camino anda por ahí, haciéndose el “como que no sé de qué va la cosa”. Intentado pasar desapercibido, por detrás de la colina, ocultándose entre la maleza o bajo los preciados cereales aún sin cosechar. Supongo que, cosas del camino aparte, el hecho de guarecerse de la vista o de buscar el asombro del caminante es un asunto curioso, cuando no extremo. Curioso porque parece que los caminos, o este camino, no debiera irse muy lejos y quedarse ahí. Extremo porque su horizonte está al otro lado de mis ojos, enfrente de la impunidad de la distancia. Es como si de ser el camino una mujer hacia la que ejercito el mismo verbo, por una parte existe la curiosidad de saberse más cerca y por otra la de hallarse en el extremo opuesto de un proceso que se denomina seducción, por lo que, en este caso, hay que ser harto consciente de que siempre será un sueño que sueñas mientras no despiertas, porque cuando despiertes, una de dos, o era cierto y está tan desnuda como su madre la trajo al mundo y pendiente de tus manos, o bien se trata de una de esas falacias veraces ante las que la imaginación nos juega una mala pasada.

Pero hoy, al recordar, y al soñar, y al despertar, y al imaginar, y al encontrarme con el mediodía, al despertarme en medio de Quito, de la ciudad un tanto desordenada a ratos, pero siempre amplia y adocenada, al transitar por la Diez de Agosto y acercarme al Santa María, que no es una ermita sino un supermercado, me acordaba nostalgia mediante, de ese camino, de ese pueblo abandonado, de ese ejército de soledad, de esas zarzas por las que cualquiera aullaría so pena de convertirse en lobo. Me acordaba y veía a tantos transeúntes, viandantes, habitantes y ciudadanos, a tantos pastores urbanos, a una bellísima mulata que esperaba en la orilla de la acera para que un taxi la rescatase con sus bolsas de la compra, a otro anónimo que se prendía de la gorra para no asustarse del sol, a una familia tan amplia como el salón de una hacienda. Los veía a todos y también veía lo que vi la noche anterior. Lo que no se cuenta sino que se vive. El número de máscaras que cuelgan de la pared. Un ensayo o lo que parece serlo de Pessoa. La visión histórica de la fealdad por parte de Umberto Eco. La prosa terrenal de Jorge Ibargüengoitia que tuvo la desgracia de dejar sus letras en un accidente de aviación. Los páramos de una pared blanca. Una mesa naciente. Una lámpara que parece el día ese en que se mantiene un culto milenario a los muertos en el desierto de Sonora. Todo eso y más veía la noche anterior. La noche en que no sabía que no soñaba lo que estaba soñando sino que estaba bien despierto. Tan despierto como una rana en medio de la lluvia.

Lo cierto es que el camino volvió a abrirse y me siguió recordando, con mayor contundencia, la violenta paradoja que subyace en dos geografías, o en dos planos que se contraponen pero no llegan a oponerse. El plano de la ausencia y el plano de la afluencia masiva son un ejemplo. Un lado del espejo y la estancia donde se refleja es otro. Una mujer que desaparece y otra que surge de repente es más crucial. Y de no tener nada en mis manos a acariciar desmesuradamente es más que un ejemplo. Esto último es la rebelión de las paradojas. O de las masas como me diría Ortega y Gasset. La rebelión de las masas que constituyen la parte esencial de lo que sueño cuando sueño que sigo soñando y luego despierto. Me despierto y me encuentro medio dormido, junto a quien me incitó a creer que soñaba que no estaba sucediendo lo que soñé, cuando en verdad no era sino un rayo de luz reservado a mi vida íntima, la que no se escribe. La que no se sueña. La que tampoco se revela. La que se sopla y ahí sigue transcurriendo. Me desperté y ahí seguía ella, sonriente como un péndulo, liviana como el beso de una pluma, morena como un cincel, soleada como una playa, tentadora como una guayaba y definitivamente mía.

Ella seguía ahí y el camino que no soñé sino que viví y después lo recordé también sigue ahí. Todo seguía ahí, como lo que ahora sigue, en este instante en que alguien me dice, me cuenta y relata, me asocia, me hiperboliza, me comenta y siente que debe tomar otro rumbo porque está cansada de la institución, o de la rutina, y está a punto de jubilarse y no me responde a la pregunta de cuántos años tiene sino que me da unas cuantas vueltas por la pregunta y responde que tiene unos pocos más que yo pero parece que alcanza mi edad o tiene menos. Qué matices tiene la vida. Pensar que lo que está ahí también está con lo que en el preciso momento en que es un presente, y no un pasado o un futuro, convive con sus respectivos acontecimientos de detrás y de adelante. Pensar que todavía me acuerdo de lo demás, de esas interminables gotas de lluvia de la selva, de esos muslos verdes que nacieron en el Puyo, de esos fuertes contrastes entre los arrabales de la cordillera andina y el grandioso cráter del Pasochoa, de la toalla que cuelga de ambos extremos de la cerradura como un chorizo de Ambato, de la falta de certeza de una ambateña que todavía se reserva el derecho de besarme tan temprano, de que parte de lo que señalo puede que no sea cierto porque lo que se escribe también se sueña, de la escoba que me espera al otro lado de la habitación para que barra el polvo y la estela de un día de descanso, de las mallas curriculares, de la llamada que espero para no esperar a soñar lo que debo vivir con los ojos bien abiertos, de la pereza que consiste en escribir sin esperar nada más, del imperativo que nace de otra cuestión que es echar de menos, tal vez la única variante con la que el sueño no tiene cabida.

Echar de menos es lo único que se hace bien despierto. Con ojos de búho. Con nariz hueca. Con orejas bien visibles. Sentado o de pie. Pero despierto. Y ahí no se sueña que sigues soñando, sino que se deja de soñar para vivir y tal vez para acordarse más que para recordar. Acordarse de los caminos. Del respeto que ha de deberse a la acción de echar de menos y no de más. Con las consecuencias del viajero y no ya de un desapego, sino de lealtad o pertenencia muy cualificada al lugar, a las especies, a los horarios, a los padres, a los lechos secos del río, a los tocones ahuecados, al allá de donde uno vino alguna vez. Echar de menos aquello, pero no esto, porque aquello es lo que está lejos y esto es lo que está cerca, al alcance de la mano. Echar de menos la pradera de tus cabellos sobre mi hombro y tu respiración durmiente, y tu desnudez creciente. Echar de menos el próximo ovillo de tu espalda que devanaré y que, aquello que no se ha hecho pero que se tiene la expectativa de hacer no es un sueño ni una idealización del erotismo, sino la impronta del instinto, siendo que, para esto último, es mejor pensar que así será a pensar que así lo soñaré. Pero sé que te echo de menos, tanto como tú a mí, un poco más o un poco menos, un poco más acá o un poco más allá, con olas o sin ellas, con Quito o sin él, con lavandería o sin ella, con Trolebus o sin él, con Benjamín Carrión o con Juan Montalvo, con Alatriste o el licenciado Vidriera, contigo o con nadie más, con diferencia horaria o sin ella. Con todo eso o con todo lo demás, el caso es que te echo de menos a ti, que eres espiga, que eres almena, que eres puerta que reivindica su misterio, que eres un crepúsculo insaciable, que eres un océano en términos absolutos, que eres una vasta confianza, que eres alguien y algo que no está presente físicamente, pero que representa todo aquello que en aire se encamina hacia lo que echo de menos. En el aire de la Mañosca. En la turbia cortina de humo de la Gasca. En la entereza del aeropuerto. En una ducha que empieza a expresarse con su torrentera. En una alcoba que tiene miedo de bajar a desayunar. En los prestigiosos y adulterados departamentos de Cumbayá. En la sombra que proyectan las quebradas de Guápulo. Será que echar de menos forma parte de la esencia de esta ciudad. De Quito. De esta blanca herida adherida a las montañas en la que cualquier camino se abre, sea porque lo sueño, lo imagino, lo vivo, lo aprecio, lo mantengo o, en definitiva, echo de menos. Es el peso de la vida. La balanza del sueño que no se sueña. Eres tú.

CRÓNICAS DE LA SENCILLEZ

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Recuerdo una noche. Una noche que cae. Una avenida solitaria que se levanta. Alguna luz fuera de lo común se enloquece por uno de los sentidos de la vía. Tal vez sean las dos de la madrugada. La hora en la que los grillos de la otra geografía afinan sus alas. La misma hora en la que podría caminar despacio, libremente, sin echar la vista atrás, sin preocuparme por la sinceridad de la sombra, imaginando cauces, interpretando barandillas, restando propósitos al propio semblante de la ría, ausente hasta que me hallo y tomo conciencia de la alevosía. En la que, dicho de otra forma, me sentaría en la oscuridad de una isla que únicamente permanece unida a tierra por un delgado hilo de peldaños y aristas rocosas, con un fuego prendido sin violencia y gracias a que los últimos viajeros que se apearon dejaron un saco con carbón vegetal suficiente como para quemar los malos propósitos y un par de pastillas de encendido rápido. Nos sentaríamos, en efecto, hablando de nuestras vidas, las pasadas, las presentes y las futuras. De nuestras vidas en plural porque, aunque tengamos una, nos afecta la pluralidad de los sucesos y nos referimos a ellas, a las nuestras, a las que ululan entre los dedos, a las que se escapan entre las olas, y estás de acuerdo en que nunca sucederá nada entre nosotros, en parte porque tú eres un racimo en constante movimiento y yo soy un vencejo que ya tiene un recorrido premeditado entre uno y otro extremo del océano Atlántico. De nuestras vidas, en definitiva, porque tú naciste en Paraguay y el viento te trajo de bruces hasta esta orilla del mar, y yo, sinceramente, sé dónde nací pero no tanto dónde me llevó ese mismo ser consuetudinario. Supongo que recalé aquí, a un par de cuadras de los Andes, entre unos muros desde donde apenas se divisan las antenas humanas clavadas a golpe de cuchillo sobre las laderas del Pichincha. Recordaríamos que el fuego es como una caverna en la que las llamas acontecen por sí mismas. El fuego donde no bostezamos porque carecemos de sueño y será la última vez que nos veamos, eso sí, por ahora, antes de que mi sueño se deslice hacia el aire. El fuego de los años que transcurren como en el claroscuro de un escritor, que no se amansa ante las críticas, que no se cuelga de las lianas de éste u otro nido de cuervos de los que crías y te sacan los ojos, que no quiere saber nada de abrevaderos políticos ni pesadas burocracias, que está acostumbrado a leer entre líneas y a voz de pronto, incluso, a unos cuantos que solo opinan criticando cierta ingenuidad imprecisa, tan imprecisa como la dirección que toman las espigas de los campos de Soria cuando los truenos avivan la tormenta.

Debe ser el contraste de la libertad, que nos parece humilde, pero en verdad es categórico y queda sujeto a una voracidad ilimitada. Voracidad para que los ojos no se cansen de vigilar el amanecer, ni las manos se agoten cuando atrapan los pechos de una mujer, ni la boca se abrevie cuando de morder se trata porque así te lo pide ella con los ojos cerrados y el corazón abierto, ni el alma salga huyendo ante el hermoso bestiario de unas máscaras colgadas en la pared, ni los muslos dejen de temblar ante la contundencia de una sigilosa onomatopeya, ni la piel se esconda bajo los diferentes matices del sol que la quema. La libertad que devora y a la vez atenaza la vida y llama a las puertas con una pesada aldaba .A una hora de esas en que la avenida carece de la más mínima presencia humana y está sujeta al riesgo de esos animosos choros con capucha y ritmo acelerado, que cruzan de un lado para otro como si fueran orcos desalmados, dejando la definición de libertad en entredicho. De ahí mis recuerdos. De ahí mis razones para referirme a recuerdos del otro lado. De caminar por la severa anécdota de un fuego encendido en una isla, en un islote, en un cerro rocoso, en el mar Cantábrico, en mi sobrio y apresurado mar que no es aquel donde ahora vivo, sino que aquí donde me hallo, donde sentencio, donde no me aburro, donde converso con cualquiera del que no conozca su obra, aunque a unos cuantos les parezca que juego al ajedrez con los bomberos o que soy más ingenuo que un columpio, me siento tal cual, con ese arrojo que queda en el corazón de quienes piensan aparte y sin el menor ánimo de congratularse con nadie. Es decir, aquí, y ahora, y luego, y después, y cuando me vaya al mercado de Iñaquito a rebatir a las caseritas el precio de una docena de cebollas o a cuánto alcanza la libra de uva negra, siempre pensaré como deba pensar, y aun a fuerza de ser un poco más grosero, como me saliere de la minga, del tolete, de la axila pero, en todo caso, del corazón. Del corazón de esta noche en la que recuerdo todo y nada. En la que no descanso pero tampoco me quedo ciego. En la que me tuve que sentar a despachar un tequila más transparente que las paredes encaladas de un pueblo de la serranía malagueña y soñé que Chabela Vargas andaba haciendo de las suyas por los alrededores de la mesa, en la única ocasión en muchísimos años en los que me he sentado olvidándome de todo y recordando después. Recordando una isla. Recordando personas. Amando semejantes. Esperando que amaneciera en mis párpados, no ya en el cielo. Entrando en ti. Saliendo de ti. Permaneciendo en ti. Importándome un carajo cualesquiera pertrechos que nos escriben quienes no creen que lo que escribimos es acerca del amor o del sudor de los amantes o del vecindario dormido. Esos que de la misma forma que aseveran que no estás en uso de la razón, se permiten en lujo de argumentar con teorías llenas de términos extraños, tomados de un taller mecánico por su complejidad, como para hacer ver que al opinar tan científicamente dejan en evidencia al que escribe con el tú, con el yo, con el él, con el pronombre, con el dedo índice, con la línea de la palma de la mano, con la corriente del regato, con la silueta de un esfero, con el taxímetro encendido, con el autobús de Carapungo, con una licorería donde abundan los vinos chilenos, con los alimentadores que circulan de aquí para allá. A esos les respondo con mi sencillez, con mi perplejidad, con mi absoluta ignorancia acerca de lo que no conozco pero sentiré como deba y no como me digan, con mi derecho a equivocarme y aún con la obligación de errar. Y también les respondo con una sonrisa de la que no me priva la libertad, sino que me la ofrece generosamente, la misma sonrisa que te dedico cuando, recién despierto, estás a mi lado, igual de perpleja que yo ante las complejidades del amor.