CRÓNICAS DE LA LIBERTAD

Esta mañana amaneció como debía. Temprano. A la misma hora. Con la salvedad de las nubes inclinadas sobre las laderas del Pichincha. Con la certidumbre del sol. Con la inquietud de la madrugada. Con una palabra más y una palabra menos. Con una palabra que suma y con otra que resta. Y con las unas y con las otras caminé en silencio por la amplia avenida. Por los murales de la capital que se desordena hacia todos los puntos cardinales. Por un salón de fitness que a las seis y media de la madrugada ya tiene en pie a todas las palomas del barrio. Por esa larga sensación de independencia e incertidumbre por la que camina un extranjero que ya no lo es tanto. Con esa libertad obligada de no estar en el mismo sitio pero hallarse en otro que de costumbre se hace sentir como propio, pero también con la libertad escogida, la de ser como quiero y como siento, y de escribir como me da la gana, sin seguir mayor consejo que el determinado por la lectura o por la experiencia humana y, sobre todo, por el coraje de ser ingenuo porque así tiene que ser, así deba escuchar que unos difieren, otros critican, algunos más canturrean, otros tantos se cuelgan de los arrayanes y alguna más me observe detenidamente y yo le observa a ella, que dice que tiene el día un poco agrio pero que, evidentemente, tiene una sonrisa tan clara como esos profundos ojos negros que la describen tan temprano.

Escribir porque creo en la libertad de la palabra. En la propia naturaleza de la cultura. En la sobriedad del mismo hecho de narrar, describir o dialogar con uno mismo, con los personajes, con el guardia que barre la orilla de la acera, con el camión desplegado en el fondo del talud donde están empezando a cimentar un futuro apartamento, con los labios calientes de una mujer a la que deseo, con la burla del aguacero que anda en bicicleta, con la enorme antena parabólica sujeta a un tejado y que parece que bosteza, con la certeza de que a la vez que escribo se generan una serie de pormenores que escapan más allá del asfalto y de los pocos autobuses que van saliendo hacia todas partes, unos para Santa Clara, otros para Versalles, ese para Carapungo, aquel para Camal y el que me ocupa para el Ejido donde las copas de los viejos árboles son como viejos camastros de intenso verde oscuro, donde despertar es como hacer que tiemble el cielo.

Así escribo a la vez que camino. Escribo en el pensamiento y nadie me dice lo que debo pensar, sino más bien es el pensamiento el que me dice lo que pienso, y es la convicción quien pone las palabras en los pies, y los hechos en las manos, y el escenario de una obra de teatro en el corazón, y la cercanía de un alejamiento en el pecho, y la suave luz del regreso en los ojos, y los intervalos de una conversación en los labios, y tus ojos negros en mis ojos del mismo tenor. Camino y pienso. Pienso y camino. Pienso en voz alta. Camino en silencio. En silencio pienso. Pienso en ti. Pienso en unos cuantos. Pienso en otros tantos. En los escritores que me zumban en los oídos. En las obras que me parecen más cómicas o con mayor impacto. En la novela que me golpea las sienes. En la sospecha de que si estoy a favor de uno o del otro siempre habrán otros sujetos que lo contrarresten. En la melancolía de que la cultura sigue siendo un asunto de corpúsculos que se tiran piedras. En la pasión de que no pertenecer a ningún lado es como pertenecer a uno mismo. En la diligencia de que una línea, dos líneas, tres líneas, cuatro o cinco párrafos, un preámbulo o un prólogo no son como me dicen el diablo, la buena conciencia o el buen samaritano, sino como me dicta el semblante del alma, porque esto de escribir, esto de soñar, esto de practicar, esto de repetir pronombres, esto de no claudicar a los incendios, esto de no meterse en politiquerías, esto de no apabullarse con nada, esto de no quemarme en los bosques sino en los brazos de una espléndida y esbelta mujer, es mucho mejor que atenerse a los zancudos que andan en la penumbra con ánimo de dejarte en el antebrazo una carpa de circo bien montada.

La libertad es un bien preciado en la palabra. Libertad bien entendida no para decir lo que te salga directamente del paladar. Libertad para observar con detenimiento los sucesos de la realidad más cercana, tal y como la he previsto en mi intuición y no como la exigen quienes piensan que es un asunto de objetividad, pues la verdad, lo que se dice la verdad, la verdad solo existe en su propia definición y cada uno cuenta las cosas como así las percibe, y las lee como así las lee y las interpreta dependiendo del pie con el que se ha levantado antes que yo, al mismo tiempo o después si tenía sueño y no debía irse a trabajar. Así que si yo digo que el sol es amarillo, pues es amarillo y luce un collar de coral de río, y sus rayos me parecen tiernos, y su calor como una especie de caja acorazada donde no guardan sino lingotes de buena temperatura, aunque luego sé que unos cuántos vengan a decirme que el sol no hace nada, que el sol es un ladrón de oscuridad, que el sol es un cojudo y que la luna tiene un intelecto mucho más apropiado. Me importa francamente un carajo, porque tanto el sol, como otro sol del siguiente, o como la luna de la noche anterior, son parte del mismo espejo. Qué me debe importar si el sol es para unos de un tenor y para otros de otro matiz, pues más me importa que alguien esté triste porque a su regreso ya no tiene a uno de sus dos perros negros con nombre de héroe griego. Aunque no me debería importar pero me importa. Me importa porque vivo y porque escribo. Y por lo que me importa es así como la libertad discurre con mis andares, con mis presupuestos llenos de bolsillos cargados de la experiencia de dos continentes y con la grave inteligencia de la piedra, unas veces fría, otras diáfana y ahora, en la rotundidad nocturna, apartada de mis ojos porque permanezco en casa, pendiente de unos cuántos recuerdos, atusándome una barba que no poseo, rascándome la oreja despacio y sintiendo que la distancia es más relativa que un candil encendido.

Esta es la libertad. La libertad más precisa por la que camino. La libertad que es la ventana a través de la cual la mirada capta otras miradas. Otras miradas acerca de las que no tengo mayor conocimiento que mi observación y que mi sentimiento y que como tales han de poder equivocarse porque la observación no es más perfecta que un hoja barrida por el viento. La libertad de discernir pero también de errar. La libertad de desear y asimismo de llevar a la práctica el deseo al que atribuyo todos los males de mi felicidad y todos los bienes de esta energía que está a punto de reventar en mil pedazos no ya me digan que no se trata de que reventar sino que es más propio que se rompan en pedazos de la misma cantidad señalada, pero para mí es reventar y no otra cosa. Reventar desde dentro. Reventar en el aire. Irme contigo y aparecer después que algún sombrío nos señala con el dedo y nos dice que no debemos reventarnos el uno con el otro, porque eso de reventar es una parsimonia, una flojera, una falta de estímulo, un cordón sin nudo, una rama sin tronco, un parque sin fundamento y una rueda que no da vueltas. Así porque lo dice él, que no le gusta el verbo ese que revienta sino otro, y que soy más inocente que el Espíritu Santo y carezco de la más mínima noción de realidad. Pues voy y reviento. Y aquí está el producto del verbo que tanto odia. Un reventón de los de órdago. El reventón de la libertad. El reventón del amor. El reventón que camina, toma el autobús, se marcha a trabajar, regresa y se sienta a reventar ideas, a escribir y a recordar una tarde en que mi corazón revento con una más de tantas semillas, de uno de los minúsculos tallos de los que se nutre la belleza de otra cultura en la que no nací pero en la que desperté a mi manera. En la libertad más absoluta.

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2 comentarios el “CRÓNICAS DE LA LIBERTAD

  1. Dolly dice:

    Patricia…” Crònicas de la libertad ”
    Mis pensamientos son los mismos que te acompañan al ir leyendo lo que has publicado… escribir sin meterme en politiquerìas… escribir , soñar, etc. como me dicta el semblante del alma.
    Libertad, libertad ,libertad !!!
    Gracias por compartir tus valiosos pensamientos.

    un beso desde Argentina

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  2. “…En la libertad más absoluta…” ….

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